Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cómo entrenamos a nuestra sumisa en jaula

1(1)

Lo que voy a contar no empezó como un juego improvisado ni como una fantasía de una noche. Empezó poco a poco, con conversaciones largas, reglas escritas, límites claros y una mujer adulta que quería entregarse por completo. Cuando conocimos a Marina, mi pareja ya tenía experiencia en dominación, y yo había participado alguna vez, pero siempre desde un lugar más curioso que entregado.

Marina era mayor que nosotros, segura por fuera y profundamente dócil por dentro. La primera vez que vino a casa no hubo sexo inmediato ni escena espectacular. Llegó con una bolsa pequeña, se desnudó cuando se lo ordenamos y se arrodilló sobre el suelo del salón con una naturalidad que me dejó mirando más de la cuenta.

—Si vas a obedecerme, no me mires como si pidieras permiso para respirar —le dije.

—Sí, ama —respondió sin levantar la cabeza.

Mi pareja me miró de reojo. Sabía exactamente lo que estaba pasando. Algo en mí acababa de encenderse.

Al principio fueron sesiones sueltas. La hacíamos desnudarse, ponerse de rodillas, contar en voz alta cada azote, limpiar el suelo mientras nosotros la ignorábamos o follábamos cerca de ella para recordarle cuál era su sitio. A Marina la excitaba la humillación de una forma casi obscena. Bastaba verla empapada, con los muslos apretados, tragándose los gemidos mientras la obligábamos a mirar, para entender que aquello no era un capricho pasajero.

Con el tiempo empecé a llevar yo el peso de las escenas. Ya no era solo acompañar a mi pareja: daba órdenes, castigaba, marcaba ritmos. Y cuanto más obedecía Marina, más me gustaba empujarla un poco más lejos. Ella lo buscaba. Lo pedía con esa manera que tienen algunas sumisas de suplicar sin usar la palabra «por favor».

Una noche le pusimos un collar de cuero por primera vez. Nada vistoso, nada teatral. Solo una tira negra ajustada a su cuello, con una anilla al frente. Fue increíble cómo cambió su postura apenas sintió el clic de la hebilla. Bajó los hombros, abrió un poco más las piernas, y en su cara apareció esa mezcla de vergüenza y alivio que me volvió loca.

—Ahora sí pareces lo que eres —le dije, tirando de la anilla para acercarla—. Una sumisa de verdad.

Se estremeció. Mi pareja le acarició el pelo con una lentitud casi cruel mientras yo le deslizaba la punta del pie entre los muslos. Estaba mojada antes de que empezáramos de verdad.

Aquella noche no hubo ternura. La empujé boca abajo sobre la alfombra, le separé las rodillas y le di una nalgada seca que le hizo soltar aire entre dientes. Luego otra. Y otra. Mi pareja se arrodilló frente a ella, le agarró la barbilla y le metió dos dedos en la boca.

—Chúpalos bien —le ordenó—. Vas a necesitar esa boca abierta.

Marina obedeció con un gemido ahogado. Yo le abrí los labios del coño con los dedos y la vi chorrear. No era una humedad tímida ni contenida. Estaba realmente excitada, con la piel caliente y el clítoris duro, temblando solo porque la estábamos usando entre los dos.

Le escupí en el coño y empecé a frotarla con dos dedos, despacio al principio, luego más fuerte, sintiendo cómo se arqueaba contra mi mano. Mi pareja se sacó la polla y se la restregó por la cara.

—Mírala cómo se pone —dijo—. Le gusta que la tratemos como una cosa.

—Porque lo es —respondí.

Le metí dos dedos de golpe. Marina soltó un gemido sucio, de esos que ya no se pueden disimular, y empezó a empujar el culo hacia mi mano. La sujeté del collar para que no se moviera tanto y la follé con los dedos con fuerza, entrando y saliendo mientras oía el ruido húmedo entre sus piernas.

Mi pareja le dio con la polla en los labios.

—Ábreme la boca.

Ella obedeció enseguida. La vi tragar saliva y recibirlo hasta el fondo, tosiendo un poco cuando él le marcó el ritmo sujetándole el pelo. Mientras tanto yo no dejaba de meterle los dedos, de abrirla, de palparla por dentro. El coño le latía. Le di una palmada en la vulva y se sacudió entera.

—Te vas a correr cuando yo quiera —le dije al oído.

