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Relatos Ardientes

Mi sumiso esperó horas a que yo le diera permiso

Dicen que la ninfomanía es un apetito que no se sacia nunca. No sé si tengo eso o si simplemente encontré a la persona indicada para alimentarlo, pero hace meses que mi cuerpo no conoce la calma. Todo lo que voy a contaros pasó de verdad, y sigue pasando, porque mientras escribo estas líneas él está a mi lado, desnudo, con la polla dura apuntando al techo, esperando algo que solo yo puedo darle.

Lo tengo agarrado con la mano izquierda. Le rodeo la verga entera con el puño, sintiendo cómo late contra mis dedos, la piel tirante, la punta hinchada y mojada de tanto líquido pre-seminal que ya se le escurre por el glande. Llevo horas así, subiendo y bajando despacio, midiendo cada caricia para que no se corra antes de tiempo. Le paso el pulgar por la corona, recojo la gota que le brota y la esparzo por todo el capullo, resbaladiza. Quiero que acumule. Quiero que llegue al límite y se quede ahí, temblando, con los huevos apretados y la polla pidiendo a gritos vaciarse, mientras yo decido cuánto más va a durar la espera.

Son las dos de la tarde. Estamos en su cama, con las persianas a medio bajar y la luz cortando la habitación en franjas que le rayan el abdomen y le marcan cada músculo tenso. Llevamos un par de horas jugando, y en todo ese rato él no ha hecho nada que yo no le permitiera. Esa es la regla, la única que importa. Aquí decido yo, y a él parece que le ha encontrado el gusto a obedecer.

—¿Puedo moverme? —me pregunta, con la voz pastosa.

—Todavía no —le contesto, y aprieto un poco más el puño alrededor de su polla para que entienda que hablo en serio.

Lo veo cerrar los ojos y morderse el labio. Le encanta esto tanto como a mí, aunque le cueste reconocerlo. Cada vez que intenta empujar las caderas hacia mi mano, yo aflojo y lo dejo en el aire, con la verga bailándole sola, buscando fricción. Aprende rápido. A los pocos minutos ya está quieto, entregado, esperando con una paciencia que no tenía cuando empezamos. Bajo la cabeza y le paso la lengua por toda la longitud, de los huevos a la punta, y él suelta un gemido ahogado que me llena la boca de saliva.

No siempre fue así entre nosotros. Cuando nos conocimos, él era de los que tienen prisa, de los que quieren llegar al final sin disfrutar el camino. Me costó semanas enseñarle a frenar, a entender que el placer crece cuanto más se hace esperar. Al principio se quejaba, decía que era una tortura. Ahora me lo pide él, como si hubiera descubierto una droga nueva. Y en cierto modo lo es: el cuerpo se acostumbra a la espera y empieza a necesitarla.

***

Para entender lo de hoy hay que retroceder a lo de ayer. Él había estado tres días fuera por trabajo, y yo lo esperé en su casa con una idea muy clara en la cabeza. Sabía que volvería cargado, sin haberse tocado en todo el viaje, porque eso también se lo ordené antes de que se fuera. Guarda tu semen para mí, le dije, ni una paja en el hotel, ni una gota fuera de mi coño o de mi boca. Como si fuera un tesoro que no tiene derecho a gastar sin permiso.

Cuando lo oí meter la llave en la cerradura, ya estaba lista. Me había puesto solo unos pocos detalles: una diadema fina con brillos, dos pulseras anchas en la muñeca y unas zapatillas negras. Nada más. El resto, la piel desnuda y abierta sobre el colchón. Quería que esa fuera la primera imagen que viera al entrar.

Me tumbé con las piernas separadas y me abrí el coño con los dedos, dos por cada lado, enseñándole todo lo que había dentro, los labios rosados y ya brillantes, el clítoris hinchado, la entrada apretada y palpitando. Para que no le quedara ninguna duda de lo que le esperaba. Lo de la diadema y las pulseras era una fantasía suya que llevaba tiempo pidiéndome, y ayer por fin se la cumplí. Es curioso cómo un par de adornos tontos pueden volver loco a un hombre. A él se le puso la polla dura al instante, marcándose bajo el pantalón, y a mí me excitó ver el efecto que provoco.

