La sumisa rara me llevó a su finca
Aquella mañana de viernes yo estaba muerto. La resaca me martillaba detrás de los ojos y la clase parecía diseñada para torturar a cualquiera que hubiera salido la noche anterior. El profesor hablaba de artículos, plazos y conceptos que se me mezclaban con el sabor agrio del alcohol todavía pegado en la garganta.
Intenté fingir interés, pero apenas podía mantener los párpados abiertos. Miré alrededor buscando cualquier cosa que me mantuviera despierto, y entonces volví a encontrarme con ella. En la última fila, callada como siempre, estaba Mara.
Nadie sabía gran cosa de Mara. Iba a clase, sacaba notas altas, hablaba lo justo y se marchaba sin mezclarse con nadie. Nunca la había visto en una fiesta, ni en la cafetería, ni siquiera charlando en los pasillos como hacía el resto.
Lo raro era que, esa mañana, no apartó la vista cuando la sorprendí mirándome. Tenía la carpeta cerrada sobre las piernas, el cabello recogido de cualquier manera y esa cara limpia, casi fría, que se rompía solo por unos labios demasiado carnosos para una mujer tan silenciosa. Yo debía de tener una cara lamentable, porque levantó una ceja y sonrió apenas.
Minutos después se levantó, pasó por mi lado y dejó caer sobre mi mesa una pastilla envuelta en un recorte de blíster. Ni siquiera se detuvo.
—Te va a hacer falta —murmuró.
Era un analgésico. Me lo tomé sin pensarlo dos veces. Para cuando salí de clase, el martillo en mi cabeza ya golpeaba menos fuerte.
Al mediodía fui a la biblioteca con el portátil y mis apuntes. Necesitaba silencio y necesitaba dejar de olerme a tequila desde dentro. Entré al baño, me lavé la cara y me miré en el espejo un momento: ojeras, barba de un día y cara de haber dormido mal. Un desastre.
Cuando salí, ella estaba apoyada en la pared, esperándome.
—¿Te encuentras mejor, fiestero?
—Mucho mejor. Gracias por lo de antes.
Asintió como si no tuviera importancia. Luego apretó la carpeta contra el pecho y fue al grano.
—Quiero proponerte algo. El trabajo de civil. Yo llevo muy bien la teoría, pero redacto fatal. Tú escribes mejor que yo. Si quieres, mañana puedes venir a mi casa y lo terminamos entre los dos.
La propuesta me sorprendió más que el tono. Ella nunca pedía nada a nadie. Aun así, acepté. Me dio una dirección apartada de la ciudad y quedamos para la mañana siguiente.
El sábado conduje casi tres cuartos de hora hasta una finca enorme rodeada de prados. No era una simple casa: era una propiedad grande, con cercas, huerta, una nave al fondo y un camino de tierra que parecía perderse entre árboles. Apagué el motor y, por un segundo, el silencio me golpeó más que cualquier ruido de ciudad.
Mara me abrió la puerta con mallas oscuras, una sudadera vieja y el pelo sujeto con un lápiz. Sin maquillaje ni pose alguna seguía estando muy buena. Delgada, pálida, con unas tetas pequeñas que apenas marcaban bajo la tela y una forma de mirarme que ya empezaba a inquietarme.
—Pasa. El café ya está hecho.
Trabajamos en la cocina durante dos horas. Ella era brillante, rápida, precisa. A mí me costaba seguirle el ritmo. Entre párrafo y párrafo me fijaba en sus manos, en sus tobillos descalzos, en cómo se mordía el labio cuando revisaba una frase. Empecé a verla de otra manera, no como la chica rara de clase, sino como una mujer que elegía muy bien qué mostraba y qué no.
Cuando terminamos, abrió dos cervezas para celebrarlo.
Se agachó ante la nevera y entonces lo vi: bajo las mallas no llevaba nada. La tela se le metía entre las nalgas, dibujando el culo redondo con una claridad obscena. Sentí la polla endurecerse al instante y crucé las piernas para disimular.
Mara volvió a sentarse frente a mí con una cerveza en la mano. Me sostuvo la mirada un segundo de más. Supe que se había dado cuenta.
