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Relatos Ardientes

El hombre que tomó el mando en nuestra casa

Hace meses que quería escribir esto, pero no encontraba la forma de explicarlo sin que sonara a fantasía exagerada. La verdad es más simple y más cruda: mi relación cambió por completo desde que otro hombre empezó a entrar en nuestra cama y, después, en nuestra casa. Lo que comenzó como un trío ocasional terminó convirtiéndose en una rutina donde él manda, ella obedece y yo miro, aguanto, me excito y me hundo al mismo tiempo.

Mi novia se llama Abril en esta historia, y al otro hombre voy a llamarlo Mauro. Los tres pasamos de los treinta, así que no hay nada de juego adolescente ni experimentos torpes. Fue una decisión de adultos, consciente desde el principio, aunque ninguno imaginó hasta dónde iba a llegar.

Al comienzo todo parecía bastante controlado. Mauro venía algunos viernes, bebíamos algo, nos reíamos y terminábamos los tres desnudos en nuestra cama. Él tenía una seguridad brutal, de esa que se nota antes de que un hombre diga una palabra. No necesitaba imponerse a gritos; le bastaba con mirar a Abril de cierta manera para que ella apretara los muslos y respirara distinto.

Las primeras veces yo participé en todo. La besaba mientras él le agarraba el cuello por detrás, le abría las piernas y le metía los dedos sin delicadeza. Ella gemía con una cara que yo no le conocía, una mezcla de vergüenza, placer y hambre. Cuando él le ordenaba abrir más la boca o ponerse de rodillas, Abril obedecía enseguida, como si llevara años esperando que alguien le hablara así.

Eso fue lo que me encendió y me jodió al mismo tiempo. Verla tan puta para otro hombre, tan entregada, tan rápida para obedecer. Yo seguía siendo su pareja, dormía con ella, compartía la vida con ella, pero delante de Mauro se convertía en algo más crudo. Más honesta, incluso. Y yo, en vez de salir corriendo, quería ver más.

El cambio real llegó un fin de semana. Mauro vino el viernes por la noche con una mochila pequeña, como siempre, y se quedó hasta el domingo. El domingo se convirtió en lunes. El lunes por la tarde ya había un cepillo de dientes suyo en nuestro baño. A la semana siguiente, parte de su ropa estaba en un cajón. Nadie hizo una reunión ni puso reglas por escrito. Simplemente empezó a pasar, y a los tres nos excitó tanto que nadie quiso frenarlo.

Ahora vivimos así. Compartimos mesa, sofá, rutina y paredes. Pero la parte importante sucede en el dormitorio, en el pasillo, en la cocina o donde a Mauro se le antoje. Él tomó el mando de la casa casi sin esfuerzo. No porque gritara ni porque golpeara sin sentido, sino porque Abril se derrite cuando él la domina y porque yo descubrí que mi deseo también pasa por ver cómo otro la usa delante de mí.

Una de las primeras noches en las que entendí que esto ya no era un juego ocurrió mientras Abril y yo estábamos follando. Ella estaba encima de mí, moviendo las caderas despacio, con el pelo pegado al cuello por el sudor. Yo le agarraba el culo y ella me besaba con ganas, mirándome como si quisiéramos recuperar algo solo nuestro.

La puerta del cuarto se abrió sin previo aviso.

Mauro entró, se quedó observándonos unos segundos y sonrió de lado. —Bájate —le dijo a ella, con una voz tranquila que sonó más fuerte que un grito.

Abril se quedó inmóvil un segundo. Después se levantó de encima de mí. Mi polla se le salió caliente y húmeda, y ella no me miró ni para disculparse. Se giró hacia él como si lo hubiera estado esperando.

—Ponte de rodillas —ordenó Mauro.

Ella obedeció junto a la cama. Yo seguía tumbado, con la respiración agitada y una mezcla de rabia y excitación que me clavaba al colchón. Mauro le apartó el pelo de la cara, se sacó la polla y se la puso sobre los labios. Abril abrió la boca sola, ansiosa, y empezó a mamársela despacio, con la lengua larga, húmeda, mirándolo desde abajo.

—Así, buena chica —dijo él—. Enséñale cómo obedeces.

