Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo até a la cama y encendí la grabadora

Llevaba semanas pensando en hacerle algo especial. La forma en que Darío entendía el sexo se me había metido bajo la piel, y ya no sabía disfrutarlo de otra manera. Las circunstancias nunca nos dejaron estar juntos del todo: cuando nos conocimos yo todavía trabajaba de noche en un local del puerto, y él acompañaba a mujeres mucho mayores que le pagaban por su tiempo. Lo suyo duró poco, dejó de «escoltarlas» a las pocas semanas de cruzarnos, pero yo necesitaba meses para juntar lo que me hacía falta y poder marcharme.

Estuve a punto de pedirle que me esperara. No me atreví. Era demasiado tiempo para un chico de veintitantos, y no quería atarlo a una espera que se volvería amarga. La idea, en mi cabeza, era simple: cuando los dos dejáramos atrás esa vida, empezaríamos algo limpio. Un hombre que me había respetado, al que no tenía que esconderle mi pasado, ni él a mí el suyo.

El golpe llegó pocas semanas después, cuando me dijo que ya había otra mujer en su vida. Lo único bueno fue que para entonces yo también había salido de aquello y había encontrado a alguien. Él se separó de su novia, y aun así, cada vez que volvíamos a vernos, rechazaba mi oferta de dejarlo todo y empezar juntos. Yo le ofrecía la vida entera. Él me ofrecía la cama, y nada más.

En la cama, eso sí, éramos una sola cosa. Compartíamos los mismos gustos, la misma paciencia, la misma curiosidad. Los dos amábamos el Kama Sutra, y de él aprendí a hacer las ataduras y a disfrutarlas. Con un cuidado obsesivo de no dejar marcas, de no apretar donde no debía. Mi única ambición siempre fue darle el mayor placer posible, y él tenía la misma obsesión conmigo. El problema era el ruido. Los dos hacíamos demasiado, se nos oía en las habitaciones de al lado.

A él le daba vergüenza y no podía evitarlo. Tenía orgasmos tan largos y tan sonoros como los míos, y eso lo avergonzaba hasta un punto difícil de explicar. Las primeras veces se le llenaban los ojos de lágrimas después, como si hubiera hecho algo malo. Conmigo terminó perdiendo ese pudor, porque verlo así de desarmado me hacía sentir más mujer, y me empujaba al borde sin tocarme apenas.

Esa noche quería invertir el orden de todo. Estoy acostumbrada a atarlo, pero esta vez no buscaba un juego compartido. Quería su placer y solo el suyo, ofrecérselo entero para que después él me arrastrara al mío. Quería empoderarme, convertirme en algo más grande que yo misma. Pensé en Circe, la que volvía mansos a los hombres con un gesto.

Le até los brazos en cruz, abiertos sobre el colchón, pero le dejé las piernas libres porque sé cuánto le gusta moverlas. La segunda atadura fue a la cintura, sujeta al armazón de la cama, para que no pudiera levantar el cuerpo. La tercera, la más fina, le rodeó el cuello sin apretar y lo dejó pegado a la almohada, sin poder girar la cabeza ni alzarse a besarme.

—¿Y ahora qué? —preguntó, medio riéndose, esperando que yo perdiera la paciencia.

No la perdí. Eso era justo lo que no iba a darle.

Le tapé los ojos con una venda un instante, el tiempo justo para encender una pequeña grabadora roja que dejé escondida detrás de la almohada. Después le descubrí la mirada. Quedó allí, expuesto y sin saber que cada sonido suyo se estaba guardando. Esa era mi verdadera travesura, una que ni él imaginaba.

***

Empecé despacio, con su sexo en mi boca, hasta que me pidió que parara porque no aguantaba más. Entonces subí por su pecho, centímetro a centímetro, hasta que nada quedó entre mi sexo y su boca. Sentí su lengua moverse en círculos, lenta primero y luego desesperada, y me dejé llevar hasta el filo, abierta, húmeda, a punto de romperme sin permiso.

Bajé antes de caer. Quería tenerlo dentro cuando llegara. Me coloqué sobre él y lo guié, y entró sin encontrar ningún obstáculo, hasta el fondo, de una sola vez. Vi en su cara el esfuerzo por no moverse, por no acompañarme. Varias veces noté el impulso de sus caderas queriendo seguir mi ritmo, pero la atadura de la cintura se lo impedía y terminaba rindiéndose.

Intentó abrazarme. No pudo. Intentó buscar mis pechos con la boca. Tampoco. Yo era la araña y él la presa, y cada intento suyo de tocarme solo lo hundía más en la tela. Noté cómo se ensanchaba dentro de mí, esa excitación brutal que aparece cuando el cuerpo deja de obedecer. La reforcé inclinándome, dejando que mis pechos rozaran su pecho, acercando mi boca a la suya.

Pero lo besé cuando yo quise, no cuando él lo necesitaba. Separaba los labios justo cuando él levantaba la cabeza buscándome, y la cuerda del cuello lo devolvía a la almohada. La araña se come a su presa sin prisa.