Le saqué los dedos y se quejó. Esa queja me gustó tanto que le di otra nalgada, más fuerte. Luego la levanté del suelo tirando del collar y la llevé hasta el dormitorio. Allí la esperaba la estructura metálica que habíamos comprado semanas antes: una jaula amplia, baja, suficiente para encerrarla, suficiente para incomodarla. Cuando la vio, su cara cambió.

—Dentro —ordené.

Dudó dos segundos. Solo dos. Mi pareja le sujetó la nuca y ella entró de rodillas, derrotada y excitada a la vez. Cerré la puerta y giré el candado despacio, dejando que oyera el clic. Marina apretó los muslos y bajó la frente al suelo de la jaula.

—Mírame —le dije.

Levantó la cabeza. Tenía la respiración acelerada, las mejillas ardiendo y el coño chorreando sobre el metal.

—¿Te gusta estar encerrada?

—No, ama.

—Mientes.

—Sí, ama —susurró—. Me excita muchísimo.

Mi pareja se rio. Yo abrí la bragueta de su pantalón y me arrodillé frente a la jaula. Quería que Marina mirara desde dentro cómo le chupaba la polla a él mientras ella no podía hacer nada más que observar. La saqué, dura, caliente, y empecé a lamerla de abajo arriba. Marina soltó un gemido tan desesperado que me hizo seguir con más ganas.

Mi pareja me agarró del pelo con suavidad, dejándome marcar el ritmo. Yo lo mamaba mirándola a ella: su mano se había ido sola entre las piernas y se frotaba a escondidas dentro del encierro.

—Saca la mano —dije sin dejar de chupar.

La retiró de inmediato.

Seguí mamando hasta notar la polla bien tensa en mi boca. Entonces me levanté, abrí la jaula y saqué a Marina gateando. La puse de rodillas frente a nosotros y le corrí la barbilla con la punta del pie.

—Ahora tú.

Se abalanzó con una obediencia casi obscena. La metió en la boca hasta donde pudo y empezó a chupar con hambre, moviendo la cabeza rápido, gimiendo sobre la polla. Yo me coloqué detrás de ella, le aparté el pelo del cuello y empecé a pellizcarle los pezones mientras la veía trabajar. Tenía la espalda arqueada, el culo en alto, entregada por completo.

Metí la mano entre sus piernas y encontré todo empapado otra vez. Le rodeé el clítoris con dos dedos y empecé a frotar en círculos firmes. Marina casi perdió la boca de la sacudida.

—No aflojes —le gruñó él, sujetándole la cabeza.

Yo seguí tocándola hasta que la noté cerca. El temblor en los muslos, la respiración cortada, el cuerpo pidiendo correrse. Entonces aparté la mano de golpe.

—No te he dado permiso.

Chilló de frustración. Ese sonido me dio un calor brutal en el bajo vientre. Ya no quería mirar solamente. Quería follarla.

La tumbé boca arriba, le abrí las piernas y le metí dos dedos otra vez, luego tres, trabajándole el coño sin delicadeza. Mi pareja se puso detrás de su cabeza y volvió a darle la polla para que la mamara mientras yo me bajaba y le comía el coño de frente. Le lamí el clítoris con la punta de la lengua, después lo chupé con fuerza, escuchando cómo se ahogaba entre una mamada y otra.

Sabía a excitación pura. A piel caliente, a sumisión, a esa mezcla de vergüenza y deseo que la volvía loca. Le separé más las piernas y hundí la lengua todo lo que pude. Marina se retorció.

—Ama... por favor...

—¿Por favor qué?

—Déjeme correrme.

Le di una palmada en el muslo interno.

—Todavía no.

Me levanté y la hice ponerse a cuatro patas sobre la alfombra. Mi pareja le agarró del collar para mantenerle la cabeza arriba mientras yo me colocaba detrás con un consolador grueso que ya habíamos usado otras veces. Se lo froté por la entrada del coño, despacio, viendo cómo se abría y esperaba. Luego se lo metí entero de una embestida firme.

Gritó. No de dolor real, sino de impacto, de llenura, de esa humillación física de sentirse abierta y usada. Empecé a follarla con el juguete a un ritmo constante, seco al principio, más duro después. El ruido húmedo llenó la habitación.

Mi pareja le escupió en la boca y le dijo:

—Traga.

