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Relatos Ardientes

La huésped vigilada y su juego de dominación

La casa de Teo siempre me había parecido demasiado silenciosa, como si cada pared estuviera escuchando. Cuando llegué con mis maletas, él me recibió en el vestíbulo con esa calma impecable que lo hacía parecer inofensivo: camisa gris, mangas dobladas con precisión, mirada fija, voz baja. Yo acababa de mudarme por unas semanas mientras resolvía un problema con mi departamento, y él se ofreció a ayudar como hacen algunos hombres maduros que disfrutan parecer generosos.

—Instálate sin apuro —me dijo—. Quiero que estés cómoda.

Yo asentí y le sonreí, aunque algo en su forma de mirarme me dejó un hormigueo en la nuca. No era una mirada familiar ni tierna. Era una mirada de examen, lenta, exacta, como si estuviera memorizando cómo me quedaba la ropa pegada al cuerpo después de cargar cajas todo el día.

Mi habitación estaba al fondo del segundo piso, aislada del resto de la casa por un pasillo angosto y una puerta pesada. El lugar era hermoso: cristal, concreto pulido, luces indirectas, un espejo enorme frente a la cama. Todo se veía caro y calculado. Dejé el bolso en el suelo, me quité la chaqueta y solté el pelo con alivio.

Tenía calor, cansancio y la sensación extraña de no estar sola, aunque no escuchaba un solo ruido. Me repetí que era la tensión de la mudanza. Aun así, cuando me acerqué al ventanal para correr la cortina, me vi reflejada en el vidrio negro con una nitidez incómoda, como si del otro lado alguien pudiera verme mejor de lo que yo me veía a mí misma.

Fui al baño y me miré un momento al espejo. Me notaba alterada: mejillas encendidas, respiración rápida, el top blanco marcado por el sudor bajo los pechos. Me reí sola por mis nervios. Teo era un hombre controlador y seco, sí, pero seguía siendo familia. O eso quise creer.

Me desabroché el sostén con un suspiro de alivio y lo dejé caer sobre la encimera. La piel me ardía por el roce de la ropa y me pasé las manos por el vientre para aflojarme. Después me quité los jeans y entré a la ducha, buscando agua caliente y unos minutos sin pensar.

El baño tenía una mampara de cristal en el centro, como si estuviera diseñado para exhibir el cuerpo en lugar de ocultarlo. Mientras el agua me caía por la espalda, empecé a relajarme. Cerré los ojos, levanté la cara al chorro y dejé que el vapor me envolviera. Pero esa sensación de ser observada no se iba.

Me enjaboné despacio, recorriéndome los hombros, el pecho, la cintura. El calor me puso sensible y, sin querer, mis dedos rozaron mis pezones endurecidos. Solté aire por la boca. Llevaba días acumulando tensión y mi propio cuerpo estaba demasiado atento a cada roce. Cuando bajé la mano entre mis piernas fue más por impulso que por decisión.

Me toqué apenas, solo para comprobar cuánto me había afectado el día. Estaba húmeda. Demasiado. Retiré la mano de golpe, avergonzada de mí misma por excitarme en una casa ajena, en un baño que no sentía mío. Terminé de bañarme rápido y salí envuelta en una toalla.

Entonces lo vi.

Sobre la almohada había un paquete negro, perfectamente doblado, con una nota encima. Lo abrí con manos frías. Dentro había un camisón rojo de seda casi transparente. La nota decía: «Para que esta casa no te resulte tan fría. El rojo te queda mejor que el blanco».

Se me cerró la boca.

El detalle del blanco me cayó como una bofetada. Nadie podía saber lo que llevaba puesto al llegar, salvo quien me hubiera mirado con demasiada atención. O quien me hubiera visto después. Miré alrededor de la habitación, luego al espejo, luego al ventanal. No encontré nada. Pero la certeza ya estaba instalada en mi pecho.

—¿Teo? —susurré, sin recibir respuesta.

Debí asustarme lo suficiente como para salir corriendo de la casa. En lugar de eso, me quedé quieta sosteniendo esa prenda entre los dedos. Había miedo, sí, pero también un golpe sucio de curiosidad. La idea de que alguien me hubiera visto desnuda, de que supiera exactamente dónde mirar, me encendió de una forma que me dio vergüenza admitir.