—Dame cinco minutos para ducharme —me pidió desde la puerta, sin poder apartar los ojos de mí.

—Tienes tres —le dije—. Y ni se te ocurra tocarte en la ducha.

Volvió en menos, con una toalla al hombro y la verga ya semi-erecta, colgando pesada entre las piernas. Se acercó a la cama y yo lo agarré del pelo, lo obligué a arrodillarse y le hundí la cara entre mis muslos sin decir una palabra. A partir de ahí, lo tuve comiendo de mi mano. O mejor dicho, comiéndome el coño, porque a esas alturas yo ya estaba empapada de tanto esperarlo y él tenía la lengua metida hasta el fondo, chupando, lamiendo, sorbiendo cada gota como si llevara tres días sin beber. Le monté la cara. Le restregué el clítoris contra la nariz, contra la barbilla, y él aguantó sin quejarse, con las manos abiertas en mis nalgas, apretándome contra su boca.

Me corrí así, con sus labios cerrados alrededor del clítoris y dos dedos suyos moviéndose dentro de mí. Le empapé la cara y él siguió lamiendo hasta que se lo aparté a la fuerza porque no aguantaba más el temblor.

***

Tenemos una colección pequeña de cosas que usamos en estas sesiones. No es nada complicado: algunas pulseras, un par de gargantillas, unos pendientes largos y, sobre todo, las botas. Hay unas altas, de tacón, que cuando me las pongo lo dejan sin habla. Solo de vérmelas puestas empieza a humedecerse la punta de la polla, y eso me da un poder que no sé describir bien. Es como apretar un botón.

Esas botas tienen nombre entre nosotros. Las llamamos «las negras», y son su debilidad absoluta. Con ellas ya me ha follado varias veces, siempre por detrás, con las botas puestas y sin quitarme más nada, y siempre termina más rendido que de costumbre, corriéndose antes de tiempo, como si el cuero le robara la voluntad. Yo me aprovecho de eso sin ninguna culpa. Aprendí hace tiempo que su fetichismo es mi mejor herramienta.

Lo bonito de conocer tan bien las debilidades de alguien es que puedes jugar con ellas como quieras. Sé exactamente qué gesto lo enciende, qué palabra lo desarma, cuánto tiempo puede aguantar antes de empezar a suplicar. He ido aprendiendo su cuerpo como quien aprende un instrumento, y ahora toco en él la melodía que me apetece en cada momento. A veces lo hago durar minutos; otras, lo dejo al borde durante toda una tarde.

Ayer no llegué a ponérmelas. Las dejé a la vista, sobre la silla, sabiendo que mirarlas y no poder pedírmelas lo iba a desesperar. Esa es otra forma de mandar: enseñar lo que no se va a dar. Y funciona. Lo tuve toda la tarde con la mirada yendo de mi cuerpo a las botas y de las botas a mi cuerpo, sin atreverse a decir nada, con la polla goteando pre-semen sobre mi muslo cada vez que se acercaba.

Os voy a contar cómo me follo, porque merece la pena. Me puso a cuatro patas al borde de la cama y se colocó detrás. Le sentí abrirme las nalgas con los pulgares, mirar bien el coño empapado, escupirme encima y frotar la punta de la polla arriba y abajo, entre los labios, sin meterla. Empujaba solo el capullo, medio centímetro, y volvía a sacarlo. Yo apretaba los dientes y le insultaba, le decía que me la metiera de una vez, y él, obediente por primera vez, siguió jugando hasta que yo bajé una mano, le agarré la verga y me la clavé de un tirón hasta el fondo.

Grité. Me la metió toda, hasta los huevos, y noté cómo me llenaba entera. Empezó a follarme fuerte, con las manos apretándome las caderas, sacándomela casi entera y volviendo a hundirla, chocando los huevos contra mi clítoris a cada embestida. Me corrí en cuestión de minutos, gritando contra la almohada, y él siguió, no se detuvo, me atravesó el orgasmo entero embistiendo hasta que yo, sin bajar del subidón, me di la vuelta y le empujé el pecho.

