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Relatos Ardientes

Caen rendidos a mis pies y ni se dan cuenta

Hay mañanas en las que me levanto sabiendo, antes de abrir los ojos del todo, que el día va a torcerse a mi favor. Hoy es una de esas. Tengo una reunión importante con un cliente que llevo cultivando desde hace meses, una nueva línea de producto sobre la mesa y un pedido que podría ser enorme. Pero no es eso lo que me ha despertado con un cosquilleo entre las piernas. Es que asiste su nuevo director de Compras, un hombre al que todavía no conozco, y la posibilidad de tener delante a un desconocido al que medir desde el primer apretón de manos.

Me llamo Renata. Soy alta, delgada, con las piernas largas que me he ganado a base de gimnasio y disciplina, y no me da ningún pudor admitir que sé el efecto que tengo sobre los hombres. Me gusta, me divierte y, sobre todo, me excita. No es vanidad: es una herramienta de trabajo que he aprendido a afilar hasta dejarla peligrosa.

Salgo de la ducha y empiezo el ritual. Me unto crema por todo el cuerpo, sin prisa, y dejo que las manos hagan lo que quieran un rato más de la cuenta. Los pezones se me endurecen en cuanto los rozo, y tengo que recordarme que hay una reunión a la que llegar.

Para, Renata, que te lías y no llegas.

Aparto los dedos de donde no debería y sigo bajando por los muslos, por las pantorrillas, hasta los pies. Los pies son mi debilidad y mi mejor arma. Los cuido como una obra de arte, con la pedicura impecable y las uñas pintadas de blanco, porque sé exactamente lo que provocan en cierta clase de hombre. Sé reconocer a esos hombres con solo mirarlos a los ojos una vez. Y sé qué hacer con ellos.

***

Elijo la lencería con el mismo cuidado con que un cirujano elige el instrumental. Sujetador negro de encaje con transparencias, que junta y realza. Tanga a juego, semitransparente, que se escurre entre los glúteos y deja adivinar más de lo que enseña. Y después lo que de verdad me pone: unas medias negras con costura trasera y un liguero de encaje a juego.

Me siento en el borde de la cama y subo una pierna en el aire. Estiro la media despacio, primero los dedos, luego la planta, con cuidado de no engancharla con las uñas, y la voy llevando hacia arriba vigilando que la costura quede recta como una línea trazada con regla. Repito con la otra pierna. Me levanto, me giro de espaldas al espejo y compruebo que las dos rayas suben perfectas hasta perderse bajo la falda.

Me encanta lo que veo. Me encanta el tacto del nylon, esa presión constante sobre la piel que es como tener a alguien acariciándome todo el rato. Me excita pensar en las miradas que esa costura va a robar hoy, en cómo unos cuantos hombres van a fingir que no la siguen con los ojos cuando cruce las piernas.

Termino de vestirme. Blusa blanca, ligera, un punto ceñida, con dos botones sueltos que insinúan el encaje del sujetador y el nacimiento del escote. Falda de tubo con abertura lateral, que se ajusta a la cintura y dibuja todo lo demás. Una chaqueta corta, entallada, que cubre justo lo necesario para que el resto luzca. Y los zapatos: tacones de doce centímetros, negros, siempre media talla más grandes de lo que necesito.

Ese detalle es deliberado. Un zapato que no aprieta es un zapato que se desprende con un solo movimiento de los dedos, que puedo dejar colgando de la punta del pie, balanceándolo como un péndulo. He visto a hombres hechos y derechos perder el hilo de una frase entera mirando ese balanceo.

Me pinto los labios de un rojo oscuro, casi intenso, y me marco la mirada con un toque de sombra. Pendientes discretos de perla, un anillo en el anular derecho. En el izquierdo nada: que quede claro que no hay alianza, que no hay ataduras. No estoy casada ni quiero estarlo. Las únicas ataduras que me interesan las pongo yo, cuándo, cómo y con quién decido.

Un toque de perfume detrás de las orejas, en las muñecas, en el escote. Y, ya que estoy, un poco también por las piernas. Nunca se sabe quién va a tener la nariz lo bastante cerca.

***

Cojo el bolso y el maletín de cuero con el portátil y salgo al pasillo haciendo sonar los tacones contra el suelo. Cloc, cloc, cloc. Sé que el chico del cuarto B me espía por la mirilla, lo delata la sombra que corta la luz bajo su puerta. Tendrá diecinueve años y se pone como un flan cada vez que coincidimos en el ascensor. Estoy segura de que dedica buena parte de su tiempo libre a pensar en mí, y no voy a negar que la idea me encanta.

