El favor que me pidió mi amiga después de seis cervezas
Hoy quiero contar algo distinto, una de esas cosas raras que te pasan una vez en la vida y que no te atreves a contarle a casi nadie. Ocurrió hace ya unos cuantos veranos. Yo estaba de vacaciones, sin nada urgente que hacer, tirado en el sofá poniéndome al día con una novela que llevaba meses abandonada. La tarde era pegajosa, de esas en que el calor se mete por las persianas y no hay ventilador que valga. Entonces vibró el teléfono.
Era Nuria. Una amiga de toda la vida, y cuando digo toda la vida lo digo en serio: nos conocíamos desde el colegio, desde que teníamos siete u ocho años. Habían pasado casi tres décadas y seguíamos siendo el refugio el uno del otro. La conversación empezó como cualquier otra de las nuestras, por mensajes, sin demasiada ceremonia.
—¿Qué haces? —escribió.
—Aquí, en casa, leyendo un rato. ¿Tú? —contesté.
—¿Estás vestido? ¿Te apetece una birra?
Ella conocía mi costumbre de andar desnudo por casa cuando hacía calor, aunque cuando venía de visita siempre me ponía algo encima por respeto. Sonreí ante la pantalla.
—Vale, vente. Tengo de sobra en la nevera.
—No, las llevo yo. Pero vas a tener que hacerme un favor. ¿Trato?
—Trato. ¿Qué favor?
—Luego te cuento. Voy para allá.
La muy descarada me dejó con la intriga. Pero traía cerveza y tarde o temprano soltaría lo que fuera, así que no le di más vueltas. Con Nuria nunca sabías por dónde iba a salir, y esa imprevisibilidad era parte de por qué la quería tanto.
No tardó ni veinte minutos en sonar el timbre. Descolgué el telefonillo y me soltó un «ábreme, anda» con esa voz de siempre. Pulsé el botón y la oí subir los escalones de dos en dos.
Apareció en la puerta con unos vaqueros que parecían masticados por un perro, llenos de rotos y deshilachados en las rodillas. No eran comprados así: se los rompía ella misma, a tijera, porque le gustaba. Llevaba una camiseta negra holgada con un dibujo extraño en el pecho y el pelo recogido en una trenza al estilo vikingo que le caía por un hombro. Colgada del cuerpo, su inseparable bandolera de cuero gastado. En la mano, una bolsa cargada de latas. Conté como una docena, y el plástico ya sudaba por el frescor.
—Veo que vienes a quedarte —bromeé, apartándome para dejarla pasar.
—Hace un calor de mil demonios. Esto se bebe solo.
Nos sentamos a la mesa de la cocina, uno frente al otro, y empezamos a dar buena cuenta de la bolsa. Las latas estaban heladas y con aquel bochorno entraban demasiado bien. Una tras otra, viaje tras viaje a la nevera, fueron cayendo. Hora y media de charla, de risas, de recuerdos de cuando éramos críos y hacíamos travesuras por el barrio. No estábamos borrachos, pero el alcohol nos había soltado la lengua de esa manera en que las confidencias salen más fáciles.
En un momento me levanté con la vejiga a punto de estallar.
—Tengo que ir a mear, tía. Ahora vuelvo.
—Espera, que tengo que decirte algo —dijo, agarrándome de la muñeca.
—¿Puede esperar? Que me lo hago encima, en serio.
—No, espera. Es justo eso. Tienes que hacerme el favor que te dije.
Me senté otra vez, resignado, y me lié un cigarro mientras la miraba. Lo encendí, di una calada y crucé los brazos.
—Cuenta, va.
—A ver, no me juzgues. —Se mordió el labio inferior, esa costumbre suya de cuando estaba nerviosa—. Anoche estaba en la cama, viendo porno antes de dormir, como hago casi siempre. Y vi una escena que me dejó la cabeza dando vueltas.
—La versión corta, tía, que voy a tener que ir a buscar un cubo a este paso.
