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Relatos Ardientes

La regla que mi sumisa nunca debía romper

Marina y yo llevábamos casi un año explorando juntos esa parte de nosotros que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar antes de conocernos. Ella tenía una manera de bajar la mirada cuando yo le hablaba en cierto tono, una rendición pequeña que me decía más que cualquier palabra. No era sumisa en su vida; dirigía un equipo de doce personas y discutía de igual a igual con quien hiciera falta. Pero cuando cruzaba el umbral de mi departamento, algo en ella cambiaba, se aflojaba, se entregaba.

Aquella semana le había propuesto algo distinto. No una atadura nueva, no un juguete, no un castigo. Una regla.

—Quiero que vengas el viernes directo del trabajo —le dije una noche, con los labios pegados a su oído—. Sin pasar por tu casa. Sin ducharte. Tal como termines el día.

La sentí tensarse contra mi pecho. No de miedo: de algo más complicado, esa mezcla de vergüenza y curiosidad que tantas veces la había empujado más lejos de lo que ella creía poder llegar.

—¿Por qué? —preguntó, aunque ya sabía que en este juego las preguntas eran un permiso que yo le concedía, no un derecho.

—Porque quiero conocerte entera —respondí—. Sin nada lavado para mí. Sin nada preparado. Quiero saber a qué hueles cuando nadie te está mirando.

No me contestó esa noche. Pero el jueves me escribió un mensaje de tres palabras: «El viernes voy». Y supe que había aceptado.

***

El viernes me pasé la tarde inquieto. Cociné poco y mal, abrí una botella de vino que ni siquiera serví, ordené dos veces el dormitorio que ya estaba ordenado. La anticipación es una forma de tortura que yo mismo me había buscado, y la disfrutaba como quien aprieta un moretón para sentir que sigue ahí.

Llamó a la puerta a las ocho y diez. Cuando abrí, la vi todavía con la ropa de la oficina: una blusa que a esa hora ya había perdido el almidón de la mañana, una falda recta, los tacos en la mano porque se los había sacado en el ascensor. Tenía el pelo recogido con algunos mechones sueltos y un cansancio honesto en la cara. Y me miró de esa manera, con la barbilla apenas baja, que me decía que había venido a obedecer.

—Lo hiciste —dije.

—Lo hice —contestó—. No me duché desde anoche. Pasé el día entero así.

La hice entrar. No la besé enseguida. La dejé de pie en medio del living, dándole tiempo a que la espera trabajara también sobre ella. Caminé a su alrededor despacio, como quien inspecciona algo que le pertenece.

—¿Tuviste un día largo? —pregunté.

—Larguísimo. Dos reuniones de pie, el subte, la caminata desde la estación. —Tragó saliva—. Estoy hecha un desastre.

—Estás perfecta —le dije, y lo decía en serio.

Me acerqué por detrás y le aparté el cuello del pelo. Ahí, en la curva donde el hombro se vuelve garganta, respiré hondo. Olía a ella, a un día entero de su cuerpo, a piel viva y trabajada. No era un perfume; era algo mucho más íntimo, mucho más mío en ese instante. Sentí cómo se le erizaba la piel cuando notó lo que yo estaba haciendo.

—¿Te da vergüenza? —murmuré.

—Sí —admitió, con la voz quebrada.

—Bien. Quiero que la sientas. Y quiero que igual te quedes quieta.

***

La llevé al dormitorio con una mano en la nuca, sin apretar, solo guiando. Ella conocía la coreografía de nuestras noches y, sin embargo, cada paso parecía nuevo cuando yo marcaba el ritmo. La paré a los pies de la cama y le desabroché la blusa botón por botón, sin apuro, mirándola a los ojos cada vez que mis dedos rozaban la tela.

—No vas a tocarte hasta que yo te lo diga —le ordené—. Y no vas a darme las gracias hasta que te lo hayas ganado. ¿Entendido?

—Entendido.

—Entendido, ¿qué?

—Entendido, señor —dijo, y la palabra la hizo cerrar los ojos un segundo, como si la soltara desde muy adentro.

Le quité la blusa, después la falda. La dejé en ropa interior, una lencería sencilla que había usado todo el día y que conservaba el calor de su cuerpo. La hice girar para que me diera la espalda y la incliné con suavidad sobre el borde de la cama, las manos apoyadas en el colchón, la espalda arqueada hacia mí.

—A cuatro patas —dije.

Obedeció. Subió a la cama y se acomodó, las rodillas separadas, la cabeza baja entre los brazos. Le bajé la última prenda con una lentitud calculada, dejando que el elástico marcara cada centímetro de piel que iba descubriendo. Cuando quedó completamente expuesta ante mí, me tomé un momento entero solo para mirarla. La respiración se le había vuelto corta, irregular.

—Estás temblando —observé.

—Es que no sé si voy a poder soportar esto —susurró.

—Vas a poder. Vas a poder porque yo te lo voy a pedir, y porque en el fondo lo deseás tanto como yo.

Me arrodillé detrás de ella. Apoyé las manos en sus caderas, firme, anclándola, dejándole claro que no iba a poder escaparse de lo que venía aunque su vergüenza le pidiera huir. Y entonces me incliné y respiré.

El aroma me golpeó entero, sin filtros, sin la barrera del jabón que tantas otras veces se había interpuesto entre ella y yo. Era el olor de su cuerpo después de un día real, profundo, animal, y me arrancó un gruñido que ella escuchó y que la hizo gemir antes incluso de que la tocara.

