El jovencito que decidió cuándo iba a correrme
Eran más de las tres de la madrugada y Carmen seguía sin creérselo. ¿De verdad Sonia pretendía que ligara con uno de esos críos?
Desde la barra los vio acercarse: su amiga venía hacia ella con tres chicos que bien podían tener la edad de su hija Lucía. Carmen apuró el resto de su whisky y pidió otra copa solo por tener algo que hacer con las manos.
—Jovencitos, Carmen, jovencitos —le había susurrado Sonia un rato antes, riéndose mientras los señalaba con la barbilla—. Lo tienen todo en su sitio y aguantan despiertos hasta el amanecer. Y si la cosa va bien, los tienes en la puerta de casa cuando se te antoje, calientes como el pan recién hecho.
Solo uno de ellos le había llamado la atención. Era el más alto, el que aparentaba más edad sin llegar, seguro, al cuarto de siglo. Pelo oscuro peinado hacia atrás, una perilla recortada con esmero, una camisa clara con el cuello abierto y unos vaqueros que le sentaban como si se los hubieran cosido encima. Mientras sus amigos cargaban vasos vacíos, él sostenía un refresco intacto.
—Carmen —dijo Sonia al llegar, tocándole el hombro—. Te presento a Bruno, a Hugo y a Iván. Chicos, ella es Carmen.
Ella saludó con los dos besos de rigor, copa nueva en mano. Sonia preguntó a los que iban con las manos vacías qué querían beber, los arrastró hacia la barra, y el tercero —Iván— se quedó.
—Tu amiga nos ha contado que estáis celebrando algo —dijo él.
Bendita indiscreción la de Sonia, pensó Carmen. Por lo menos no había soltado el típico «¿estudias o trabajas?».
—Más o menos —respondió.
Él apuró su vaso de un trago largo y lo dejó sobre la barra cercana.
—¿Y se puede saber qué? —preguntó.
Carmen chasqueó la lengua, divertida.
—Mi divorcio.
Iván arqueó las cejas con una sonrisa ladeada, a medio camino entre la sorpresa y la felicitación.
—En ese caso, si me lo permites, me uno a la fiesta.
Carmen asintió. Era guapo, endemoniadamente guapo. Aparentaba veinticinco, pero ella habría apostado a que no llegaba a los veintidós, y en ese momento le dio exactamente igual.
—¿Me invitas… Carmen? —dijo él, recorriéndola con la mirada desde los pies hasta la cara con un descaro que, en lugar de ofenderla, la encendió.
—Claro. Faltaría más. ¿Qué tomas?
—Cola, sin nada —contestó sonriendo—. He venido en coche, y soy de los que no mezclan el volante con el alcohol.
Carmen se sorprendió. Le pidió el refresco y, al dárselo, él recitó de memoria el eslogan de una vieja campaña de tráfico de los años ochenta, una que ella apenas recordaba de niña. Sacó la cuenta sin querer: cuando aquello se emitía, ella tendría doce años; los padres de Iván, probablemente, ni siquiera se conocían entonces. Se había casado joven, embarazada de Lucía a los veinte, y de pronto la distancia entre ese chico y ella se le antojó un abismo y un imán a la vez.
Al lado de ambos, Sonia reía con los otros dos. Carmen se fijó en que eran más jóvenes que Iván: aún se les notaba algo de acné, no tenían el menor asomo de barba y puede que ninguno tuviera la edad legal para beber lo que tenía en la mano, aunque eso ya no parecía importarle a nadie.
—¿Te molesta si te hago una pregunta indiscreta? —dijo, dando otro sorbo a su copa.
Él asintió, sonriendo.
—¿Qué edad tenéis?
—Mis amigos, dieciocho recién cumplidos. Yo, veintiuno.
Veintiuno. Dos más que Lucía. Carmen sonrió sin saber muy bien por qué. Quizá el alcohol empezaba a pasarle factura, o quizá había algo en él más allá de la cara bonita. No era el típico adolescente de gimnasio al que una se gira por la calle; era otra cosa, una seguridad impropia de su edad.
