Sola, enjaulada y con un solo juguete para el finde
Viernes, las once de la noche. Marina no está. Se marchó esta mañana a la despedida de soltera de una compañera de trabajo, arrastrando una maleta llena de purpurina y dejándome exactamente como más le gusta dejarme: con la jaula de castidad cerrada y, como única ropa interior para todo el fin de semana, un par de braguitas suyas que ya habían pasado por su cuerpo.
Llevo puesto su camisón más corto, el de seda negra que apenas me cubre los muslos. Debería estar durmiendo. No puedo. Llevo todo el día caliente, desde la oficina, donde he trabajado nueve horas sintiendo cómo la jaula me apretaba cada vez que algo me ponía nerviosa. He ido al baño sentada como toda buena sumisa: bajándome las bragas hasta las rodillas, juntando las piernas, rezando para que nadie del cubículo de al lado notara que el hombre serio del traje gris en realidad meaba sentado.
Me muero por tocarme. Pero no puedo. La única llave de esta jaula viaja ahora mismo en el bolso de Marina, a cientos de kilómetros, y ella lo sabe. Lo planeó así. Me acaricio por encima de la seda, llego a los testículos apretados, hinchados, a punto de reventar, y noto cómo mi sexo enjaulado intenta endurecerse contra el metal sin conseguirlo. Ese fracaso, esa imposibilidad, me pone más que cualquier otra cosa.
Me incorporo en la cama y abro el cajón de la mesilla, el de sus juguetes. Lo conozco de memoria. Y por eso, cuando hundo la mano, el corazón me da un vuelco: se ha llevado todos los vibradores. Todos menos uno. En el fondo del cajón, todavía dentro de su caja a medio abrir, hay un consolador negro enorme que yo no había visto nunca. Es mucho más grande que cualquier cosa con la que hayamos jugado. Lo saco, lo sopeso, y entiendo de golpe la jugada entera.
Lo ha comprado para este momento. Para esta noche. Para mí.
Marina no deja nada al azar. Se llevó todo lo pequeño, todo lo cómodo, y me dejó solo esto: un trozo de goma demasiado grande, demasiado intimidante, sabiendo perfectamente que yo no aguantaría el fin de semana sin usarlo. Sabiendo que prefería destrozarme antes que pasar tres días sin nada. Me imagino su sonrisa al cerrar la maleta esta mañana. Qué bien me conoce.
Vuelvo a tumbarme. Meto las manos bajo el camisón y deslizo las braguitas por mis caderas, por mis muslos, por mis piernas. Marina se aseguró anoche de que no me quedara ni un solo vello en el cuerpo. Pasó la cuchilla por cada centímetro de piel mientras yo me mordía el labio para no gemir, y ahora el roce del encaje al bajar es tan suave sobre la piel desnuda que se me eriza todo. Se me escapa un suspiro largo y tiemblo entera.
En la tela roja hay una mancha de humedad. Es mía, de todo lo que he goteado durante el día sin poder evitarlo. Me llevo las braguitas a la cara, respiro hondo, y todavía huelen a ella, a su piel, a su perfume mezclado con algo más íntimo. Saco la lengua y las lamo despacio, recogiendo hasta la última gota, como si pudiera quedarme un poco de ella en la boca.
Las dejo a un lado, sobre la almohada, y cojo el consolador. Le doy las gracias en silencio a Marina, donde quiera que esté. Paso la lengua por toda su longitud, de la base a la punta, y la beso despacio como si fuera de verdad, como si hubiera un hombre al otro extremo mirándome hacer. Mi cuerpo se mueve solo, y se mueve de una forma que ya no tiene nada de masculino. Soy consciente de la curva de mis caderas, de cómo aprieto las piernas, de cómo se me endurecen los pezones contra la seda.
Abro la boca y dejo que entre poco a poco. Es grande. Gorda. Casi demasiado. Apenas consigo meterme la mitad antes de que la garganta se me cierre en una arcada. Lo intento otra vez, con más cuidado, dejando que la saliva la cubra, pero está claro que voy a necesitar mucho más que mi boca para lo que viene.
Alargo la mano de nuevo hacia el cajón, buscando lubricante. Y aquí está el segundo golpe de Marina: solo hay un sobre. Uno. Una sola dosis. Si mañana quiero volver a hacer esto, tendré que prepararme mejor, dosificar, suplicarle por más cuando vuelva. Lo ha calculado todo. Cada límite que me ha dejado es una correa invisible tirando de mí.
Rasgo el sobre y vacío la mitad sobre la goma, repartiéndola con la mano hasta que brilla entera. La necesito dentro. Necesito sentirla llenándome, follándome como a la putita que soy de lunes a domingo, mientras lo único que se supone que me hacía hombre permanece encerrado en su jaula, donde Marina decidió que pertenece.
