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Relatos Ardientes

Mi guerra de bombitas terminó con él dominándome

¿Te acuerdas de aquellos carnavales en que la casa era nuestra y de nadie más? Calor pegajoso, música lejana de alguna comparsa y la certeza de que ningún vecino vendría a tocar la reja. Tenía el plan en la cabeza desde la mañana, mucho antes de que salieras a comprar la caja de cervezas.

Apenas te vi cruzar la esquina cargando la caja con las dos manos, supe que era mi momento. Te grité que había dejado la reja sin candado, que podías empujarla con el hombro sin soltar nada.

—¡Pasa, que está abierta! —dije, con la voz más inocente que pude fingir.

Sonreíste. Esa sonrisa tuya de quien no sospecha nada.

Lo que no anticipaste fue lo que te esperaba al cruzar el umbral.

Ni yo misma imaginé que tendría tan buena puntería esa tarde.

¡Paf!

La bombita te explotó justo en el pecho y te dejó la camisa empapada en un segundo. Cualquier otro habría soltado la caja del susto, pero tú no. La sostuviste firme, miraste la mancha que se extendía por la tela y después levantaste la cara despacio. Tu mirada me encontró de inmediato, asomada apenas por la esquina de la casa, muerta de risa por el ataque con el que te había sorprendido.

—¡Ahí tienes munición! —grité, y te lancé otra que, ya advertido, esquivaste sin esfuerzo.

Yo te conozco, Damián. Sé que en fuerza y en velocidad siempre voy a perder contigo. La única forma que tengo de ganarte es a traición, cuando menos te lo esperas.

Te había dejado la nevera con hielo al lado del balde, las bombitas llenas flotando como pequeñas minas a punto de estallar. Te vi guardar las botellas una por una, sin prisa, con esa paciencia tuya que me llenaba de adrenalina. Cada segundo que tardabas me apretaba más el pecho.

Aproveché el momento y salí corriendo por el pasillo lateral hacia el patio de atrás.

***

Me escondí detrás del árbol de mango, con dos bombitas en cada mano que había sacado del balde de reserva. El corazón me latía a mil por hora. Daba igual que perdiera la guerra: nadie me quitaría la victoria de haberte acertado en el pecho con la primera.

Te vi entrar al patio con tu propia munición. Apenas me descubriste detrás del tronco, corriste hacia mí como un toro enfurecido. Solté un grito, te lancé una bomba y fallé feo. Hui de mi escondite hacia el otro lateral de la casa.

¡Paf!

El impacto me arrancó un chillido. Ahora la tela de mis pantalones cortos de mezclilla estaba mojada: me habías dado de lleno en una nalga.

Llegué hasta la esquina y desde ahí te lancé la última que me quedaba. Gruñí, frustrada por mi mala puntería. Volví al frente, tomé dos bombitas de tu balde, pero mientras estaba doblada para alcanzarlas sentí el golpe en el costado.

Esos dos impactos seguidos me encendieron el lado competitivo. Al menos una más te voy a pegar. Empecé a lanzarte todo lo que tenía, una tras otra, y por fin te acerté en la pierna.

—¡Ja! —exclamé, triunfal, y huí de nuevo dejándote apenas una bombita atrás.

—¡No me puedes dar! —te provoqué desde el patio trasero.

—Tú sabes muy bien lo que te voy a dar —respondiste, con la voz acelerada por la maratón que nos estábamos echando de un lado al otro.

Mi meta era llegar al segundo balde, pero apenas me detuve un instante para mirar por encima del hombro ya estabas casi encima. Me sobrepasaste y llegaste tú primero. Me di media vuelta y corrí otra vez hacia el frente, y cuando giré la cabeza para ubicarte, no estabas por ningún lado.

Me quedé pegada a la esquina, esperando a que aparecieras de frente.

Tonta de mí.

Porque de repente solté ese chillido de susto que siempre se me escapa cuando me sorprendes.

¡Chaaaaass!

El agua helada me cayó encima de pies a cabeza. Ya habías perdido el interés en las bombitas: tomaste el balde entero y te acercaste con el sigilo de una pantera por la espalda para vaciármelo de golpe.

Me pasé las manos por la cara, escupiendo agua, y te di un manotazo en el brazo.

