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Relatos Ardientes

El regalo prohibido que me convirtió en su sumisa

Después de lo que pasó, Mateo me dejó sola en su sala unos minutos. Me arreglé en el baño, me lavé la cara y salí de su casa sin despedirme, completamente confundida pero en un estado de satisfacción como jamás había sentido. Olvidé que Daniel había quedado de recogerme y terminé llegando sola a mi apartamento.

No había nadie. Me quité la ropa y la dejé en la lavadora porque olía a sexo, y me metí a la ducha tratando de quitarme algo de lo sucia que me sentía. No sé cuánto tiempo estuve bajo el agua pensando en cómo me había dejado usar, pero también en cuánto había disfrutado cada cosa que me hizo. Incluso el ardor que todavía sentía después de que me sodomizó por primera vez.

Al salir me puse el pijama y revisé el celular. Daniel había escrito que se le había hecho tarde y no podía pasar por mí, que llegaría más entrada la noche. No supe a qué hora entró mi marido.

A la mañana siguiente me arreglé y me fui a trabajar. No vi a Mateo en toda la jornada; por suerte estamos en áreas distintas y, si no nos citamos para almorzar, podemos pasar el día sin cruzarnos. Pero no dejaba de pensar en cómo permití que me dominara, cómo me agarró del pelo y me obligó a arrodillarme, cómo terminó en mi boca sin avisarme y me untó los restos por la cara mientras yo se lo había confesado todo, palabra por palabra, como una fantasía que nunca me atreví a decir en voz alta.

En mi escritorio encontré la ropa interior limpia que me había puesto esa mañana, y bastó el recuerdo para humedecerla otra vez. Fue tanta mi excitación que tuve que ir al baño. Por primera vez en mi vida no pude aguantarme: apoyé el celular contra la puerta y me grabé mientras me tocaba, con gemidos y todo, hasta que alguien entró y tuve que taparme la boca justo cuando el orgasmo me alcanzaba.

Esa sensación de estar a punto de ser descubierta lo prolongó hasta un punto que no conocía. Cuando salió la chica que había entrado, miré el video. Me excitó verme así, perdida, con la mano sobre la boca. Volví a mi puesto sin levantar sospechas y seguí la jornada con la cabeza en otra parte, con ganas de escribirle a Mateo pero frenada por la vergüenza y por el miedo de que llamarlo fuera como admitir que me moría por repetir.

Esa noche solo nos saludamos con Daniel, como si nada. Ninguno preguntó cómo había estado el día del otro. Eso fue lo que más me desilusionó, aunque también lo agradecí, porque no habría sabido qué responder.

***

En la mañana mi marido ya no estaba en la cama. Me bañé y me arreglé como cualquier otro día, pero al bajar a desayunar me encontré con la sorpresa de que Daniel me esperaba con la mesa servida: era mi cumpleaños y lo había olvidado por completo. Me besó con una ternura que hacía meses no veía y desayunamos juntos.

Me entregó una caja grande y me pidió que la abriera. Adentro había un vestido de baño que alguna vez le mostré en una vitrina, uno que me había encantado.

—Es lindo, pero muy revelador para ti —dijo, mirándolo con algo que no supe leer.

Nunca imaginé que se animara a comprarlo. Debajo del traje había dos boletos de avión con destino a Cartagena, justo para la semana de mis vacaciones, que coincidían con las suyas. Lo abracé de pura alegría: hacía muchísimo no viajábamos, y menos los dos solos. Lo único que no entendía era por qué, si le parecía demasiado revelador para mí, lo había comprado de todos modos.

Salimos juntos del edificio, él a su trabajo y yo a la oficina, hablando de lo bien que nos vendrían esos días de playa.

Al llegar a mi puesto lo encontré decorado, con globos y un par de regalos. Mis compañeros me recibieron con abrazos y eso me hizo el día. Hacía mucho que nadie me hacía sentir importante: primero Daniel, ahora ellos. Cuando todos volvieron a sus escritorios, solo se quedó Renata, la pasante del instituto técnico que archivaba en mi área. Se acercó tímida y me regaló una bolsita de dulces y una empanada con gaseosa.