—Ya acabo, pesado. —Soltó una risa nerviosa—. Salía un tío que, después de follarse a una chica, se la llevaba a la ducha y le meaba encima para «limpiarla». Y no sé qué me pasó, pero no me lo he podido quitar de la cabeza en todo el día. Quiero probarlo.
Me quedé mirándola, con el cigarro a medio camino de la boca, sin saber si reírme o si lo decía en serio.
—Nuria, no te voy a follar. Díselo a Iván, que para eso lo tienes. —Iván era su rollo de las últimas semanas.
—Eso no, idiota. —Me dio un manotazo en el brazo—. Lo otro. Quiero que me mees encima. Nada más. No te voy a tocar, no me vas a tocar. Ni un dedo. Solo tu polla soltando el chorro y yo debajo. Y eres la única persona en el mundo a la que se lo pediría.
—Estás como una cabra, ¿lo sabías? ¿Por eso has traído tanta birra?
—¿Cuántas veces hemos salido de un concierto y hemos acabado meando juntos en un callejón de camino a casa? —Se inclinó sobre la mesa—. Eres como mi hermano. No tengo esa confianza con nadie más. Y total, vas a mear igual. ¿Qué más da dónde? La taza del váter o yo. Tú eliges.
Le di un par de vueltas. La situación era absurda, surrealista, y sin embargo había algo en cómo me lo pedía —sin vergüenza, directa, confiando en mí— que me desarmó. Además, iba a reventar de un momento a otro.
—Está bien. Pero rápido, que no aguanto más.
—¡Volando! —Se levantó de golpe, con los ojos brillándole.
Se quitó las zapatillas a patadas, después los vaqueros rotos deslizándoselos por las caderas con un contoneo que no le vi hacer en mi puta vida, y por último se sacó la camiseta por la cabeza dejando la trenza colgando. Se quedó plantada en mitad de la cocina en bikini. Negro, de triángulos pequeños unidos por cordones que se anudaban a la espalda y al cuello. Los triángulos apenas le tapaban los pezones, que se le marcaban tiesos por debajo de la tela, dos bultos duros clavados hacia adelante. La parte de abajo era un tanga del mismo color, atado a las caderas, que dejaba su culo casi por completo al aire. Culo de monitora de spinning: firme, redondo, dos medias lunas prietas separadas por aquel cordelito negro que se le perdía entre las nalgas.
—¡Pero si venías preparada, descarada! —dije, aunque la voz me salió más ronca de lo que pretendía.
—Por si acaso decías que sí.
La verdad es que tiene un cuerpo de escándalo. Es monitora de spinning, se pasa la vida sobre una bicicleta, y se nota en cada centímetro de ella. No pude evitar quedarme mirándole las tetas, apretadas entre aquellos triángulos diminutos, con el escote sudado brillándole; ni los muslos duros, ni el arco de las caderas, ni la sombra de su coño marcándose bajo el triangulito del tanga, con el pequeño abultamiento de los labios apretándose contra la tela húmeda por el calor. Sentí una punzada de calor en el estómago que no tenía nada que ver con la cerveza, y noté cómo la polla me empezaba a engordar dentro del pantalón, hinchándose sola sin permiso, sin que yo le hubiera dado la orden.
¿En serio se me está poniendo dura con mi mejor amiga?
—Venga, a la ducha —dijo ella, ajena a mi pequeño drama interno—. No vayamos a manchar el suelo.
La seguí por el pasillo sin perder detalle del balanceo de sus nalgas a cada paso. El tanga se le hundía entre el culo y desaparecía, dejando aquellas dos medias lunas bailando de un lado a otro, chocando la una contra la otra a cada zancada. La tela le quedaba tan clavada en la raja que se le veía perfectamente el dibujo entero del culo, y más abajo, entre los muslos, un pequeño triángulo tenso ocultando lo justo. Notaba la sangre acelerada, el pulso en sitios donde no debería estar el pulso en una situación como aquella, y la polla ya me apretaba contra la costura del pantalón, medio erecta, empujando por salir.
