Cintia, la sumisa más sucia del mercado viejo
Os juro que esta vez Cintia no salió de casa buscando machos. Era trabajo, puro trabajo. Trabajaba como pasante en un despacho de abogados y habían recibido la denuncia de un cliente: una intoxicación grave por comida en mal estado comprada en el mercado municipal. Podía quedar en nada o convertirse en una demanda jugosa si aparecían más afectados. Su jefe le pidió que se diera una vuelta por allí y observara con discreción.
El mercado quedaba a quince minutos de su piso. Un sábado por la mañana, después de desayunar, se subió al coche y condujo hasta el barrio. Hacía calor, así que sobre el sujetador negro llevaba una camiseta blanca ajustada, y abajo, un pantalón fino de chándal azul.
Todo el mundo sabía que aquel mercado estaba condenado al cierre. De cuarenta puestos, apenas cuatro seguían en pie. Los demás habían ido bajando la persiana al ver el panorama que se venía encima.
La imagen desde fuera era desoladora. Peste a comida pasada, charcos turbios en la entrada, paredes desconchadas con riesgo de desprenderse. Era una sola planta en forma de cuadrado, diez huecos por lado, y en el centro una construcción que hacía las veces de almacén y cuarto de neveras.
Al entrar, Cintia comprobó que no hacía falta cuarto de basuras: la basura estaba repartida por los puestos vacíos. Cajas de cartón mojadas de líquidos imposibles se amontonaban por todas partes, soltando un olor agrio. Un par de gatos paseaban como dueños del lugar.
—Buenos días, ¿puedo hacerle unas preguntas? Soy periodista y estoy…
—¿Tú me ves a mí con tiempo para preguntas, niña? —la cortó Bruno, el pescadero, sin dejarla terminar.
—Hombre, ocupado no le veo. Como mucho, espantando moscas —respondió ella riéndose, aunque no faltaba a la verdad: una nube de moscas revoloteaba sobre el pescado mustio.
—Anda, niña, que te den —zanjó el hombre.
—Ojalá —susurró Cintia alejándose hacia la frutería, tres locales a la derecha.
—Buenos días, guapa —saludó el frutero.
Se llamaba Faruk. Delgadísimo, casi puro hueso. No le echó menos de sesenta años. Las venas le marcaban los brazos como ramas secas que terminaban en unos dedos largos y sucios. Vestía una túnica larga llena de manchas. Las cajas de fruta le tapaban las piernas, pero no costaba imaginarlas a juego con el resto.
—Yo te atiendo. ¿Unas preguntas, dices? —dijo enseñando una boca a la que le faltaban casi todos los dientes.
—Sí, sobre la subida de precios —mintió ella.
—Llámame Faruk. Ven, vamos a la oficina, que estaremos más cómodos —dijo saliendo veloz del puesto.
La condujo hasta una puerta destartalada del edificio central. Aquello era cualquier cosa menos una oficina. Una estantería metálica a punto de venirse abajo, cargada de archivadores desordenados. Pegado a la pared, un sofá enorme y reventado. En el centro, una mesa rodeada de sillas cojas, cubierta de restos de comida de varios días. No sorprendía ver alguna cucaracha cruzando la madera. A un lado, un baño del que salía un olor espeso.
—¿Y cómo te llamas? —preguntó.
—Cintia. Encantada —dijo ella extendiendo la mano, aunque, desde que había entrado en aquel cuarto, lo único que de verdad quería era arrodillarse.
El calor, el encierro, los olores, aquellos hombres bastos: todo la había puesto a cien sin que ella lo decidiera del todo. Era así desde siempre. Cuanto más sórdido el sitio, más se le encendía algo por dentro.
Faruk le agarró la muñeca con un gesto rápido y la llevó hasta su entrepierna, por encima de la túnica.
—Anda que no sé yo a qué vienes tú aquí, mentirosa —dijo, nervioso.
Cintia casi se asusta de lo rápido que el viejo había leído algo en ella. Pero enseguida entendió que no había descubierto su tapadera de la denuncia, solo sus ganas. Y el malentendido le venía de perlas.
Empezó a palpar el bulto por encima de la tela.
—Me ha pillado, Faruk. Vengo loca por esto —dijo en voz baja.
—Y por tragar, seguro —respondió él subiéndose la túnica.