—No me alcanzó para más con lo de mi mensualidad, pero quería darte algo —dijo, bajando la mirada.

Ese detalle me conmovió más que el regalo que me dieron entre todos, el que ni siquiera había abierto. La abracé en agradecimiento. No éramos amigas; yo le entregaba carpetas para archivar y de vez en cuando le preguntaba por sus tareas, nada más. Justo entonces llegó nuestro jefe, don Hernán, a felicitarme y a pedirme unos papeles que Renata se ofreció a llevarle enseguida.

***

A media mañana el mensajero de la oficina apareció en mi escritorio con un regalo.

—Feliz cumpleaños. Aunque este no se lo doy yo —aclaró riéndose—. Me lo manda el señor Mateo, de la otra área, y dice que por favor acepte almorzar con él para celebrar.

Me sonrojé entera. No podía negarme sin levantar sospechas: todos sabían que éramos amigos desde la universidad. Acepté que nos viéramos en la recepción, dejé el paquete junto a los otros dos y le escribí un mensaje agradeciéndole. Su respuesta me desconcertó: «No lo abras hasta que yo te diga».

Cuando llegó la hora del almuerzo vi que Renata se iba hacia la cocina con otra empanada y un jugo.

—¿Y tu almuerzo? —le pregunté.

—Es este —contestó, apenada.

No lo pensé. La tomé de la mano y le dije que hoy invitaba yo. Entre murmullos de que le daba pena, nunca soltó mi mano ni me frenó mientras la sacaba de la oficina. La verdad es que, sin saberlo, Renata me estaba salvando: yo no habría podido sostener una conversación a solas con Mateo. Con solo verlo en la recepción se me humedeció todo otra vez.

—Mateo, ella es Renata. La invité antes de que tú me invitaras, así que ya no podía dejarla sola —le guiñé un ojo a Renata, que se sonrojó porque sabía que no era cierto.

Renata era una chica de unos veintidós años, más alta que yo, delgada, de cabello negro hasta media espalda, piel muy blanca y cuerpo menudo. Llevaba apenas cuatro meses en la oficina y más de uno andaba detrás de ella.

***

Mateo rió y dijo que con gusto almorzábamos los tres. Entramos a un restaurante a unas cuadras, a una mesa del segundo piso que él ya tenía reservada. Pedimos una entrada de camarones y, como Renata miraba la carta sin saber qué hacer, terminamos pidiendo todos lo mismo. Pero entonces pasó lo que yo había estado evitando: Mateo empezó con sus preguntas, camufladas para que Renata no entendiera de inmediato.

—¿Y cómo te fue el domingo, después de irte de mi casa? ¿Te gustó lo que preparé para ti? Ni me di cuenta de cuándo saliste. ¿Así de prendida te fuiste?

Me puse roja con cada doble sentido, que solo yo entendía, mientras Renata nos miraba como armando una historia en su cabeza. Decidí responderle en su mismo idioma.

—Qué pesado eres —reí, nerviosa—. Salí cuando me sentí muy llena, me costó hasta caminar. Pero todo estuvo delicioso, aunque no me lo esperaba. No me arrepiento de no haber cancelado, y eso que ni mi marido ni tu esposa pudieron acompañarnos. Comimos hasta la última gota, como un par de glotones. Tal vez quiera repetir, a ver qué otro menú me preparas.

Mateo nunca imaginó que le respondería así. Por primera vez fue él quien se coloreó.

—Me encanta que seas tan glotona como yo. Pero te dejé claro que tenías que mostrarme que quieres volver a hacerlo. A tu manera —miró a Renata—. Almorzar o cenar, claro.

—¡Cómo hablan! Ya me dieron ganas de que me inviten, si no es grosería de mi parte —soltó Renata con toda inocencia. Nos reímos y ella se apenó—. Es que me gustan las cosas ricas.

—Cuando quieras estás invitada —respondió Mateo, todavía riendo—. Hay para quien quiera. O como dicen, ¿donde comen dos, por qué no tres?

La risa se me cortó en seco. Estaba aprovechando su inocencia para insinuarle algo que, claramente, no era una comida. Y Renata trabajaba en mi área; si entendía mal, podía volverse un problema en la oficina.

