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Relatos Ardientes

La dominación que le preparó la vecina

Salí de casa a media mañana con una bolsa de tela en una mano y la lista de compras en la otra. El barrio estaba tranquilo, con ese ruido suave de hojas, motores lejanos y niños jugando que suele dar confianza. Crucé la plaza pensando en el almuerzo y en nada más.

Fue entonces cuando lo vi.

Lo había cruzado unos minutos antes, cerca de la heladería, y ya entonces me había resultado extraño. Un hombre de aspecto descuidado, más bien corpulento, barba corta, ropa deportiva y una forma de mirar demasiado fija, demasiado calculada. No era un padre esperando a nadie; era el tipo de hombre que observa como si eligiera.

Cuando salí del almacén con mis compras, volví a verlo. Esta vez caminaba rápido junto a una joven del edificio de al lado, una chica ya adulta a la que yo conocía de vista porque vivía con su hermana mayor. Ella parecía incómoda, casi arrastrada por el brazo, y él giró la cabeza una vez para comprobar si alguien lo seguía.

En ese momento supe que algo iba mal.

Solté la bolsa en la vereda y empecé a seguirlos. No había nadie cerca. Ni un policía, ni un portero, ni un vecino asomado a una ventana. Yo notaba el pulso en la garganta y la boca seca, pero seguí caminando cada vez más deprisa.

Él también lo notó. Apretó más el paso y tiró de la mujer con brusquedad. Ella trastabilló. Yo empecé a correr.

—¡Suéltala! —grité, aunque la voz me salió áspera, casi rota.

Él no la soltó. Intentó meterse por una calle lateral, pero ya lo tenía encima. Le agarré el hombro, tiré con todas mis fuerzas y la chica aprovechó para zafarse. Le dije que se fuera, que corriera y pidiera ayuda. No esperé a ver si obedecía.

El hombre trató de empujarme y salir corriendo. Lo perseguí media cuadra y me lancé sobre él por la espalda. Los dos caímos al suelo. Él resopló, maldijo, intentó levantarse, pero yo estaba fuera de mí.

Le pegué una bofetada tan fuerte que le giré la cara. Luego otra.

—Cerdo —le escupí—. Te vi. No me tomes por idiota.

Lo arrastré como pude hacia un callejón estrecho entre dos edificios. No pensé demasiado; actué con una mezcla de rabia y un impulso oscuro que me subía desde el estómago. El tipo tropezaba, se quejaba, trataba de zafarse, pero yo lo empujé contra la pared y lo hice caer de culo sobre el cemento sucio.

Le arranqué la sudadera, le llevé los brazos a la espalda y se los até con fuerza. No quedó inmóvil del todo, pero sí lo bastante sujeto para que entendiera que ya no mandaba. Eso fue lo primero que me excitó: verlo pasar de seguro a asustado en menos de un minuto.

No era algo que me hubiera imaginado antes, pero allí, viéndolo atado y respirando como un animal acorralado, sentí algo crudo en el cuerpo. No deseo por él. Deseo por el control.

—¿Qué ibas a hacerle? —pregunté, inclinándome sobre su cara.

—Nada... yo no hice nada... estás loca.

Le di un puñetazo en la boca. Le partí el labio y vi la sangre enseguida.

—Vuelve a mentirme y te va a doler más.

El miedo le cambió la cara. Ya no parecía agresivo ni astuto. Parecía un cobarde sudando contra una pared. Me agaché, le tiré del pantalón deportivo hacia abajo y luego de la ropa interior. Se resistió lo justo para recibir una patada en el muslo.

—Abre las piernas.

—No...

Le clavé la punta del zapato entre las piernas, apenas rozándole los huevos. El hombre dio un gemido ahogado y obedeció. Aquella rendición me hizo apretar los dientes. No estaba disfrutando del dolor por sí mismo; estaba disfrutando de humillarlo, de rebajarlo, de convertirlo en la cosa temblorosa que realmente era.

—Así me gusta. Ahora sí pareces lo que eres.

Le agarré el sexo con una mano. Estaba blando, encogido por el miedo. Se lo apreté sin delicadeza, como si inspeccionara una pieza de carne. Él jadeó, retorciéndose.