Ella tragó.

Yo no paré. Le clavaba el juguete hasta el fondo mientras con la otra mano le amasaba una teta y le retorcía el pezón. Tenía la espalda roja de las nalgadas, el culo tenso, los labios del coño brillantes. Cada vez que se venía un poco hacia atrás buscando más, yo le devolvía una embestida más fuerte.

—Eso querías, ¿no? —le dije—. Que te usáramos como a una puta obediente.

—Sí, ama... sí...

—Dilo bien.

—Como una puta obediente.

Mi pareja la soltó del collar solo para cogerle las manos y sujetárselas a la espalda. Quedó completamente expuesta para mí. Entonces cambié el consolador por mi mano y le metí los dedos con violencia, abriéndola, manoseándola como si el coño le perteneciera más a mi capricho que a su cuerpo.

Con la palma libre le di una nalgada tan fuerte que dejó la marca enseguida. Marina se corrió con ese golpe, de forma sucia e involuntaria, apretando el coño alrededor de mis dedos mientras gemía como si le hubieran arrancado algo.

—Mira qué fácil era romperte —le susurré.

No la dejamos descansar. Mi pareja la giró y la sentó sobre sus piernas, de espaldas a él. La polla le rozaba la entrada y ella temblaba, agotada y lista para más. Yo me senté enfrente y la besé por primera vez en toda la noche. Un beso húmedo, dominante, casi insultante. Luego le escupí en la lengua y le agarré las tetas.

Él la penetró de una sola vez. Marina abrió la boca en un gemido mudo, echando la cabeza hacia atrás contra su hombro. Empezó a follársela con embestidas hondas, sujetándola de la cintura. Yo veía cómo le entraba y salía, cómo el coño se abría, cómo brillaba cada vez más entre las piernas.

Le pellizqué fuerte los pezones.

—Mírame mientras te follan.

Lo hizo. Tenía los ojos vidriosos, rendidos. Mi pareja aceleró detrás de ella. El sonido del golpe de pelvis contra culo se volvió más duro, más rápido. Marina se agarró a mis antebrazos con una desesperación que no intenté suavizar.

—Dime de quién eres —le exigí.

—De ustedes.

—¿De quién es ese coño?

—De ustedes, ama.

—¿Y esa boca?

—También.

Le metí dos dedos en la boca y los chupó sin apartar la mirada de la mía, mientras seguía siendo follada. Mi pareja soltó un gruñido detrás de ella; estaba cerca. Yo le froté el clítoris con la otra mano, rápido y firme, sin darle tregua.

Marina se corrió otra vez con un espasmo brutal. El coño se le contrajo sobre la polla de mi pareja y él no aguantó más. Se vació dentro con varias sacudidas, sujetándola con fuerza, enterrado hasta el fondo. Ella gemía, casi llorando, rota y feliz.

***

Después de esa noche, la jaula dejó de ser un accesorio. Pasó a ser el centro de muchas escenas, y también de la vida que construimos con Marina. Nunca fue un encierro improvisado ni sin acuerdos: ella aceptó más reglas de las que yo pensé que alguien podía aceptar. Y aun así, cada vez que cerrábamos el candado, su cuerpo respondía como si la estuviéramos profanando.

Había tardes en que llegábamos a casa y ya la esperábamos con una orden concreta. Desnúdate. Collar. Rodillas al suelo. A cuatro patas hasta la cocina. Si obedecía bien, caricias, atención, quizá un orgasmo. Si fallaba, castigo. Aislamiento. Jaula. Azotes. Silencio.

Lo que más me excitaba no era el dolor, sino el contraste. Verla convertida en una mujer funcional, inteligente, madura, y minutos después tenerla desnuda lamiendo el suelo donde se había derramado un poco de vino. Verle la dignidad temblando en la cara mientras obedecía de todos modos.

Una tarde la castigamos por algo mínimo: responderme con una explicación no pedida. La mandé a la jaula durante una hora, completamente desnuda, con un vibrador sujeto entre los muslos y prohibido correrse. Se lo coloqué yo misma, ajustándolo para que la punta le rozara justo donde más le hacía falta. Luego cerré el candado.

—Si te corres antes de que vuelva, pasas la noche encerrada —le dije.