Me quité la toalla y me puse el camisón.

La seda húmeda se me pegó al cuerpo de inmediato. Los pezones marcaron la tela roja como dos puntas oscuras. El escote caía lo suficiente para mostrar el inicio de mis pechos, y el bajo apenas me cubría el culo. Me giré frente al espejo y me mordí el labio, confundida entre pudor y excitación.

La cama estaba ahí. El espejo estaba ahí. El silencio también.

Me senté en el borde del colchón con el corazón acelerado. Abrí el celular sin saber muy bien qué buscaba. Terminé deslizándome por videos y fantasías que no quería nombrar, mientras mis piernas se aflojaban y la seda se me subía por los muslos. Bastó un gemido ajeno en la pantalla para que mi mano se metiera bajo el camisón.

Me acaricié por encima primero, despacio, dibujando círculos sobre el clítoris a través de la tela mojada. La humedad ya había traspasado el rojo de la seda. Separé más las piernas y metí la mano de lleno, buscando el calor resbaloso de mi coño. El primer roce directo me hizo temblar. Solté un jadeo y eché la cabeza hacia atrás.

—Mierda... —murmuré.

Empecé torpe, demasiado rápido, frotándome con hambre. Después encontré un ritmo mejor. Dos dedos se hundieron en mí mientras el pulgar seguía trabajando arriba. La cama crujía bajo mi cuerpo. El celular se resbaló sobre mi vientre, pero ya no me importaba. Lo único que importaba era esa mezcla sucia: el miedo a que me vieran y la certeza de que, si me estaban viendo, yo estaba siguiéndoles el juego.

Me corrí con un espasmo brusco, apretando los muslos y arqueando la espalda. El orgasmo me dejó jadeando, pegajosa, vacía y más confundida que antes. Tardé unos minutos en levantarme para limpiarme, y aun mientras el agua corría entre mis piernas, sentía que alguien seguía escuchando mi respiración.

***

A la mañana siguiente bajé a la cocina con el camisón rojo todavía puesto bajo una bata ligera. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos veía la nota, el espejo, mi propia mano metiéndose entre mis piernas. Teo estaba preparando café como si nada hubiera ocurrido. Ni siquiera se volvió de inmediato.

—Dormiste mejor de lo que esperaba —dijo al final.

Me quedé helada. Su tono era neutral, pero había algo afilado debajo.

—¿Qué quieres decir?

Por fin me miró. Sus ojos bajaron un segundo al pecho, donde la bata no lograba esconder del todo cómo la seda seguía pegada a mi piel. Luego volvió a mi cara.

—Que esta casa suele poner nerviosa a la gente la primera noche.

Se acercó con una taza. Al dármela, sus nudillos rozaron de forma deliberada mi pecho. Un roce mínimo, pero exacto. Sentí la descarga hasta entre las piernas. Se dio cuenta. Claro que se dio cuenta.

—Tienes las manos frías —murmuré, más para decir algo que por otra cosa.

—Y tú estás demasiado caliente.

Ese comentario me dejó sin aire. Dejé la taza sobre la isla porque me temblaban los dedos. Teo se apoyó a mi lado, invadiendo mi espacio sin tocarme otra vez. Olía a jabón caro y a café, limpio y masculino. Quise apartarme. No lo hice.

—Anoche no parecías incómoda —dijo en voz baja.

Lo miré de golpe. Él sostuvo mi mirada con una tranquilidad insoportable.

—No sé de qué hablas.

Sonrió apenas, como si hubiera esperado esa mentira.

—Entonces quizá te refresque la memoria.

Tomó su teléfono, pulsó algo y dejó que el audio llenara la cocina. Mi propio gemido salió del aparato, húmedo, quebrado, íntimo. Después vinieron el roce de la seda, mi respiración agitada, el sonido obsceno de mis dedos trabajando entre mis piernas. Sentí que se me aflojaban las rodillas.

—Apágalo —susurré.

—Todavía no.

