Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La guía de montaña me llevó demasiado lejos

Cuando Mara me propuso perderme con ella dos días en una sierra apartada, acepté sin pensarlo demasiado, aunque sabía que no iba solo a caminar. La conocía desde hacía años, y siempre había tenido esa forma de mandar sin levantar la voz, como si todo a su alrededor terminara colocándose en el sitio que ella decidía. Era montañista, fotógrafa y una mujer adulta que se movía por el bosque con una seguridad que a mí me desarmaba más que cualquier escote.

Yo llevaba demasiado tiempo encerrado entre trabajo, pantallas y horarios. Ella llevaba demasiado tiempo diciéndome que me hacía falta aire, barro, cansancio de verdad. Así que una madrugada de principios de verano cargamos lo básico en el coche, condujimos hacia el interior de una sierra húmeda y rocosa, y dejamos atrás los últimos pueblos antes de que amaneciera.

El plan era sencillo: apartarnos de las rutas más transitadas, subir por una vieja ferrata, caminar hasta una zona de bosque cerrada y pasar la noche en una cueva que Mara conocía de otras escapadas. Agua, hornillo, comida deshidratada, saco, frontal y una botella de vino que, según ella, también era imprescindible para sobrevivir. Yo me limité a seguirla.

Siempre me gustó verla en movimiento. Su cuerpo no era frágil ni delicado; era fuerte, entrenado, firme. Tendría cerca de los cuarenta, y se notaba en la manera adulta con la que ocupaba el espacio, sin pedir permiso y sin necesidad de gustar para imponer presencia. Llevaba el pelo oscuro recogido, pantalón técnico ceñido a los muslos y una camiseta pegada por el sudor de la subida.

—No te quedes atrás —me dijo mientras empezábamos a trepar por la escalera metálica clavada a la roca.

—Intento no hacer el ridículo.

—Haz lo que yo te diga y no lo harás.

La frase me hizo sonreír, pero también me apretó algo en el estómago. Con Mara siempre había dobles lecturas. Yo nunca había cruzado esa línea con ella, aunque más de una vez había imaginado lo que sería dejar de discutirle y limitarme a obedecer.

La subida mereció la pena. Cuando llegamos arriba, el sol estaba saliendo entre pliegues de roca y copas de pino, y el aire olía a tierra húmeda. Seguimos avanzando mientras la luz se filtraba entre los árboles, y por momentos me sentí completamente desorientado. No había senderos claros, solo vegetación cerrada, piedra y la espalda de Mara guiándome sin vacilar.

Hicimos una pausa junto a un claro cubierto de helechos. Ella dejó la mochila en el suelo, se llevó la cantimplora a los labios y bebió sin apartar los ojos de mí.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Sigue pareciéndote mejor tu oficina?

—Ahora mismo no.

—Bebe agua. En serio. En montaña uno se jode por tonterías.

Obedecí. Ella sonrió apenas, satisfecha. Luego miró alrededor, se apartó un paso y dijo con total calma:

—Y yo me estoy meando. No te me alejes.

Lo dijo como si fuera la instrucción más normal del mundo. Lo extraño no fue eso, sino que se bajó el pantalón técnico y las bragas delante de mí sin esconderse, sin girarse del todo, sin una pizca de pudor. Se puso en cuclillas a menos de dos metros, me sostuvo la mirada y dejó que el chorro golpeara la tierra oscura del bosque.

Me quedé inmóvil. Ver de golpe el vello negro entre sus piernas, sus labios abiertos por la postura y aquella naturalidad obscena me disparó una erección tan fuerte que me dolió. No fue solo verla mear; fue cómo lo hacía, como si supiera perfectamente lo que provocaba y quisiera obligarme a soportarlo.

Ella soltó una carcajada al bajar la vista hacia mi pantalón.

—Mírate —dijo, todavía agachada—. ¿De verdad te has puesto cachondo por esto?

No encontré respuesta. Sentí el calor subir a la cara y bajé la mirada, avergonzado y excitado a la vez.

—Levanta la cabeza cuando te hablo.

La obedecí en el acto. Mara terminó, se quedó unos segundos más así, con el coño húmedo y expuesto, y luego añadió:

—En una travesía larga no conviene dejar humedad donde no debe. Vas a secarme.

—¿Con qué?

—Con la lengua, claro. No pongas esa cara.

Se me secó la boca. Podría haberme reído, haber dicho que estaba loca, haberme apartado. No hice nada de eso. Me acerqué y me arrodillé delante de ella como si llevara años esperando que me colocara justo ahí.

—Solo limpia —ordenó—. No te emociones.