Ella se quitó la camiseta y la dejó sobre la silla más limpia. Se soltó el sujetador y liberó los pechos.
—Cómemelas —ordenó, sorprendida de su propio descaro.
El viejo le amasó los pechos con sus dedos huesudos, se los apretó hasta que ella dio un respingo entre el dolor y el gusto, y se lanzó a devorarlos con ansia, como temiendo que se arrepintiera. Cintia, con una mano, le sujetaba la túnica arremangada; con la otra le sostenía la polla, ya dura pese a los años.
—Tranquilo, guapo —jadeó—. Que hay para ti y para tus amigos.
***
La puerta se abrió y a Cintia le pareció ver doble. Los dueños de la carnicería —la única que seguía abierta— acababan de entrar. Eran Saúl y Damián, gemelos idénticos, altos, flacos, de pelo canoso y piel blanca. Iban juntos a todas partes; en el barrio los llamaban con un solo nombre, como si fueran uno.
—Otra clienta especial, ¿eh, Faruk? Cabrón, ni avisas —soltó uno, y los dos rieron con una carcajada estridente.
—No avisa porque sabe que lo dejamos en ridículo —remató el otro.
—Que no es eso, que es una clienta. ¿Verdad, señorita? —dijo Faruk, y le levantó la barbilla a Cintia con dos dedos.
—¿Tan buenas las tenéis? Eso quiero verlo yo —dijo ella poniéndose de pie.
Se acercó a los gemelos, que se habían quedado clavados al oírla. Les bajó el pantalón a uno y luego al otro. Dos pollas iguales, como sus dueños, más gruesas que la del frutero. Se sentó en el filo de un banco, las agarró las dos y se las llevó a la boca, alternando una y otra, hasta que las notó endurecerse contra su lengua. Entraban enteras, le sacaban arcadas, los ojos se le llenaban de lágrimas, y ella no paraba.
—Joder, qué garganta —dijo Saúl.
—Qué garganta, joder —repitió Damián.
Cuando las pollas parecían a punto de reventar, Cintia se levantó y, tirando de ellas, llevó a los gemelos hasta el sofá.
—Quitaos todo, que me vais a follar. Faruk, guapo, ven que te coma mientras —dijo, por fin libre para tocarse.
***
Saúl se tumbó en el sofá viejo, apartando de un manotazo una caja de pizza y una bolsa de contenido dudoso. Era ancho de sobra. Cintia se montó a horcajadas y se dejó caer sobre él con un suspiro largo. Una mano en la espalda la empujó a inclinarse hasta que los pezones le rozaron el pecho del gemelo. Al momento, otra polla se paseó por la raja de su culo y, sin demasiada ceremonia, se abrió paso dentro. Por un instante le pareció que los dos capullos idénticos se chocaban en su interior. Bien llena, agachó la cabeza lo justo para alcanzar la polla de Faruk, que esperaba de pie junto al brazo del sofá.
El ritmo de los tres fue rápido desde el principio. Parecían no creerse que aquella mujer estuviera de verdad allí, entregada, y querían correrse antes de que cambiara de idea.
Pero si conocierais a Cintia como la conocemos nosotros, sabríais que cambiar de idea no entraba en sus planes. Estaba disfrutando como pocas veces, y lo único que quería era más.
—Corréos, cabrones. Llenadme entera —decía sonriendo, sacándose un momento la polla de la boca.
Los jadeos de los cuatro llenaban la sala y se colaban hasta el pasillo. Bruno, el pescadero, sonreía en su puesto esperando su turno. Y entonces apareció Anselmo, el más viejo de todos. Ochenta años y se negaba a jubilarse de la charcutería. Ochenta años que le daban para ser el más vicioso del mercado.
—¿Dónde están estos hijos de puta? Los oigo follar desde mi puesto. Dejadme sitio —dijo asomando por la esquina.
—¡Que me corro! —se oyó a Faruk.
Anselmo entró justo a tiempo de ver cómo a Cintia, follada en el sofá, le llegaba la primera descarga. Los gemelos se vaciaron a la vez, con los mismos gemidos, casi el mismo gesto. Todavía palpitaban dentro de ella cuando el frutero le sujetó la cabeza por la frente y se corrió en su boca abierta, chorro a chorro, hasta desbordarla. Cintia tragó, soltó un suspiro y giró la cara hacia la puerta para ver quién había llegado.