Se acercó más y apoyó la mano en mi muslo por encima de la bata. La fue subiendo despacio hasta quedar a centímetros de mi coño, mientras desde el teléfono seguía oyéndose cómo yo me masturbaba la noche anterior. Mi cuerpo respondió de inmediato. No tuve ninguna dignidad en ese momento: me humedecí con solo escucharme.

—Eso pensaba —murmuró—. No estás ofendida. Estás excitada.

—Esto está mal.

—Y aun así no me pides que te deje de tocar.

No podía. Ese era el problema.

Teo apagó el audio y retiró la mano antes de llegar donde yo la quería y la temía al mismo tiempo. Después dejó otra llave de acceso sobre la encimera y me habló con la misma voz controlada con la que otros hombres piden sal.

—Encontrarás un regalo en tu habitación. Lo usarás hoy. Frente al espejo. Si me obedeces, no tendré que ir a buscarte. Si no me obedeces, igual iré.

Lo dijo con tanta calma que la amenaza me atravesó el vientre como una corriente. Quise discutir, insultarlo, exigir explicaciones. En lugar de eso, me quedé ahí, con el coño latiendo y las mejillas ardiendo.

***

Subí a mi cuarto casi temblando. Sobre la cama había otro paquete, esta vez dorado. Dentro encontré un consolador de cristal, pesado, transparente, con un tallado elegante y obsceno a la vez. Debajo venía otra nota: «Abre las piernas frente al espejo. Quiero ver cómo aprendes a obedecer».

Mis rodillas se aflojaron.

Podría haberme ido. De verdad podría. Pero cada orden me hundía más en un lugar del que no estaba segura de querer salir. Cerré la puerta con llave, como si eso significara algo, y empecé a quitarme la ropa. Primero la bata. Después el camisón rojo. Quedé desnuda bajo la luz blanca del dormitorio, completamente expuesta ante mi propio reflejo.

Un altavoz oculto se encendió.

—Acércate al espejo.

Su voz me recorrió entera. Miré el techo, buscando de dónde salía, pero obedecí. Di un paso, luego otro, hasta quedar frente al cristal con los pezones casi tocándolo.

—Abre las piernas.

Lo hice despacio, apretando el juguete de cristal en la mano. Mi respiración ya iba demasiado rápido.

—Mételo —ordenó—. Y no apartes la vista.

Llevé la punta fría a mi coño. El contacto me arrancó un jadeo. Estaba tan mojada que el cristal resbaló entre mis labios de inmediato. Me mordí la boca y empujé apenas. El frío me hizo estremecer. Después vino la presión. Sentí cómo el juguete iba entrando despacio, separándome, llenándome de una forma limpia y cruel al mismo tiempo.

—Más —dijo él.

Metí otro poco. Mis rodillas temblaron. Con la otra mano me abrí más, observando en el espejo cómo el cristal desaparecía dentro de mí, brillante, indecente, cubriéndose de humedad. El tallado rozaba por dentro con una fricción exquisita. Solté un gemido más fuerte.

—Eso. Quiero oírte.

Empecé a moverlo con pequeñas embestidas. Entraba y salía despacio, dejando un rastro líquido que brillaba en mis muslos. Mi clítoris latía abandonado, duro, suplicando atención. Yo misma bajé la otra mano y empecé a frotármelo mientras seguía metiéndome el juguete.

—No tan rápido —corrigió él—. Hazlo como si cada centímetro te perteneciera menos a ti y más a mí.

La frase me golpeó de lleno. Bajé el ritmo, obediente. Despacio. Hasta el fondo. Afuera otra vez. Giré apenas la muñeca y encontré un ángulo que me hizo ver estrellas. Mis muslos se tensaron, mi coño apretó el cristal y tuve que apoyar la frente en el espejo para no caerme.

—Mierda... sí...

—Dilo.

—Sí.

—No. Dime a quién obedeces.

Cerré los ojos un segundo. Error.

—Mírate —ordenó con voz dura—. No escondas la cara.

Volví a abrirlos y me vi entera: desnuda, colorada, con el coño abierto alrededor del juguete, los dedos empapados moviéndose sobre el clítoris. La imagen me encendió todavía más.

