El fetiche de mi jefe en el coworking
Llevo casi un año en este cargo y aún me sorprende lo natural que me resulta manejarlo.
No lo digo con arrogancia. Lo digo porque hay días en que recuerdo cómo llegué aquí y pienso que debería sentirme culpable, o al menos incómoda. Pero no. Me senté con eso durante semanas, lo analicé desde todos los ángulos posibles, y llegué a la misma conclusión cada vez: tomé una decisión pragmática en un sistema que lleva décadas siendo injusto con las mujeres. No me disculpo por eso.
Mi jefe se llama Rodrigo Garza. Cuarenta y ocho años, casado, dos hijos en el secundario. Es de esos hombres que transmiten autoridad sin necesitar alzar la voz. Tampoco es el tipo más atractivo del edificio, pero tiene algo que siempre encontré difícil de ignorar: una calma que parece calculada, como si supiera exactamente cuándo moverse y cuándo esperar.
La propuesta me la hizo en su oficina, un martes a las seis de la tarde, con la persiana a medio bajar. Fue directo. Me explicó el cargo, el aumento y las nuevas responsabilidades. Después me explicó lo que esperaba de mí fuera del horario oficial. Encuentros eventuales. Sin compromiso emocional. Sin interferencia en lo laboral. Lo miré un momento largo y le dije que sí.
Eso fue hace once meses.
***
Lo que nadie te dice cuando aceptás un arreglo así es que el trabajo puede ser genuino de todas formas. Que el ascenso puede ser real. Que podés crecer de verdad aunque la puerta se abrió de una manera que no figura en ningún protocolo de recursos humanos.
Yo crecí. Manejo un equipo de cinco personas, negocio con proveedores, tomo decisiones que antes jamás me hubieran consultado. Mis resultados son concretos y medibles. Rodrigo me lo reconoce en reuniones de equipo, delante de todos, sin ningún subtexto. Mis compañeros me lo dicen también, sin saber nada, porque lo que ven es a alguien que cambió de rol y se adaptó bien.
Los encuentros con Rodrigo quedaron en un compartimento separado del resto. Él los propone cada tres o cuatro semanas. A veces en un hotel de paso, a veces en su auto en el estacionamiento cuando el piso ya se vació. Son cortos y funcionales. Sin ternura forzada ni pretensión de que hay algo más entre nosotros. Me gusta eso de él: no actúa.
***
Fue en uno de esos encuentros breves —quince minutos en el auto, un miércoles al atardecer— cuando me mencionó lo del fetiche.
Me lo dijo después, mientras yo me acomodaba la ropa.
—Hay algo que quiero proponerte —dijo—. Algo que quiero hacer contigo.
—¿Qué cosa?
—Prefiero no decírtelo. Quiero que lo descubras cuando suceda.
Lo miré de reojo.
—¿Involucra a alguien más?
—No.
—¿Algo que pueda hacerme daño?
—En absoluto.
—¿Algo que me vaya a parecer ridículo?
Sonrió apenas, sin abrir la boca.
—Quizás un poco. Pero nada más que eso.
Pensé un momento. Rodrigo no es imprudente. En casi un año de encuentros nunca me pidió nada que me pusiera incómoda. No es ese tipo. En ese aspecto, la confianza estaba ganada.
—Está bien —dije—. Cuando quieras.
Se quedó mirándome un segundo más de lo necesario y asintió.
***
El aviso llegó un jueves, pasadas las diez de la mañana.
Rodrigo se acercó a mi escritorio con una carpeta delgada y me dijo que tenía que ir a una reunión a las tres de la tarde. Un proveedor de logística que estábamos evaluando para la próxima temporada. La reunión era en una oficina de coworking a diez minutos en taxi.
—¿No vas vos? —pregunté.
—Tengo otra cosa. Confiás en tu criterio —dijo, y se fue.
Abrí la carpeta. Había una hoja con el nombre de la empresa, una dirección y el nombre de un contacto. Busqué la empresa en internet: mediana, regional, referencias razonables. Nada complicado. Revisé el archivo que me había pasado y anoté dos o tres preguntas sobre plazos de entrega.
A las dos cuarenta tomé un taxi.
***
El coworking era un edificio moderno del microcentro, con recepción amplia y plantas grandes en las esquinas. Había gente con laptops en mesas compartidas, el ruido sordo de conversaciones superpuestas, alguien hablando fuerte por teléfono cerca de la entrada.
Pregunté por la empresa y el nombre del contacto.
—Todavía no llegó —me dijo la recepcionista—. Pero tienen reservada la sala dos. ¿Quiere pasar?
—Sí, gracias.
Me condujo por un pasillo corto. Las salas privadas estaban separadas del espacio abierto por paredes de vidrio esmerilado. Se podían ver siluetas, movimiento, formas, pero no detalles. Cada sala tenía dos sillas y una mesa angosta, el espacio justo para una conversación de negocios, nada más.
Me senté. Saqué la carpeta. La miré sin leerla. Revisé el celular sin ver nada.
A las tres en punto se abrió la puerta.
Entró Rodrigo.
Cerró la puerta detrás de él con calma absoluta y me miró fijo. Tardé dos segundos en procesar lo que veía. Cuando lo procesé, solté una carcajada corta, involuntaria, que tuve que cubrirme la boca para contener.
—La reunión es conmigo —dijo.
Esto es el fetiche.