—Boca arriba —le ordené.

Se tumbó y yo me monté encima, deslizándome sobre su polla dura y resbaladiza de mis jugos. Empecé a cabalgarlo, apoyándome en su pecho con las dos manos, subiendo y bajando a mi ritmo, apretándole con los músculos internos cada vez que llegaba al fondo. Me miraba las tetas botando, me apretaba los pezones entre los dedos, y yo me iba acercando otra vez al orgasmo cuando noté que él estaba a punto. Sus manos me agarraron las caderas con más fuerza, buscando frenarme.

—Quieta —jadeó—. Quieta o me corro.

—Córrete —le dije—. Pero donde yo diga.

Me moví rápido, me lo saqué de dentro, le agarré la polla con la mano y le apunté hacia mis tetas. Bombeé fuerte, apretando el puño, y él explotó a los tres tirones, disparando chorros gruesos de semen que me cayeron encima del pecho, entre los pechos, hasta el cuello. Sentí cada palpitación de la verga contra mi mano, el calor de tres días de espera descargándose justo donde lo había decidido. Recogí el semen con dos dedos y me lo llevé a la boca, mirándole a los ojos mientras lo tragaba. Eso es lo que más me gusta: no solo el placer, sino saber que ocurre porque yo lo permito.

***

Más tarde, esa misma noche, le di una segunda oportunidad. Tiene una capacidad de recuperación que todavía me sorprende. Mientras me besaba el cuello y bajaba hacia mis pechos, chupándome los pezones uno detrás del otro hasta dejármelos duros y sensibles, yo me ocupaba de mí misma, marcando el ritmo con dos dedos dentro del coño, usándolo como me apetecía. Cuando ya había llegado un par de veces más, empapándome los dedos y su cara y las sábanas, lo hice tumbarse boca arriba y me coloqué sobre él, sentada a horcajadas sobre sus caderas pero sin metérsela todavía. Restregué mi coño mojado a lo largo de su polla, empapándosela entera de mis jugos.

—No te muevas —le advertí.

Y no se movió. Le agarré la verga bien recta y me fui bajando despacito, milímetro a milímetro, sintiendo cómo me abría por dentro otra vez. Cuando lo tuve entero dentro, empecé a moverme apenas, contrayendo los músculos internos, apretándole y soltándole, sin subir ni bajar. Le dejé que se acariciara los huevos con una mano mientras yo me apretaba contra él, controlando hasta el último segundo. Su respiración se fue acelerando, los músculos del abdomen tensos, las manos agarradas a las sábanas para no romper la regla. Aguantó todo lo que pudo, y cuando ya no pudo más, me lo saqué otra vez, se lo acabé a mano y esta vez le hice correrse dentro de mi boca, tragando cada gota mientras él se retorcía debajo de mí, sin poder empujar ni gritar. Fue otra vez en mis términos, no en los suyos.

Eso fue ayer. Hoy hemos vuelto a empezar, pero con una idea distinta en la cabeza.

***

Llevo desde el mediodía con él al borde. La mano no para, pero nunca llega a darle lo que necesita. Le tengo la polla brillante, roja, casi morada de tan hinchada, con los huevos apretados y subidos, pegados al cuerpo. Cada vez que noto que se acerca, cuando los músculos del abdomen se le tensan y la verga empieza a palpitarme en el puño, freno. Suelto. Lo dejo respirar, le doy unos segundos, y vuelvo a empezar, esta vez más despacio, torturándole el frenillo con la yema del pulgar. Es un ejercicio cruel y los dos lo sabemos, pero ninguno quiere que termine.

—Por favor —murmura, y es la tercera vez que lo dice en la última media hora.

—«Por favor» no es suficiente —le respondo—. Vas a esperar todo lo que yo quiera. Di lo que eres.

—Tuyo —susurra—. Soy tuyo, mi polla es tuya, mi corrida es tuya.

—Buen chico.