—Después te enseño la finca, si quieres —dijo—. Te has pasado toda la mañana mirando por la ventana.
Salimos al exterior con el sol todavía suave. Caminamos hasta una zona de hierba alta y una cerca abierta que daba a un prado. Más al fondo se veían vacas pastando con calma. Ella se quitó las sandalias y siguió descalza, como si aquel lugar le perteneciera más que la ropa que llevaba encima.
—Haz lo mismo —me dijo.
Me quité las zapatillas y los calcetines. La hierba estaba fresca. Di un par de pasos sintiendo el suelo húmedo bajo la planta de los pies, y cuando levanté la cabeza la tenía justo delante. No dijo nada. Solo me besó.
Fue un roce corto, apenas un aviso. Se apartó con una media sonrisa.
—Esto solo acaba de empezar.
Tardé un segundo en reaccionar. Ella siguió andando delante de mí, tranquila, como si besarme en mitad del campo fuera lo más natural del mundo. Yo la seguí con la polla ya dura dentro del pantalón, todavía procesando lo que estaba pasando.
Cuando llegamos cerca del ganado, se volvió hacia mí y, sin una palabra, se quitó la sudadera. Luego bajó las mallas. Después las bragas que no llevaba dejaron de importar, porque quedó completamente desnuda frente a mí.
Tenía el cuerpo pequeño y firme, las tetas suaves con pezones oscuros endurecidos por el aire y un triángulo de vello cuidado entre las piernas que no escondía nada. Me miró bajar los ojos hasta su coño y luego a mi entrepierna marcada.
—Ahora sí me miras de verdad.
Se acercó y me besó otra vez, esta vez con lengua, metiéndomela hasta humedecerme toda la boca. Le metí una mano en la cintura y sentí su piel fría por el aire. Ella gemía bajito, pero no como una mujer tímida, sino como una que estaba controlando el ritmo de todo.
Se apartó, me tomó de la muñeca y me llevó unos metros más allá, donde la hierba estaba alta y nadie podía vernos desde la casa. Entonces se arrodilló delante de mí y me abrió el pantalón.
—Quiero probar si eres tan obediente como pareces.
Me bajó el cierre, metió la mano dentro del bóxer y me sacó la polla ya tiesa. La miró con una calma que me puso todavía más caliente, como si estuviera evaluando una herramienta. Luego pasó la lengua por la punta y me arrancó un jadeo seco.
Su boca era húmeda y firme. No chupaba deprisa ni con ansiedad, sino despacio, saboreando, dejando la lengua girar alrededor del glande antes de tragarse más. Yo le acaricié el pelo y ella me apartó la mano con un gesto.
—Todavía no te he dicho que puedas tocarme.
Eso, dicho de rodillas y con mi polla en la boca, me volvió loco. Siguió mamándomela con más profundidad, metiéndosela casi hasta la garganta, y cada vez que me rozaba con la nariz el pubis sentía un tirón en el vientre. Cuando notó que me estaba acercando, soltó la polla de golpe y se puso de pie.
—Desnúdate.
Obedecí sin discutir. Ella retrocedió unos pasos, completamente desnuda bajo el sol, y me observó quitarme la ropa como si eso fuera parte de una prueba. Cuando acabé, se acercó y me apretó la polla con la mano, firme.
—Mucho mejor. Ahora sí.
Me tumbó sobre la hierba y se montó sobre mí sin más aviso. Se guio la polla con una mano y se la metió entera de una sola bajada, húmeda y caliente, hasta quedarse clavada sobre mi pelvis. Los dos soltamos el aire a la vez.
Su coño estaba empapado. Empezó a moverse encima de mí con un ritmo lento al principio, dejando que la sintiera por dentro, apretando. Yo le agarré las caderas y esta vez no me corrigió. Rebotaba con control, subiendo casi hasta la punta y volviendo a bajar hasta tragársela toda.
—Eso es —jadeó—. Aguanta y no te corras todavía.
Le miraba las tetas temblar con cada bote, pequeñas pero duras, y no pude resistirme: incliné la cabeza y le chupé un pezón mientras seguía follándome. Ella soltó un gemido más grave y empezó a girar la cadera con mi polla dentro, frotándose justo donde más debía de sentirla.