Cuando regresé al dormitorio, estaba sudando. El vibrador seguía zumbando entre sus piernas y ella tenía los dedos clavados en el suelo metálico para no tocarse. El coño le goteaba. La respiración le salía rota.

—Ama... no puedo más.

—Claro que puedes. Llevas una hora pudiendo.

Abrí la jaula solo para entrar la mano y meterle dos dedos empapados hasta el fondo. Gritó. Empecé a follarla con la mano a través de los barrotes mientras la otra le retorcía un pezón. No podía moverse bien. No podía abrir las piernas del todo. Esa incomodidad la volvía todavía más vulnerable.

—Dime cuánto te gusta estar ahí dentro.

—Muchísimo.

—Más fuerte.

—¡Muchísimo, ama!

Le saqué los dedos y los llevé a su boca. Los chupó con ansia. Entonces mi pareja apareció en la puerta, se desabrochó el pantalón y se acercó a la jaula sin decir nada. Marina lo miró y el cuerpo entero se le tensó.

—Ábrela —me dijo.

Lo hice. Ella empezó a salir, pero la frené con una mano en el pecho.

—No. Quédate a medias.

La posición era humillante y torpe: rodillas dentro, torso fuera, culo elevado. Mi pareja se colocó detrás y le separó las nalgas. Yo me puse delante para que me besara los pies, luego las piernas, luego el vientre por encima de la ropa. Él le metió la polla despacio, dejándola que sintiera cada centímetro. Marina cerró los ojos y soltó un gemido profundo.

—Abre los ojos —le ordené—. Quiero ver tu cara mientras te follan así.

Él empezó despacio, entrando y saliendo con un ritmo que la volvía loca porque no era suficiente. Yo le agarré la mandíbula y le hice mirarme. La vergüenza la encendía; se notaba en cómo goteaba, en cómo apretaba el coño cada vez que él se hundía más.

—Pide más —le dije.

—Más, por favor.

—No me sirve así.

Tragó saliva. Tenía la voz rota.

—Fóllame más fuerte, por favor.

Mi pareja sonrió y obedeció. Le dio una embestida dura que la hizo chocar con mi cadera. Después otra. Y otra. La jaula vibraba con el movimiento. Yo le metí dos dedos en la boca mientras él se la follaba cada vez más rápido. Marina babeaba, gemía, temblaba, completamente sometida a la escena.

Le bajé la mano entre las piernas y le froté el clítoris sin compasión. No tardó nada en deshacerse. Se corrió gritando alrededor de la polla, con el cuerpo sacudido por espasmos. Mi pareja la siguió segundos después, vaciándose con un gruñido grave mientras le clavaba los dedos en la cadera.

Yo la dejé unos segundos así, abierta, jadeando, todavía a medio camino entre la jaula y el cuarto. Luego la besé en la frente y le susurré:

—Buena sumisa.

Fue una de las pocas veces que la vi llorar de alivio.

***

Con los meses, nuestra dinámica se volvió más intensa, más absorbente, más presente incluso cuando no había sexo. Eso fue lo que más nos asustó y más nos excitó a la vez. Marina no solo quería sesiones. Quería estructura, control, pertenencia. Quería que la mandáramos, que decidiéramos, que le cerráramos la puerta de la jaula y le quitáramos el mundo durante unas horas.

Nosotros también nos fuimos acostumbrando a esa entrega. A llegar a casa y encontrarla arrodillada. A decidir si esa noche habría premio o castigo. A usar su cuerpo para nuestro placer sin necesidad de adornarlo. Y en medio de todo eso, el sexo seguía siendo brutalmente bueno.

Recuerdo una noche especialmente intensa. Veníamos tensos, discutidos por otra cosa, y descargamos todo en la escena. La hice ponerse de pie contra la pared del pasillo, manos arriba, piernas abiertas. Ni siquiera la dejé hablar. Le bajé la ropa interior de un tirón y le metí la mano entre las piernas.

Estaba mojada.

—Ni siquiera sabes si vengo de buen humor y ya estás chorreando —le dije.

—Siempre me pongo así cuando usted me toca.

Le di una bofetada leve, solo para recolocarla.

—No te he pedido que hables.

Mi pareja le sujetó las muñecas por encima de la cabeza mientras yo me arrodillaba y le abría el coño con los dedos. Se lo lamí sin delicadeza, comiéndoselo de pie, obligándola a mantenerse quieta. Cada vez que intentaba mover las caderas buscando más, le daba una nalgada.