Empecé a escuchar sus jadeos crecer. Yo también gemía, pero esa noche solo quería oírlo a él. Cada sonido suyo me destrozaba y me encendía a la vez. Me notaba cada vez más mojada, y los gemidos de los dos debían estar haciendo temblar las paredes. Su respiración se fue convirtiendo en palabras: unas tiernas, otras directamente sucias, esas que solo dice cuando pierde el control por completo y al día siguiente jura no recordar.

Una vez, mucho antes, le conté sin darle importancia que en pleno arrebato me había llamado «puta». Se puso a llorar y a pedirme perdón durante media hora. Esa noche, en cambio, lo tenía atrapado a él y a todo lo que decía, guardado en esa grabadora roja a la que después aprendí a llamar la cinta. Y sin darme cuenta, yo también estaba cayendo en su trampa.

Cuando empieza con esos susurros sé que su orgasmo está cerca. Acompasé mi ritmo al suyo. Lo sentí tensarse, ensancharse una última vez, y me dejé ir con él, desesperada, exprimiendo cada segundo. Me derrumbé a su lado y busqué la única señal que me confirma que lo he llevado al límite: su cara. Estaba sonrojado y brillante, con los ojos cerrados y una sonrisa de niño que sueña con algo que adora. Me sentí fuerte. Mujer. Dueña de la noche.

Se quedó varios minutos así, con la respiración rota, como si el orgasmo siguiera proyectándose dentro de él. Aproveché para apagar la grabadora y soltarle las ataduras una a una. Descansamos pegados, y dormimos un rato sin hablar.

***

Después de una ducha lo tomé de la mano y lo llevé otra vez a la cama. Le mostré la grabadora roja y, sin avisar, puse en marcha la reproducción. Nos mirábamos fijo. En cuanto empezaron a sonar nuestros propios jadeos, su respiración se volvió pesada y a mí me recorrió un escalofrío que me dejó la piel erizada. Volví a humedecerme con solo escucharnos, y él estaba duro como nunca lo había visto.

No hizo falta ningún gesto. Me tumbó, se colocó encima y me penetró otra vez sin encontrar resistencia. Apenas había entrado y yo ya estaba al borde. Sentí que él hacía un esfuerzo casi inhumano por no terminar, por aguantar mientras la cinta seguía sonando. Los gemidos grabados se mezclaban con los nuestros, los de hacía una hora con los de ese instante, y era imposible distinguirlos.

Duramos poquísimo. El orgasmo me dejó desorientada, sin sentido, temblando entera. Él quedó inmóvil y callado quince minutos, perdido en algún lugar. Cuando me sentí capaz, todavía con las piernas flojas, fui hasta el ordenador y copié la grabación para no perderla nunca. La cinta nos había vencido. No habíamos aguantado, ni él ni yo, ni un solo minuto entero de escucha.

Durante años, esa cinta roja convivió con nosotros. A veces nos atrevíamos a ponerla cuando volvíamos a vernos. Aprendimos a resistir un poco más que aquella primera vez, pero jamás logramos llegar al final de la grabación. Siempre nos rendíamos antes, devorados por nuestros propios sonidos. La cinta nació de una noche concreta, de esos minutos en los que nos sentimos invencibles, y por eso siempre nos torturó, como una maldición hecha a medida.

Mientras escribo estas líneas la tengo delante. La miro y me excito, no puedo evitarlo. Aprovecho estas palabras para confesarle a Darío lo que hago casi todos los días, porque pienso en él y en aquella noche más de lo que debería. Me desnudo, me tumbo, enciendo la cinta y la adelanto hasta el minuto exacto en que lo oigo jadear y a mí gemir.

Me acaricio los pechos imaginando que son sus manos. Después bajo, y la mano me encuentra ya mojada de solo escuchar. Meto los dedos y los convierto en los suyos, su lengua en mi clítoris, sus palabras sucias quemándome el oído. Todo se acelera, va rápido, demasiado rápido, y vuelvo a terminar sola con la cinta sonando.

Me quedo después mirándola, con la mano temblando y las ganas de llamarlo, de pedirle que vuelva. Pero no me atrevo, porque tengo la certeza de que me diría que no. Una maldición, eso es la cinta roja. La más hermosa de todas las maldiciones, mi objeto preferido, mi fetiche.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

LoboNocturno_33

Tremendo relato!!! Me tiene con la cabeza en otro lado todavia

MireyaBA

La idea de la grabadora me volo la cabeza. Por favor segui escribiendo, necesito mas de tu pluma

SombraRoja_77

el titulo solo ya me engancho antes de leer la primera palabra jajaja

pamela_sv

Que situacion tan intensa... lei de un tiron y se hizo cortisimo

Rodrigo_Cba

Me gusto mucho como se construye la tension desde el principio. Uno de los mejores que lei aca en un tiempo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.