—Por favor...

—No me pidas por favor. No todavía.

Le di la primera patada de lleno en los huevos. Fue seca, directa. El golpe le subió por el cuerpo entero. Soltó un grito ronco y dobló la espalda, pero la pared lo sostuvo. Yo me quedé mirándolo un segundo, respirando fuerte, viendo cómo se le nublaban los ojos.

Después vino la segunda, más fuerte.

Esta vez se le cortó el aire. Abrió la boca como si fuera a vomitar. Yo sentí un calor húmedo entre las piernas, un pulso claro en el coño, una necesidad inesperada. La furia se me estaba mezclando con una excitación áspera que no me dio vergüenza aceptar.

—Eso tendrían que hacerles a todos los hijos de puta como tú —le dije.

Volví a golpearlo. No perdí la cuenta por crueldad, sino porque cada patada me descargaba un poco más y a la vez me encendía. El dolor lo estaba desarmando y mi cuerpo reaccionaba a ese poder. Él ya no discutía. Gemía, lloriqueaba, pedía que parara.

Me agaché de nuevo y le levanté el mentón.

—Mírame cuando te hablo.

Le agarré el escroto con toda la mano y lo apreté. Noté el peso, la piel tensa, el temblor involuntario de sus piernas. Tiré hacia abajo. El hombre soltó un chillido descompuesto.

—Eso es. Quiero oírte así.

Al fondo del callejón apareció otra mujer. Alta, pantalón oscuro, camisa clara, el pelo recogido bajo una gorra. Se quedó observando dos segundos, evaluando la escena. Yo no solté al hombre.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó.

—Este cerdo intentó llevarse a una chica del barrio. La estaba forzando.

La mujer no dudó. Se acercó, lo miró de arriba abajo y escupió a sus pies.

—Con razón grita así.

Se puso a mi lado y le tapó la boca con una mano para que no armara más escándalo. Con la otra le agarró la cara, obligándolo a quedarse quieto. Yo seguí tirándole de los huevos, retorciéndolos con los dedos, disfrutando cómo se le marcaban las venas del cuello.

—Aprieta más —me dijo ella, serena.

Le hice caso. Giré la muñeca y el hombre casi se desmayó del dolor.

La recién llegada bajó la vista al bulto amoratado entre sus piernas y sonrió con una dureza fría que entendí al instante. No estaba escandalizada. Estaba tan dispuesta como yo.

—Déjame probar —dijo.

Me aparté medio paso. Ella se arrodilló frente a él y le sostuvo el sexo con dos dedos, sin ningún cuidado. Le dio unas palmaditas en la cara con la punta del glande y luego le escupió encima.

—¿Con esto ibas a asustar a alguien? —se burló—. No sirves ni para cerdo.

Lo chupó apenas por la punta, solo lo justo para humillarlo. No había deseo en su gesto, sino dominio puro. Le pasó la lengua por el glande, lo miró a los ojos y le mordió despacio. El hombre dio un sacudón entero y yo sentí un espasmo de placer propio, directo, brutal.

—Sujétale la cabeza —me pidió.

Le agarré el pelo por detrás. Ella volvió a meterlo en la boca, más hondo esta vez, pero sin acariciarlo, sin darle alivio. Lo mamó con una agresividad seca, alternando succiones con pequeños mordiscos y tirones que le arrancaban gemidos de pánico. No era una mamada para excitarlo; era una mamada para dejarlo claro: hasta su polla nos pertenecía.

—Mira cómo tiembla —dijo ella, levantándose—. Dale otra patada.

Se la di.

El tipo se dobló, llorando ya sin vergüenza. La imagen de aquel hombre reducido, desnudo de cintura para abajo, sangrando del labio y suplicando, me puso tan caliente que tuve que juntar los muslos. Mi respiración había cambiado; lo sentía en los pezones, duros bajo el vestido, y en el coño, que palpitaba.

La otra mujer me miró y lo entendió antes de que yo dijera nada.

—Te excita tenerlo así, ¿verdad?

No respondí enseguida. Bajé la mirada hacia él, hacia su miedo, su impotencia, su vergüenza.