***
Me tumbo de espaldas y abro las piernas todo lo que puedo, como una jovencita asustada a punto de su primera vez. Con lo que me queda de lubricante en los dedos me unto la entrada, y no aguanto la tentación de meter las puntas para repartirlo por dentro. Entran dos dedos sin demasiado esfuerzo; al fin y al cabo, después de meses de juegos, ya no soy precisamente estrecha. Aun así, no sé si será suficiente. No para esto.
Coloco la punta del consolador contra el ano y me relajo todo lo que sé. Empujo despacio. La punta empieza a ceder, entra un poco, pero el grosor del glande se queda fuera, resistiéndose. Se hace de rogar, y precisamente por eso me desespero más. Empujo otro poco y espero, dejando que el cuerpo se acostumbre. Mi ano late, se cierra, vuelve a abrirse. Empujo como si fuera a soltarlo todo, igual que me enseñó Marina, y entonces noto que la cabeza empieza a entrar, abriéndome del todo.
Me va a partir en dos.
Paro. Respiro. Repito la maniobra esperando a que el esfínter se rinda, y por fin, con un tirón sordo de dolor que se convierte en otra cosa, el glande pasa. Después entra todo lo demás, centímetro a centímetro, hasta que noto la base chocar contra mis nalgas. Estoy llena. Completamente llena, y el sudor me corre por la espalda.
Mi sexo se ha rendido del todo dentro de la jaula, pero un hilo fino y constante de líquido sigue cayendo, manchándome el vientre. Me encanta sentirla ahí, inmóvil, enorme. Con cuidado la saco un poco, solo para volver a hundirla, y la siento rozar cada punto en el camino. Roza la próstata y un latigazo de placer me sube por la columna. Aprieta contra la vejiga y siento que voy a mearme encima en cualquier momento. Me abre. Me parte. La saco otra vez para volver a penetrarme, acostumbrándome al tamaño, y aunque las ganas de orinar son brutales no quiero parar. No quiero parar nunca.
Poco a poco aumento el ritmo. Ya estoy dilatada del todo. Dilatada, no dilatado: no queda nada de hombre en esta cama, solo una hembra retorciéndose sobre las sábanas y gimiendo como una gata en celo. Empujo y clavo la goma cada vez más adentro, sin dificultad, mordiendo la almohada que todavía huele a Marina para no despertar a media calle con mis gemidos.
La saco entera. Sé que será solo un instante, pero la echo de menos en cuanto la pierdo. La deseo. La necesito otra vez. Aprieto la ventosa de la base contra el cabecero de la cama, la dejo firme, y me coloco a cuatro patas frente a ella, como una perrita en celo: el culo bien levantado, la cara hundida en el colchón, una mano acariciándome los pezones.
Empujo hacia atrás y vuelvo a empalarme, despacio, sintiendo entrar cada centímetro por mi propio peso. Noto el calor subirme por dentro. Noto cómo chorreo desde la jaula, manchando las sábanas limpias, y en medio de todo le doy las gracias a Marina. Gracias por dejarme este pollón a mano. Gracias por enjaularme. Gracias por convertirme en esto. Acelero, follándome contra el cabecero, buscando que el macho imaginario que he construido en mi cabeza se corra dentro de mí.
El orgasmo está ahí, al alcance de la mano. Tan cerca y, a la vez, imposible. Si pudiera tocarme cinco segundos, solo cinco, lo alcanzaría. Pero no. Hoy no. Hoy el placer no consiste en correrme; consiste en sentir mi sexo de sissy penetrado a fondo, lleno hasta arriba, abandonado a una desesperación que nunca termina de descargarse. Y precisamente por eso es perfecto.
No puedo más. Tengo que parar o voy a volverme loca de verdad. La dejo salir con un gemido ronco y me quedo unos segundos a cuatro patas, temblando, intentando recuperar la respiración mientras el corazón me golpea las costillas. Después me giro y, sin pensarlo dos veces, lamo todo lo que ha caído desde la jaula, recogiéndolo con la lengua igual que recogí el sabor de ella en las braguitas.
***
Me visto otra vez. Me pongo las braguitas rojas de encaje, despacio, sintiéndolas subir por mis piernas lisas. Guardo el consolador que acaba de reventarme y me bajo bien el camisón de seda. Mi sexo enjaulado vuelve a tirar contra el metal, intentando endurecerse, traicionándome una vez más. No importa. Estoy satisfecha aunque no me haya corrido. Estoy satisfecha precisamente porque no me he corrido.
Me acurruco bajo las sábanas, con su almohada pegada a la cara y su olor envolviéndome. Mañana habrá que prepararse mejor, dosificar el poco lubricante que queda, aguantar dos días más sin la llave. Pero eso es mañana. Esta noche, esta putita bien follada se va a dormir con el culo abierto, la jaula puesta y una sonrisa tonta en la boca, contando las horas que faltan para que Marina vuelva a casa.