Mi hermano me enseñó a obedecer esa tarde
Me llamo Renata y, si tengo que ser honesta, todo empezó por culpa de una tarde de mierda. Tenía diecinueve años, estudiaba danza desde los diez y esa costumbre me había dejado un cuerpo delgado, de líneas largas, que aprendí a llevar con una mezcla de orgullo y vergüenza. Soy rubia, de ojos oscuros y piel muy blanca, de esas que se ponen coloradas con nada. Y ese viernes me puse colorada como nunca.
Mi hermano mayor, Bruno, tenía veintidós y era exactamente lo contrario a mí. Moreno de tanto sol, enorme, con esa espalda que se le había puesto ancha de cargar peso todo el día en el depósito donde trabajaba. En el barrio había sido el sueño de medio mundo. Yo lo había visto crecer y nunca, jamás, me había permitido pensar en él de otra manera. Hasta esa tarde.
Volví antes de lo habitual. La clase se había suspendido y yo venía con un humor de perros porque mi amiga Carla, la que decía ser mi mejor amiga, se había acostado con el chico que a mí me gustaba. Entré, tiré el bolso y noté que no había nadie. Mis padres todavía estaban en el trabajo. La casa entera para mí.
Caminé por el pasillo y la puerta del cuarto de Bruno estaba entornada. Pensé en contarle lo de Carla; él siempre me escuchaba, siempre quería cuidarme, esa cosa de hermano mayor que nunca se le pasó. Empujé apenas la puerta para ver si estaba.
No estaba. Pero el cuarto hablaba por él.
Las luces bajas. Ropa amontonada en el piso. La tele encendida con un video a volumen mínimo, dos hombres y una mujer en una escena que me hizo apartar la mirada y volver a mirar enseguida. Y un olor. Un olor espeso, masculino, que me golpeó apenas crucé el umbral y me dejó clavada en el lugar.
No sé explicar lo que me pasó. Apreté los muslos sin darme cuenta. Inhalé otra vez, más hondo, como si quisiera quedarme con ese aire. Estaba húmeda, tan húmeda que me asusté. No me importó que fuera la habitación de mi hermano. A esa edad las hormonas me ganaban siempre, y en ese momento me ganaron por goleada.
Me subí apenas la falda y me toqué por encima de la ropa interior. Una sola vez. Dos. Esto está mal, esto está mal, me repetía, y seguía.
Un ruido en el fondo del pasillo, en el baño, me arrancó del trance. Corrí a mi cuarto muerta de miedo de que me descubrieran. De los nervios dejé la puerta entreabierta y me saqué la remera para cambiarme por algo más cómodo. Quedé apenas con el corpiño celeste cuando escuché los pasos.
Era Bruno, claro. Salía del baño y se había dado cuenta de que yo había llegado. Se paró justo en el marco de mi puerta. Estaba sin remera, en short, y se notaba que debajo no llevaba nada. Bajé la vista un segundo y subí enseguida, pero ya era tarde: él me había visto mirar, y yo había visto cómo me miraba a mí.
—¿Qué hacés, Reni? —dijo, apoyado en el marco con una calma que no me gustó nada—. ¿Recién llegás? Pensé que estabas con Carla.
—Salí temprano —contesté, tratando de sostenerle los ojos y solo los ojos—. Y no, con Carla no. Es una traidora.
Él sonrió de costado. Una sonrisa que yo no le conocía.
—¿Y necesitabas algo mío que estabas espiando en mi cuarto? —dijo despacio—. ¿O querés que te pase el nombre del video, así terminás tranquila lo que empezaste?
El piso se me movió. Me había visto. No sabía cómo, pero me había visto.
—No sé de qué hablás —mentí, y sentí la cara arder—. El pervertido acá sos vos, mirando esas cosas en pleno día.
—No te hagas, Renata.
Lo dijo sin levantar la voz, y eso fue lo peor. Se separó del marco y entró. La habitación se hizo chica de golpe. Era tan alto que tuve que levantar la cabeza para mirarlo, y odié sentirme tan pequeña frente a él, odié que esa sensación me gustara.
—Te vi tocarte mirando la tele —siguió—. Así que dejá de hacerte la santa. Y se me ocurre algo mejor que pelear.
—¿Qué? —apenas me salió la voz.
—Que nos ayudemos. Los dos.
Me quedé sin aire. ¿Esto está pasando de verdad? Mi hermano me estaba proponiendo exactamente lo que yo había fantaseado en secreto sin animarme nunca a ponerle nombre. Y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza: los pezones se me marcaron contra el corpiño, y él lo notó. Claro que lo notó.
—Tu cuerpo ya me contestó —murmuró.
Me agarró de la cintura con una mano enorme y me besó. Fuerte, sin pedir permiso, como si llevara mucho tiempo queriendo hacerlo. No supe si empujarlo o seguirle el juego. Estaba demasiado caliente para pensar. Su otra mano bajó, se metió por dentro de la ropa y empezó a masajearme despacio, y yo me derretí ahí mismo, contra su pecho.
—Acá no —alcancé a decir, separándome apenas—. En tu cuarto.
—Donde quieras —contestó—. Pero a partir de ahora hacés lo que yo te diga. ¿Entendido?
Asentí. No me reconocí asintiendo, pero asentí.
***
Apenas entramos a su pieza me hizo arrodillar de un solo gesto, con la mano en mi hombro. Se bajó el short y quedó frente a mi cara. El mismo olor de antes, ahora multiplicado, denso, de sudor de todo el día. Tendría que haberme dado asco. En cambio solté un suspiro y me colé los dedos otra vez, como una loca.
