Mi jefe me ofreció a sus socios para cerrar el contrato
Sé que no debería contar esto, y mucho menos disfrutar al recordarlo. Soy una mujer casada y nada de lo que pasó esa noche tiene justificación. Pero fue más fuerte que yo, más fuerte que la culpa que arrastré después. Lo que voy a contar ocurrió por mi propia voluntad, aunque la voluntad, cuando una se entrega del todo, deja de pesar.
Esteban no es solo mi jefe. Desde hace casi un año es el hombre que decide qué hago con mi cuerpo, y yo se lo permito. Empezó como un juego en su oficina y terminó siendo una costumbre: él manda, yo obedezco. Esa dinámica me prendió de una forma que nunca le confesé a nadie, ni siquiera a Damián, mi marido, que por entonces estaba en el sur trabajando en una plataforma petrolera y volvía cada quince días.
Una tarde Esteban me llamó a su despacho y cerró la puerta con esa calma suya que ya me ponía las piernas flojas.
—Hay una licitación en Puerto Lindo —dijo—. Un complejo de bodegas, mucho dinero en juego. Los inversores llegan el viernes y quiero que vengas conmigo.
—¿Como tu asistente? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—Como mi mujer. Con todo lo que eso significa.
No me molestó. Me excitó. Dejaría a mi hija en casa de mi madre y le diría a Damián que era un viaje de trabajo, lo cual no era del todo mentira.
Lo que sí me sorprendió fue el sobre que me entregó al despedirme. Adentro había una suma de dinero importante.
—Comprate ropa —ordenó—. Vestidos ajustados. Lencería fina. Algo que haga que los hombres pierdan el hilo de lo que están hablando.
Él ya sabía que yo siempre visto femenina, pero esta vez quería elegir él. Fui a la boutique de una amiga y me probé media tienda. Salí con un vestido de lycra rojo que se pegaba a cada curva, un body de encaje negro, una minifalda de pana bordó y un conjunto de corpiño y tanga blancos. En la lencería compré además un corset con portaligas color rojo que era un sueño, medias con liga de silicona en tres tonos y unas sandalias de taco aguja, finitas, que me estilizaban las piernas. Esteban decidiría qué me quedaba mejor para sus planes.
***
Salimos el viernes a media tarde. Dejamos a mi hija con mi madre y tomamos la ruta hacia Puerto Lindo, a unos doscientos kilómetros. Durante el viaje Esteban no perdió ocasión de meterme la mano entre los muslos, acariciándome por encima de las medias mientras manejaba con la otra. Yo abría las piernas sin que me lo pidiera. Esa entrega muda era parte del juego: yo era suya, y se notaba.
—Esta noche cenamos con tres inversores —me explicó sin sacar los ojos del camino—. Quiero que les caigas bien. Muy bien. Si la negociación se complica, vas a ayudarme a destrabarla.
Entendí lo que insinuaba y un escalofrío me recorrió la espalda. No supe si era miedo o ganas. Probablemente las dos cosas a la vez.
Llegamos al mejor hotel de la ciudad y nos instalaron en habitaciones separadas. La mía era enorme, con una sala de estar, una barra de bebidas y, contigua, un dormitorio con una cama gigante vestida de blanco. Me metí a la ducha, me depilé, me maquillé con cuidado y elegí el vestido rojo, el corset con portaligas, la tanga de encaje y las medias color piel, todo coronado con las sandalias rojas.
Cuando golpearon la puerta y abrí, Esteban se quedó mirándome de arriba abajo. Después me agarró de las nalgas y me besó con hambre.
—Despacio —le pedí entre risas—. No me arruines el peinado antes de tiempo.
***
La cena fue larga y elegante. Los tres inversores eran extranjeros: Niko, el más joven, de sonrisa tímida; Dragan, un hombre corpulento de barriga generosa y manos enormes; y Aleksandr, el mayor, un anciano de ojos pequeños que apenas hablaba y observaba todo en silencio. Solo Niko y Dragan chapurreaban algo de español. Comimos mariscos, brindamos varias veces y yo me reí de chistes que medio entendía, dejando que el escote hiciera su trabajo.
