La vecina pidió a domicilio algo que no estaba en la carta
La tía Charo removía el café en la cocina mientras, desde el cuarto del fondo, le llegaban los gemidos de su sobrina y la respiración pesada de su marido. Llevaba años fingiendo que no oía nada, aunque las paredes de aquel piso no perdonaban un solo sonido.
—Así, tío, no pares —jadeaba Lorena, la rubia, con la cara hundida en la almohada.
Andrés la tenía a cuatro patas sobre la cama, sujetándola por la coleta con una mano y marcándole las nalgas con la otra. La cama golpeaba contra la pared a cada embestida, y el cuerpo de ella se balanceaba hacia delante y hacia atrás como si no pesara nada.
—Vacíate dentro —pidió ella girando la cara para mirarlo a los ojos—. Quiero notarlo.
Andrés apretó los dientes, le dio una última palmada y se dejó ir entre espasmos, hundido hasta el fondo. Cuando terminó, Lorena se dio la vuelta y lo limpió despacio, sin prisa, disfrutando de lo que para cualquier otra habría sido un castigo y para ella era una recompensa. Esa era su naturaleza, y no se avergonzaba de ella.
—Toma, anda —dijo Charo apareciendo en la puerta con una sonrisa cansada—. Que ya sé yo lo guarra que eres tú.
Lorena se rió sin soltar a su tío. Los tres se conocían demasiado bien como para esconderse nada.
—Deja al hombre, que tiene reunión de vecinos —añadió la tía, y volvió a la cocina.
***
Media hora después, Lorena salía del ascensor y tenía que pedir permiso para cruzar el portal, donde un puñado de vecinos empezaba a colocar las sillas para la dichosa junta. Maldijo por dentro a quien hubiera elegido aquella tarde para reunirse. Le habían roto los planes, y salió a la calle todavía caliente, sin saber muy bien adónde ir.
Sus pasos la llevaron, casi sin pensarlo, hasta el escaparate de la pizzería de la esquina. Se quedó mirando.
Fuera, un chaval con pinta de gallito esperaba sentado sobre su moto de reparto. Dentro, otro más guapo aguardaba detrás de la barra a que entrara algún cliente. En la cocina, aunque ella no podía verlos, sabía que estaban el cocinero gordo y su ayudante. Y de vez en cuando aparecía por allí el dueño, un italiano mayor que más de una vez la había mirado con ojos de viejo verde mientras ella le seguía el juego.
—¿Qué pasa, guapa? ¿Tienes hambre? —preguntó el de la moto.
—Más tarde —contestó ella con voz de niña buena—. Aunque de pizza sí que me apetecería algo.
—Tenemos carne en la barra —soltó él, y los dos rompieron a reír.
—Pues mira, no me vendría mal —dijo Lorena bajando la voz—. Estoy de un cachondo que no veas.
—Cuando termine me ducho y paso por donde digas.
—Nada de duchas —cortó ella—. Os llamo a última hora, hacéis el pedido y subís todos. Tal como estéis, sudados del curro. Tengo gustos muy especiales, así que avísame si os va el guarreo de verdad. Si no, llamo a otro sitio.
El chaval entendió perfectamente, se apretó el bulto del pantalón y le prometió que tendría carne de sobra. Antes de irse, Lorena se acercó, le metió la mano por encima de la tela y la lengua hasta la garganta. Luego se marchó a dar una vuelta para hacer tiempo.
***
Dentro de la pizzería, el cocinero gordo, Quique, se limpiaba las manos en la camiseta de tirantes.
—La última que sale hoy. Estoy hasta los huevos —gruñó.
—¿Y si llama la rubia esa que dice Kevin? —preguntó Iván, el ayudante.
—Esas tías no existen. Le habrá calentado la cabeza al chaval y luego pasará de él —replicó Quique.
Iba a meterse a la ducha del pequeño vestuario cuando sonó el teléfono. Lo cogió Rubén, el camarero guapo del que todos sospechaban que tenía algo con el dueño. Tuvo el reflejo de poner el altavoz, y la voz de Lorena llenó el local entero, descarada y sin pudor, dejando claro lo que quería y a cuántos quería.