De vez en cuando le regalo algo. Una pierna de más al subir al coche, un pie fuera del zapato en el ascensor mientras muevo los dedos dentro de la media y le digo, con voz cansada y falsamente inocente:

—Qué ganas tengo de llegar a casa y quitarme estos tacones. Lo que daría por que alguien me diera un buen masaje en los pies.

Y salgo antes que él, que siempre me cede el paso «como un caballero» para tener medio segundo más de vistas. Hoy ni siquiera necesito abrir la puerta: le basta con oír el repiqueteo alejándose. Primer regalo del día entregado.

Abajo me espera el coche que he pedido. Para estas reuniones prefiero no conducir: así no me pongo nerviosa, repaso los datos y, si hace falta, retoco el outfit. Entro, cruzo las piernas y dejo el tacón colgando, casi ensayando los movimientos que pienso usar dentro de un rato. Por el retrovisor veo al conductor robando ojeadas a mis piernas, así que le doy una alegría: hago como que reviso la costura de la media y el enganche del liguero, despacio, para que tenga tiempo de mirar bien. Traga saliva. Una gotita le brilla en el cuello. Voy perfecta.

***

El edificio del cliente es de cristal, elegante, en la zona buena de Valencia. Bajo del coche sacando primero el pie con el taconazo, luego la pierna, luego el resto, y noto cómo varias cabezas se giran en el portal de mármol. Eso me carga las pilas. Entro pisando fuerte, dejando que cada tacón resuene y abra un pequeño silencio a mi paso.

El ascensor está a rebosar. Entro la última y dejo que mi cuerpo quede pegado al de un becario que apenas levanta la vista del móvil. No tardo en notar contra el glúteo lo que provoco, y en lugar de apartarme me muevo apenas, lo justo para que el pobre no sepa si es casualidad o no. Me bajo en mi planta y lo dejo ahí, rojo hasta las orejas, calculando cuántos pisos le quedan hasta poder esconderse en algún baño. Sonrío con malicia mientras las puertas se cierran.

Me reciben las caras conocidas del equipo de siempre, con las que tengo muy buena relación. Y junto a ellas, un hombre al que no conozco. Es él. Cincuenta y tantos, camisa blanca impecable, americana azul, pantalón claro, barba canosa bien recortada. Calvo, pero de esa forma elegante que algunos hombres llevan mejor que cualquier melena. Tiene una mirada despierta y una sonrisa que va por delante de sus palabras. Me tiende la mano.

—Buenos días. Renata, supongo. Soy Marcelo, el nuevo director. Me han hablado muy bien de ti. Espero que sigamos haciendo buenos negocios.

—El placer es mío —respondo, y le sostengo la mano un segundo de más, lo justo para ver si aparta los ojos de los míos.

No los aparta. Y eso, paradójicamente, es lo que lo delata. Los que de verdad están tranquilos miran a otra parte; los que tienen algo que esconder se aferran a tus ojos para no bajar la vista a donde la cabeza les pide ir. Marcelo no ha mirado mis piernas porque se está conteniendo. Y un hombre que se contiene es un hombre que ya ha empezado a perder.

***

La presentación va de maravilla. Conozco los números, conozco la sala, y mientras hablo de márgenes y plazos de entrega hago mi otro trabajo en paralelo, ese que nadie pone en el acta. Me siento, cruzo las piernas hacia su lado de la mesa y dejo que la abertura de la falda haga el resto. Cada cierto rato dejo caer el tacón de la punta del pie y lo recojo, ese balanceo lento que sé que hipnotiza.

Marcelo aguanta bien. Mejor que la media. Pero lo cazo dos veces: una siguiendo la costura de la media hasta donde se pierde bajo la tela, otra cuando el zapato cuelga y tarda en volver a su sitio. Las dos veces sube la mirada a tiempo y se encuentra con la mía, que lo está esperando. Las dos veces sonrío apenas, con la comisura, sin decir nada. Y las dos veces lo veo tragar.

Cerramos el pedido. Apretones de manos, enhorabuenas, cafés que nadie se va a tomar. El equipo se dispersa hacia sus despachos y, cuando voy a recoger el maletín, Marcelo se acerca con una excusa de manual.

—¿Tienes un minuto? Me gustaría repasar contigo los plazos de la segunda fase. En mi despacho, si te va bien.

—Me va bien —digo. Por supuesto que me va bien.