Cuando terminó la velada, Esteban se inclinó hacia mí.
—Llevalos a tu suite —murmuró—. Sé amable. Si piden algo más, dáselos. Tu recompensa va a ser buena.
No me gustó que me tratara como una ficha de su tablero, y se lo dije al oído. Pero entre el vino, su mano apretándome la rodilla por debajo de la mesa y la certeza de que después me cobraría la obediencia, terminé cediendo. Subí con los tres hombres en el ascensor, sintiendo cómo me miraban.
Encendí el equipo de música de la habitación y elegí algo suave. No sabía de qué hablar y ellos tampoco, así que dejé que el cuerpo lo dijera. Empecé a mover las caderas al ritmo de la música, despacio, mirándolos. Los tres se acomodaron en los sillones y me observaron como quien mira un espectáculo privado.
Me sentí poderosa. Bajé un tirante del vestido, después el otro, y seguí girando mientras la tela resbalaba. De espaldas a ellos me agaché despacio, dejando que vieran mis nalgas apenas cubiertas por el hilo de la tanga. Cuando me saqué el vestido del todo, me di vuelta y se los lancé con la punta del pie. No gritaban, no hablaban: solo aplaudían bajito, hipnotizados. Yo bailaba poseída por algo que no reconocía en mí, algo que llevaba meses despertándose en la oficina de Esteban.
***
Niko se acercó con una copa de champán y me la bebí de un trago. Las burbujas me subieron a la cabeza sin desconectarme de nada de lo que pasaba. Le devolví la copa, lo tomé de la mano y lo atraje contra mi cuerpo. Bailamos pegados, o más bien bailé yo, porque él se dejaba llevar, rígido de nervios. Para entonces solo llevaba puesto el corset con portaligas, la tanga, las medias y las sandalias rojas.
Sentí su erección contra mi pelvis y me restregué sin disimulo. El champán terminó de soltar los pocos frenos que me quedaban como mujer casada. Fue entonces cuando Dragan se levantó del sillón y vino hacia mí mientras el anciano seguía observando, inmóvil.
Sin pedir permiso, Dragan me besó en la boca y bajó por mi cuello hasta la nuca. Solté a Niko y me colgué del cuello del corpulento, casi en el aire por su barriga, besándolo con la lengua. Mientras nos devorábamos, sentí sus manos quitarme la tanga; junté las piernas para ayudarlo a deslizarla hasta los tobillos, y Niko terminó de sacármela.
Dragan se desnudó y dejó al descubierto un miembro grueso debajo de la panza. Me agaché en cuclillas y se lo metí en la boca, lamiendo, mordisqueando el glande, mojándolo entero. Para mi sorpresa, Niko se tendió debajo de mí y empezó a comerme la vulva. La sensación de tener una verga en la boca mientras una lengua me recorría por abajo me arrancó un gemido largo. Era una escena rara, casi irreal, y yo estaba en el centro, entregada.
El anciano dijo algo en su idioma y Niko se levantó a recibir unos paquetitos de sus manos: eran preservativos. Dragan me explicó, en su español roto, que por ser el mayor, Aleksandr me penetraría al final, pero que mi sexo no podía quedar con el semen de los otros. Le sonreí y le dije que no tenía ningún problema, aunque no había imaginado que el anciano también participaría.
***
Niko me ayudó a recostarme en el borde de la cama y me levantó las piernas para apoyármelas en sus hombros. Frotó la punta cubierta contra mi entrada y empujó despacio. Lo recibí mojada, abierta del todo, sintiéndolo resbalar dentro de mí. Mientras me embestía con un vaivén suave y firme, me sacó las sandalias y empezó a chuparme los dedos de los pies por encima de las medias. Esa mezcla de delicadeza y descaro me volvía loca.
Dragan esperaba su turno acariciándose, mirándome con paciencia de animal. Niko me llevó al primer orgasmo gimiendo, pidiendo más, hasta que lo sentí palpitar dentro y terminó con un gruñido en su idioma.
