Me convertí en el esclavo de la diosa del gimnasio
El taller de acrobacia para adultos del polideportivo tenía esa noche su evaluación: pirámides humanas. Llevábamos tres semanas montándolas, plantando los pies sobre las colchonetas hora tras hora, y al final de cada clase aquel gimnasio de mayoría femenina quedaba impregnado de un olor denso, casi sólido, que se metía en la ropa y volvía conmigo a casa.
Todos entrenábamos en calcetines. Todos menos Daria, claro. Ella nunca enfundaba sus pies en nada, ni siquiera dentro de esas zapatillas cerradas que se quitaba con dos dedos antes de subir a la formación. Y, mira tú por dónde, su sitio era el vértice de la pirámide. Justo sobre mis hombros. De modo que el peso de aquella rusa de veintitrés años caía siempre sobre mí, en contacto directo con la planta pálida de su pie desnudo.
Por supuesto, acepté la posición sin rechistar.
Jamás me habría atrevido a llevarle la contraria. Desconozco el poder real de esa mirada fría que tenía, capaz de desintegrar a cualquiera que osara discutir con ella sin gastar siquiera una palabra en demostrarlo.
Nuestro grupo fue el primero en actuar. Así que mi desgracia no se limitó a sentir la presión continua de sus pies descalzos, como pequeñas patadas sostenidas; además me tocó cargar con ellos todavía sudados, después de una hora de calentamiento. Unos pies suaves, pálidos, rosados solo en las zonas de apoyo. Bellos, me sonrojo al admitirlo.
Sonó el silbato y empezó el número. Yo ya parecía su súbdito. Aquella mujer disfrutaba apretando la pisada sobre mi hombro con un ritmo intermitente, imposible de anticipar, de modo que nunca terminaba de acostumbrarme y temía cada nuevo impulso. En una de esas presiones encontró un punto que pareció gustarle, una zona sensible junto a la clavícula, y siguió hundiendo el talón hasta arrancarme una de esas lágrimas que saltan solas cuando el dolor es brusco y concentrado.
Saber que el número se acababa me sirvió de consuelo. En unos segundos todo aquel suplicio quedaría justificado por la nota.
Entonces un pico de dolor me hizo soltar un gemido bajo. Nos usó a mi compañero y a mí de trampolín para saltar al suelo en el cierre del ejercicio. Su momento de gloria, improvisado y a costa nuestra.
Ella y su deseo permanente de lucirse, sin importarle a quién pisaba en el camino. Y, por si fuera poco, sacó medio punto más que nosotros dos. ¿Acaso no nos había costado a nosotros mucho más esfuerzo que a ella?
Daria, demasiado lista, lo sabía perfectamente. Por eso me miró a los ojos y soltó una risita.
***
En un abrir y cerrar de ojos terminó la clase y nos mandaron a los vestuarios. Corrí al baño a buscar un espejo. La rojez habitual de mis hombros se había sumado a un detalle nuevo: su huella había quedado marcada en mi piel con la nitidez de una plantilla gastada por los años, y el sudor concentrado de su pie parecía haber irritado aún más aquella zona sensible junto al cuello.
Qué patético resultó el intento de limpiarlo. Solo conseguí empeorarlo, enrojeciendo más la piel ya inflamada.
Salí del baño frustrado, con una rabieta interna de lo más infantil y esa sensación residual de ser un perdedor. En la sala vacía solo quedaba Daria. Los demás ya iban camino de sus casas.
Ella ni se dignó a mirarme, lo cual era normal, y segundos después me quedé solo en el gimnasio. Volví la vista hacia el baño con la sensación de haber olvidado algo sin saber qué, y entonces, en el umbral del vestuario de mujeres, vi un objeto que se me quedó grabado: una zapatilla. ¡La zapatilla cerrada de Daria! ¿Y solo una?
La recogí con cuidado, sujetándola por los cordones, y salí del polideportivo a una velocidad casi desesperada, con la esperanza ridícula de devolvérsela.
Antes incluso de mirarle la cara, busqué sus pies: ahora calzaba unas sandalias de tiras. Grité su nombre. No se giró. Repito: esa actitud en ella ya era costumbre. Cada vez que intentaba hablarle me ignoraba, como recordándome que jugaba en una liga superior a la que yo ni en sueños podría aspirar. Tuve que rendirme cuando su coche se despidió de la puerta del centro.
Sin más remedio que guardar la zapatilla en la mochila, caminé hasta casa, donde me esperaba la cena tras un día tan agotador.