En ese momento giró la llave alguien desde fuera: el dueño, Don Aldo, que entró preguntando por «la niñata esa». Cuando supo que estaba al teléfono, sonrió de medio lado y tomó él mismo el mando.
—Tranquila, bonita. Pedido especial para ti. Ahora te pasamos a apuntar la dirección.
—¿Don Aldo? Vaya sorpresa —ronroneó la rubia al reconocer la voz del viejo.
***
Lorena los esperaba con la calefacción a tope. Quería que llegaran sudando, que apestaran, que ninguno se hubiera lavado. Llevaba solo una camiseta blanca holgada que dejaba bailar sus pechos a cada paso. Se estaba recogiendo el pelo en una coleta cuando sonó el telefonillo.
—Su pedido —dijo Kevin, el de la moto.
Abrió sin contestar. Se le hizo eterno el rato que tardaron en subir. Don Aldo, Quique y Rubén tomaron el ascensor; Kevin e Iván volaron por las escaleras y fueron los primeros en llegar. Cada uno traía una caja de pizza familiar entre las manos. Ella los recibió con un beso de lengua a cada uno y los arrastró al centro del salón, dejando la puerta entornada para los demás.
Los dos jóvenes fueron asaltados antes de poder soltar las cajas. Lorena los agarró por la cintura y les comió la boca a la vez, alternando, hasta que un hilo de saliva colgó de las tres bocas. Fuera se oyó el ascensor y el jaleo de los otros tres entrando: primero el viejo, después el gordo, y Rubén cerrando la puerta.
Don Aldo se quedó disfrutando de la escena. El sofá pegado a una pared, la mesa a la de enfrente, y en el centro un colchón viejo que había aguantado ya más de una noche como aquella. De pie, Lorena con la camiseta arremangada y los pechos al aire: uno chupado a fondo por Kevin, el otro amasado por Iván. Tenía los pezones duros como piedras, los ojos cerrados y la boca entreabierta.
—Fuera las pollas —ordenó el viejo mientras empezaba a quitarse la camisa.
Rubén se acercó enseguida a ayudarlo a desvestirse, pero Don Aldo, caliente como un crío, apenas lo dejó: le buscó la lengua y lo retuvo contra su cuerpo. Quique fue el único que se lo tomó con calma. Para entonces Lorena ya estaba desnuda del todo y los chavales con los pantalones por los tobillos, marcando dos buenos bultos que ella sobaba por encima de la ropa interior.
—Mira, rubia —dijo el cocinero abriendo las cajas humeantes—. Carbonara para nosotros. Y esta margarita, para ti.
—¿Margarita? ¿Solo queso y tomate? —protestó ella, divertida.
—Tranquila, que ya le damos nosotros el relleno —soltó Quique, y todos estallaron en carcajadas.
—Qué cabrones. Sabéis de sobra lo que me va —contestó Lorena.
***
Cinco pollas distintas tenía ya delante de la cara. Las de Iván y Kevin, largas y finas, casi calcadas, solo distinguibles por el tono más moreno de la piel del segundo. La de Rubén, igual de larga pero más gruesa, era la que el viejo se tragaba entera sentado en el filo del sofá. La de Quique, más corta pero ancha como un vaso de tubo, llena de venas. Y la de Don Aldo, pequeña, que suplía en otras cosas lo que le faltaba en tamaño.
En lo único que empataban todas era en el olor. Sudadas tras una jornada entera de trabajo, sin una sola ducha de por medio, justo como ella las había pedido.
Lorena se sentó junto al viejo, le arrebató la polla de Rubén, la escupió y se la tragó de golpe. Después le comió la boca a Don Aldo y se la devolvió para que siguiera mamando. Llamó a los chavales con un gesto y ellos se plantaron delante, meneándose las vergas sobre su cara mientras ella pasaba de una a otra. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, no de pena, sino del esfuerzo de tragar tan seguido, y un río de baba le caía por la barbilla hasta mojarle el pecho.
