La travesti que me enseñó quién era yo de verdad
Entré con la mochila al hombro y el corazón a mil. Ella me esperaba en encaje negro, dispuesta a arrancarme la vergüenza pedacito a pedacito.
Entré con la mochila al hombro y el corazón a mil. Ella me esperaba en encaje negro, dispuesta a arrancarme la vergüenza pedacito a pedacito.
Gérard me retó a cruzar media ciudad en metro vestida de mujer, de su mano y sin esconderme. No imaginé quién me estaría esperando al final de la noche.
Cuando salí del baño a las tres de la mañana, mi tío me miraba desde la cama con una luz tenue, y supe que ninguno de los dos iba a fingir que no pasaba nada.
Nunca me habían atraído los hombres, pero esa figura en la pantalla despertó algo que no supe nombrar. Y entonces ella me ofreció pagarme.
Hace dos meses empecé con una chica que me quiere de verdad. Y aun así, en cuanto cierra la puerta, abro la página de contactos y busco lo que ella nunca podrá darme.
«Buenas noches, princesa», me susurró mi esposa al oído. Y algo dentro de mí, algo que ella había plantado semanas atrás, respondió como si llevara toda la vida esperando ese nombre.
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
Cuando me invitó a cenar a su casa, pensé que solo quería agradecerme. No imaginaba lo que escondía bajo aquella falda de tubo, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
La encontré mordiéndose el labio frente al espejo, con el bikini puesto y la entrepierna ya húmeda. No iba a esperar a que estuviera lista.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.