—Pues pareces mayor —dijo, tocándole el brazo con una coquetería de quinceañera—. Y no lo tomes como una ofensa, sino como un cumplido.
—En absoluto. —Hizo una pausa, acercándose un poco más—. ¿Te parecería una grosería preguntarte a ti…?
—Cuarenta —se adelantó ella—. Aunque cumplo cuarenta y uno en septiembre. ¿Te incomoda?
Estaba borracha, de eso no había duda, y a la vez era dueña de cada uno de sus actos. ¿Acaso no había salido precisamente a eso, a quitarse un clavo con otro?
Iván la tomó de la cintura y la atrajo hacia él sin pedir permiso. Carmen era una mujer atractiva: morena, melena corta, ojos castaños, un cuerpo que conservaba bien y que no delataba sus cuarenta años.
—No —dijo él, rozándole la barbilla con el borde frío de su vaso de cola—. ¿Y a ti la mía?
Carmen sintió el frío del cristal en la piel y aquellos ojos oscuros taladrándola. ¿Va a besarme aquí mismo, así, sin más? Se apartó un segundo, divertida, y lo miró fijamente. Mil demonios, pensó, sorprendida y agradecida a la vez. Ese chico le gustaba.
—Déjame pensarlo con otra copa —dijo—. Y luego te contesto.
Apuró de un trago lo que le quedaba en el vaso y fue hacia la barra ante la mirada atenta y divertida de Iván.
***
Salió a la calle y estuvo a punto de rodar por los escalones del local. Si Iván no la hubiera sujetado del brazo, habría acabado con los huesos en la acera. Se rió, agradecida.
—Vaya… Creo que he bebido más de la cuenta.
Se apoyó en él, se descalzó los tacones y los sostuvo en la mano, los pies planos sobre el cemento todavía tibio de la noche. Movió los dedos, como comprobando que seguían todos ahí después de horas de encierro. Iván tragó saliva y se quedó mirando aquellos pies descalzos sobre la acera durante un buen rato, hasta que ella habló.
—No puedo más —dijo, riendo—. Creo que me voy a casa.
—Te acerco —contestó él, despegando a duras penas la vista de sus pies—. Es lo menos que puedo hacer después de la copa.
Carmen se dio cuenta de hacia dónde miraba. Él lo notó, retiró la vista de golpe, casi avergonzado, y sonrió. Ella se mordió el labio y se le acercó. Descalza, Iván le sacaba más de una cabeza. Estaba bebida, sí, pero decidida a averiguar hasta dónde quería llegar ese chico… o más bien hasta dónde quería llegar ella. Se subió de puntillas sobre los zapatos de él y le besó en los labios, apenas un roce.
—Y ya de paso —dijo—, si no tienes prisa, te invito a una copa en casa.
Iván la agarró de la cintura, la atrajo contra su cuerpo y la besó de verdad. Las bocas se abrieron y las lenguas se buscaron sin pudor. Las manos del chico bajaron a sus nalgas, las apretaron por encima de la tela del vestido y la empujaron contra él. Carmen le rodeó el cuello con los brazos, dejó caer los tacones al suelo y se besaron como si no hubiera mañana, ajenos al portero del local que los observaba con una sonrisa.
—¿Dónde tienes el coche? —preguntó ella al separarse, recogiendo los tacones del suelo.
El chico le tendió un resguardo al aparcacoches. Cinco minutos después, un Mazda gris oscuro y reluciente esperaba junto al bordillo.
***
Conducía tranquilo, respetando los límites, deteniéndose en cada semáforo con una pulcritud casi cómica. Cada vez que el coche se paraba, se giraba para mirarla y admiraba sus piernas, estiradas hacia arriba, los pies apoyados en el salpicadero, cruzados por los tobillos, el de arriba meciéndose al ritmo perezoso de la música.
Los tacones habían quedado tirados en el suelo del coche, donde ella los soltó al entrar. Sus miradas se cruzaban cada vez que él apartaba la vista de sus pies, sorprendido in fraganti.