—Te obedezco a ti —admití al fin, casi sin voz.

Su silencio del otro lado fue peor que cualquier respuesta. Seguí moviéndome con más hambre. El cristal chocaba contra mi interior con un sonido húmedo y leve. Mi mano arriba ya no podía parar. El orgasmo se me vino encima rápido, subiéndome por el vientre como una ola caliente.

—Córrete —dijo él—. Quiero que te corras mirándote.

Eso me rompió. Me corrí con un gemido ronco, metiéndome el juguete hasta el fondo y frotándome el clítoris con furia. El coño se me contrajo alrededor del cristal una y otra vez. Las piernas me fallaron. Un chorro caliente me resbaló por los muslos y salpicó el piso. Quedé temblando, apoyada contra el espejo, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Entonces escuché el clic de la cerradura.

Me giré de golpe. Teo entró sin prisa, con la camisa arremangada y la mirada clavada en mi cuerpo desnudo. No parecía sorprendido. Parecía satisfecho. Sus ojos bajaron al juguete entre mis dedos, a los fluidos en mis piernas, a mi pecho todavía subiendo y bajando.

—Bien —dijo—. Pero un juguete no sabe tocarte como yo.

Quise cubrirme. No me dejó. Me agarró de las muñecas y me las llevó atrás con una sola mano. El gesto no fue brutal, pero sí definitivo. La otra mano se hundió entre mis piernas y encontró mi coño aún abierto y tembloroso.

—Tan mojada —murmuró—. Y todavía fingías que no querías esto.

Metió dos dedos de golpe. Gemí alto, sin poder contenerme. Su mano era otra cosa: más firme, más exacta, más viva que el cristal. Bombeó despacio, curvando los dedos hacia arriba, buscando ese punto que me hacía perder el aire. Lo encontró enseguida.

—Ahí —susurró cerca de mi oído—. Ahí es donde te desarmas.

Me llevó caminando hasta la cama mientras seguía metiéndome los dedos, y yo apenas podía sostenerme. Cuando me soltó, caí de espaldas sobre las sábanas. Él se quitó la camisa sin apuro. Tenía el torso fuerte, cuidado, la piel tensa sobre músculos marcados. Nada en él parecía improvisado, ni siquiera la forma en que se desabrochó el cinturón mirándome a los ojos.

Su polla salió dura, gruesa, ya brillante en la punta. Se me secó la garganta. La diferencia entre verla en una fantasía y tenerla delante era brutal.

—Abre la boca —ordenó.

Obedecí.

Se acercó hasta rozarme los labios con el glande. El primer toque me hizo jadear. Olía a piel limpia y deseo contenido. Pasé la lengua por la punta por pura necesidad, y él soltó aire por la nariz, apenas, como si eso también lo tuviera medido. Después me la empujó dentro.

Entró despacio al principio, dejándome acostumbrarme al peso y al grosor. Le lamí la base, lo chupé, traté de seguir el ritmo que él marcaba con una mano en mi pelo. Cuando me tomó más hondo, me llenó la boca por completo y las lágrimas me brotaron solas. No retrocedió.

—Relaja la garganta —dijo—. Quiero sentirte tragarme.

Lo intenté. Me faltaba aire, me ardían los labios, pero la humillación de estar de rodillas ante él me excitaba tanto que el dolor se mezcló con placer. Me cogía la boca con empujes cortos, controlados, retirándose lo justo para que respirara y volviendo a entrar hasta hacerme babear. La saliva me caía por la barbilla. Él la miró con una satisfacción fría.

—Así te quería ver.

Retiró la polla de mi boca y me giró sobre la cama antes de que pudiera recuperarme. Quedé a cuatro patas, con la cara hundida en las sábanas y el culo levantado. Me dio una nalgada seca que me arrancó un grito.

—Cuenta.

—Uno —dije jadeando.

Otra palmada, más fuerte, en la otra nalga.

—Dos.

La tercera me dejó la piel ardiendo y el coño chorreando más todavía.

—Tres.