—Dios —dijo contra la sábana—, no puedo creer que estés haciendo esto.

—Quedate quieta —ordené—. Y no te tapes.

***

La besé primero con la boca cerrada, piquitos lentos sobre la piel más íntima que tenía, mientras mis manos la sujetaban abierta para mí. Cada beso la hacía estremecerse, y cada estremecimiento me empujaba más cerca. Pasé la lengua por primera vez, despacio, de abajo hacia arriba, y la sentí derretirse, perder la última resistencia que le quedaba.

—Eso es —murmuré contra ella—. Entregate.

No hubo más preguntas después de eso. La trabajé con la lengua sin prisa, hundiéndome, retirándome, alternando la presión, leyendo en sus gemidos qué la volvía loca y repitiéndolo hasta que las palabras se le deshacían en la boca. Le había prohibido tocarse, y la disciplina de obedecerme mientras yo la enloquecía la tenía al borde de algo que no podía controlar. Las manos se le crispaban contra la sábana, los nudillos blancos del esfuerzo de no desobedecer.

—Por favor —jadeó—. Por favor, déjame.

—Todavía no —dije, y sentí el placer oscuro de negárselo, de ser yo quien decidiera el cuándo.

La llevé hasta el filo una vez, dos veces, retirándome cada vez que la notaba demasiado cerca, dejándola colgando de ese precipicio hasta que tuvo la respiración rota y la voz convertida en súplica. La sumisión no estaba en la postura ni en las palabras; estaba en esa entrega absoluta de su placer a mi voluntad, en que su cuerpo me hubiera cedido hasta el último control.

—Decime qué querés —le exigí.

—Te quiero a vos —dijo sin dudar—. Quiero que me lo des. Todo.

***

Me levanté detrás de ella. Terminé de desnudarme yo también, sin apuro, dejando que el sonido de mi cinturón llenara el silencio. Le pasé una mano por la espalda, de la nuca al final de la columna, una caricia larga que la hizo arquearse como una gata.

—Ahora sí —dije—. Y me vas a mirar mientras lo hago.

La hice girar la cabeza para que me viera por encima del hombro. Quería sus ojos sobre los míos en el momento en que la tomara. Cuando entré en ella, lo hice de una sola vez, y el gemido que soltó no tuvo nada de actuado: fue el sonido de alguien que llevaba toda la tarde esperando esto sin saber del todo que lo esperaba.

—Gracias —dijo entre dientes—. Gracias, señor.

—Ahora sí te lo ganaste —contesté, y la embestí más hondo.

Me moví dentro de ella con la cadencia de quien tiene todo el tiempo del mundo y a la vez ninguno. La sujeté de las caderas, después de los hombros, después le enredé los dedos en el pelo recogido y tiré apenas, lo justo para que arqueara más la espalda y abriera la garganta. Cada embestida le arrancaba un sonido distinto, y yo los coleccionaba todos, los que pedían más y los que apenas podían respirar.

—Ya no aguanto —avisó—. Por favor, ahora, déjame ahora.

—Ahora —concedí—. Acabá para mí.

La sentí cerrarse alrededor de mí con una fuerza que casi me lleva con ella. El orgasmo la sacudió de arriba abajo, las rodillas vencidas, la voz quebrada contra la sábana, el cuerpo entero rendido a algo que ya no controlaba ninguno de los dos. Esperé a que la última ola la atravesara para dejarme ir yo, con la cara hundida en su cuello, respirando otra vez ese aroma suyo de día entero que me había vuelto loco desde el principio.

***

Después nos quedamos un largo rato sin hablar, tirados sobre la cama deshecha, su espalda pegada a mi pecho, mi brazo cruzado sobre ella. La respiración de los dos fue bajando de a poco hasta volverse una sola cosa.

—Pensé que no iba a poder —dijo al fin, en voz baja—. Toda la tarde estuve por mandarte un mensaje diciéndote que no.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque quería ver hasta dónde podía llegar. —Giró la cabeza para mirarme—. Y porque confío en que vos sabés llevarme.

La besé en la frente, en la sien, en esa curva del cuello que tanto me gustaba. La confianza era el verdadero juego, la cuerda invisible que sostenía todo lo demás; sin ella, ninguna regla, ninguna orden, ninguna entrega tenía sentido.

—¿La próxima vez vas a pedirme algo peor? —preguntó, con una sonrisa cansada.

—La próxima vez —dije, atrayéndola más contra mí— vas a descubrir que no había límite. Solo había vos, decidiendo cada vez quedarte.

Se rió bajito, se acomodó contra mi cuerpo y cerró los ojos. Afuera la ciudad seguía haciendo su ruido de viernes, ajena a todo. Adentro, en la penumbra del cuarto, yo seguía respirándola, guardando su aroma como quien guarda un secreto que no piensa lavar nunca.

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Comentarios (5)

NocturnaReader

tremendo!! lo empece a leer a las 11 de la noche y no pude parar hasta el final. Ese tipo de tension te tiene pegado a la pantalla.

LauraJ22

Por favor tiene que haber segunda parte, nos dejaste con ganas de mas!!

Marcos_Oeste

Me gusto mucho la forma en que esta contado, se siente muy real. Sabes generar tension con muy poco y eso no es facil.

Esteban_Lector

Buenisimo. Me hizo acordar a una situacion parecida que viví, eso de saber con solo una mirada que algo cambio... muy bien capturado.

MiriamV_cba

lo lei en el trabajo y despues no pude concentrarme en nada jajaja. muy bueno, seguí subiendo cosas asi!

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