Yo no aparté la vista. Ella hundía la cabeza más y más, tragando saliva, dejando que Mauro le empujara la nuca con la mano. La polla le entraba hasta el fondo y ella se atragantaba de verdad, tosiendo apenas antes de volver a metérsela. La baba le caía por la barbilla. Él la sacaba, le daba un golpe suave en la cara con la punta y volvía a metérsela en la boca abierta.

—Mírala —me dijo Mauro sin dejar de follársela la garganta—. Tu novia tiene cara de puta cuando chupa bien.

Me ardió escucharlo, pero la imagen me puso todavía más duro. Abril gemía alrededor de su polla, con la voz rota, y yo vi cómo se apretaba los muslos buscando fricción. Mauro la levantó del suelo tirando de su brazo, la giró y la inclinó sobre la cama. Le subió el vestido de estar en casa hasta la cintura y dejó el culo al aire.

—Quédate ahí y espera —le dijo.

Ella se arqueó de inmediato. Mauro le abrió las nalgas y escupió entre ellas. Después empezó a darle azotes secos con la palma. Uno, dos, cinco, ocho. El sonido llenó el cuarto. La piel de Abril se fue encendiendo hasta ponerse roja.

—Cuenta.

—Uno.

Plaf.

—Dos.

Plaf.

—Tres... joder.

Cuando llegó al décimo, ya estaba temblando. Yo la conocía bien y sabía distinguir su queja real de esa voz que se le escapaba cuando el dolor la excitaba. Mauro le metió dos dedos entre las piernas y se rio al notar lo mojada que estaba.

—Ni lo estás aguantando, lo estás disfrutando —le dijo.

—Sí.

—Más alto.

—Sí, lo disfruto.

Entonces la penetró de una sola embestida. Abril soltó un grito ronco, de esos que nacen en el vientre. Mauro empezó a follársela duro, sujetándola de la cadera con una mano y del pelo con la otra, sacándole el cuerpo hacia atrás para meterle la polla más hondo. La cama golpeaba la pared. Ella gemía mi nombre al principio, por costumbre quizá, pero él le dio otro azote y la corrigió.

—No. Mientras yo te folle, solo me hablas a mí.

—Sí, Mauro... sí... por favor... así.

Yo me quedé allí, viendo cómo la abría a embestidas en nuestra cama, oliendo el sexo en el aire, escuchando el chapoteo húmedo de cada golpe de pelvis. Cuando él acabó, se salió y se corrió sobre la espalda y el culo de Abril. Ella no se movió. Permaneció inclinada, respirando agitada, con la piel marcada y el semen resbalándole entre las nalgas.

Mauro la agarró del mentón, la hizo mirarme y dijo:

—Ahora vuelve con él.

Abril se acercó hasta la cama, todavía temblando, y me besó con la boca hinchada, sabiendo a saliva, sudor y semen. Ese beso me dejó claro en qué se había convertido nuestra relación.

***

Desde entonces, las escenas se volvieron más frecuentes y más brutales. Ya no hacía falta preparar nada. Mauro podía interrumpir una película, una sobremesa o una conversación y convertirla en otra cosa. A veces bastaba una orden seca para que Abril bajara al suelo, se apartara el pelo y le desabrochara el pantalón delante de mí.

Una tarde estábamos cenando en la cocina. Yo cortaba pan, Abril servía vino y Mauro revisaba el móvil apoyado en la encimera. Sin levantar mucho la vista, dijo:

—Debajo de la mesa. Ahora.

Abril dejó la botella, me miró apenas un segundo y se arrodilló. Yo podía ver solo la parte superior de su cabeza desde mi lado, pero escuché el sonido de la cremallera, luego el roce húmedo de su boca trabajando. Mauro se apoyó contra la encimera y cerró los ojos un instante.

—Sácala toda con la lengua —le ordenó.

Los cachetes de Abril se tensaban con cada movimiento. Él le metió más la polla en la boca, lento al principio y después con un ritmo más marcado. Los ojos de ella se humedecieron. Seguía chupando sin protestar, tragándose la garganta llena mientras Mauro le acariciaba el pelo como si premiara a una mascota obediente.