—¡Tramposo!

—¿Tramposo yo? Mira quién habla.

Hice una mueca. No estabas equivocado.

—Es que si no te ataco por sorpresa nunca te puedo dar —dije, malcriada.

—Ahora los dos tenemos el pecho mojado.

—Tú solo el pecho y la pierna —respondí, cruzándome de brazos—. Yo sí que estoy toda mojada.

—¿Toda? ¿Estás toda mojada? —tu voz bajó de golpe a ese tono grave y sugerente que me derrite.

***

Yo ya sabía que terminaría más empapada que tú en esta guerra. No imaginé que serías tan bestia como para echarme el balde completo, pero la verdad es que me venía perfecto para la segunda parte de mi plan. A pesar del sol de la tarde, la brisa rozándome la piel mojada me tenía la carne erizada. Y no era ningún accidente que debajo de la camiseta no llevara absolutamente nada, y que la hubiera elegido blanca a propósito.

La tela mojada se me pegaba al cuerpo, los pezones marcados contra el algodón. Sentí cómo tu mirada cambiaba.

Creo que llegó el momento de acabar con esta guerra.

La forma en que me mirabas me mojó entre las piernas sin necesidad de tocarme. Mirabas mis tetas como una fiera hambrienta. Te acercaste, tomaste lo tuyo: tus manos grandes las juntaron y apretaron. La camiseta chorreaba, el agua acumulada caía en hilos finos mientras me tocabas y me estrujabas.

Pasaste los pulgares por mis picos endurecidos y un escalofrío me recorrió la espalda. Bajaste la cabeza y mordiste uno de mis pezones a través de la tela, arrancándome un gemido a medio camino entre el dolor y el placer.

—Qué rica estás —dijiste con voz ronca, antes de besarme. Tu lengua entró en mi boca y se enredó con la mía, lenta, posesiva.

Tus manos bajaron a mis nalgas.

—Te voy a llevar para atrás.

No fue una pregunta. Di un saltito y te abracé las caderas con las piernas. Quería refregarme contra el bulto duro de tu pantalón, pero así colgada no llegaba. Sostuviste todo mi peso agarrándome del culo y caminaste cargándome hasta el patio trasero, mis tetas aplastadas contra tu pecho. Te besé el cuello y te lamí la oreja todo el camino hasta el sillón de mimbre.

Me soltaste antes de sentarte y, sin perder un segundo, empezaste a desabotonarme los pantalones cortos. La mezclilla mojada parecía pintada sobre mi piel; tuviste que deslizarla con esfuerzo por mis muslos hasta que quedó hecha un charco arrugado a mis pies.

Me devorabas con la mirada. Contemplaste mi tanga blanca, también empapada. Tú sentado con las piernas juntas, yo de pie entre tus rodillas, tan cerca que mi pecho subía y bajaba al ritmo de mi respiración a centímetros de tu cara. Quería sentir tu boca en mis tetas otra vez, pero primero estiraste el brazo, corriste la tela de la tanga a un lado y deslizaste un dedo entre mis labios.

—Qué rica. Estás mojadísima.

—Tú me pones así —respondí, ondulando las caderas sin poder evitarlo.

Me metiste el dedo, lo untaste con mi humedad y subiste a frotarme el clítoris. Me estremecí entera. Me tenías tan excitada que la desesperación pudo más que la paciencia: despegué la tela pegada a mi piel, me subí la camiseta casi hasta el cuello y liberé mis senos para tentarte la boca.

Abriste los labios y me chupaste un pezón con un hambre voraz, mientras tu dedo entraba y salía, y de vez en cuando volvía a mi clítoris hinchado. Una y otra vez, tu boca devorando mis pechos. Me agarré de tus hombros para no caer, buscando aferrarme a tu cuerpo sólido porque me flaqueaban las rodillas.

Me sentía deliciosamente obscena, perversamente entregada. Me acercabas cada vez más al borde.

—No, todavía no —jadeé—. Mételo. Por favor, te quiero adentro.

***

Me aparté para que pudieras quitarte la camiseta y bajarte los pantalones hasta los tobillos. Tu verga surgió gruesa y dura entre tus piernas. Me incliné y me la metí en la boca, te chupé y te lamí un poco, dejándote el tronco lubricado con mi saliva, mirándote a los ojos mientras lo hacía.

