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Relatos Ardientes

Aprendí a desear lo que durante años escupía

Vuelvo a escribir porque hay cosas que necesito sacar de dentro, ponerlas en palabras para entender hasta dónde he cambiado. No pretendo ser repetitiva, pero la fascinación que he desarrollado por una práctica que antes me daba asco merece que la cuente con todo detalle. Hablo del semen de mi compañero de juegos, de Adrián, y de cómo pasé de rechazarlo a exigirlo como quien exige aire.

Que lo escriba ahora tiene que ver con lo nuevo que ha sido todo. Nuevo y, sobre todo, excitante. No es el semen en abstracto lo que me obsesiona, es el suyo. Precisamente el suyo, con su olor concreto y su sabor concreto, los únicos que me importan.

A lo largo de mi vida he mamado unas cuantas pollas. Y durante mucho tiempo dejé que se corrieran en mi boca simplemente porque era lo que se esperaba de mí, un trámite para contentar a quien tenía delante. No me entusiasmaba en absoluto. Casi siempre acababa escupiendo en cuanto él apartaba la vista, porque no soportaba mantener aquello dentro y mucho menos tragarlo.

Por eso lo que me ocurre con Adrián me desconcierta tanto. Necesito ser explícita para que se entienda la magnitud del giro. He pasado de apartar la cara a abrir la boca antes de que me lo pida. Y eso me ha enseñado algo que no esperaba: en el sexo no hay más límites que los que una se inventa. Cuando una barrera tan antigua cae de golpe, una se queda mirándola en el suelo, preguntándose por qué la levantó.

Recuerdo mis primeras relaciones. Los chicos se masturbaban después de follarme con la intención clara de terminar en mi cara, como si fuera la única manera posible de cerrar el asunto. Yo, por no estropear el momento, aceptaba. El sabor casi nunca me gustaba: un líquido pringoso, espeso, con un punto que me recordaba a la lejía. Pero estaba caliente, quería complacer, y me resignaba. Después, escupía. Solo unos pocos preferían correrse dentro de mí, y entonces sí, entonces el placer era otra cosa completamente distinta.

***

Con Adrián todo se desordenó. No solo tengo el coño húmedo la mayor parte del día pensando en él, sino que me ha enseñado a cruzar fronteras que yo creía levantadas para siempre. Antes jamás escupí en la boca de un hombre, ni dejé que ninguno escupiera en la mía. Me parecía sucio, degradante, fuera de lugar. Ahora es algo que hacemos cuando la cosa se pone intensa, y lo busco. Yo era escrupulosa hasta el ridículo, y él, con una paciencia tranquila, me fue convirtiendo en alguien mucho más cerda. Me gusta serlo. Me gusta cómo me mira cuando lo soy.

Hay una tarde que lo resume todo. Fue poco antes de que se marchara de viaje. Yo estaba terminando de pelar unas mandarinas en la mesa de la cocina cuando se acercó por detrás sin decir nada. Cuando se bajó la ropa interior y tuve su polla delante, lo normal en mí habría sido pedirle que se la lavara, exigir que estuviera impecable como solía tenerla para mí.

No lo hice. Me la metí en la boca sin pensarlo, y no me importó lo más mínimo que no estuviera recién duchada. Me sorprendí a mí misma murmurando, con ella entre los labios:

—No está limpia del todo, pero como soy una guarra te la mamo igual.

Adrián soltó una risa baja y me sujetó la nuca, y yo entendí en ese momento que dar patadas a mis propios límites se había convertido en mi droga favorita. Solo con él. Solo así.

***

Sobre el semen tengo que contar el proceso entero, porque fue una conversión por etapas, no un golpe único. Es el terreno donde más cerca he estado de sentirme una verdadera puta, en el mejor sentido posible de la palabra.

La primera vez ocurrió después de una follada larga en su cama. Se colocó a horcajadas sobre mi pecho, dispuesto a terminar en mi boca, y yo, una vez más, dejé hacer por inercia, sin esperar que mi opinión sobre aquello fuera a cambiar para siempre en cuestión de segundos. Apoyó el glande sobre mi lengua y empezaron a salir los primeros chorros.

El primer impulso fue de rechazo, el de siempre. Pero a medida que aquello me inundaba, algo se desactivó en mi cabeza y empecé a saborearlo de verdad, con curiosidad, casi con hambre. Escupí una parte sobre mis tetas, sí, por costumbre más que por asco, y lo que quedaba dentro lo tragué despacio, paladeándolo. El sabor, el olor, la textura: todo me resultaba nuevo y, lo más increíble, me encantaba. No me lo podía creer. Me ha gustado. Me ha gustado de verdad. Fue el primero de muchos.