Yo estaba de pie a un metro, inmóvil, viendo cómo mi cena se enfriaba mientras mi novia le mamaba la polla a otro hombre bajo nuestra mesa. Mauro abrió un poco las piernas y la sujetó de la nuca. Empezó a follarle la boca de verdad, con empujes secos que hacían vibrar la mesa.

—No apartes la cabeza —dijo—. Traga.

Abril emitió un sonido ahogado. La baba le corría por la muñeca. Mauro respiró más fuerte, le hundió la polla hasta el fondo una última vez y se corrió en su boca. Ella se quedó quieta, tragando con esfuerzo. Cuando él se la sacó, un hilo blanco le quedó en el labio. Mauro se lo limpió con el pulgar y se lo metió otra vez en la boca.

—Muy bien. Siéntate y termina de servir.

Abril volvió a la silla colorada, excitada y dócil, con las piernas apretadas. Yo no sabía si besarla o insultarla. Al final solo seguí cenando con la polla dura debajo del pantalón.

***

Hay días en los que llego del trabajo y el ambiente de la casa ya huele a sexo desde la entrada. Me basta ver un zapato tirado en el pasillo o escuchar un gemido amortiguado para saber que están en eso. Lejos de molestarme, esa anticipación me revuelve el estómago y me acelera el pulso.

Una noche abrí la puerta del dormitorio de invitados, que ya casi era el cuarto de Mauro, y encontré a Abril sobre la cama, atada de muñecas y tobillos a las esquinas. Estaba completamente desnuda, con las piernas abiertas, la piel enrojecida y dos juguetes dentro de ella: uno en el coño y otro en el culo. Mauro estaba de pie junto a la cabecera, follándole la boca mientras ella gemía alrededor de su polla sin poder cerrar las piernas ni esconderse.

Levantó la vista al verme y sonrió.

—Llegas a tiempo.

Sacó la polla de la boca de Abril y ella tosió, jadeando. Tenía la cara mojada, las tetas marcadas por mordidas y los pezones duros. Aun así, cuando me vio en la puerta, sonrió con una ternura casi ridícula para la situación.

—Ven a saludarlo —dijo Mauro.

Se apartó para dejarme acercar. Abril levantó la cabeza lo que pudo y me besó. Sabía a saliva espesa, a sexo y a humillación. Me excitó tanto que sentí un tirón en la entrepierna.

—Qué detalle —dijo Mauro, burlón—. Ya está, ahora vuelve a abrir la boca.

Abril obedeció al instante. Él le metió la polla otra vez, sujetándole la cara con ambas manos, y empezó a embestirle la garganta mientras yo miraba desde un lado de la cama. Después se la sacó con un chasquido húmedo, bajó la mano entre las piernas de ella y tomó el juguete que ocupaba su coño. Lo retiró despacio, cubierto de flujo, y Abril soltó un gemido largo.

—Estás chorreando —le dijo.

—Porque me encanta —respondió ella, ronca.

Mauro le dio una bofetada ligera en la mejilla, más gesto de dominio que castigo. Luego le sacó el juguete del culo y le metió dos dedos para abrirla un poco más. Abril se retorció sobre las ataduras, excitada y tensa.

—Dile quién te tiene así.

—Tú.

—Dilo bien.

—Tú me tienes así. Tú me pones así.

Mauro se untó la polla con su propia saliva y con el lubricante que quedaba del juguete. Después se colocó entre las piernas de Abril y se la metió en el culo con una presión lenta, firme, sin dejarle espacio para huir del ardor. Ella apretó los dientes y gimió con dolor al principio. Yo vi cómo las cuerdas se tensaban en sus muñecas cuando intentó incorporarse sin conseguirlo.

—Respira —le ordenó él—. La quieres dentro. Lo sé y tú lo sabes.

Abril inhaló varias veces por la nariz, con los ojos cerrados. Mauro avanzó un poco más, paró, esperó a que ella cediera y después entró hasta el fondo. El grito de Abril me puso la piel de punta. No fue un grito de miedo, sino de rendición, de ese instante en que el dolor se convierte en placer y ya no hay vuelta atrás.