Pasó la palma por la zona caliente, apretando después con los dedos, abriendo mis nalgas para mirarme. Sentí su pulgar rodeándome el ano apenas, provocando una contracción involuntaria.

—Todo en ti aprieta cuando te doy una orden —dijo—. Me gusta eso.

Escupió sobre sus dedos y volvió a mi coño primero, metiéndome dos y luego tres con una facilidad obscena. Los movió fuerte, sin delicadeza. Mi cuerpo se sacudía hacia delante con cada embestida de su mano.

—Te estás corriendo otra vez solo con mis dedos —se burló—. Mírate.

Me tomó del pelo y me obligó a levantar la cabeza hacia el espejo. Vi mi cara desencajada, la boca abierta, el culo en alto y su mano entrando y saliendo de mí cubierta de brillo. La imagen me disparó otra descarga entre las piernas.

—Por favor...

—¿Por favor qué?

Me callé porque me dio vergüenza decirlo. Entonces retiró los dedos por completo. El vacío me hizo gemir con desesperación.

—Dilo bien.

—Fóllame —solté al fin—. Por favor, fóllame.

Él me acarició la nalga marcada, casi con ternura, y luego me acomodó la punta de la polla en la entrada. Me quedé inmóvil. Estaba tan abierta y húmeda que el primer empuje entró más de la mitad de golpe. Grité. No de miedo, sino por la brutalidad de sentirlo tan adentro, tan lleno, tan real.

—Respira —me ordenó, clavándome las manos en las caderas.

Empujó el resto despacio, hasta hundirse por completo. Sentí cada centímetro. Mi coño se cerró en torno a él con espasmos nerviosos, como si no supiera si rechazarlo o pedir más. Él se quedó quieto un segundo dentro, dejándome sufrirlo.

—Ahora sí —dijo.

Empezó a follarme con embestidas firmes, medidas, sin apuro al principio. Salía casi del todo y volvía a entrar hondo, golpeando ese punto que ya me había encontrado con los dedos. El sonido húmedo llenó la habitación. Mi cuerpo se iba hacia delante con cada empuje. Yo solo alcanzaba a sujetarme de las sábanas y gemir.

Cuando vio que mi respiración se volvía un desastre, aumentó la velocidad. Las palmadas de su pelvis contra mi culo se hicieron más fuertes, más ruidosas. Mis pechos se sacudían con el movimiento. El espejo devolvía una escena obscena: él de pie detrás de mí, agarrándome como si me hubiera diseñado para esa postura; yo abierta, roja, completamente tomada.

—Mira cómo tragas mi polla —dijo, obligándome a sostener la vista en el reflejo—. Mira cómo te abres para mí.

Me llevó una mano al clítoris y empezó a frotármelo en círculos rápidos sin dejar de embestir. Casi me desarmé ahí mismo. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyar los antebrazos también sobre la cama.

—No te caigas —ordenó—. Quiero sentirte correrte así.

Se me nubló la cabeza. Él seguía entrando y saliendo con una fuerza brutal, y su pulgar en el clítoris me llevaba directa al borde. Yo gemía su nombre sin pensar, una y otra vez, cada vez más alto. Cuando el orgasmo me explotó, me corrí apretándole la polla con una intensidad que me hizo llorar. El coño me latía en oleadas, cerrándose sobre él mientras yo temblaba sin control.

Teo no se detuvo. Al contrario. Aprovechó mis espasmos para follarme más fuerte, más profundo, como si quisiera atravesar ese orgasmo y arrancarme otro. Metió la mano entre mis nalgas y me presionó el ano con el pulgar lubricado por mis propios fluidos. No entró de golpe; rodeó, empujó apenas, hizo que el placer y la incomodidad se mezclaran hasta volverme loca.

—Así —murmuró—. Quieta y abierta.

La presión atrás y la polla golpeándome dentro crearon una sensación insoportable. Mi cuerpo ya no distinguía entre obediencia, vergüenza y deseo. Solo sabía que quería más, aunque me dejara rota. Volví a correrme casi sin aviso, esta vez con un gemido grave y largo, empujando el culo hacia él mientras el pulgar me abría apenas por detrás.

—Buena chica —dijo con voz ronca.