—Joder... así.
Me incorporé lo suficiente para besarle el cuello y luego la hice rodar conmigo sin sacársela. Quedé encima. Mara abrió más las piernas y me recibió con una sonrisa corta, expectante. Empecé a embestirla de verdad.
Le follé el coño con ganas, entrando hondo, sintiendo cómo se le abría el cuerpo a cada golpe. Ella me clavó las uñas en la espalda y me besó con hambre, metiéndome la lengua mientras mi polla le golpeaba dentro con un ritmo cada vez más duro. El sonido húmedo del metesaca se mezclaba con sus jadeos.
—Más fuerte —me pidió al oído—. No me trates como si fuera a romperme.
Le hice caso. Le agarré los muslos y la abrí más. Cada embestida le sacaba un gemido. Cada vez que entraba hasta el fondo, su coño me apretaba como si quisiera ordeñarme. Noté el orgasmo subir demasiado rápido.
—Me voy a correr.
—Dentro.
Eso bastó. Me corrí enterrado hasta el fondo, descargándole dentro con una sacudida que me dejó temblando encima de ella. Mara cerró las piernas a mi alrededor y siguió moviendo la cadera para apurarme cada gota, gimiendo contra mi boca hasta que ella también se corrió, apretando con violencia.
Nos quedamos respirando sobre la hierba unos segundos, pegados y sudados. Pensé que allí terminaba la locura. Estaba muy equivocado.
***
Después bajamos a una poza junto al arroyo para lavarnos un poco. Nadamos desnudos, nos besamos y, durante un rato, todo pareció extrañamente tierno. Ella se acurrucó sobre mi pecho al salir del agua y yo llegué a pensar que aquello era solo una aventura inesperada con una chica reservada y muy salida.
Me desperté con la polla dura dentro de una boca caliente.
Mara estaba entre mis piernas, mamándomela despacio mientras me miraba desde abajo. Una de sus manos me acariciaba los huevos. La otra no tardé en sentirla más atrás, lubricándome con saliva y empujando un dedo en mi culo.
Me tensé de golpe.
—Shhh. Relájate —murmuró sin soltarme la polla—. Te va a gustar.
Su dedo entró más, despacio, buscando, masajeando por dentro con una paciencia que me desarmó. La mamada no se detuvo ni un segundo. Iba tragando y sacando, húmeda, constante, mientras el dedo me aflojaba. Cuando encontró ese punto dentro de mí, mi pelvis se movió sola.
Ella sonrió. Metió un segundo dedo. Me dolió un poco, pero el placer lo tapaba todo. Sentía la presión en el culo y la boca en la polla a la vez, y la mezcla me tenía mareado. Empezó a pajearme cuando dejó de chupar, manteniendo los dedos dentro y frotándome por ese punto otra vez.
El orgasmo me golpeó tan fuerte que casi me arqueé entero. Me corrí sobre mi vientre y su mano, jadeando como un idiota. Ella recogió parte del semen con los dedos y se lo llevó a la boca sin apartar los ojos de mí. Luego me besó y me dejó probar mi propio sabor en su lengua.
—Te queda mejor de lo que imaginaba —susurró.
—Estás loca.
—Y tú sigues aquí.
No supe qué responder. La verdad era esa: seguía allí, excitado, sin ganas de huir. Me tomó de la mano y volvimos a la casa. Recogimos la ropa del suelo, nos duchamos por separado y, cuando terminé y salí al salón con una toalla en la cintura, la encontré esperándome sentada en el sofá.
No era la misma mujer que había visto en el campo.
Ahora llevaba botas negras hasta la rodilla, medias oscuras, un corsé de cuero que le levantaba las tetas y una máscara sencilla que le cubría parte del rostro. En una mano sostenía una fusta. En la otra, unas esposas de cuero unidas por una barra corta.
Me quedé quieto. Ella se levantó despacio.
—Si te vas ahora, no volveré a buscarte —dijo—. Si te quedas, obedeces.
Sentí un escalofrío nítido recorrerme entero. No de miedo, o no solo de miedo. También de deseo.
—Me quedo.
Se acercó y me colocó las muñequeras. Ajustó el cuero a mis muñecas, tiró de la barra para comprobar que no pudiera soltarme y sonrió satisfecha.