—Sí —admití—. Mucho.

Ella sonrió apenas.

—Entonces úsalo.

Sus palabras me dieron permiso. Me levanté un poco la falda, metí la mano por debajo de la ropa interior y me toqué sobre el clítoris. Estaba empapada. El contacto me arrancó un suspiro que no intenté esconder.

El hombre me miró, confundido, aterrado.

—No apartes la vista —le ordené—. Vas a mirar lo que provocó tu mierda.

Me acaricié delante de él, lenta al principio, luego con más presión. Cada gemido suyo, cada estremecimiento cuando la otra mujer le apretaba los pezones o le pellizcaba el escroto, me iba llevando más arriba. No era ternura ni seducción; era una masturbación sucia, alimentada por la dominación absoluta.

—Dime qué eres —le dije, jadeando.

—No... por favor...

La pelirroja le dio una bofetada que sonó seca.

—Contesta.

—Soy... soy un cerdo.

—Más fuerte.

—¡Soy un cerdo!

Hundí dos dedos dentro de mi coño al oírlo. Entraron fácil, resbalando en toda esa humedad. Se me doblaron un poco las rodillas del placer y tuve que apoyarme en la pared. La otra mujer seguía trabajando sobre él: le tiraba de la polla, la azotaba contra el vientre, le apretaba los huevos hinchados hasta arrancarle alaridos.

—Ahora dile a quién obedeces —le dije.

—A ustedes.

—No. A tu dueña.

Me señaló con la barbilla. Yo sentí un golpe de electricidad en la columna.

—A mi dueña —repitió él, llorando.

Me corrí con esos dedos adentro y la respiración deshecha, temblando contra la pared del callejón. No fue un orgasmo suave ni bonito. Fue una sacudida intensa, caliente, casi rabiosa, con la vista clavada en su cara rota. Cuando terminé, me llevé los dedos a la boca y los chupé sin dejar de mirarlo.

—Todavía no acabamos contigo —dije.

***

La mujer de la gorra se presentó como Lidia. No intercambiamos más que el nombre y una mirada de complicidad áspera. A veces eso basta. Entre las dos lo acomodamos mejor contra la pared y le abrimos más las piernas.

—Quiero ver si todavía responde cuando se le usa como se merece —dijo Lidia.

Yo asentí.

Ella volvió a arrodillarse y esta vez sí se lo tragó más hondo. Le envolvió la base con la mano mientras la boca subía y bajaba con un ritmo firme, húmedo, cruel. La polla, contra toda lógica, empezó a endurecerse. No por placer limpio, sino por esa mezcla enfermiza de miedo, dolor y estimulación.

—Míralo —dije con desprecio—. Hasta para esto es una basura. Le gusta.

Lidia sacó la polla de su boca con un sonido húmedo y le dio un cachetazo con ella en la cara.

—Claro que le gusta. Le excita no poder hacer nada.

Lo escupió otra vez y siguió mamándosela. Le masajeaba el glande con la lengua mientras con la otra mano le estrujaba los huevos inflamados. El contraste entre placer y dolor lo estaba volviendo loco. Gemía, se retorcía, intentaba apartar la cadera y no podía.

Yo me quité la ropa interior y se la metí en la boca para acallarlo mejor. Quedó con mi tela húmeda entre los dientes, respirando por la nariz, gimiendo contra ella. La visión fue tan obscena que me hizo volver a tocarme.

—Fóllate mi mano —le ordené, agarrándole la polla cuando Lidia se apartó.

La moví arriba y abajo sin delicadeza, apretando más de lo que habría apretado con un hombre que me importara. Él empujó por reflejo. Le di una cachetada.

—Despacito. Solo cuando yo quiera.

Lidia se levantó el vestido hasta el muslo, se colocó a su lado y le restregó el pie entre las piernas. La suela rozó primero el perineo, luego le aplastó suavemente los huevos, justo lo suficiente para mantenerlo al borde del gemido histérico.

—Hazlo correrse —dijo—. Quiero que se corra mientras le reviento la vergüenza.

Me puse frente a él. Le agarré la barbilla y acerqué mi cara a la suya.

