Mi sumiso esperó horas a que yo le diera permiso
Dicen que la ninfomanía es un apetito que no se sacia nunca. No sé si tengo eso o si simplemente encontré a la persona indicada para alimentarlo, pero hace meses que mi cuerpo no conoce la calma. Todo lo que voy a contaros pasó de verdad, y sigue pasando, porque mientras escribo estas líneas él está a mi lado, desnudo, esperando algo que solo yo puedo darle.
Lo tengo agarrado con la mano izquierda. Llevo horas así, subiendo y bajando despacio, midiendo cada caricia para que no se corra antes de tiempo. Quiero que acumule. Quiero que llegue al límite y se quede ahí, temblando, mientras yo decido cuánto más va a durar la espera.
Son las dos de la tarde. Estamos en su cama, con las persianas a medio bajar y la luz cortando la habitación en franjas. Llevamos un par de horas jugando, y en todo ese rato él no ha hecho nada que yo no le permitiera. Esa es la regla, la única que importa. Aquí decido yo, y a él parece que le ha encontrado el gusto a obedecer.
—¿Puedo moverme? —me pregunta, con la voz pastosa.
—Todavía no —le contesto, y aprieto un poco más la mano para que entienda que hablo en serio.
Lo veo cerrar los ojos y morderse el labio. Le encanta esto tanto como a mí, aunque le cueste reconocerlo. Cada vez que intenta empujar las caderas hacia mi mano, yo aflojo y lo dejo en el aire. Aprende rápido. A los pocos minutos ya está quieto, entregado, esperando con una paciencia que no tenía cuando empezamos.
No siempre fue así entre nosotros. Cuando nos conocimos, él era de los que tienen prisa, de los que quieren llegar al final sin disfrutar el camino. Me costó semanas enseñarle a frenar, a entender que el placer crece cuanto más se hace esperar. Al principio se quejaba, decía que era una tortura. Ahora me lo pide él, como si hubiera descubierto una droga nueva. Y en cierto modo lo es: el cuerpo se acostumbra a la espera y empieza a necesitarla.
***
Para entender lo de hoy hay que retroceder a lo de ayer. Él había estado tres días fuera por trabajo, y yo lo esperé en su casa con una idea muy clara en la cabeza. Sabía que volvería cargado, sin haberse tocado en todo el viaje, porque eso también se lo ordené antes de que se fuera. Guarda lo suyo para mí, como si fuera un tesoro que no tiene derecho a gastar sin permiso.
Cuando lo oí meter la llave en la cerradura, ya estaba lista. Me había puesto solo unos pocos detalles: una diadema fina con brillos, dos pulseras anchas en la muñeca y unas zapatillas negras. Nada más. El resto, la piel desnuda y abierta sobre el colchón. Quería que esa fuera la primera imagen que viera al entrar.
Me tumbé con las piernas separadas y me abrí con las manos, para que no le quedara ninguna duda de lo que le esperaba. Lo de la diadema y las pulseras era una fantasía suya que llevaba tiempo pidiéndome, y ayer por fin se la cumplí. Es curioso cómo un par de adornos tontos pueden volver loco a un hombre. A él se le pone dura solo de verme así, y a mí me excita ver el efecto que provoco.
—Dame cinco minutos para ducharme —me pidió desde la puerta, sin poder apartar los ojos de mí.
—Tienes tres —le dije.
Volvió en menos. Y a partir de ahí, lo tuve comiendo de mi mano. O mejor dicho, de entre mis piernas, porque a esas alturas yo ya estaba empapada de tanto esperarlo.
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Tenemos una colección pequeña de cosas que usamos en estas sesiones. No es nada complicado: algunas pulseras, un par de gargantillas, unos pendientes largos y, sobre todo, las botas. Hay unas altas, de tacón, que cuando me las pongo lo dejan sin habla. Solo de vérmelas puestas empieza a humedecerse, y eso me da un poder que no sé describir bien. Es como apretar un botón.
Esas botas tienen nombre entre nosotros. Las llamamos «las negras», y son su debilidad absoluta. Con ellas ya me ha tomado varias veces, y siempre termina más rendido que de costumbre, como si el cuero le robara la voluntad. Yo me aprovecho de eso sin ninguna culpa. Aprendí hace tiempo que su fetichismo es mi mejor herramienta.
Lo bonito de conocer tan bien las debilidades de alguien es que puedes jugar con ellas como quieras. Sé exactamente qué gesto lo enciende, qué palabra lo desarma, cuánto tiempo puede aguantar antes de empezar a suplicar. He ido aprendiendo su cuerpo como quien aprende un instrumento, y ahora toco en él la melodía que me apetece en cada momento. A veces lo hago durar minutos; otras, lo dejo al borde durante toda una tarde.