—Bien. Arriba.
La seguí por las escaleras completamente desnudo salvo por las esposas. En su habitación había una cama grande, muebles normales y, en el techo, una anilla con una cuerda. Enganchó la barra al mosquetón y tiró hasta dejarme con los brazos en alto, estirado, sin poder bajarlos.
Probé la tensión. No podía liberarme.
Ella me dio una vuelta completa, observándome como si ya fuera suyo. Después, sin aviso, la fusta me azotó las nalgas.
Solté un grito.
—Primera regla —dijo con calma—: contestas como yo quiera. Segunda: no apartes la vista cuando te hable. Tercera: si te digo que abras las piernas, las abres. Si te digo que te corras, te corres. Si no te doy permiso, aguantas.
Otro latigazo, esta vez en los muslos. Ardía de verdad.
—¿Entendido?
—Sí.
Me pegó otra vez.
—Sí, ama.
La palabra salió sola. Vi cómo se le endurecían los pezones tras el cuero.
—Mucho mejor.
Me azotó varias veces más, alternando culo, muslos y espalda, sin llegar a perder el control. Dolía, pero no como un castigo ciego; dolía justo lo bastante para dejarme temblando y con la polla dura otra vez. Ella disfrutaba mirando mi reacción, el esfuerzo por mantenerme quieto, el hilo de saliva que se me escapaba al morderme el labio.
Se arrodilló delante de mí y me chupó la polla mientras seguía colgado. Aquella combinación me reventó la cabeza: el escozor de los azotes, su boca tragándome y la imposibilidad de tocarla. Me vaciaba por dentro.
—No te corras —ordenó, y se apartó justo a tiempo.
Me dejó jadeando, con la polla latiendo. Luego se colocó detrás de mí, me separó las nalgas y me pasó la lengua por el culo despacio. Gemí sin remedio.
—Te gusta más de lo que pensabas.
Usó lubricante frío y me metió un dedo. Después dos. Trabajó mi culo con paciencia, abriéndome, haciéndome respirar, dándome pequeños azotes con la mano libre cada vez que me tensaba demasiado. Yo ya no sabía si quería escapar o empujarme más contra su mano.
—Di lo que quieres.
—Quiero... que me folles.
Me mordió una nalga, fuerte.
—Como se lo pides a tu ama.
—Fóllame, ama.
Esa vez sí me premió. Escuché el ruido del arnés antes de sentirlo. La punta del dildo, bien lubricada, empujó mi entrada. Me quedé helado. Ella me acarició la espalda enrojecida con una mano mientras presionaba con la otra.
—Respira. Te voy a abrir despacio.
El primer tramo entró con presión y ardor. Me quejé, apretando los dientes. Ella no se detuvo, pero tampoco forzó de golpe. Esperó a que mi culo cediera, luego empujó un poco más, y un poco más, hasta metérmelo entero.
—Eso es. Mírate —dijo, girando mi cabeza hacia el espejo del armario.
Me vi desnudo, colgado de las muñecas, con la espalda marcada y ella detrás de mí, hermosa y cruel, clavándome una polla de goma con calma. La imagen me excitó más de lo que quería admitir.
Empezó a moverse. Primero lento. Salía casi del todo y volvía a entrar. Cada empujón me rozaba por dentro ese punto que me había descubierto junto al río. Mi polla goteaba sin que nadie la tocara.
—Mira qué puta cara tienes —susurró en mi oído—. Te estoy follando el culo y estás encantado.
El ritmo aumentó poco a poco. El sonido húmedo del lubricante se mezcló con mis jadeos y con el golpe del arnés contra su pubis. Ella me agarró de las caderas y empezó a follarme con más fuerza, usando de verdad el cuerpo, haciéndome balancear de la anilla.
—Ama... —se me escapó.
—Así me gusta.
Me soltó una mano de las caderas para agarrarme la polla y pajearme al mismo tiempo que me penetraba. Ahí perdí lo poco que me quedaba de orgullo. Gemía abiertamente, con la boca entreabierta, mientras ella me follaba por detrás y me ordeñaba por delante.
—No te corras todavía.