—Te vas a correr cuando yo te lo ordene. Y si lo haces antes, te arranco esto con la mano. ¿Entendiste?

Asintió como pudo.

Lo masturbé durante un rato que se me hizo espeso y excitante. A veces aflojaba para desesperarlo. A veces subía el ritmo y lo veía perder el control. Lidia alternaba el pie, la mano y la boca: una lamida rápida a la punta, un mordisco breve, un apretón feroz al escroto. Cada estímulo lo empujaba un poco más cerca.

Yo estaba de nuevo muy mojada. Me incliné y le pasé el glande por la entrada del coño sin dejarlo entrar. Solo lo restregué entre mis labios, empapándolo más, marcando el límite.

Él gimió detrás de mi ropa interior.

—Ni sueñes —le murmuré—. No te voy a dar ese gusto.

En lugar de montarlo, bajé una mano entre mis piernas y me abrí un poco para Lidia.

—Méteme dos dedos.

Ella obedeció al instante. Tenía dedos largos, hábiles, seguros. Entraron en mi coño mientras yo seguía meneando la polla del hombre. El contraste casi me hizo doblarme. Yo lo pajeaba a él mientras otra mujer me follaba con los dedos delante de su cara. Todo bajo mi mando, todo con él reducido a instrumento y testigo.

—Así —jadeé—. Más adentro.

Lidia me penetró con tres dedos y me encontró el ritmo enseguida. Los sacaba casi del todo y me los volvía a meter fuerte, mojados, mientras el talón de su mano rozaba mi clítoris. Yo apenas podía coordinar la respiración. Con la otra mano seguía llevando la polla del hombre al límite, sintiéndola endurecida y caliente, latiendo.

—Mírala —le dije a él—. Mira cómo me pongo por tenerte atado.

Lidia me besó el cuello, después la mandíbula. Me mordió suave y siguió follándome con los dedos. Yo movía la mano más rápido sobre la polla del hombre. Él ya estaba al borde; se le notaba en los espasmos, en la tensión del vientre, en la forma desesperada en que empujaba involuntariamente.

—No te corras —le ordené.

Y claro, eso lo empujó más.

Lidia le apretó los huevos con toda la mano al mismo tiempo que yo le exprimía la verga. El hombre lanzó un gemido largo y caliente dentro de mi ropa interior. Sentí el primer chorro de semen salpicarme los dedos. No le di descanso: seguí masturbándolo durante toda la corrida, obligándolo a correrse fuerte, a sacudidas, hasta vaciarse con el cuerpo temblando por el dolor.

—Qué asco —dije, viendo cómo el semen le caía por el vientre—. Ni así dejas de ser una porquería.

Me corrí casi a la vez por segunda vez. Lidia me tenía tomada de la cintura y seguía metiéndome los dedos mientras yo apretaba la polla sensible y semierecta del hombre. El orgasmo me subió rápido, acumulado por todo lo anterior, y me hizo gemir contra el hombro de ella. Cuando pasó, me apoyé en su pecho, respirando con dificultad.

Nos miramos con una sonrisa corta, cómplice, más animal que amable.

—Ahora falta humillarlo de verdad —dijo Lidia.

***

No sé cuánto tardaron en acercarse otras mujeres. Primero una vecina que reconocí del edificio del fondo, luego una repartidora, luego dos más que habían oído gritos y se asomaron. Nadie defendió al hombre cuando supieron lo que había intentado hacer. El asco fue inmediato y compartido.

Entre todas lo sacamos del callejón y lo llevamos de vuelta hasta el borde de la plaza. Seguía semidesnudo, con las manos atadas a la espalda, los huevos rojos e hinchados, el semen secándosele sobre el abdomen. A cuatro patas, dejó de parecer persona y pasó a ser símbolo de su propia mierda.

Le escribieron insultos en la espalda con un marcador que alguien trajo de una tienda cercana. Otra lo filmó. Otra le tiró agua encima para mantenerlo despierto. Yo lo sujetaba del pelo.

—Levanta la cabeza —le dije—. Que te vean bien.