Saqué la lengua y rocé primero la parte interior de su muslo, sintiendo la piel caliente, el olor agrio del sudor y el rastro fresco que había quedado entre sus labios. Luego pasé la lengua por su coño despacio, recogiendo las últimas gotas. Mara soltó aire por la nariz, casi divertida.

El sabor no fue lo que más me excitó. Fue la humillación. Estar de rodillas en medio del bosque, lamiendo a una mujer adulta porque me lo había mandado, sintiendo que me usaba como un trapo obediente. Repetí el movimiento, de abajo arriba, metiendo la punta de la lengua un poco más entre sus labios.

—Te he dicho que limpies —soltó, y me dio una bofetada seca en la mejilla.

El golpe me encendió entero. No fue fuerte, pero sí suficiente para dejarme helado un segundo y luego más duro todavía.

—Perdón.

—Eso está mejor. Aprende rápido y quizá te deje seguir sirviendo.

Se subió la ropa con calma, como si nada fuera raro, y retomó la marcha. Yo caminé detrás de ella con la polla tirando del pantalón y la cara todavía caliente por la bofetada. Cada paso me recordaba lo que acababa de pasar.

El resto del día se convirtió en una tortura deliciosa. Cada parada era una variación del mismo juego. Mara bebía agua, me daba alguna instrucción sobre la ruta, se apartaba unos metros y me llamaba con un gesto cuando terminaba de mear. Yo me arrodillaba, la lamía, recogía el sabor salado y metálico, y me levantaba con más necesidad que antes.

En la tercera vez ya no pude disimularlo.

—Te gusta demasiado —dijo mientras me sostenía del pelo para mantenerme pegado a su sexo—. Se te nota en la forma en que abres la boca.

Le pasé la lengua por el borde de los labios y contuve las ganas de meterla dentro.

—Contesta.

—Sí. Me gusta.

—¿Qué te gusta? Habla claro.

—Lamerte.

—Más.

Tragué saliva.

—Me gusta obedecerte.

Entonces me soltó el pelo y sonrió de una forma que me dejó claro que la excursión estaba yendo exactamente como ella quería.

Al atardecer encontramos la cueva. No era profunda, pero bastaba para cortar el viento y ocultar el resplandor del fuego. Yo bajé hasta un cauce cercano a por agua mientras ella preparaba el hornillo y recogía ramas secas. Cuando regresé, el interior ya olía a humo, piedra caliente y sopa salada.

Cenamos sentados sobre una manta térmica, con las mochilas apoyadas en la pared de roca. La luz del farol y del fuego le marcaba sombras duras en la cara. Bebimos vino, hablamos poco, y el silencio entre los dos se fue haciendo más espeso que la noche alrededor.

Mara cruzó las piernas, giró la botella entre las manos y me observó por encima del borde del vaso.

—Después de hoy estás convencido de que vas a follarme, ¿no?

Me atraganté con el vino.

—No he dicho eso.

—No hace falta. Se te lee en la polla, en la cara, en cómo me miras cada vez que me bajo el pantalón.

La miré sin atreverme a mentir.

—Escúchame bien —continuó—. Hoy no decides tú. Si te dejo hacer algo, lo haces como yo diga. Si no, te quedas con las ganas. ¿Entendido?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, Mara.

Negó con la cabeza.

—Otra vez.

El tono me apretó la garganta.

—Sí, señora.

Su sonrisa fue breve, satisfecha.

—Ahora sí. Quítame las botas.

Me arrodillé frente a ella y le desaté primero una, luego la otra. Después deslicé sus calcetines, notando el calor de sus pies cansados por la caminata. Ella apoyó un talón en mi muslo, dándome acceso al cierre del pantalón.

—Despacio. Quiero ver cómo te concentras.

Le bajé el pantalón y las bragas a la vez. Su coño apareció delante de mi cara, húmedo incluso antes de tocarlo, enmarcado por vello oscuro y brillante por el sudor del día. La respiración se me aceleró al instante.

—Todavía no metas los dedos —dijo—. Primero la boca. Y hazlo bien, porque si me dejas a medias te vas a arrepentir.

Le separé los muslos con las manos y hundí la cara entre sus piernas. Esta vez no era el juego de limpiar. Esta vez me permitía comerle el coño de verdad, y se notó desde la primera lamida. Pasé la lengua larga y firme desde la entrada hasta el clítoris, deteniéndome ahí para chuparlo despacio.

Mara soltó un gemido bajo, grave, y me agarró del pelo con fuerza suficiente para marcar territorio. Repetí el movimiento, alternando lamidas abiertas con chupadas cortas en el clítoris, sintiendo cómo se le tensaban los muslos alrededor de mi cabeza.

—No te aceleres —murmuró—. Quiero disfrutarlo.

