El entrenador suplente que no pude ignorar
Llevaba semanas ignorando sus miradas. Esa noche en el hotel, después de la piscina y de bailar con desconocidos, ya no pude seguir haciéndolo.
Llevaba semanas ignorando sus miradas. Esa noche en el hotel, después de la piscina y de bailar con desconocidos, ya no pude seguir haciéndolo.
La cola del local olía a porro y a sudor. Mi compañera me apretaba la mano sin saber muy bien qué hacía allí. Yo solo pensaba en encontrarlo otra vez.
Su voz me derritió antes de que sus manos me tocaran. Nunca pensé que un desconocido en un spa me haría sentir tan expuesta y tan libre al mismo tiempo.
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.
Llevo años explicando en clase que el tabú no desaparece, solo se disfraza. Nunca lo entendí tan bien como esa noche en el motel.
Cuando gritó mi nombre delante de todos pidiéndome que la llevara a casa, supe que el domingo no terminaría con un simple adiós en el aparcamiento.
Cuando vi su nombre en la pantalla, supe que no iba a rechazar esa llamada. Ya sabía de lo que era capaz de hacerme sentir, y quería repetirlo.
Cuatro años de hormonas le habían dado el cuerpo que quería. Esa noche, vestida para él, descubrió que sus celos eran más reales que cualquier papel que pudieran fingir.
Apoyé la frente contra la puerta para no hacer ruido. Los niños dormían al otro lado y yo me deshacía bajo las manos de mi marido, mordiéndome el labio.