***
Entró en el plato de ducha y se arrodilló sobre las baldosas, con las rodillas separadas, dejándome justo el hueco para colocarme delante de ella. Su cara quedó a la altura de mi cintura, demasiado cerca, y por un instante el aire se volvió denso entre los dos. Levantó la vista hacia mí y soltó una frase con esa media sonrisa torcida tan suya.
—Como se te ponga dura te la arranco de un mordisco. Así que ve meando, anda.
La amenaza, que sabía perfectamente que cumpliría, me bajó los humos lo justo. Me desabroché el pantalón y me lo bajé junto con los calzoncillos hasta los tobillos. La polla me saltó afuera medio empalmada, gorda y colgando pesada, apuntando ni arriba ni abajo, en ese estado incómodo que hace imposible mear con puntería. Nuria le pegó un vistazo rápido, alzó una ceja y volvió a mirarme a la cara sin borrar la sonrisilla.
—Concéntrate, anda, que se te va a poner tiesa.
—Cállate y abre los ojos, que apunto fatal así.
Cerré un momento los párpados, respiré hondo y traté de forzar el chorro. Después de seis cervezas, te aseguro que la puntería, con la polla a medio hincharse, deja bastante que desear. El primer chorro salió a lo bestia, un latigazo caliente que le cayó de lleno en el cuello y le resbaló por el hombro y la clavícula hasta perderse dentro de la copa del bikini. Ella soltó un gritito y una carcajada, echando la cabeza hacia atrás.
—¡Cabrón, apunta!
—¡Es lo que hay, tú lo has pedido!
Me la sujeté por la base con la mano derecha, apretándomela para bajar el ángulo, y fui repartiendo el chorro sobre sus pechos, primero en el centro del escote y luego de uno a otro. El líquido amarillento le corría entre las tetas, humeando ligeramente contra su piel, y le empapaba la tela del bikini pegándosela al pezón. Ella se cogió los triángulos del bikini y los apartó a un lado y a otro, sacándose las tetas afuera, y se las juntó con las manos, apretándoselas para hacer un canal en el que ir recogiendo el chorro. Los pezones se le pusieron tiesos como piedras, hinchados y oscuros, temblando cada vez que le impactaba una nueva ráfaga.
—Joder, qué caliente está —murmuró casi para sí misma—. Dios, dios, qué morbo, no me lo puedo creer.
Se llevó una mano al escote y se restregó mi meada por las tetas, esparciéndomela por toda la piel, embadurnándose los pezones con el pulgar como si fuera aceite. Bajé el chorro un poco más y le fui pintando el vientre, siguiendo la línea de sus abdominales apretados hasta llegar al ombligo, donde el líquido se le acumuló un segundo antes de rebosar y caerle por las ingles. Después apunté más abajo, al triángulo del tanga negro, y le empapé el coño por encima de la tela. El bikini se le pegó al monte, marcándole los labios hinchados debajo, y la meada le chorreó por dentro de los muslos hasta las rodillas.
—Ay, Dios —jadeó, con la voz más ronca, entreabriendo los muslos—. Está tan caliente, joder. Sigue, sigue, no pares.
Volví a subir el chorro por su cuerpo, trazando una línea de meada desde el coño empapado hasta el cuello, pasando por el ombligo, la boca del estómago, entre las tetas. Ella iba siguiendo con la boca cerrada el recorrido, arqueando la espalda cada vez que el líquido caliente le tocaba una zona nueva. Tenía toda la piel brillante, chorreando, y goterones amarillentos le colgaban de los pezones antes de caer al suelo del plato.
—Échame un poco en la boca, anda —dijo de pronto, abriendo los ojos y mirándome directamente—. Ya que estamos, el juego completo. Todo o nada.
—¿Seguro? —pregunté, cortando el chorro de golpe apretando los músculos.
—Hazlo, va. Antes de que me arrepienta.