La oí jadear, perder el control poco a poco. Mi pareja le abrió la camisa, le sacó las tetas y empezó a pellizcárselas mientras yo seguía con la lengua enterrada entre sus labios. Marina estaba al borde. Subí, me limpié la boca con el dorso de la mano y le dije:

—Al dormitorio. Gateando.

La seguimos mirando cómo avanzaba desnuda por el pasillo hasta la jaula. Cuando llegó, ni siquiera hizo falta ordenárselo. Entró sola. Ese detalle, esa mezcla de costumbre y deseo, me atravesó de una forma rarísima: un poco de orgullo, un poco de culpa, muchísimo morbo.

La saqué enseguida. No para descansar, sino para ponerla sobre la cama boca abajo. Le até las muñecas con una correa corta al cabecero y le abrí las piernas. Mi pareja se puso frente a ella y le metió la polla en la boca mientras yo, detrás, le lubricaba el culo con los dedos.

Marina se tensó. El anal no era castigo para ella; le gustaba demasiado. Precisamente por eso nos lo guardábamos para ciertas noches. Le masajeé la entrada despacio, luego metí un dedo, después dos. La sentí apretarse, aceptar, ceder poco a poco.

—Relájate —le dije—. Si te portas bien, te lo meto entero.

Gimió sobre la polla de mi pareja. Yo seguí trabajando con los dedos hasta notar que estaba lista. Me puse el arnés y se lo apoyé en la entrada. Ella lo sintió y dio un pequeño salto. Le acaricié la espalda.

—Quieta.

Entré muy despacio al principio. El culo se fue abriendo alrededor del juguete centímetro a centímetro. Marina gemía ahogada, tensa, tragando polla delante y recibiendo por detrás. Cuando estuve dentro del todo, me quedé quieta un momento, disfrutando del temblor que le recorría el cuerpo.

—Ahora sí —susurré.

Empecé a follarla. Despacio. Hondo. Luego más rápido. Más fuerte. Mi pareja le marcó el ritmo en la boca al mismo tiempo, de modo que la teníamos completamente ocupada, llena por delante y por detrás. Era obsceno verla así. Obsceno y perfecto.

Le quité la polla de la boca para que respirara y enseguida él le escupió en la cara. Ella abrió los labios y se relamió con una obediencia que me puso todavía más caliente. Seguimos un buen rato, alternando golpes duros y pausas cortas solo para oírla suplicar.

Cuando la saqué de atrás, ya estaba temblando entera. Mi pareja la giró boca arriba y se la metió en el coño de inmediato, aprovechando que estaba deshecha. Yo le froté el clítoris con saliva y dos dedos mientras él la clavaba una y otra vez contra el colchón.

—Córrete —le ordené—. Ahora sí.

Se corrió de una forma brutal, con la espalda arqueada y un grito ronco que me dejó la piel erizada. Mi pareja se vació después dentro de ella. Y yo terminé masturbándome a su lado, mirándola temblar, hasta correrme sobre mi propia mano.

Nos quedamos los tres jadeando, sudados, llenos de marcas, con esa sensación confusa de haber ido muy lejos y no querer volver atrás.

Eso es, en el fondo, lo más honesto que puedo decir. No fue una fantasía limpia ni una dinámica perfecta de manual. Fue deseo, poder, entrega, humillación y sexo explícito vivido hasta el límite de lo que entre los tres supimos sostener. Y cada vez que cierro el candado de la jaula y la oigo contener el aliento al otro lado, sé que seguimos ahí: demasiado lejos para fingir que esto era solo un juego.

Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts VIP en Palermo, con fotos reales.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

1(1)

Comentarios(7)

DarknessReader

Increible!! Uno de los mejores relatos de BDSM que lei aca, genial

MatiasLect

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio el entrenamiento

LectorConfeso

Me encanto como lo contaron, se nota que hay experiencia real detras. Muy morboso sin pasarse de la raya

CuriosaRD

curiosidad: la jaula la compraron o la fabricaron? pregunta sincera jajaja

Nocturno_MX

tremendo relato, me tuvo pegado hasta el final

EdgarM_54

Muy bueno. Me hubiera gustado que fuera un poco mas largo pero los detalles del principio estaban perfectos

fan_relatos22

excelente!!! sigan publicando asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.