Aflojó el ritmo solo para torturarme, dejándome al borde. Luego volvió a entrar de una embestida más dura que las anteriores y me mordió el hombro. Eso bastó. Mi cuerpo se tensó entero.
—Ahora —ordenó.
Me corrí con un gemido ronco, soltando chorros sobre el suelo mientras el dildo seguía entrando y saliendo de mi culo. Ella no paró hasta exprimir las últimas sacudidas de mi orgasmo. Cuando terminó, apoyó la frente en mi espalda y respiró conmigo unos segundos.
Después me soltó de la anilla, me llevó a la cama y me dejó tumbado boca arriba. Creí que ya había acabado conmigo, pero se acomodó entre mis piernas y me lamió el semen del vientre con una lentitud obscena, como si disfrutara viendo cómo se me ponía dura otra vez pese al agotamiento.
—Eres rápido aprendiendo —dijo.
—Y tú disfrutas demasiado enseñando.
Se rio, por fin sin máscara en la voz. Se quitó el corsé, las medias y la máscara, quedando desnuda de nuevo. Subió a la cama y se sentó sobre mi cara.
—Demuestra que te mereces dormir aquí.
Le abrí el coño con la lengua. Seguía húmeda, caliente, con un sabor fuerte a excitación que me encendió otra vez. Le chupé el clítoris, le metí la lengua todo lo que pude y la sentí temblar encima de mí. Mara se sujetó al cabecero y empezó a frotarse contra mi boca sin ninguna delicadeza.
—No pares. Así... joder, así.
Le metí dos dedos y los moví dentro mientras le chupaba. Ella se corrió sobre mi cara con un gemido largo, mojándome la boca y la barbilla. Bajó del todo sobre mí durante unos segundos, aplastándome, y luego se dejó caer a mi lado, jadeando.
Nos miramos en silencio. Ya no tenía cara de dominadora ni de rara ni de alumna intocable. Solo de mujer satisfecha, todavía excitada, con los labios hinchados y los ojos brillantes.
—No quería un polvo —dijo al cabo de un momento—. Quería a alguien capaz de entrar conmigo en esto sin hacerse el valiente ni salir corriendo. Hoy podrías haberte ido diez veces.
Le acaricié la cintura. Todavía me ardía la espalda y el culo me latía, pero seguía duro.
—Y sin embargo aquí sigo.
Ella me besó despacio, sin órdenes, sin juego de poder. Un beso limpio, casi tierno.
—Entonces quédate esta noche.
—Si me dejas tocarte cuando no estés dándome instrucciones, me quedo.
Sonrió de lado.
—A veces serás obediente. A veces no. Ya iremos viendo.
La hice rodar bajo mi cuerpo y le abrí las piernas. Esta vez no hubo pruebas ni castigo ni espera. Le entré despacio, sintiendo su coño húmedo recibirme otra vez, y ella me rodeó con las piernas. Le follé con un ritmo cansado pero hondo, beso a beso, como si necesitáramos bajar después de toda la intensidad.
Mara me acariciaba la espalda con cuidado, rozando las marcas, gimiendo suave cada vez que le metía toda la polla. Cuando me notó endurecerme del todo otra vez, me apretó la cara entre las manos.
—Dentro de mí otra vez.
La obedecí encantado. Me corrí por segunda vez esa noche, enterrado en su coño, y ella me siguió con otra sacudida húmeda y larga que me dejó vacío. Después nos quedamos abrazados, desnudos y sudados bajo las sábanas.
Antes de quedarnos dormidos, me habló contra el pecho.
—El lunes, en clase, no me mires como si fueras a delatarte.
—¿Y cómo quieres que te mire?
Me mordió suave.
—Como si supieras un secreto.
Eso hice. El lunes nos sentamos juntos por primera vez. Nadie entendió por qué la chica más reservada del curso llegó de la mano del tipo que siempre parecía vivir de fiesta. Yo tampoco lo habría entendido unos días antes.
Pero desde aquella mañana supe una cosa: debajo de esa apariencia callada, Mara llevaba tiempo buscando a alguien que quisiera rendirse un poco. Y yo, sin saberlo, llevaba tiempo buscando a alguien que supiera exactamente cómo tomar el control.