Tiene la frente perlada de sudor y las piernas le tiemblan un poco. Me encanta verlo así, suspendido entre el placer y la desesperación, sabiendo que no decide nada. Hace un rato le hice algo con la boca que él calificó de inolvidable: le tragué la polla hasta la garganta, le lamí los huevos uno por uno, se los metí en la boca mientras le movía la mano por la verga, y cuando lo tuve al límite, con las caderas empujando hacia arriba sin poder evitarlo, lo dejé caer. Le apreté con dos dedos la base del pene y le corté la corrida en seco. Se quedó gimiendo, con la polla latiendo sola en el aire, escupiendo dos gotas espesas pero sin llegar a vaciarse. Solo quería comprobar cuánto aguanta antes de suplicar de verdad.

La idea de hoy es sencilla y un poco perversa. Quiero que acumule durante horas, que su cuerpo se llene hasta el límite, que los huevos le pesen como piedras, para que cuando por fin le dé permiso, lo que salga sea una descarga como pocas. Chorros gruesos, largos, de esos que salpican lejos. Y quiero recibirla en la cara. En la boca abierta, en las mejillas, en la lengua, en el pelo. Solo de pensarlo me muerdo los labios y siento el calor subiéndome otra vez por dentro, el coño apretándose sobre nada.

—¿Vas a portarte bien hasta entonces? —le pregunto.

—Sí —responde sin dudar.

—Dilo otra vez.

—Sí, lo que tú quieras.

Esa rendición me vuelve loca. Hubo un tiempo en que yo era la que esperaba, la que se conformaba con lo que me daban, la que fingía orgasmos para que él terminara pronto. Ahora es al revés, y descubrir este lado de mí ha sido como abrir una puerta que no sabía que existía. No es solo el sexo. Es el control, la anticipación, ese juego en el que él entrega su placer y yo decido qué hacer con él, cuándo, cómo y dónde va a acabar cada gota de semen que produce.

***

Sigo acariciándolo mientras os escribo esto, con el teléfono en una mano y su polla en la otra, apretando y soltando, desesperándose poco a poco. Le paso el pulgar por la punta, recojo el pre-semen que no para de salirle y se lo esparzo por el glande, resbaladizo. Cada tanto levanta la vista para ver si ya he terminado, si ya es el momento. Todavía no. Dejaré que pase otra hora, puede que dos. Hasta entonces, mi trabajo es mantenerlo justo donde está: al límite, temblando, con los huevos a punto de reventar, mío.

Esta tarde, cuando decida que ya ha esperado bastante, le pondré las botas negras. Me arrodillaré frente a él con la boca abierta y la lengua fuera, le agarraré la polla con las dos manos y le diré, por fin, que se deje ir. Y entonces, después de tantas horas de espera, recibiré todo lo que ha guardado para mí, en la cara, en la lengua, en las tetas. Pero eso, como tantas otras cosas que hacemos, será objeto de otro relato.

De momento solo puedo deciros que jamás había deseado algo tanto como deseo su entrega. Lo quiero a todas horas, rendido, paciente, con la polla dura y esperando mi permiso para vaciarse. Y él, por suerte para los dos, ha aprendido a darme exactamente eso. Ya os contaré cómo termina.

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Comentarios(8)

Rodrigo_Sur

Increible relato, me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin!!!

SilviaNoc

Por favor hacé una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber cómo siguió. Muy bueno!

DiegoNar

La dinámica de poder está muy bien lograda, se siente autentica. Uno de los mejores que leí acá en mucho tiempo.

SergioPNK

jaja la parte de las horas esperando... eso requiere una paciencia que yo no tendría ni de cerca xD

Nadia_Lec

Me encantó como lo escribiste, se nota que sabés del tema. Espero más relatos así!

MarcosCorinto

Muy bueno, excitante y bien contado. Pocas veces leo algo tan logrado por acá.

LectoraOscura

Me recordó a algo que viví hace un tiempo, solo que al revés jajaja. La tensión que construiste está perfecta.

CuriosidadBA

Buenisimo!!! hay segunda parte?

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