Ayer no llegué a ponérmelas. Las dejé a la vista, sobre la silla, sabiendo que mirarlas y no poder pedírmelas lo iba a desesperar. Esa es otra forma de mandar: enseñar lo que no se va a dar. Y funciona. Lo tuve toda la tarde con la mirada yendo de mi cuerpo a las botas y de las botas a mi cuerpo, sin atreverse a decir nada.
No os voy a contar con detalle cómo me tomó, porque eso daría para otro relato entero. Solo os diré que tuve varios orgasmos, de esos que te dejan flotando, y que cuando supe que él estaba a punto, me moví rápido para recibirlo donde yo quería. Sentí cada palpitación, el calor de tres días de espera descargándose justo donde lo había decidido. Eso es lo que más me gusta: no solo el placer, sino saber que ocurre porque yo lo permito.
***
Más tarde, esa misma noche, le di una segunda oportunidad. Tiene una capacidad de recuperación que todavía me sorprende. Mientras me besaba el cuello y bajaba hacia mis pechos, yo me ocupaba de mí misma, marcando el ritmo, usándolo como me apetecía. Cuando ya había llegado un par de veces más, lo hice tumbarse boca arriba y me coloqué sobre él.
—No te muevas —le advertí.
Y no se movió. Lo dejé que se acariciara despacio mientras yo me apretaba contra él, controlando hasta el último segundo. Su respiración se fue acelerando, los músculos del abdomen tensos, las manos agarradas a las sábanas para no romper la regla. Aguantó todo lo que pudo, y cuando ya no pudo más, fue otra vez en mis términos, no en los suyos.
Eso fue ayer. Hoy hemos vuelto a empezar, pero con una idea distinta en la cabeza.
***
Llevo desde el mediodía con él al borde. La mano no para, pero nunca llega a darle lo que necesita. Cada vez que noto que se acerca, freno. Lo dejo respirar, le doy unos segundos, y vuelvo a empezar. Es un ejercicio cruel y los dos lo sabemos, pero ninguno quiere que termine.
—Por favor —murmura, y es la tercera vez que lo dice en la última media hora.
—«Por favor» no es suficiente —le respondo—. Vas a esperar todo lo que yo quiera.
Tiene la frente perlada de sudor y las piernas le tiemblan un poco. Me encanta verlo así, suspendido entre el placer y la desesperación, sabiendo que no decide nada. Hace un rato le hice algo con la boca que él calificó de inolvidable, y aun así no le dejé terminar. Solo quería comprobar cuánto aguanta antes de suplicar de verdad.
La idea de hoy es sencilla y un poco perversa. Quiero que acumule durante horas, que su cuerpo se llene hasta el límite, para que cuando por fin le dé permiso, lo que salga sea una descarga como pocas. Y quiero recibirla en la cara. Solo de pensarlo me muerdo los labios y siento el calor subiéndome otra vez por dentro.
—¿Vas a portarte bien hasta entonces? —le pregunto.
—Sí —responde sin dudar.
—Dilo otra vez.
—Sí, lo que tú quieras.
Esa rendición me vuelve loca. Hubo un tiempo en que yo era la que esperaba, la que se conformaba con lo que me daban. Ahora es al revés, y descubrir este lado de mí ha sido como abrir una puerta que no sabía que existía. No es solo el sexo. Es el control, la anticipación, ese juego en el que él entrega su placer y yo decido qué hacer con él.
***
Sigo acariciándolo mientras os escribo esto, con el teléfono en una mano y él en la otra, desesperándose poco a poco. Cada tanto levanta la vista para ver si ya he terminado, si ya es el momento. Todavía no. Dejaré que pase otra hora, puede que dos. Hasta entonces, mi trabajo es mantenerlo justo donde está: al límite, temblando, mío.
Esta tarde, cuando decida que ya ha esperado bastante, le pondré las botas negras. Me arrodillaré frente a él y le diré, por fin, que se deje ir. Y entonces, después de tantas horas de espera, recibiré todo lo que ha guardado para mí. Pero eso, como tantas otras cosas que hacemos, será objeto de otro relato.
De momento solo puedo deciros que jamás había deseado algo tanto como deseo su entrega. Lo quiero a todas horas, rendido, paciente, esperando mi permiso. Y él, por suerte para los dos, ha aprendido a darme exactamente eso. Ya os contaré cómo termina.