***
Una vez en mi cuarto, fui sacando las cosas de la mochila. ¿En serio? La suela de su zapatilla había manchado todo el interior. Encima que lo hacía por ayudarla. Y lo peor: ahora la mochila entera olía a sus pies.
¿Y si inhalo hondo?
Me sentí enfermo y avergonzado de que mi propia cabeza fabricara semejante pensamiento.
Lo intentaba, intentaba concentrarme en otra cosa, pero no podía. Un reto mentalmente imposible. La curiosidad me llenaba el pecho de adrenalina. Algo en mí quería enterrar la cara en la mochila y olfatear como un animal la plantilla sudada de aquella mujer altiva.
Aun así, conseguí contenerme. Abrí Instagram. ¿De verdad es tan superior o solo la estoy idealizando porque me acostumbré a su desprecio? A lo mejor es una amargada y por eso se comporta así.
No sirvió de nada. Aquella mujer no solo me había pisoteado los hombros con desprecio; también el orgullo. En su perfil abundaban las fotos de regalos, los comentarios de hombres arrastrándose por ella. La mayoría de sus retratos eran naturales, sin filtros, y aun así perfectos.
Luchar contra aquella postura sumisa que empezaba a gestarse dentro de mí me hacía sentir frágil, débil, ridículo. Su rostro liso justificaba su soberbia. Sus facciones de princesa justificaban su soberbia. Esa nariz respingona, llena de gracia, justificaba su soberbia. Entendía mi propia vergüenza ante una presencia tan imponente.
Tenía que deshacerme de aquel objeto que parecía embrujado.
Entonces una tenue luz iluminó mi mala suerte. En varias de sus historias destacadas aparecía el nombre de un barrio, repetido una y otra vez. Un barrio que conocía bien: años atrás había trabajado de repartidor por esas calles, y me había llamado la atención que en todos los buzones figuraran escritos los nombres de los vecinos.
Con la zapatilla otra vez en la mochila, me pasé horas recorriendo aquella zona. Sudando, media hora más revisando apellidos, hasta que apareció: «Daria Volkova».
Al pulsar el timbre lo hice con suavidad, casi con ternura, como si aquel gesto perteneciera a la primera devoción casi religiosa que había sentido en mi vida.
***
Sonó un chirrido metálico y la puerta se abrió hacia fuera, mucho más rápido que mis reflejos, golpeándome de lleno en la nariz.
Ella, al verme con la punta de la nariz roja como un payaso y una de sus zapatillas en la mano, soltó una risa preciosa que dejó ver su dentadura perfecta. Apareció frente a mí, me arrebató el zapato de las manos con violencia y, acto seguido, con una mueca de asco como si hubiera pisado mierda de perro, me escupió en la nariz a modo de burla por mi torpeza. Y me cerró la puerta en la cara, sin decir una sola palabra.
Treinta segundos de puro vacío. Mi mente repitió en bucle aquellos segundos fugaces.
Todavía en shock, la puerta volvió a abrirse, esta vez con más fuerza, y recibí un golpe brutal que me cortó la respiración unos instantes. Su risa resonó por cada rincón de mi cabeza mientras volvía a cerrar, ahora sí, para olvidarse del todo de mi existencia.
Como ven, además de bella, inteligente: un atributo nuevo que multiplicó mi adoración creciente, todavía inconsciente por aquel entonces.
Me quedé inmóvil tanto rato que la humedad bajó de la nariz a la boca, y tragué su saliva por pura falta de reflejos. Un sabor dulce, mezclado con la sal de mi lágrima tras el golpe, que después relamí.
Se me cae la cara de vergüenza solo de admitirlo. ¿Cómo era posible que hubiera repasado hasta la última gota de algo tan indigno como un escupitajo? ¿Quién se había creído que era? Mañana mismo le dejaría las cosas claras. Yo no era ningún muñeco del que pudiera burlarse y salir ilesa. Encima que había recorrido media ciudad para devolverle su zapatilla, pudiendo haber esperado al día siguiente. Se iba a enterar.
De vuelta a casa, otra vez. Tantas horas caminando, tanto esfuerzo para nada.
***
Esa noche no dormí. El insomnio, que multiplicaba mi frustración y mi rabia, terminó de asemejarme a un animal irracional, tanto por dentro como por fuera, con esas ojeras y esa cara de amargado.
Con el pulso acelerado entré al día siguiente en el polideportivo.
—Tú. Quédate conmigo en el descanso. Tenemos que hablar.