—Renata, a Mateo lo conozco desde la universidad y lo quiero mucho, pero es muy coqueto a pesar de ser casado. No le aceptes invitaciones a este sinvergüenza. No me gustaría que se pasara contigo.

Mateo me miró con ganas de comerme, pero no como yo habría querido, sino de rabia, molesto por lo directa que fui.

***

Seguimos almorzando con la conversación menos subida de tono. Le conté del detalle de Renata, de los regalos, y entonces me hizo la pregunta que yo había pasado por alto.

—¿Ya abriste mi regalo?

—Me dijiste que solo cuando tú lo autorizaras.

—Así es como me gusta. Obediente y sumisa —se rió.

Me sonrojé otra vez, porque él sabía perfectamente que eso era justo lo que me había excitado el día de nuestra conversación: que me dominara, que me usara como ni mi propia pareja se había atrevido. Lo miré con un morbo nuevo.

—Espero que me encante tanto como el de mi esposo —y le conté del traje de baño y del viaje a Cartagena.

—Qué bien que se animara a una playa, eso ayuda mucho —dijo, pensativo—. Aunque conociéndolos, seguro tu marido se lleva el trabajo, como siempre.

—Ojalá no, pero lo conozco.

—Si quieres, puedo ayudarte a que no sea así —se quedó callado unos segundos—. Déjame cuadrar algo y te cuento mi idea. Pero para eso tienes que confirmarme lo del domingo. Una nueva tarea: aceptas mi regalo, y yo te digo cuándo abrirlo.

Lo miré intrigada y confundida, tan perdida como la pobre Renata frente a toda esa conversación.

***

Fui un momento al baño y, al volver, los encontré riéndose, aunque Renata se veía nerviosa. En la recepción, antes de despedirnos, Mateo me dijo delante de ella:

—Ya puedes abrir tu regalo. Pero solo si Renata también lo ve.

Me besó muy cerca de la boca y se fue. En el ascensor, Renata miraba al frente.

—Tu amigo me cayó muy bien —dijo, y antes de que se abrieran las puertas—. Sé que no debería preguntar, pero… tienen algo más que amistad, ¿verdad?

Me puse colorada y no supe responder, aunque mi cara lo dijo todo.

—No me respondas, tranquila, no es mi problema —siguió—. Yo también habría caído con semejante labia. Al principio creí que hablaban de comida, hasta que le dijiste que tuviera cuidado. Ahí entendí que lo que insinuó fue un trío. No soy ninguna ingenua —me miró de reojo—. Y si me lo pidieras tú… aceptaría, ¿sabes? Vamos a ver tu regalo.

Cerró la conversación dejándome helada. Reaccioné apenas a tiempo para no quedarme dentro del ascensor.

***

Llevamos el paquete a la cocina, donde ya no entraría nadie. Lo abrimos las dos; ella estaba más emocionada que yo, y yo tenía miedo de lo que encontraría. Había una falda negra estilo bolero, una blusa perlada casi transparente, una chaqueta beis y ropa interior de encaje negro: una tanga hilo y un corpiño que se ataba al cuerpo. Debajo de todo, una caja pequeña con un objeto rosado en forma de cápsula, con una antena. Un vibrador que se controlaba con una aplicación del celular.

La que lo sacó fue Renata, que sí sabía lo que era. Yo jamás había visto uno.

—Mateo te está proponiendo un juego muy fuerte —dijo, y me explicó cómo se usaba.

Guardé todo y volvimos a trabajar sin decir nada más. Después de pensarlo un buen rato, intrigada y asustada a la vez, le respondí por mensaje. Sin una sola palabra: solo el video de cómo me había masturbado esa semana por su culpa.