***

Su despacho es amplio, con una cristalera que da a media ciudad y una puerta que, me fijo, tiene pestillo. Me siento frente a su mesa, cruzo las piernas y dejo que el silencio trabaje por mí. Él habla de plazos un rato más, pero ya no hay convicción en su voz. La conversación es la coartada; los dos lo sabemos.

—Marcelo —lo interrumpo, suave—. Llevas toda la mañana mirándome los pies y fingiendo que no.

Se queda muy quieto. Por un segundo veo el cálculo en su cara, las consecuencias, el cargo nuevo, la prudencia. Y luego veo cómo todo eso se rinde.

—Lo siento —dice, y la voz le sale más baja de lo que pretendía.

—No te he dicho que lo sientas. —Descruzo las piernas despacio y dejo que el zapato se desprenda del pie derecho, que cuelga ahora de la punta de los dedos enfundados en la media—. Te he dicho que lo estabas haciendo.

Dejo caer el zapato al suelo. El golpe seco contra la moqueta suena más fuerte de lo que es. Estiro la pierna y apoyo el pie en el borde de su mesa, entre los papeles que un minuto antes fingíamos repasar.

—Ven aquí —digo. No lo pido. Lo ordeno con la misma voz tranquila con la que he cerrado el pedido.

Y un hombre de cincuenta y tantos, director, casado seguramente, acostumbrado a mandar en su pequeño reino de despachos, rodea su propia mesa y se arrodilla en su propia moqueta, sin que yo tenga que repetirlo. Esto es lo que de verdad me pone: no el sexo, todavía no, sino este momento exacto en el que un hombre decide, él solito, dónde quiere caer.

—Las manos —digo.

Toma mi pie con cuidado, casi con reverencia, y empieza a masajearlo. Sabe hacerlo, o el deseo le enseña sobre la marcha. Presiona el empeine, recorre el arco con los pulgares, y yo dejo escapar un suspiro que es mitad placer real, mitad recompensa calculada para él. Cierro los ojos un momento y me concentro en la textura de sus manos sobre la media, en cómo el calor le atraviesa el nylon, en el cosquilleo que me sube por la pierna.

—Sigues teniendo la mirada de antes —murmura él, sin dejar de masajear—. La de quien sabe exactamente lo que hace.

—Y tú la de quien creía que mandaba —respondo—. Calla y sigue.

Acerco el otro pie a su pecho y lo apoyo, marcándole con el tacón invisible el centro exacto, recordándole quién decide el ritmo. Lo tengo donde quiero: arrodillado, ocupado, mirándome hacia arriba como si yo fuera lo único importante del edificio. Y la verdad, en este despacho y en este minuto, lo soy.

Lo dejo trabajar un buen rato, alternando los pies, premiando con un suspiro cada acierto y corrigiendo con una palabra seca cada exceso de iniciativa. No le permito más que esto. No hoy. La primera sesión nunca es la del premio gordo: es la del encuadre, la que le enseña las reglas, la que lo deja deseando la siguiente con una intensidad que ningún polvo apresurado le daría.

Cuando decido que es suficiente, retiro los pies, recupero el zapato del suelo y me lo calzo despacio mientras él sigue de rodillas, recolocándose la camisa, intentando recomponer la cara de director.

—La segunda fase —digo, levantándome y alisándome la falda— la repasamos otro día. En privado.

—Cuando quieras —responde, y por primera vez en toda la mañana baja los ojos del todo.

—Eso ya lo veremos. —Cojo el maletín, me cuelgo el bolso y, antes de salir, me giro—. Buen trabajo, Marcelo.

Cierro la puerta de su despacho y camino hacia el ascensor haciendo sonar los tacones, cloc, cloc, cloc, con la sonrisa pintada en los labios rojos y un calor agradable subiéndome por dentro. Otro candidato idóneo localizado. Otro hombre que se ha arrodillado convencido de que la idea era suya.

Hoy me he levantado caliente y sabiendo que el día se torcería a mi favor. Como casi siempre, no me equivocaba.

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Comentarios (5)

RaulBdsmFan

Exactamente lo que me gusta de esta categoria. Muy bien escrito!!

Romi_23

Por favor necesito una segunda parte, me quede con ganas de mas jaja

CeliaV

Que bueno que hay relatos donde la mujer lleva las riendas. Me encanto la perspectiva, se siente fresco.

Nico_Baires

Me recordo a una chica que conocí en el trabajo, tenia esa energia rara que te hace hacer cosas sin saber bien por que. Increible como lo captaste.

Luna87

leí de un tiron, excelente!!!

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