Una de las mujeres le dio un bofetón. Otra le pellizcó los pezones hasta hacérselos enrojecer. Lidia se puso frente a él y le ordenó sacar la lengua. Cuando obedeció, le escupió encima.

Yo debería haberme sentido satisfecha, pero no. La rabia seguía ahí, mezclada con la excitación, pidiendo un último gesto de poder. No se trataba de sexo convencional; se trataba de algo más primario y más oscuro: usarlo, exponerlo, marcarlo.

Me puse detrás de él y le agarré otra vez los huevos. Pesaban más por la inflamación. Él gimió apenas notó mi mano.

—Escúchame bien —le dije al oído—. Hoy no te vas a olvidar de nosotras.

Lidia me sostuvo la mirada, entendiendo sin preguntas. Se acercó, le sujetó la mandíbula y lo obligó a quedarse quieto. Otra mujer tomó el teléfono para llamar a emergencias, pero nadie me pidió que aflojara.

Tiré de su escroto hacia abajo, despacio al principio, sintiendo cómo todo su cuerpo se tensaba. Luego empecé a retorcer con fuerza controlada, buscando solo dolor, solo castigo. El hombre aulló. Su polla, absurda y vergonzosa, reaccionó con una erección parcial, espasmódica, como si su cuerpo fuera demasiado imbécil para distinguir entre terror y excitación.

—Mírenlo —dije, asqueada—. Encima se pone duro.

Las otras lo insultaron. Lidia le dio una palmada en la cara.

Seguí retorciendo. Él se corrió otra vez, una corrida débil, involuntaria, provocada por el puro descontrol de su cuerpo. El semen goteó al suelo mientras gritaba. Aquello no me produjo placer esta vez, sino una sensación áspera de cierre, como si su degradación estuviera completa.

Aflojé la mano justo cuando oí las sirenas a lo lejos.

Lo solté y cayó de lado, jadeando, hecho un ovillo torpe, derrotado. Ya no parecía un cazador ni un hombre peligroso. Era una masa temblorosa, humillada, expuesta ante todas las personas que empezaban a juntarse alrededor.

Me acomodé el vestido, recogí mi ropa interior del suelo del callejón en mi memoria todavía reciente y respiré hondo. Tenía las piernas débiles y el cuerpo aún vibrando por los orgasmos, por la adrenalina, por la violencia que acababa de atravesarme.

Lidia se acercó a mí.

—¿Estás bien?

La miré un segundo antes de responder.

—Sí. Ahora sí.

La ambulancia y la policía llegaron casi juntas. Nos hicieron preguntas. La joven logró volver con su hermana y confirmar lo suficiente. Mientras se llevaban al hombre, este ni siquiera me sostuvo la mirada. Mejor. Ya había aprendido dónde estaba su sitio.

Esa noche, sola en mi cama, volví a pensar en el callejón, en sus gritos, en el instante exacto en que entendió que no controlaba nada. Me metí la mano entre las piernas y me corrí de nuevo recordándolo, no porque él me deseara, sino porque yo lo dominé por completo.

De depredador no le quedó nada. Lo convertimos en presa, en juguete, en ejemplo. Y a mí, para mi propia sorpresa, me dejó una verdad húmeda y feroz latiendo entre las piernas: hay castigos que también despiertan hambre.

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Comentarios(7)

Fenix_BA

Increible!!! me enganche desde el primer parrafo, muy bien logrado

NocheVaga21

Por favor segunda parte!! me quede con ganas de saber como termina todo jaja

EstebaCba

La narracion esta muy bien, se siente real sin ser exagerado. Me recordo a algo parecido que me paso con una vecina hace años jajaja aunque mucho mas tranquilo

Kino_Sur

tremendo!!! eso si que es un relato, de los buenos

LectorSur77

Muy bien escrito, la categoria es perfecta para este tipo de historia. Sigan subiendo cosas asi, hay poco buen contenido de este estilo en la web!

SebaNoche

Lo que mas me gusto es como lo narraron, sin volverse burdo ni forzado. Ese equilibrio no es facil de lograr y aca esta muy bien resuelto. Sin duda de lo mejor que lei ultimamente por aca. Espero mas historias de este estilo.

DiegoBA_78

se hizo corto, queremos mas :)

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