Esa frase me remató. Noté cómo su ritmo se volvía más bruto, menos calculado, señal de que él también estaba perdiendo control. Sus dedos se clavaron en mis caderas. Me folló con embestidas cortas y violentas, enterrándose hasta el fondo una y otra vez. Después se quedó dentro, muy hondo, y se corrió con un gruñido sordo, apretándome contra él.

Sentí la descarga caliente y espesa dentro de mí, los pulsos de su corrida llenándome mientras mi coño seguía contrayéndose. Se quedó así unos segundos, respirando fuerte contra mi espalda. Yo apenas podía moverme.

Cuando salió, una mezcla de semen y humedad me resbaló por los muslos. Él la observó un instante y luego me dio una palmada suave en la nalga enrojecida, casi como un gesto de propiedad.

Me giró de nuevo y me hizo arrodillarme al borde de la cama. Su polla seguía dura, manchada de mi propio brillo. Me tomó de la barbilla.

—Límpiala.

Bajé la vista y obedecí. La metí en mi boca otra vez, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando la mezcla de su piel, mi coño y la sal de su orgasmo. Él me acarició el pelo mientras yo chupaba, más lenta ahora, más entregada. No tardó mucho en tensarse otra vez.

—Eso es —susurró—. Ya aprendiste.

Me la folló en la boca con menos violencia que antes, pero con una autoridad todavía más clara. Yo abrí la garganta y dejé que la usara, tragando saliva para recibirlo mejor. Cuando se corrió por segunda vez, me llenó la lengua y la garganta. Tragué casi todo. El resto me quedó en los labios y él pasó el pulgar para recogerlo y metérmelo de nuevo en la boca.

—No desperdicies nada.

Lo chupé hasta dejarlo limpio.

***

Quedé tendida boca abajo, con la piel ardiendo y el cuerpo flojo. Teo se vistió sin prisa, como si acabara de cerrar una reunión importante. Yo seguía sintiendo su semen salir poco a poco de mi coño y el eco de las nalgadas latiéndome en la piel.

Antes de irse, se sentó a mi lado y me separó las piernas con dos dedos para mirar cómo estaba. No lo hizo con ternura, pero tampoco con desprecio. Era la misma mirada de examen del primer día, solo que ahora yo entendía qué estaba evaluando.

—Vas a obedecer mejor la próxima vez —dijo.

Mi cara debió decirle que esa frase me excitaba más de lo que quería admitir, porque sonrió apenas.

—Mañana no voy a darte tiempo para mentirte. Vendrás a mi despacho por tu cuenta. Sin notas. Sin regalos. Solo con ganas de que te use.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Yo seguí mirándolo desde la cama, todavía temblando.

—Teo...

Se detuvo.

—¿Sí?

Tragué saliva. Ya no tenía sentido fingir inocencia.

—¿Y si voy antes de mañana?

Esta vez su sonrisa fue abierta, lenta, peligrosamente satisfecha.

—Entonces aprenderé que además de obediente, eres impaciente.

Salió y me dejó sola con el espejo, el desorden y mi respiración. Pero la casa ya no parecía silenciosa. Ahora parecía despierta. Y por primera vez desde que había llegado, yo también lo estaba de verdad.

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Comentarios(7)

Tatiana_Bnos

tremendo relato!!! me tuvo pegada de principio a fin

Camilo_Sur

Por favor que haya segunda parte, esto no puede quedar asi. Quede con ganas de saber como termina.

NocheEnRojo

La tension que se construye al principio es lo que más me gusto. Ese misterio de quien dejo la nota... muy bien logrado.

Lorena_45

Genial! Va a haber mas capitulos o es completo?

Marcos_V

No es el tipico relato de la categoria, tiene algo mas, una atmosfera que engancha desde el primer parrafo. Muy bueno.

AnaLM_Bs

Me recorde de una historia que lei hace años pero esta es mucho mejor narrada. Sigue asi!

RominaLec

Hace tiempo que no leia algo que me tuviera tan enganchada hasta el final. La dinamica de poder entre los personajes esta muy bien trabajada, se siente real sin pasarse. Espero que publiques mas.

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