Miré las paredes de vidrio. En la sala de la derecha había dos personas inclinadas sobre una mesa, papeles entre ellas. En la de la izquierda, alguien tecleaba con los auriculares puestos. Detrás nuestro, al otro lado del pasillo, una tercera sala con luz encendida y movimiento adentro.
Nadie nos veía. Pero todos estaban ahí, a metros de distancia, completamente ajenos.
***
Me quedé quieta un momento, mirando las paredes de vidrio.
La situación era a la vez absurda y extrañamente excitante. La combinación me hizo sentir algo que no había anticipado: ganas de jugar. Quería ver qué pasaba. Quería ser parte de eso.
Me puse de pie despacio. Caminé hacia Rodrigo, lo tomé de la solapa del saco y lo besé. No fue un beso de protocolo. Fue el tipo de beso que no deja lugar a interpretaciones.
Con las dos manos le aflojé el cinturón. El sonido del cuero deslizándose por las trabillas me pareció demasiado alto en ese espacio cerrado. Le bajé el pantalón y el bóxer hasta las rodillas.
Estaba ya completamente erecto.
Lo miré a los ojos un segundo.
—Señor Garza —dije en voz baja—, ¿quiere que se la chupe?
Asintió sin decir nada.
Me arrodillé sobre la alfombra. Lo tomé con la mano primero, sintiendo el peso y el calor. Empecé despacio, con la lengua, recorriéndolo sin apurarme. Después lo metí del todo y comencé a moverme con ritmo.
Lo que transformaba todo era el entorno. El murmullo de conversaciones filtrándose a través del vidrio esmerilado. El tecleo constante de alguien trabajando al lado. Una silla que arrastró el piso en algún punto. Yo de rodillas, haciendo esto, mientras a dos metros había gente con presentaciones y cafés y problemas de agenda.
La excitación que sentí fue más intensa de lo que esperaba.
Mientras seguía, fui sacándome la ropa. Primero el saco, que doblé sobre la silla. Después la blusa. El corpiño lo dejé caer al piso. Me bajé la falda y la ropa interior con un solo movimiento. Cuando terminé estaba completamente desnuda sobre la alfombra mientras él seguía con el saco y la camisa puestos.
La asimetría me encendió todavía más.
Unos minutos después, Rodrigo se corrió en mi boca. Lo sentí fuerte. Lo tomé todo, no dejé nada. Cuando terminé, lo dejé limpio y me puse de pie.
***
Pensé que ahí terminaba todo. Que ese era el fetiche completo: el oral, el riesgo concreto, la presencia de todos esos desconocidos trabajando a centímetros nuestros.
Me equivoqué.
Rodrigo me miró un momento y después dijo:
—Ponete en cuatro sobre la mesa.
Lo intenté. La mesa era angosta y liviana, y cedió en cuanto le puse el peso. Nos miramos un segundo. Descartada esa idea.
—En el piso —dijo.
Me puse en cuatro sobre la alfombra. El espacio era ridículo: pequeño, comprimido, sin margen de error. Mi cuerpo quedó pegado a la pared lateral de vidrio, con la cadera rozando la superficie fría.
Rodrigo se arrodilló detrás de mí.
Primero me abrió con los dedos, despacio, sin apuro. Después bajó y empezó a lamerme, alternando, con una concentración que siempre me sorprendió en él. El sonido que hice fue involuntario. Me cubrí la boca con el antebrazo.
Si alguien pone la mano en el vidrio, va a sentir la vibración.
El pensamiento me dejó sin aliento.
Cuando Rodrigo volvió a estar erecto, se acomodó detrás de mí y me penetró lento, dejando que yo sintiera cada centímetro. Empezó con un ritmo largo y deliberado, sujetándome de las caderas para que no me resbalara sobre la alfombra. Podía escuchar su respiración. Podía escuchar la mía.
Y podía escuchar todo lo que había del otro lado del vidrio.
El placer fue acumulándose rápido. La situación, el riesgo concreto de estar ahí, la presencia invisible de toda esa gente trabajando a centímetros. Me vine antes de lo que esperaba, con una sacudida que tuve que controlar apretando los dientes y hundiendo la cara en el codo. Sentí que me empapaba.
—Espera —susurré.
Se detuvo sin preguntar.
Busqué la cartera con el brazo extendido, la arrastré hacia mí, saqué los pañitos húmedos que siempre llevo encima. Puse dos debajo de mí. Le extendí uno a él.
Siguió.
Cuando Rodrigo se corrió, lo sentí adentro, y después el calor escurriéndose cuando se retiró. Me quedé quieta unos segundos, con la frente apoyada en el antebrazo, escuchando mi propia respiración regularizarse.
***
Nos arreglamos en silencio. Yo me vestí pieza por pieza. Él se subió el pantalón, se ajustó el cinturón, se acomodó el saco. Guardé los pañitos usados en la cartera. Ninguno dijo nada.
Rodrigo me hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta. Lo entendí: salir primero. Él esperaría unos minutos adentro.
Abrí la puerta con calma. Caminé por el pasillo hasta la recepción, donde la chica levantó la vista de su pantalla.
—¿Fue bien la reunión?
—Bien —dije—. Hay algunas cosas para evaluar, pero fue productivo.
Salí a la calle. El sol de la tarde me golpeó de frente. Miré el reloj: las 3.44.
Paré un taxi en la esquina y volví a la oficina con la carpeta del proveedor sobre las rodillas, las mejillas todavía calientes, y la certeza absoluta de que el señor Garza acababa de cumplir su fetiche.
No me arrepentí de haber dicho que sí.