***
—Buena hembra, cabrones —dijo Anselmo acercando su cuerpo bajo y barrigudo.
Era calvo, con el pecho poblado de pelo canoso, y aparentaba menos años de los que tenía. La boca, igual de desdentada que la del frutero. Cintia, de rodillas en el sofá, se apretaba los pechos con una mano mientras con la otra se recogía lo que le habían dejado dentro y se lo llevaba a la boca, cachonda perdida.
Los pechos le quedaban a la altura de la boca del viejo, que se lanzó a ellos sin pedir permiso, babeándolos a conciencia. Ella le buscó la boca y se enredaron en un beso largo y sucio. Le metió la mano en los calzoncillos negros y le sacó la polla: corta pero la más gruesa de todas las que había en aquella sala, con un capullo amoratado que parecía a punto de estallar.
—Ya te han usado y quieres más, ¿verdad, guapa? Porque eres una golosa. ¿A que vas a dejar que el tío Anselmo te haga guarradas? —le hablaba al oído, llevándola al límite solo con la voz y con algún azote suave.
—Sí, por favor, dame más —gimió ella sin saber aún lo que el viejo tenía en mente.
Anselmo le susurró algo a Faruk, que salió corriendo de la sala tal como estaba. Total, en aquel mercado no entraba ni un alma.
***
Cinco minutos después, Cintia estaba colorada y sudando a chorros, la respiración tan agitada que parecía a punto de un ataque. Tenía los ojos cerrados, concentrada en el placer de estar abierta por los dos lados: los gemelos le sujetaban las piernas en alto y bien separadas, Anselmo manejaba un pepino grueso que le habían traído de la frutería y Faruk se ocupaba del otro extremo. Lo que en otra mujer habría sido demasiado, en ella era pura gloria.
Empezó a convulsionar cuando el orgasmo le subió de golpe. Sus gritos retumbaron en la sala, los ojos se le pusieron en blanco, y el viejo, con mala idea, ordenó retirar el pepino en el momento justo. Un chorro transparente salió de ella salpicando todo lo que tenía cerca, mientras el cuerpo entero le temblaba.
—Se ha corrido como una perra —dijo Saúl.
—Se corrió —simplificó Damián.
Cintia, con los ojos otra vez abiertos y una sonrisa boba, recuperaba el aliento poco a poco. Los gemelos le soltaron las piernas. La polla de Anselmo, todavía tiesa, soltó un chorro de orina que el viejo dirigió hacia su pecho y su vientre; ella, lejos de apartarse, se lo extendió por la piel con las manos, ronroneando.
***
En ese momento entró Bruno, el pescadero, que ya no aguantaba mirar desde el pasillo. Traía consigo la peste a mar que lo acompañaba a todas partes. Sabía que aguantaría poco. Se bajó el pantalón y se tumbó al lado de Cintia, magreándola con esas manos enormes. La barriga peluda se le descolgaba sobre ella y le limitaba los movimientos, pero a Cintia eso solo le añadía morbo. Se comían la boca con una lujuria sucia, perdida.
—Abre las piernas, guapa —dijo él.
De nuevo los cuatro estaban duros, machacándose las pollas alrededor de ella, peleándose por el sitio. Era tal el punto de Cintia que ninguno aguantó mucho más. Bruno fue el primero: con su polla pequeña ante la cara de ella, se corrió como un cerdo, salpicándole la cara y el pelo a goterones espesos. Cintia, que volvía a correrse, intentaba cazar las gotas en el aire con la lengua.
—¡Me corro otra vez! —gritó mientras el cuerpo se le sacudía.
Y entonces los demás se vaciaron también, uno tras otro, sobre su cuerpo. Cintia se quedó quieta, sonriendo con la cara más viciosa que les habían visto nunca, recogiéndose con los dedos los pegotes calientes de todas partes y llevándoselos, despacio, a la boca.
***
Eran las dos de la tarde cuando Cintia entró en su piso, recién duchada, con una bolsa de la carnicería colgando del brazo. El teléfono sonó apenas soltó las llaves.
—Dime, mamá. Sí, trabajando toda la mañana —respondió conteniendo la risa—. Mira, he traído unas albóndigas riquísimas de un sitio nuevo. Vente, que te invito a comer.