En otro encuentro, también de los primeros, tras tres cuartos de hora de follar sin pausa, le pedí que se corriera dentro, que era lo que más me gustaba en el mundo. Pero él quiso sorprenderme. Sin desatender del todo mi deseo, sacó la polla en el último instante y me pidió que me abriera bien el coño con las dos manos.

No entendí qué pretendía, pero me había dado tantos orgasmos seguidos que mi única preocupación era seguir obedeciendo. Disparó sobre mi sexo abierto de par en par, empapándome los labios, los dedos, el clítoris, hasta el borde mismo del culo. Su semen caliente cayó sobre mí como un bálsamo sobre un volcán, y el simple roce de los dos fluidos mezclados, el suyo y el mío, me hizo correrme otra vez. Ya sabéis que me vuelve loca meterme los dedos para probarme, así que no resistí la tentación de probar también aquella mezcla. Y de nuevo me descubrí saboreando con deleite todo lo que aquella sesión había arrancado de nuestros cuerpos.

***

Desde ese día empecé a vivir aquello como una adicción que me mantiene tensa durante horas. Me descubría a media mañana, en el trabajo, apretando los muslos bajo el escritorio con el recuerdo del olor todavía pegado a la memoria. Le escribía mensajes que antes me habrían dado vergüenza, contándole exactamente lo que quería que me hiciera la próxima vez. Y él respondía con una sola frase que me dejaba inservible el resto del día. Pero todavía faltaba lo mejor.

Adrián me regaló varias veces más esa forma de terminar, sobre el coño abierto, hasta que llegó el día en que mi cuerpo empezó a pedir su semen no solo abajo, sino también en la boca. Por iniciativa propia. En otro de nuestros encuentros me sorprendí pidiéndoselo, recordando aquella primera vez en que me había gustado tenerlo en la lengua. Quería repetir, quería más.

Saqué la lengua todo lo que pude, un gesto que a él lo enloquece, y vació todo sobre ella. Qué delicia. Qué explosión. Qué forma de disfrutar de aquello que durante años había apartado con asco. Era abundante, casi transparente, con un aroma que me ponía todavía más cerda y un sabor dulzón, meloso, distinto a cualquier cosa que hubiera probado. Y supe en ese instante que mi hambre no tenía marcha atrás.

En las follas siguientes él fue alternando: unas veces me alimentaba con su leche en la boca, otras me llenaba el coño como ya os he contado. Las dos cosas me ponen igual de cerda. Llegamos a hacernos fotos en el momento exacto de los disparos, imágenes a las que vuelvo cuando él no está, esperando el siguiente premio.

***

Y entonces llegamos a un pacto que nos beneficia a los dos por igual. Adrián no se hace una sola paja si yo no estoy delante. Toda su leche es para mí, sin excepciones, sin desperdicios. Pensaréis que soy una ingenua, que cualquiera dice eso. Pero me remito a los hechos: la cantidad que acumula y la frecuencia con que me la entrega, a veces dos veces en intervalos cortísimos, me dan una certeza tranquila. Él mismo lo dice: dársela a otra, o tirarla, sería un desperdicio absurdo de algo que a mí me hace gozar tanto.

Lo más extraño de todo es cuánto me gusta la parte del control. No es solo el sabor ni la textura; es saber que su placer pasa por mis manos, por mi boca, por mi permiso. Cuando estamos a solas y él se está tocando, yo decido el ritmo, le digo cuándo parar y cuándo seguir, lo dejo al borde y lo retengo ahí solo para verlo sufrir un poco antes de premiarlo. Esa pequeña dosis de poder, dentro de mi entrega total, es lo que termina de volverme loca. Él manda en mi hambre y yo mando en su urgencia, y los dos perdemos a la vez.

Quiero su leche a todas horas. La necesito. Se ha vuelto un complemento de mi alimentación que me hace sentir viva, deseada, un poco drogada. Un elixir del que no pienso renunciar ni a una gota. Y la palabra que mejor lo describe es obediencia: la suya hacia mi hambre, la mía hacia su deseo. Nos hemos atado a algo que ninguno de los dos sabe nombrar del todo, pero que funciona.

Así, queridos lectores, es como nació lo que ambos llamamos mi fascinación líquida. Una guarra escrupulosa que aprendió a pedir lo que antes escupía. Quizás ahora entendáis mejor de dónde viene mi nombre de usuaria.

Esperamos, como siempre, vuestros comentarios.

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Comentarios (4)

ClaraMdq

Increible relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo.

DanteRosa

Me dejó pensando un buen rato. Eso de romper las propias barreras... muy bien narrado, enhorabuena.

fantasma_lector

Sigue escribiendo por favor!!!

NachoRivero

Que buena forma de contarlo, sin caer en lo burdo. Me gustó mucho.

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