—¿Y si no quiero, qué? —solo le faltó volver a escupirme, delante de todos.
—Hablo en serio —reuní el poco valor que tenía.
Pero ella soltó de nuevo aquella risita insidiosa, tan dañina para mí, y se marchó.
Tú sigue riéndote, pensé, porque ni siquiera entonces me atrevía a decírselo en voz alta.
Durante las series previas al descanso logré aflojar un poco la tensión del cuerpo. Pero bastó que sonara el silbato y verla acercarse para devolverme al estado inicial de bestia. Aquella mujer sabía sacarme de quicio sin abrir la boca, sin reírse, sin escupirme.
***
Yo, sentado en el banco; ella, encima de la mesa de juez, a un palmo de mí, de modo que mi cabeza apenas llegaba a la altura de su hombro.
—¿Qué quieres, payasito? —me rozó la nariz con la punta del índice.
—Mira. Que sea la última vez que me faltas al respeto. No me vas a... —y mientras hablaba ella se descalzó de una sandalia.
—Ay, cállate ya —me interrumpió, tapándome la boca con la fuerza de su talón, y me pinzó la nariz con los dedos del pie hasta hacerme sollozar de dolor.
Durante diez segundos me negué a respirar. Pero por más que apreté, terminé rindiéndome, hechizado por su olor, completamente idiotizado, aspirando con desesperación el poco aire que su pie me dejaba.
Los despegó de un tirón seco. Sus plantas habían quedado tan pegadas por el sudor que me arrastraron hacia delante, y ella, con esa mueca de asco, me devolvió al asiento con una patada suave.
—Gracias —dije molesto, en tono sarcástico.
—¿Gracias por qué, por pisarte la cara? Ja, ja —su malicia me empujaba a la rabia.
—No, lista. Sabes que... yo... lo dije por... —el cerebro, agotado, no pudo terminar.
—Déjalo. No sabes hablar, mucho menos inventar una excusa creíble. Te mueres por estos pies, pero estos pies no se entregan a cualquier baboso.
—¡Oye! ¡Te avisé! ¡Para de...!
Una bofetada me devolvió a la conciencia. Llena de un desprecio infame, apretó la planta del pie derecho contra mi cuello y lo retorció como quien aplasta una colilla.
—Escúchame bien, escoria. Si tan mentira es, aceptarás el reto que voy a proponerte —me lanzó una mirada fulminante a la que tuve que bajar la vista—. Voy a pegarte la plantilla de mi sandalia en la cara durante un minuto. Si al retirarla la veo mojada de saliva, entenderé que darías tu miserable vida por besar mis pies, y entonces serás mi esclavo, mi sirviente, mi adorador, hasta que yo diga lo contrario. Si no, te tendré un mínimo de respeto. ¿Entendiste?
No me atreví a contestar. Solo le supliqué piedad con los ojos.
—Vale. Saluda a tu nueva amiga —de su sandalia salió una plantilla con el sello sudoroso, levemente oscurecido, de su planta impecable.
***
Al principio me resistí, pero ella tenía una fuerza superior y no me quedó más remedio que rendirme bajo la presión de su pie.
Durante los primeros diez segundos volví a negarme a respirar. Ella mantuvo el pie firme, segura de ganar. Entonces, para seguir vivo, me arriesgué e inhalé todo aquel perfume de sudor, poca cantidad pero tan concentrada que me alteró la conciencia como una droga. Adictiva, incluso. A tal punto que no me importó aspirar más fuerte aún.
—Sí, diosa, sí... seré tu esclavo.
—Pues aparta, que nadie te ha dado permiso para seguir —y me pateó la cara hasta tirarme del banco.
Desde entonces fui su esclavo total. Aceptaba mi lugar natural frente a una mujer como ella. Cada tarde le hacía los recados y después me permitía masajearle los pies. Por cada error, un día más sin oler ni besar sus plantas y sus talones —jamás me dejaba lamerle los dedos ni el empeine—, un día en el que solo podía limpiar con la lengua la suela de sus zapatillas.
Con el tiempo, Daria empezó una relación formal con un chico y me coaccionaba para pagarle los regalos y los caprichos. Cuando se casaron, se cansó de mí y no volvió a llamarme nunca más.
Insistí e insistí, hasta que llegó el bloqueo inevitable.
En estas noches tristes, cuando el mundo me recuerda mi fracaso, todavía espero su regreso. Tantas horas caminando, tantos días de puro esfuerzo... y aún no he aprendido nada.