Abrió la boca todo lo grande que pudo, sacando un poco la lengua rosada y curvándola como quien espera un cuentagotas. Me acerqué medio paso, apunté con la polla directa a sus labios y volví a soltar. El chorro le entró de lleno dentro de la boca, chocando contra el paladar y contra la lengua. Ella no lo tragó, solo lo retuvo un par de segundos, dejando que la boca se le llenara hasta los bordes, y luego lo dejó escurrir por las comisuras y por la barbilla, cayéndole en dos hilos amarillos hasta las tetas otra vez. Sacó un poco más la lengua y dejó que el resto le corriera por encima, salpicándole el cuello.
—Más —murmuró, sin cerrar la boca del todo—. Vacíate, joder, vacíate en mí.
Volví a apretar y le solté otro chorro corto directo a la lengua. Ella lo recogió, hizo gárgaras un instante haciendo un ruido obsceno, y volvió a soltarlo todo por la barbilla. Sonreía con los dientes brillantes de líquido, y le caía de la mandíbula al esternón formando charquitos entre las tetas que ella se apretaba con las manos para retener. Los últimos restos ya no salieron en chorro, sino a sacudidas, en pequeños disparos irregulares, gotones gordos que fueron a parar todos sobre ella. Uno le dio en la mejilla, otro en la frente, otro le cayó justo entre las cejas. Se reía con la cabeza echada hacia atrás, con los ojos cerrados, absolutamente empapada de mí de la coronilla hasta las rodillas.
Me sacudí la polla un par de veces con el pulgar y el índice para escurrir la última gota, que le cayó, cómo no, en el pezón derecho. Ella soltó una carcajada al notarla y se la restregó lentamente con la palma, mirándome con una mezcla de descaro y satisfacción que no le había visto en la puta vida.
Me quedé un momento ahí parado, con la polla todavía en la mano, medio hinchada, chorreando las últimas gotas al suelo. El corazón me iba a mil e intentaba entender qué demonios acababa de pasar entre nosotros.
—Joder, tío, ¿pero qué depósito tienes? —dijo ella, abriendo los ojos y mirándome con sorna mientras el agua de la alcachofa empezaba a caerle por encima, arrastrándole toda la meada por la piel hasta el desagüe—. Madre mía. Anda, déjame que me dé una ducha, porfa.
—Toda tuya.
Salí del baño todavía aturdido, con los calzoncillos en la mano, y me senté en la cocina a terminar el cigarro que había dejado a medias en el cenicero. Le di una calada larga, mirando el techo, sintiendo cómo la polla se me iba desinflando lentamente contra el muslo. No sabía muy bien qué pensar. No me arrepentía. Eso era lo más raro de todo.
***
Salió al cabo de un rato, ya vestida, con la trenza deshecha y el pelo húmedo cayéndole por la espalda. Se la veía relajada, casi luminosa, como quien se quita un peso de encima.
—Gracias, en serio —dijo, y por una vez no había ni rastro de ironía en su voz.
—De nada. Pero para la próxima trae más cerveza —contesté, y los dos nos echamos a reír.
—A ver si te vas a creer que soy un váter, listo. —Recogió su bandolera y se la colgó al hombro—. Bueno, me largo, que tengo clase temprano. Hasta luego.
—Hasta luego, tía.
La acompañé a la puerta y, antes de irse, se giró y me dio un abrazo de los de verdad, de los largos. Olía a mi gel de ducha y a algo más, a complicidad. Luego bajó las escaleras y la oí silbar mientras se alejaba.
Es, con diferencia, lo más extraño que me ha pasado en la vida. Y, aunque suene increíble, también lo más íntimo que he compartido con nadie. Cumplimos su fantasía, esa que llevaba dentro sin atreverse a confesarla, y lo hicimos sin que cambiara nada entre nosotros. Seguimos siendo los mismos, los de siempre, los del barrio. Solo que ahora compartimos un secreto que no le contaremos a nadie.
En fin, sé que es un relato distinto a lo habitual, pero me apetecía compartirlo. Si te ha gustado, ya sabes. Hasta la próxima.