—No me seas adolescente —dijo Carmen con la voz pastosa, sonriendo, al pillarlo otra vez con los ojos clavados en sus pies—. No me molesta que mires. —Bajó la vista hacia ellos y los frotó despacio, uno contra otro. Iván se pasó la lengua por los labios. A ese chico le gustaban sus pies; lo había intuido ya en la calle—. Estoy aquí contigo justo para eso. Y para más, si lo deseas.
Iván tragó saliva y llevó la mano derecha desde la palanca de cambios hasta el muslo de ella. Acarició la superficie suave de las medias y fue subiendo despacio, colándose por debajo del vestido. Carmen cerró los ojos y sonrió.
—No te imaginas el tiempo que hace que no me toca nadie.
—No me interesa —susurró él, deteniendo la mano justo donde el semáforo le obligó a frenar, rozando apenas la cadera—. Solo me interesa poner el contador a cero esta noche.
Carmen soltó una carcajada.
—Perdona, querido, pero ya lo has puesto a cero en el momento en que me agarraste de la cintura.
Se rascó un pie con la punta del otro. El roce de las medias —frissss, frissss— llenó el habitáculo justo cuando una canción daba paso a otra. Iván volvió a relamerse, embelesado, y, sin saber por qué, aquella mirada hambrienta la encendió todavía más.
—¿Puedo ser curioso? —dijo él.
Carmen asintió. Se había reclinado un poco más en el asiento, las piernas en alto, los pies frotándose sinuosos —frissss, frissss—, el vestido subiéndosele por los muslos. Había llegado demasiado lejos para arrepentirse, y solo esperaba que ese chico quisiera llegar más lejos todavía.
Le vino a la cabeza que no tenía preservativos en casa. No compraba desde hacía años, desde que tomaba la píldora; pero la había dejado al marcharse Andrés y no le quedaba ninguna. Se preguntó si el chico llevaría algo encima y qué demonios harían si no. No era miedo a un embarazo lo que la frenaba, sino el riesgo de algo peor.
—¿Desde cuándo no…? —empezó él.
—¿Follo? —terminó ella, mirándolo con una sonrisa.
El coche se había detenido en un cruce desierto. La mano de Iván reptó de nuevo por su muslo, rápida, hasta llegar a la entrepierna. Carmen separó los muslos lo justo para darle paso, y él acarició su pubis y la pequeña abertura de su sexo por encima de las medias y el tanga. Ella gimió al notar cómo la tela se le hundía entre los labios, empujada por los dedos del chico. Dejó de frotar los pies y separó las piernas un poco más.
—Nueve meses —dijo al fin, los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás.
Empezaba a excitarse, a notar la humedad crecer. Se preguntó si estaría mojándole la mano a pesar de las telas, y supo que sí: estaba empapada, y él sonreía al sentirlo.
—Bueno… Yo llevo un par encima —dijo Iván con una sonrisa lasciva, sacando la mano de golpe—. Así que podemos dejarlo en empate.
Arrancó, dio un acelerón y, unos segundos después, frenó junto a un parque iluminado por una farola solitaria.
***
Nada más detenerse, Carmen se incorporó en el asiento y miró al chico. Fuera no pasaba un alma. El reloj del salpicadero marcaba las cuatro y cuarto.
—¿A qué esperas? —susurró, excitada, mirándolo fijamente—. Ni se te ocurra pensar que voy a aguantar hasta casa para correrme.
Sonriendo, Iván llevó otra vez la mano a su pierna. Ella lo ayudó subiéndose el vestido hasta la cintura, dejando a la vista las medias y el tanga que cubría su sexo húmedo y caliente. Carmen gimió mientras él acariciaba la tela, cada vez más mojada.
—Oh, joder… —jadeó—. Aparta un segundo.
Iván obedeció, algo sorprendido. Ella estiró las piernas hacia el hueco de los pies, se llevó las manos a la cintura y se deshizo de las medias, dejándolas junto a los zapatos; después se quitó el tanga azul y lo soltó en el mismo montón.
—Sigue… sigue, por favor —dijo, reclinando el respaldo y dejándose caer con los ojos cerrados, presa del placer.