La obedecí, aunque me costó. Fui despacio, usando la lengua en círculos, abriendo sus labios con la punta, saboreando cómo se iba mojando más y más. El olor de su excitación se mezcló con el humo del fuego y la piedra húmeda de la cueva, y por un momento sentí que no existía nada más que su coño en mi boca.

Cuando noté el clítoris más hinchado, metí por fin un dedo. Entró fácil, acompañado por un chasquido húmedo que me puso aún más duro. Lo saqué y lo volví a meter con ritmo lento, mientras la lengua seguía trabajando arriba.

—Eso sí —jadeó—. Pero no me folles con el dedo como un idiota. Encuentra el punto.

Busqué con cuidado, curvando la yema hacia arriba hasta notar su reacción. Mara me clavó los dedos en el cuero cabelludo y abrió más las piernas.

—Ahí. No lo pierdas.

Mantuve la presión y añadí un segundo dedo. Luego alterné: dos dentro, lengua arriba; dedos quietos, boca apretando el clítoris; dedos entrando y saliendo, saliva extendiéndose por todo su coño. Cada orden que me daba me excitaba más que cualquier gemido.

—Más rápido.

Aumenté el ritmo.

—Ahora fuerte.

Le metí los dedos más hondo, escuchando el ruido húmedo de cada embestida de mi mano.

—No pares.

No paré. Le chupé el clítoris con hambre, le abrí más los labios con los pulgares y la follé con los dedos hasta que empezó a moverse contra mi cara con un balanceo abierto, descarado, usando mi boca como si se masturbara sobre ella.

Sus gemidos dejaron de ser suaves. Rebotaban contra la piedra de la cueva, cortos al principio, luego cada vez más rotos. Sentí el momento en que su cuerpo empezó a tensarse de verdad: el vientre duro, los muslos temblando, la mano tirando de mi pelo hasta doler.

—Sigue, joder. Sigue así. No me mires, trabaja.

La obscenidad de la orden me llevó al límite. Metí un tercer dedo y los moví rápidos, profundos, mientras chupaba con más presión y luego deslizaba la lengua en golpes cortos. El coño de Mara estaba completamente abierto y resbaladizo; cada vez que sacaba los dedos, volvían a entrar empapados.

De pronto se arqueó entera y gritó mi nombre. La sacudida le recorrió el cuerpo desde el vientre hasta los hombros. Noté una descarga más intensa de humedad en la mano y en la boca, y seguí sin apartarme, tragando, lamiendo, apretando el clítoris hasta que sus espasmos se volvieron desordenados.

—Ya... ya... para un segundo —jadeó.

Me aparté solo lo justo para respirar. Tenía la cara mojada, la boca llena de su sabor y la polla latiéndome con dolor. Mara me miró desde arriba, despeinada, colorada, satisfecha.

—Has aprendido rápido —dijo.

Yo esperaba que me dejara bajar el pantalón y meterme entre sus piernas de una vez. En lugar de eso, se incorporó un poco y señaló el suelo delante de ella.

—Ahora te toca a ti, pero no como crees. Quítate la ropa de abajo.

Lo hice torpemente, sin apartar los ojos de ella. Mi polla saltó libre, dura, enrojecida por horas de contención. Mara la observó sin tocarla.

—Mírate. Llevas todo el día así por lamerme cuando meaba y por arrastrarte a mis órdenes. Qué fácil eres.

No pude evitar estremecerme.

—Coge mis bragas.

Las levanté del suelo. Seguían calientes y olían a sudor, bosque y coño mojado.

—Acércalas a la cara. Quiero que te masturbes oliéndolas. Despacio. Y no te corras hasta que yo lo diga.

Apreté la tela contra la nariz y casi gemí al instante. Empecé a mover la mano por la polla con pasadas largas, cubriendo el glande con la humedad de la punta y respirando hondo el olor atrapado en la entrepierna de sus bragas.

Mara se recostó contra la pared de roca, separó apenas las piernas y me contempló con una mezcla de superioridad y morbo que me deshizo por dentro.

—Más lento —ordenó—. Quiero ver cómo sufres.

Bajé el ritmo. Cada segundo se volvió insoportable. Mi mano temblaba por las ganas de apretar más, de correrme ya, pero me obligué a obedecer.

—Así. Ahora mírame mientras te haces la paja.

Levanté la vista. Ella se pasó dos dedos por el coño todavía hinchado y húmedo, extendiendo un poco de su lubricación por los labios. Luego se los llevó a la boca y los chupó sin quitarme los ojos de encima.

—Te gustaría estar dentro, ¿verdad?

—Sí, señora.

—Pero no te lo has ganado.

La frase me golpeó peor que la bofetada de la tarde. Mi polla dio un tirón en la mano.