***

Pasé la tarde excitada y aterrada por lo que estaba haciendo, por cómo mi relación con Daniel iba a resentirse si seguía avanzando. En mi defensa diré que llevábamos casi dos años viviendo juntos y uno de novios. Empezamos a salir y, una noche en que tomamos de más, él se animó a tocarme y yo propuse irnos a un motel. Lo hicimos y estuvo rico, pero siempre fue el mismo ritual, las mismas posturas, sin nada más. Cuando me atrevía a pedirle algo distinto, me miraba como si fuera una cualquiera, y se me quitaban las ganas de proponer nada. Durante esos años pensé que no necesitaba más, aunque mi cuerpo me decía lo contrario. Hasta que pasó lo que pasó con Mateo, y entendí que eso que siempre deseé, y que creía propio solo de mujeres sucias, era exactamente lo que quería ser.

***

Cuando llegué a casa, Daniel todavía no estaba. Aproveché para medirme la ropa y me sorprendió lo bien que me quedaba. La combiné con unas botas de caña alta y me sentí más sensual e insinuante que nunca. Jamás habría salido así a la calle: los pezones se me transparentaban entre el corpiño y la blusa. Me tomé un par de fotos, con la chaqueta, sin ella, solo con el corpiño, y en todas me veía distinta.

Saqué el vibrador y leí las instrucciones. Debía bajar la aplicación y encenderlo desde un botón para sincronizarlo por bluetooth. Al tacto era suave. Me senté en la cama, lo lubriqué con la boca y lo introduje con cuidado, dejando la antena por fuera. No sentí nada y pensé que estaba defectuoso, hasta que descubrí que había varias modalidades. Una funcionaba con música. Elegí una canción.

Un grito me salió de la garganta. El aparato vibraba dentro de mí siguiendo el ritmo, a veces suave, a veces brutal, arrancándome gemidos que no podía contener. Se me cayó el celular y rebotó debajo de la cama. Intenté alcanzarlo, arrodillada en el piso, cuando escuché la puerta y la voz de Daniel saludando.

—Hola, mi amor. ¿Qué haces ahí en el piso? —apareció en la habitación.

Agitada, con el orgasmo a punto de estallar, solo logré balbucear:

—Mmm… se me cayó el celular y me dio un cólico.

Se agachó, lo alcanzó y me ayudó a levantarme. Tomé ese maldito teléfono y me encerré en el baño con una toalla en la boca, mientras el orgasmo más fuerte de mi vida me mojaba las botas y la ropa interior. La música no paraba. Tardé en cerrar la aplicación, respirando entrecortado, hasta que por fin saqué esa cosa que casi me hace perder el conocimiento.

***

Salí del baño con el orgullo deshecho. Daniel me preguntó si estaba bien, pero no dejaba de mirarme, recorriéndome de arriba abajo una y otra vez, como nunca lo había hecho. Iba a inventarle cualquier excusa por estar vestida así, cuando por primera vez ese hombre, el que jamás mostraba un solo gesto de deseo hacia mí, me agarró del brazo con fuerza y me lanzó sobre la cama.

Me levantó las piernas, me arrancó la tanga empapada y empezó a metérme los dedos como nunca en tres años, sin tregua. Se quitó el pantalón y me penetró con una furia que no le conocía. Yo gemía sin pudor, con las piernas en alto, las botas puestas y la falda enrollada en la cintura.

—¡Quiero más! ¡Quiero más! —grité, y un bofetón me cruzó la cara antes de que pudiera reclamarle.

Sacó la verga y terminó manchándome toda la ropa, sacudiendo las últimas gotas sobre el vestido nuevo. Salió de la habitación sin decir una palabra, sin nada que me explicara lo que acababa de pasar. Me quité la ropa manchada con ganas de llorar y una satisfacción entre las piernas que ya no podía negar. Algo en mí se había encendido, y supe que no habría manera de volver atrás.

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Comentarios (5)

ElenaVMdp

increible... me dejo sin palabras. de verdad uno de los mejores que lei en este sitio

Marcos_BCN

Por favor que haya segunda parte! quede con ganas de saber como siguio todo despues

LecturaOscura

Que bien escrito, se siente autentico sin pasarse de la raya. Sigue asi!

RosarioM_88

hay continuacion?? no puedo quedarme con este final jajaja me dejo con mil preguntas

PatriciaOnline

Me gusto muchisimo como transmitiste ese cambio interior. Eso es lo que mas me llego, mas alla de todo lo demas

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