—Una cervecita, guarra —dijo Quique con la boca llena de pizza, y fue a la nevera a por un puñado de botellines que dejó tintineando sobre la mesa.
Don Aldo tenía al camarero atrapado por las nalgas, la cara pegada al vientre del joven y la boca llena de su carne. A su lado, Lorena alternaba arcadas y babas sin soltar una sola polla. El gordo apartó a los chavales.
—Dejadme catar a la rubia.
Se plantó delante de ella, que abandonó el sofá y empezó a lamerle el pecho, los pezones, y de ahí bajó a los sobacos empapados de sudor mientras le sobaba el culo y le clavaba las uñas. La verga gruesa del cocinero se balanceaba dura, dejando caer un hilo espeso.
***
Cuando Quique le agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarle la boca, el cambio de grosor le pasó factura enseguida. Entre la brusquedad del hombre y la profundidad, llegaron las arcadas. Los chavales, sin dejar de masturbarse para no perder la dureza, salpicaban de saliva la pizza margarita que la esperaba en la mesa.
—Diosss, qué bueno, cabrón —gritaba ella entre embate y embate, sin apartarse ni un segundo.
El cocinero levantó a Lorena tirándole de la coleta. Iván se tumbó de espaldas en el colchón, con la polla apuntando al techo, y ella se dejó caer encima, metiéndosela entera de una sentada. Kevin se agachó para penetrarla por detrás, pero Quique lo frenó desde el sofá.
—Las dos por delante. El culo me lo quedo yo.
Los dos jóvenes la rellenaron a la vez mientras el gordo se preparaba. Lorena gemía con la cabeza echada hacia atrás, sostenida entre los dos cuerpos, hasta que Quique los apartó para ocupar su sitio. Se tumbó él en el colchón y ella se sentó a horcajadas, abriéndose poco a poco para encajarse aquella verga gruesa por detrás. Cuando llegó al fondo, empezó una embestida bestial: no se sabía si ponía más empeño él, clavando los pies en el colchón, o ella dejándose caer con todo su peso.
—Córrete y que me bañe en ti, puerca —jadeaba el gordo.
Y ella, frotándose el clítoris con una mano frenética, terminó con un grito largo, empapando el pecho del cocinero, mientras él se vaciaba dentro entre maldiciones. A su lado, Rubén embestía a Don Aldo, que gemía de rodillas en el sofá, hasta soltar varios chorros que le arrancaron al viejo un gruñido de puro gusto.
***
Cuando todos quedaron exhaustos, llegó la traca final. Iván y Kevin, de pie, se masturbaron sobre la pizza de Lorena, regándola con dos chorros casi transparentes que cruzaron la masa entera de tan jóvenes que eran. Rubén llenó uno de los botellines vacíos, y ella se lo bebió de un trago antes de soltar un eructo sonoro y reírse.
Don Aldo, todavía duro, se dejó hacer mientras ella le metía los dedos por detrás y le lamía la verga pequeña, alternando con besos al viejo. Acabó convulsionando, derramándose en cuatro chorros cortos y espesos de un amarillo turbio que se le quedaron pegados al glande.
—Así me gusta a mí —murmuró Lorena, relamiéndose, fuera de control.
El cocinero fue el primero en vestirse.
—Te dejo el postre, guarra —dijo, y le tendió un cuenco de cristal que ella aceptó con los ojos brillantes, como si le entregaran un trofeo.
Uno a uno se fueron escurriendo las pollas y recogiendo la ropa. Lorena no esperó a que cerraran la puerta. Se abalanzó sobre su pizza empapada y se la comió con las manos, entre arcadas y placer, hasta dejar la caja limpia. Después se ocupó del cuenco.
Con los pies metidos en un charco, los pechos pegajosos, el cuerpo entero hecho un desastre y la melena mojada, oyó que llamaban a la puerta. No era raro; muchas tardes algún vecino se equivocaba de piso. Solía quedarse quieta, en silencio, esperando a que el visitante se cansara y se fuera.
Pero esta vez fue distinto.
—Abre, Lorena. Soy yo. Soy mamá…