Después me monté sobre tu regazo, en una de mis posiciones favoritas, esa en la que tu boca sigue alcanzando mis tetas mientras te entierras por completo dentro de mí.

Qué rico cómo me abrías. Encajabas perfecto, mi sexo te recibía con hambre, siempre deseosa de ti. Subí y bajé despacio al principio, sintiendo cada centímetro entrar y salir. Arqueé la espalda y busqué tu boca con la mía; nos besamos mientras me mecía en tu regazo, empalada en tu miembro tieso.

Con cada segundo el deseo subía de velocidad. Soltamos el beso y me moví más rápido. Tus manos atraparon mis nalgas, apretaste mi carne, me manoseaste el culo como si quisieras quedarte con todo, marcándome el ritmo, empujándome a montarte más duro.

Mis tetas rebotaban con cada embestida. Lograste atrapar un pezón entre los labios y lo chupaste fuerte, la lengua estimulando ese punto tan sensible. En esta posición no necesito tocarme; el roce solo me llevaba más y más arriba.

—Ay, qué rico. Estoy cerca.

—Quiero que acabes para mí —ordenaste, con ese tono de mando que me obliga a complacerte.

Me moví frenética, y ese roce me empujó hasta lo más alto, hasta que caí por el abismo. El placer me envolvió, dejé de ver, solo te sentía a ti y lo que le hacías a mi cuerpo. Todos mis músculos se contrajeron; mi sexo te abrazó y mi clítoris latió una y otra vez con la fuerza del orgasmo.

Me detuve un momento, necesitaba recuperar el aliento.

—¿Acabaste rico? —preguntaste.

—Divino —jadeé.

Intenté moverme otra vez, pero ya no me quedaban fuerzas.

—Ponte en cuatro.

***

Me desmonté con las piernas temblorosas. Tu verga salió de mí todavía dura como una roca. Me arrodillé sobre el sillón del patio y me agarré del respaldo. Acomodaste tu miembro en mi entrada y lo metiste entero de una sola vez, arrancándome un gemido hipersensible de la garganta.

Así te sentía más grande, y yo me sentía más apretada. Estaba deshecha por todo lo anterior, pero saqué las fuerzas que me quedaban para darte el placer que todavía no habías alcanzado. Te apreté con los músculos de mi coño, te empujé. Me la metiste rápido y duro, mis nalgas sonando contra tu cuerpo, mis tetas bamboleándose, el mimbre rechinando bajo nosotros.

—Lléname, papi. Llénamela toda.

Me lo metiste cada vez más fuerte hasta que oí el murmullo grave de tu gemido. Tu verga se prensó dentro de mí, sentí cómo se apretaba, y vaciaste tu semilla en lo más profundo, chorro tras chorro.

Tú vacío y yo repleta. Te saliste despacio y me diste una nalgada mientras me enderezaba.

Quise bajarme la camiseta para cubrirme, pero la tela mojada estaba helada, así que terminé quitándomela. La colgué del respaldo de una silla y te di un beso.

—¿Rico? —pregunté.

—Riquísimo.

—¿Te gustó mi guerra sorpresa de bombitas?

—No me la esperaba para nada —dijiste, apretándome las nalgas otra vez—. Me gustó. Me gustó muchísimo.

—¿Quieres que te busque algo para limpiarte? —preguntaste después, atento como siempre.

Me encanta que seas así conmigo.

—No, gracias. Voy a darme una ducha rapidito.

Un beso más y me di la vuelta para entrar a la casa, con la evidencia de tu orgasmo deslizándose tibia por la cara interna de mi muslo izquierdo. Y pensando, ya, en cómo te iba a sorprender el próximo carnaval.

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Comentarios (5)

LucasPba

tremendo relato!!! no lo pude soltar hasta el final

Pili_Nocturna

Por favor seguilo, quede con ganas de leer mas del juego entre ellos dos

DiegoNacht

me recordo a mis propias travesuras jaja. Muy bien escrito, se siente autentico

Monica_BA

Lo del comienzo con las bombitas es un detalle muy original, le da mucho sabor a todo lo que sigue. Genial

SantiagoR_77

excelente!! seguí así

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