Lo que mi mejor amiga me hizo en el probador
Nunca pensé que la amiga de mi marido me enseñaría algo sobre mí misma en el probador de una tienda. Y mucho menos que esa misma tarde lo invitaríamos a él.
Nunca pensé que la amiga de mi marido me enseñaría algo sobre mí misma en el probador de una tienda. Y mucho menos que esa misma tarde lo invitaríamos a él.
Ella estaba tan nerviosa que apenas me sostenía la mirada. Él quería probar conmigo por primera vez. Yo solo tenía que cuidarlos hasta que dejaran de tener miedo.
Cada noche me quedaba hasta el cierre solo por verlo moverse tras la barra. No imaginaba que dentro de aquel chico tímido vivía la mujer que cambiaría mi vida.
Cuando me miré al espejo no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada: tetas nuevas, tacos imposibles y una sonrisa que ya sabía lo que iba a pasar esa noche.
Aquella noche bajé la guardia ante unos ojos vulnerables bajo el contenedor. No imaginé que el animal que abracé contra mi pecho llevaba dentro algo mucho más antiguo y hambriento.
Bebió el líquido violeta solo una vez, por venganza. Pero su nuevo cuerpo aprendió algo esa noche que su mente de hombre jamás podría olvidar.
Nunca había caminado en tacones ni sentido la seda de una tanga contra la piel. Esa noche aprendí las dos cosas, y el hombre que me esperaba en la limusina pensaba enseñarme mucho más.
Él sabía leer el miedo de cualquiera. Lo que no esperaba era que aquella travesti de vestido rojo le pidiera, en voz baja, que se lo quitara todo.
Lo cruzaba de vereda por instinto: cuarenta y dos años, brazos de obrero, manos negras de grasa. Hasta la noche en que le cebó un mate sin decir nada.
Lo dejé al borde toda la noche, una y otra vez, sin permitirle terminar dentro de mí. No era crueldad: era mi manera de garantizar el día siguiente.
Llovía, su casa estaba sola y yo tenía una sorpresa guardada. Nunca lo había hecho, pero esa tarde decidí que era el momento de averiguar a qué sabía el deseo.
Llevaban semanas perdidos entre las estrellas. Esa noche, Sira dejó de mirar las pantallas y empezó a mirar a la máquina que nunca dormía.
Hay mañanas en que despierto mojada, con los pezones duros y un único pensamiento fijo. Empezó otra de mis semanas de celo y nadie en casa imagina lo que escondo.
Llevaba semanas sin tocar a nadie y los gemidos de mi compañera de piso me sacaron a la calle. La luz de su cafetería seguía encendida, así que entré.
Cuando entraron de nuevo, Noa ya venía desnuda y Andrés la sujetaba por detrás. Supe que ninguno de los cinco dormiría solo en su cama esa noche.
Reservé el horario sin alumnos y la camiseta más ajustada que tenía. Lo que no esperaba era encontrarme a dos hombres esperándome sobre el tatami.
Cuando la maestra de Tobías me dio su número personal «por si surge algo urgente», supe que aquello no tenía nada que ver con las notas de mi hijo.
Había una puerta cerrada al lado de la habitación de Bárbara. La abrí por curiosidad, sin saber que esa misma tarde yo terminaría amarrado dentro.
Compré unas medias negras con el corazón en la garganta, sabiendo que en cuanto cerrara la puerta de casa me convertiría en la mujer que llevaba todo el día imaginando.
Cuando el último aplauso se apagó, Damián cerró la puerta del camerino con llave y supo que esa voz, y todo lo demás, le pertenecía aquella noche.