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Relatos Ardientes

El pacto de andar descalza que él selló con su lengua

Renata no llevaba zapatos desde hacía tres años. Lo único que adornaba sus pies eran dos anillos finos de plata, uno en el índice de cada uno, y nada más. Ni sandalias, ni medias, ni la suela de cuero que cualquier otra mujer habría usado para cruzar una vereda mojada. Andaba descalza por el departamento, por el patio, por las baldosas frías del lavadero y por el asfalto tibio de la calle cuando bajaba a comprar el pan.

No lo hacía por castigo. Lo hacía porque al final de cada día sabía cuál era la recompensa.

Tomás la esperaba. Y cuando ella entraba por la puerta, con la planta de los pies oscurecida por el polvo de la jornada, él ya estaba arrodillado, listo para lamer cada huella del camino que ella había pisado.

Hoy caminé más de la cuenta, pensó esa tarde mientras subía los tres pisos sin ascensor. Va a tener trabajo.

Ninguno de los dos se consideraba amo del otro. Ella no era su sumisa en el sentido en que lo entiende la gente que mira desde afuera, y él no era su dueño. No había contratos, ni reglas escritas, ni una palabra de seguridad anotada en ningún papel. Lo que había entre ellos era otra cosa, más vieja y más simple: respeto, amor y un deseo carnal que no se había gastado con el tiempo.

***

El pacto había nacido casi por accidente, una noche de verano.

Renata había salido a caminar sin calzado, medio en broma, retándose a sí misma a sentir el barrio bajo la piel. Las baldosas todavía guardaban el calor del sol, los charcos de la lluvia de la tarde le mojaban los talones, y la arena de la obra de la esquina se le metía entre los dedos. Cuando volvió, tenía los pies hechos un desastre: grises, ásperos, con una pequeña costra de tierra pegada al arco.

Esperaba que Tomás se riera. En cambio, él la miró un segundo largo, se arrodilló sin decir nada y le tomó el tobillo derecho con las dos manos.

—¿Qué hacés? —preguntó ella, sin moverse.

—Dejame —dijo él, y fue lo único que dijo.

Lo que vino después no se parecía a nada que ella hubiera sentido antes. La lengua de Tomás recorrió la planta entera, desde el talón hasta la base de los dedos, lenta, sin asco, casi con reverencia. Limpió la tierra del arco con los labios. Se metió cada dedo en la boca, uno por uno, y se demoró en el meñique como si fuera lo más valioso de la casa.

Renata se sostuvo del marco de la puerta. No entendía por qué el corazón le golpeaba así, ni por qué un calor le subía desde la nuca, pero no le pidió que parara.

Esa noche se prometieron cosas. Fidelidad, primero. Complicidad, después. Y al final, lo más extraño y lo más suyo: ella viviría descalza, para él y por él, y él cuidaría y veneraría sus pies cada noche, sin excepción, mientras durara lo que tenían.

Al principio fue raro para los dos. Renata tuvo que aprender a pisar distinto, a calcular dónde apoyaba el peso, a reconocer por el tacto un vidrio antes que la planta. Tomás tuvo que aceptar que aquello no era un capricho de una noche, sino una forma de quererse que iban a sostener con el cuerpo. Las primeras semanas ella volvía con los pies lastimados y él se los curaba con la misma boca con la que después los adoraba. Con el tiempo la piel se le endureció, le salieron callosidades en los puntos de apoyo, y esas durezas, lejos de espantarlo, se volvieron lo que él más buscaba con la lengua.

***

Tres años después, el ritual seguía intacto.

Esa tarde Renata cerró la puerta a su espalda y se apoyó contra ella. Tomás ya estaba en el living, con la toalla doblada sobre el apoyabrazos del sillón y los frascos alineados en la mesa baja: la crema espesa, el aceite de almendras, el otro más fino que olía a eucalipto. Lo tenía todo preparado, como cada noche.

—Vení —dijo él, palmeando el sillón.

Ella cruzó el ambiente dejando marcas tenues en el piso, se sentó y estiró las piernas sobre la falda de él. Tomás le tomó el pie izquierdo primero. Lo levantó a la altura de su cara, lo giró despacio para mirarle la planta sucia a la luz de la lámpara, y algo en su mandíbula se tensó.

—Caminaste descalza por la obra otra vez —murmuró.

—Por el costado nomás —contestó ella, con una sonrisa que no tenía nada de inocente—. Sabía que te iba a gustar.

Él no respondió con palabras. Bajó la cabeza y pasó la lengua por el talón, donde la piel estaba más dura, más curtida por tres años de andar sin protección. Renata cerró los ojos.

La boca de Tomás trabajaba con una paciencia que ella conocía de memoria y que, aun así, la sorprendía cada vez. Recorría el borde del pie, subía por el arco, se demoraba en las callosidades del antepié como si quisiera ablandarlas a fuerza de saliva y atención. Mordía suave las durezas del talón, sin lastimar, solo lo justo para que ella sintiera el filo de los dientes después del calor de la lengua.

