Caí de rodillas para mi amo siete veces anoche
Son casi las tres de la tarde y les escribo estas líneas con restos de su semen secándose sobre mis mejillas, tibios todavía, cayéndome despacio como si fueran lágrimas de placer. No me lo he limpiado a propósito. Quiero terminar de contarles esto con su marca encima, porque de otra forma sentiría que estoy mintiendo.
Esta mañana ya escribí otro relato que se publicará junto a este. En aquel hablaba de algo que Tomás y yo bautizamos como mi fascinación líquida, esa necesidad mía que él entendió antes que yo misma. Pero cuando lo escribí, a las nueve de la mañana, no imaginaba que cada palabra se iba a convertir en realidad apenas unas horas más tarde.
Déjenme empezar por el principio, porque si no, no se entiende cómo llegué hasta acá.
Anoche tuvimos dos sesiones que todavía me arden en la memoria. La primera fue en su departamento. Cuando abrí la puerta lo encontré esperándome con una sorpresa preparada para mí, o más bien preparada por mí para él. Me había puesto un disfraz ajustado de látex negro y unas botas altas de cuero que le vuelven loco. Es un fetiche suyo, lo sé, y por eso lo elegí. Entré caminando despacio, dejando que me mirara de arriba abajo, sabiendo exactamente el efecto que producía.
—Date la vuelta —me ordenó desde el sillón, sin saludarme siquiera.
Y yo me di la vuelta. Eso es lo que más me gusta de lo nuestro: la facilidad con la que obedezco, las ganas con las que lo hago. No es que él me obligue. Es que yo necesito que me lo pida.
Me hizo caminar de un lado a otro del living mientras me observaba, como quien estudia algo que ya considera suyo. Después me llamó con un gesto del dedo, apenas un movimiento, y yo crucé la habitación con las botas resonando contra el piso. Cada paso me ponía más, porque en cada paso decidía rendirme un poco más.
—Arrodíllate —dijo, y la palabra me recorrió entera.
Esa primera vez fue larga, con mordiscos y frases al oído que prefiero guardarme. Me sujetó del pelo sin lastimarme, marcando el ritmo, recordándome quién mandaba esa noche. Me dejó las rodillas marcadas contra el suelo y los pezones tan sensibles que el roce del látex me hacía respirar hondo. Cuando terminamos, ninguno de los dos estaba satisfecho del todo. Esa es la trampa que tenemos: cuanto más nos damos, más nos falta.
***
La segunda sesión fue ya en mi cama, de madrugada. No vivo sola, y eso es algo que siempre tengo que tener presente cuando él se queda. Cada gemido hay que medirlo, cada movimiento calcularlo. Esa noche, sin embargo, yo solo quería una cosa, y ustedes ya saben cuál.
Me acomodé contra su espalda y empecé a restregar mi cuerpo contra el suyo, despacio, buscándolo. Lo sentí endurecerse poco a poco, hasta quedar duro como una piedra. Me di la vuelta y bajé entre las sábanas. Supe ponerlo en el punto exacto, ese en el que ya no piensa, ese en el que se entrega tanto como yo.
Sacó su miembro de mi boca, brillante, y me destapó los pechos para metérselo entre ellos. Antes escupió un par de veces, sin pudor, y yo apreté mis tetas contra él mientras empezaba a embestir. Lo imaginaba clavándomelo en otro lado, y esa imagen me encendía más que el roce real. Dejaba caer mi saliva sobre él, viéndolo subir y bajar como el pistón de un motor, y cuanto más me excitaba, menos sutil me volvía: pasé de dejar caer la saliva a escupir directamente para lubricarlo.
—Así, sigue así —murmuró, y yo seguí.
Después de un rato que quise estirar todo lo posible, lo sacó de entre mis pechos y me lo metió en la boca de nuevo, como si me estuviera tomando de otra manera. Sé que me repito al contarles estas escenas, pero es que este hombre me tiene tan perdida que me resulta imposible no revivir cada detalle dos veces, una al hacerlo y otra al escribirlo.
Esa madrugada me premió como ustedes ya se imaginan, y los dos caímos rendidos en un sueño profundo y feliz.
***
Esta mañana me desperté con su lengua entre mis pechos. Sin abrir del todo los ojos ya estaba arqueando la espalda. No me dio tiempo a despertarme: bajó por mi vientre, me abrió las piernas con calma y me hizo terminar antes incluso de que yo pudiera decir su nombre. Recién entonces, cuando estaba deshecha y sonriente, subió de nuevo a buscar mi boca.