—Lo que sí te has ganado es correrte cuando yo quiera. Y luego vas a limpiar. Todo. ¿Te excita eso?

—Sí.

—Habla bien.

—Sí, señora. Me excita.

—Pues sigue.

Apreté un poco más. La imagen de ella abriéndome las piernas con la voz, usándome, negándome el cuerpo mientras me daba permiso para correrme, me terminó de romper la resistencia. Noté la corrida subir demasiado rápido.

—Pide permiso —dijo al verlo venir.

—Por favor... déjame correrme.

—¿Dónde?

Tragué saliva mirando sus bragas.

—En tus bragas, señora.

—Hazlo.

La orden bastó. Bajé la tela, apunté y me corrí a sacudidas gruesas sobre la parte central, soltando gemidos roncos que no pude contener. La leche cayó en cantidad, caliente, espesa, empapando el algodón mientras la mano seguía exprimiendo las últimas pulsaciones. Me dejó casi sin aire.

Mara observó el resultado y soltó una risa baja.

—Vaya carga llevabas encima.

Yo seguía jadeando cuando me lanzó las bragas a la cara.

—Ahora límpialas. Con la lengua. Y no apartes los ojos de mí.

Me quedé congelado apenas un segundo. Luego asentí. El pudor estaba muerto desde hacía horas, y lo que quedaba era una mezcla salvaje de vergüenza, obediencia y excitación que me tenía otra vez medio duro.

Extendí la tela entre las manos y pasé la lengua por mi propia corrida. El sabor me golpeó raro, salado, denso, obsceno. Mara me miraba con los muslos abiertos, acariciándose perezosamente mientras yo lamía sus bragas como un animal amaestrado.

—Eso es —dijo—. Quiero que las dejes limpias. Te corres como un cabrón y luego recoges lo que ensucias. Buena disciplina.

Seguí lamiendo, una y otra vez, chupando la tela hasta dejarla húmeda solo de saliva. Notaba el rubor subirme por el cuello, pero también cómo esa humillación me volvía a endurecer la polla. Ella lo vio y sonrió.

—Mira qué degenerado. Hasta esto te pone más caliente.

—Sí, señora.

—Lo sé.

Cuando por fin quedó satisfecha, me hizo acercarme. Me agarró de la barbilla, me olió la boca como si quisiera comprobar personalmente lo que había hecho, y me dio otra bofetada breve, casi cariñosa.

—Buen chico.

Esas dos palabras me estremecieron más que cualquier caricia. Mara se subió las bragas, luego el pantalón, y se metió en el saco con una naturalidad insultante, como si acabar de ponerme a lamer su meada, su coño y mi propia corrida fuera simplemente parte del itinerario.

Yo seguía arrodillado frente a ella cuando me señaló el extremo inferior del saco.

—Vas a dormir a mis pies. Mañana caminamos temprano y no quiero tonterías.

—Sí, señora.

—Y una cosa más.

—¿Qué?

—Si vuelvo a decirte que me seques, te limitas a hacerlo. Si quiero que me comas el coño, ya te lo haré saber.

Bajé la cabeza.

—Entendido.

Apagó el farol y la cueva quedó en penumbra, con el rescoldo del fuego marcando apenas el contorno de su cuerpo dentro del saco. Me tumbé donde me había ordenado, cerca de sus botas, todavía con el sabor de ella y de mí mezclados en la lengua.

Tardé mucho en dormirme. No por el suelo duro ni por el frío de la roca, sino por la certeza de que al día siguiente la ruta continuaría y yo volvería a seguirla monte adentro, dispuesto a obedecer cualquier cosa que esa mujer adulta quisiera sacar de mí. Desde aquella expedición, cada vez que huelo tierra húmeda y pino caliente, no recuerdo el paisaje. Recuerdo sus órdenes, su coño en mi boca y la primera vez que descubrí lo mucho que me gustaba rendirme.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí acompañantes en Mendoza.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(7)

Gaston_MDQ

Tremendo relato, eso si que es una excursion diferente jajaja. Muy bien narrado.

Belu_Reads

Me dejo con ganas de mas!! esperando ansioso la continuacion...

TrekkingFan77

No esperaba esto cuando entre a leer pero que sorpresa tan buena. El ritmo engancha desde el principio, sigue asi.

DiegoM23

La guia que todos quisieramos tener jajaja, excelente!!!

PatriL_88

Me recordo un campamento que hice de joven... obvio que a mi no me paso nada de esto pero uno sueña :) Muy bueno!

RolandoCba_

Bien escrito y con buen ritmo. Se me hizo corto, sube mas!

LautaroSurSalta

Esto paso de verdad? Tiene demasiado detalle para ser inventado jaja. Buenisimo en serio.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.