—Perdón por el olor —dijo, y no sonaba arrepentido para nada—. Entrené toda la tarde. Pero parece que no te molesta, ¿no? Mirá cómo estás, toda mojada.
Me agarró de la nuca y me guió. Lo recibí en la boca y empecé a chuparlo despacio, con los ojos cerrados, concentrada en el sabor y en la respiración de él, que se cortaba cada vez que yo bajaba más. Bruno me tomó del pelo con las dos manos y marcó el ritmo a su manera, sin preguntar. Por momentos no podía respirar y los ojos se me llenaban de lágrimas, y aun así no quería parar.
—Si sabía que la chupabas así de bien, te lo pedía hace rato —dijo, con la voz ronca.
Esa frase, dicha así, con ese desprecio cariñoso, me prendió fuego. Algo en mí necesitaba que me hablaran de ese modo, que alguien tomara las decisiones por mí. Me dejé llevar entera.
***
Me dio vuelta ahí mismo, sobre la alfombra, y me puso en cuatro. Me bajó la ropa interior de un tirón. Sentí su mano grande abrirse paso, y después a él, entrando de a poco. Me dolió. Era demasiado, y yo me adelantaba para escaparle por instinto, pero me agarró de la cadera con las dos manos y me sostuvo en su lugar.
—Quedate quieta —ordenó.
Y entró del todo. Se me escapó un grito y un par de lágrimas, no de miedo, de pura intensidad.
—Estás apretada —dijo entre dientes—. Mucho.
—Bruno, despacio —pedí—. Es mucho, esperá.
No esperó del todo, pero encontró un ritmo que me dejaba respirar entre embestida y embestida. Yo no podía contener los gemidos. Tenía miedo de que algún vecino escuchara, de que llegara alguien, y al mismo tiempo no quería que se detuviera por nada del mundo.
En un momento estiró el brazo, juntó una remera suya del piso y me la apretó contra la boca para callarme. El gesto me humilló y me encendió en partes iguales. Su olor otra vez, ahora cubriéndome la cara, fue demasiado: acabé temblando, mordiendo la tela, con todo el cuerpo sacudiéndose.
—¿Te gusta, no? —dijo, inclinado sobre mi espalda, la boca pegada a mi oreja—. Esto te lo guardabas bien guardado, hermanita.
—Sí —admití contra la tela, sin fuerzas para mentir—. Me gusta.
—Bien. Porque ahora sos mía. Cuando yo te lo diga, venís y hacés lo que te pido. ¿Estamos?
—Estamos —dije, y lo dije en serio.
***
Me hizo darme vuelta para quedar frente a frente. Quería verme la cara, dijo. Me apretaba los pechos mientras se movía, y yo lo miraba desde abajo sintiéndome poseída de una manera que nunca había sentido. Me escupió en la cara, despacio, midiendo mi reacción, y cuando vio que en lugar de espantarme se me escapaba un gemido, sonrió como un demonio.
—Sos peor que yo —dijo.
Me volvió a tapar la boca con la mano. El placer me subió de golpe, distinto, más fuerte, hasta que perdí el control por completo y mojé todo, a él incluido. Bruno se quedó un segundo sorprendido, mirándome como si recién ahí terminara de entender quién era yo de verdad.
—Mierda, Renata —murmuró, y se le aceleró todo.
—Adentro no —alcancé a decir, asustada—. Bruno, adentro no, por favor.
Me tapó la boca otra vez, sin escucharme del todo, y sentí cómo se tensaba entero. Salió en el último segundo, apoyado contra mi vientre, y terminó ahí, con un gemido largo que pareció vaciarlo.
Quedamos los dos tirados en el piso, agitados, sin decir nada. Yo todavía temblaba. Él me pasó un brazo por encima, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido, como si fuéramos los hermanos de siempre.
***
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Lo suficiente para que el corazón se me normalizara y la culpa empezara a asomar, esa que llega siempre tarde. Estaba a punto de decir algo cuando escuchamos la llave en la puerta de calle. Mis padres habían vuelto.
Me levanté de un salto, junté mi ropa hecha un bollo y salí del cuarto en silencio. En el pasillo me crucé con mi reflejo en el espejo: despeinada, marcada, con los ojos brillantes. No me reconocí, y al mismo tiempo nunca me había sentido tan yo.
—Hola, ¿hay alguien? —gritó mi mamá desde abajo.
—¡Recién llegué, me estoy cambiando! —contesté, con una voz que me salió increíblemente normal.
Cerré la puerta de mi cuarto y me apoyé contra ella. Del otro lado del pasillo, escuché a Bruno bajar a saludar como cualquier tarde, contándole a papá algo del fútbol del fin de semana. Como si nada. Como si no acabara de cambiarlo todo entre nosotros.
Me senté en la cama, todavía con el pulso agitado, y entendí que esto no había sido un accidente de una sola vez. Lo supe por la manera en que él me había dicho «sos mía», por la manera en que yo había contestado «estamos». Había una regla nueva en esa casa, una que solo conocíamos los dos, y yo ya sabía que iba a obedecerla.
Esa noche, durante la cena, mi hermano me pasó el pan sin mirarme. Pero por debajo de la mesa su rodilla buscó la mía, apenas un roce, una promesa. Y yo, mientras mi madre hablaba de cualquier cosa, sentí que el calor me volvía a subir despacio, otra vez, sabiendo que lo de esa tarde había sido apenas el principio.