Tuvimos otra sesión generosa, larga, pese a que la noche anterior se había vaciado con creces. Hay algo en él que no se agota, y yo me he vuelto adicta justamente a esa abundancia. Me gusta pensar que soy yo la que lo provoca, la que lo mantiene así, aunque sé muy bien que es él quien tira de la correa invisible que llevo puesta desde que lo conocí.
Después de ese desayuno fui hasta el escritorio y escribí el relato del que les hablé. Pero cuando se lo leí en voz alta antes de enviarlo, descubrí que ya lo tenía otra vez duro, ofreciéndoseme sin decir una palabra. Más para mí, pensé, y se me hizo agua la boca.
Me arrodillé sobre la cama y empecé a chupársela como no recuerdo haberlo hecho con nadie. Y no exagero. Hubo épocas en mi vida en las que inventaba dolores de cabeza para no tener que acostarme con quien tocara, en las que el sexo era una tarea más. Con Tomás es exactamente lo contrario: soy yo la que busca, la que ruega, la que no se cansa. Y ya pueden imaginarse cómo terminó esa tercera sesión: con mi boca llena hasta rebosar.
Por eso, con cariño, él me llama Lady Crema. Y a mí me gusta el apodo más de lo que debería admitir.
***
Pero lo mejor todavía no se lo conté. Porque después de esa tercera vez vinieron otras cuatro. Sí, leyeron bien. Cuatro más, una tras otra, a lo largo de la mañana, entre risas, descansos cortos y miradas que ya lo decían todo.
En cada una de ellas entendí un poco más hasta qué punto lo necesito. No es solo su semen lo que busco, aunque me vuelva loca. Es el acto entero: sostenerlo en la boca, llenarlo de saliva, escucharlo gemir bajito mientras intenta no hacer ruido, sentir cómo se rinde igual que yo me rindo. Esa entrega mutua es la verdadera droga.
La cuarta vez fue lenta, casi cruel. Me hizo esperar, me apartó cuando ya lo tenía cerca, me obligó a pedírselo en voz baja una y otra vez hasta que las palabras me daban vergüenza y placer al mismo tiempo. La quinta, en cambio, fue pura urgencia: me tomó de las caderas, me dobló sobre el borde del colchón y no hubo juego ni preámbulo, solo ganas.
—¿Todavía querés más? —me preguntó al oído, sabiendo la respuesta.
—Más —contesté, y no me reconocí en lo ronca que sonaba mi propia voz.
La sexta y la séptima ya fueron casi una sola, encadenadas, con descansos tan cortos que apenas alcanzaba a recuperar el aliento. En algún momento perdí la cuenta de cuántos orgasmos ahogué contra la almohada, de cuántas veces le rogué que no se detuviera. Solo sé que cuando por fin paramos, el sol entraba fuerte por la ventana y yo seguía temblando.
En alguna de esas veces, claro, no se conformó solo con mi boca. Me dio la vuelta, me sujetó las muñecas contra el colchón y me tomó hasta arrancarme un par de orgasmos que tuve que ahogar contra la almohada para que nadie en la casa me oyera. Esa mezcla de placer y silencio forzado tiene algo que me desarma por completo.
En resumen: en poco más de doce horas disfruté siete veces de él de la forma que más me gusta. No sé si eso es una hazaña o si para otras parejas es lo habitual. Yo solo sé que nunca había conocido tanta generosidad, tanta abundancia, y que me he descubierto distinta, más hambrienta, más entregada, más suya.
Hay quienes leerán esto y pensarán que exagero, que ninguna mujer puede querer tanto. Yo misma habría pensado lo mismo hace un año, cuando creía que conocía mi propio cuerpo y mis propios límites. Tomás me demostró que esos límites eran imaginarios, que detrás de la mujer correcta y medida que todos ven había otra dispuesta a arrodillarse, a pedir, a no tener vergüenza de su hambre. Y la verdad es que no la extraño a la de antes.
Lo tengo a mi lado mientras escribo esto, tumbado boca arriba, con los ojos entornados y esa sonrisa de quien sabe que ganó. Paso la mano por su cuerpo sin disimulo, porque quién sabe, quizás, con un poco de paciencia, todavía pueda alimentarme una vez más antes de que caiga la tarde.
Él, encantado. Yo, mareada de placer y completamente feliz.