Enseguida fue el turno de Dragan. Me corrió más arriba en la cama y se montó sobre mí en misionero. Casi me aplastó con su corpulencia, pero su verga gruesa me llenó por completo. Me besaba los pechos, me lamía los pezones y bombeaba con un ritmo lento que me hacía sentir repleta, ajustada, usada de la mejor manera. Le enlacé las piernas alrededor de las caderas para que entrara hasta el fondo. Yo apenas podía moverme bajo su peso, y eso, estar inmovilizada y entregada, me empujó a otro orgasmo que me cruzó el vientre como una corriente.
El anciano se acercó murmurando algo. Dragan se levantó y me pidió que lo montara. Me acomodé sobre él como pude, sorteando su panza, y dejé que su miembro entrara entero mientras yo subía y bajaba. Sentada y erguida lo tenía clavado adentro. Entonces me agarró de los brazos y me tiró sobre su pecho, dejando mis nalgas en alto, a merced del viejo Aleksandr.
Sin perder tiempo, el anciano empezó a masajearme el ano con los dedos. Dragan me abrazaba para que no me moviera, y yo sentí cómo, aun teniendo el sexo lleno, se me encendía el culo bajo las caricias de aquel hombre mayor. Me besó la espalda mientras el viejo presionaba su miembro contra mi entrada trasera. Dolió apenas un momento, y después el dolor se transformó en una sensación nueva, intensa, de estar tomada por completo.
—Por favor —me oí decir—, despacio… así…
El anciano bombeaba con cadencia, sin pausa, mientras Dragan me mantenía empalada por delante. Verme las piernas enfundadas en las medias rodeando aquella escena me parecía obsceno y delicioso a la vez. Me sentía tan entregada que solo quería que durara. Me vine otra vez, temblando, lubricándolos a los dos.
No sé cuánto tiempo estuvieron usándome así. En algún momento el viejo empujó hasta el fondo, palpitó y se derramó dentro de mí con un suspiro ronco. Una sensación rara, la de una mujer servida hasta el último rincón.
***
La noche no terminó ahí. Dragan se quitó el preservativo y me pidió ponerme en cuatro patas sobre la cama. Entendí su intención y le dije que no, que su verga era demasiado gruesa para mi culo. Pero él ya lo había decidido. Con un gesto a Niko, este me tomó del brazo y, con suavidad pero sin dejarme opción, me colocó en la posición. Protesté, aunque por dentro la negativa ya era pura forma. Opté por relajarme y le agarré el miembro a Niko para chupárselo mientras Dragan se acomodaba detrás.
Sentí la cabeza presionando, y mi cuerpo, ya dilatado por el anciano y lubricado, cedió más fácil de lo que esperaba. Fue entrando de a poco, llenándome, mientras yo seguía con la boca ocupada. Cuando lo tuve entero adentro, algo en mí se rindió del todo.
—Toda… metémela toda —le pedí, sin reconocer mi propia voz.
Dragan se desató. Embestía con tanta fuerza que ya no podía concentrarme en nada más. Me acariciaba el clítoris con los dedos y yo gemía con los ojos cerrados, entregada como nunca lo había estado. Cada golpe de sus caderas contra mis nalgas me empujaba hacia adelante, y de no ser porque me sujetaba con las dos manos, habría caído de bruces. De pronto se hundió hasta el fondo, quieto y palpitante, y me inundó con un calor que reconocí enseguida: se había sacado el condón. No me importó. Otro orgasmo me sacudió mientras él terminaba.
Quedé tendida en la cama, satisfecha y dolorida a la vez, con el cuerpo abierto y los muslos manchados. Los tres hombres se vistieron y, con una inclinación casi ceremoniosa, se despidieron de mí.
***
No hace falta que diga que Esteban ganó la licitación de las bodegas. Yo recibí mi recompensa, generosa, como él había prometido. Y aunque me repetí mil veces que no volvería a permitir algo así, sé que mentía. Porque cuando una descubre hasta dónde puede entregarse, ya no hay vuelta atrás.