No hay nada como esto, pensó Renata. Nadie más en el mundo sabe lo que yo siento ahora.

Le limpió la suciedad de entre los dedos con la punta de la lengua, uno por uno, y al llegar al pulgar lo envolvió entero con los labios y succionó. Renata dejó escapar el aire por la nariz. El anillo de plata le quedaba frío contra la boca caliente de él, y ese contraste —metal y lengua, frío y fuego— la atravesó como una corriente.

—El otro —dijo ella, en voz baja.

Tomás dejó el pie izquierdo y tomó el derecho. Repitió todo, con la misma devoción, sin apurarse. La planta, el arco, el talón, los dedos. Cuando terminó de limpiarlos con la boca, recién entonces alcanzó el aceite.

***

El masaje era otra cosa.

Tomás se echó unas gotas de aceite de almendras en las palmas, las frotó para entibiarlo y empezó a hundir los pulgares en el arco del pie de ella. Renata sintió que algo se le desarmaba por dentro. Las manos de él conocían cada punto, cada tendón, cada nudo que el día le había dejado. Apretaba el talón con la base de la mano, deslizaba los nudillos por la planta, tiraba con cuidado de cada dedo hasta que la articulación cedía con un crujido apenas audible.

—Tenés los pies más lindos que vi en mi vida —dijo él, sin levantar la vista—. Y son más lindos así, gastados, que el día que te conocí.

—Son tuyos —contestó ella—. Por eso están así.

Él levantó la cabeza al oírlo, y por un instante se miraron. No había nada de sumisión en los ojos de ella, ni nada de dominio en los de él. Había una entrega mutua, un acuerdo que los dos sostenían en partes iguales y que ninguno de los dos terminaba de explicarse.

El aceite le brillaba ahora en los empeines. Tomás siguió bajando con las manos, le amasó las pantorrillas, le abrió apenas las rodillas. Renata sintió el cambio en el aire antes de que él dijera nada.

***

Ella se recostó en el sillón y dejó que él le subiera las piernas. Tomás se acomodó entre sus muslos, de rodillas en el piso, y le apoyó los dos pies contra los hombros, las plantas aún tibias de aceite mirando hacia el techo.

Así era siempre el cierre. Con los pies de ella sobre sus hombros, él se inclinó hacia adelante y la penetró despacio, hasta el fondo, sosteniéndola por las caderas. Renata arqueó la espalda. El roce del aceite contra la piel de él, el peso de su propio cuerpo doblado, los talones apoyados en la curva del cuello de Tomás: todo se sumaba en una sola sensación densa que no tenía nombre.

Él se movía con la misma cadencia paciente que usaba para lamerla. Sin prisa, midiendo cada empuje, atento a cada cambio en la respiración de ella. Giraba la cabeza de a ratos para morderle el borde del pie, para pasar la lengua por la planta una vez más, sin dejar de moverse dentro de ella.

—No pares —pidió Renata, con la voz quebrada.

—No voy a parar —dijo él—. Nunca.

La tensión fue creciendo en silencio, como una marea. Renata clavó los dedos en la tela del sillón, sintió que el calor se le concentraba en el bajo vientre y se desbordaba de golpe. Se mordió el labio para no gritar y de todos modos un sonido ronco se le escapó de la garganta. Las piernas le temblaron sobre los hombros de él.

Tomás la siguió de cerca. Embistió más hondo, más rápido, hasta que el cuerpo entero se le tensó y se vació dentro de ella entre un gruñido sordo y un suspiro largo, con la cara hundida contra el arco de su pie derecho, mordiendo apenas la callosidad del talón como quien muerde algo que ama.

***

Después quedaron quietos, ella tendida en el sillón y él todavía de rodillas, con la mejilla apoyada contra su tobillo.

Renata le acarició el pelo con el pie, despacio, deslizando la planta por su nuca.

—Mañana voy a caminar hasta el mercado —dijo—. Por el camino largo.

Tomás sonrió contra su piel y le besó el empeine.

—Te voy a estar esperando —respondió—. Como cada noche.

Y ella supo que así sería. Que al día siguiente volvería a salir descalza, con sus dos anillos de plata y nada más, a juntar polvo y tierra y huellas del barrio en las plantas de los pies. No por obediencia, ni por castigo. Sino porque al final del camino estaba él, de rodillas, esperando para venerar cada paso que ella había dado lejos de su boca.

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Comentarios (4)

FetishLctr

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad

PatriNoche

me transporto completamente leyendolo. Hay algo en como contás las cosas que hace que se sienta muy real. Sigue publicando porfavor

NadiaSol88

Me gusto mucho la forma en que mostrás el vinculo entre ellos. No es solo el morbo, es la confianza detras del pacto. Muy bien logrado.

Dante_lector

El titulo solo ya me vendio el relato jaja. Que buena pluma, en serio

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