El chico empezó a acariciar su sexo, jugueteando con el vello antes de deslizar un dedo dentro de ella, que ya estaba lubricada por completo. Lo metía y lo sacaba despacio, a un ritmo acompasado, mientras ella abría más las piernas y gemía. Pronto fueron dos los dedos que entraban y salían sin esfuerzo.
El índice y el corazón entraban casi solos en su sexo caliente, y con el pulgar él buscaba el clítoris, que se hinchaba a cada gemido. Tres ya, dios mío, pensó Carmen, casi llorando de placer, tengo tres dedos suyos dentro. El ritmo se volvió frenético, sin que él dejara que los dedos salieran del todo, sin que el pulgar abandonara su labor. Carmen se estiró cuanto era en el interior del coche, apretó los muslos para fijar aquella mano hábil entre las piernas y, con un gemido largo, se corrió empapándole la mano.
Notó el asiento mojado bajo ella. Cuando separó las piernas, temblando, vio la mancha y se ruborizó. Aquello le daba hasta vergüenza. Jamás había sentido un placer semejante. ¿Cómo era posible que un crío de veintiuno…?
—Fóllame… —susurró, con la mano de él aún entre sus piernas, ya fuera de su sexo—. Te lo ruego, te lo imploro, por lo que más quieras… fóllame.
—No. Aún no. En tu casa —dijo Iván.
Y, mirándola, se llevó a la boca los dedos húmedos del placer de ella y los chupó despacio. Aquello, sin saber por qué, la excitó todavía más, y se mordió el labio.
—Por el amor de dios… —gimió—. Te necesito ya.
Iván arrancó y salió de allí.
—Y yo necesito estar dentro —dijo, notando la polla tan hinchada y dura que empezaba a dolerle—. ¿Tienes…?
—¿Condón? —preguntó él, mirándola—. Siempre llevo dos.
Carmen sonrió, aliviada.
***
Aparcó en el garaje del edificio, junto al Mini de ella. No en vano disponía de dos plazas, y una llevaba libre desde que Andrés se largó con el todoterreno.
Se miraron unos segundos y se lanzaron a un nuevo beso. Al hacerlo, la mano de él subió hasta sus pechos y los apretó por encima del vestido y el sujetador. Carmen gimió al sentir los pezones endurecerse.
—Para… para, por dios, o tendré que follarte aquí mismo —dijo, apartándose. Resopló, abrió la puerta y salió. De pie junto al coche, miró su ropa interior tirada en el suelo del habitáculo. Sonrió, cogió solo los zapatos y cerró la puerta dejando allí las medias y el tanga.
Con los tacones en la mano, fue junto a Iván hasta el ascensor. Al entrar, pulsó el botón del octavo piso, dejó caer los zapatos y se lanzó a besarlo mientras le llevaba la mano a la entrepierna. Iván gimió al sentir aquella mano apretar sus testículos hinchados, y respondió clavándole las uñas en las nalgas por dentro del vestido hasta hacerla gemir de dolor dentro de su boca.
—Eso… eso ha dolido —dijo ella, sonriendo, separándose—. Pero no pares.
Y volvió a apretarse contra él hasta que el ascensor se detuvo.
Al abrirse las puertas, Carmen recogió los zapatos del suelo. El chico la miraba con un deseo descarado. Estaban ya los dos despeinados, y sus cuerpos olían solo a sexo; sus bocas habían olvidado el sabor de las copas para quedarse con el del otro. Se buscaron con la mirada en mitad del rellano, sobre el frío mármol que le erizaba la piel a Carmen, aunque sospechaba que era más por la excitación que por andar descalza.
—Dios… Debo de estar loca —dijo.
—Pues eso me gusta —respondió él, recorriéndola otra vez con los ojos.
Carmen sonrió al ver cómo Iván bajaba de nuevo la mirada hasta sus pies, se relamía despacio y volvía luego a su cara. Él la deseaba: su cuerpo, sus pies. Ella lo deseaba a él. Y le encantaba ser, ella entera y cada uno de sus dedos descalzos, el objeto de aquel deseo.
—Entremos cuanto antes —susurró, ardiendo—. Quiero sentirte dentro de una vez.