Él empezó a darle embestidas cortas, midiendo el ritmo. Luego, al notar que ella ya recibía cada golpe con el culo hacia arriba, aumentó la fuerza. La follaba el culo con una cadencia seca, dura, mientras ella gemía sin vergüenza y el cuarto se llenaba del sonido de la cama crujiendo y de su respiración rota.

—Mírame —le dijo él.

Abril abrió los ojos.

—¿Te gusta que te abra el culo delante de tu novio?

—Sí.

—¿Te gusta que él mire y no pueda hacer nada?

—Sí... sí, me encanta.

Yo me saqué la polla y empecé a masturbarme junto a la cama, sin que nadie me lo pidiera. Mauro me vio y se rio apenas.

—Eso es. Mira cómo te la dejo.

Aumentó el ritmo hasta follarla sin piedad. Cada embestida hundía el cuerpo de Abril contra el colchón y le hacía rebotar las tetas. Ella se corrió así, atada y abierta, con el culo siendo usado y la boca cayéndosele abierta en un gemido continuo. Su coño se contrajo vacío y húmedo, empapando la sábana.

Mauro siguió unos segundos más, disfrutando del temblor de su cuerpo, y luego se salió para correrse sobre su espalda y la curva del culo. El semen le quedó esparcido por la piel en hilos blancos y gruesos. Yo acabé casi al mismo tiempo, manchándome la mano, mirando cómo ella jadeaba todavía amarrada.

—Desátala —me dijo Mauro—. Pero no la limpies.

Yo obedecí. Mientras soltaba las cuerdas, noté la piel caliente de Abril, las marcas en sus muñecas y el olor fuerte del sexo pegado a su cuerpo. Cuando quedó libre, no corrió a taparse. Se incorporó despacio, con semen en la espalda y las piernas temblando, y se arrodilló frente a Mauro para besarle el muslo como agradecimiento.

Eso me remató por dentro.

***

Podría fingir que solo soy una víctima del deseo de ellos, pero no sería verdad. Hay humillación, sí. Hay celos, claro. Pero también hay algo en mí que necesita ese lugar. Necesito escucharla gemir en la habitación de al lado mientras yo espero. Necesito ver cómo vuelve con el culo rojo, la boca hinchada y la mirada perdida. Necesito saber que ella es mía en la vida diaria y de él cuando se cierra una puerta.

La escena que mejor resume todo pasó hace poco, un domingo al mediodía. Yo estaba en el salón, y desde el cuarto de Mauro llegaban los golpes sordos de la cama contra la pared. No hacían nada por disimular. Escuchaba a Abril gemir, luego jadear, luego suplicar que no parara. Cada sonido me iba calentando más y dejándome más pequeño.

Quise acercarme a la puerta, pero antes de que yo llegara, Mauro la abrió desde dentro. Estaba desnudo, sudado y completamente erecto. Detrás de él, Abril seguía sobre la cama, a cuatro patas, con el culo rojo y el coño brillando de húmedo.

—Entra —me dijo.

Obedecí. Había un cinturón sobre la mesita, varios juguetes tirados y la sábana desordenada. Mauro me señaló una silla en la esquina.

—Siéntate y mira. No la toques hasta que yo te deje.

Me senté con la polla ya dura otra vez. Abril giró la cabeza y me miró por encima del hombro. Tenía las mejillas encendidas y una sonrisa sucia, satisfecha.

Mauro se colocó detrás de ella y le agarró las caderas. Sin apuro, le metió la polla de nuevo en el coño, empujando hasta el fondo. Abril soltó un gemido grave y echó la cabeza atrás. Él empezó a follársela con un ritmo constante, pesado, haciéndole rebotar el cuerpo hacia delante una y otra vez.

—Dile cómo la tienes —ordenó Mauro.

—Abierta —jadeó ella—. Me tienes abierta.

—¿Y él qué es ahora mismo?

Abril me sostuvo la mirada mientras Mauro se la follaba.

—Un cornudo sumiso.

Sentí el golpe de esas palabras directamente en el pecho y en la polla. No me aparté. Mauro le dio un azote que sonó como un disparo.

—Otra vez.

—Es mi cornudo sumiso —repitió ella, con la voz quebrada por el placer.

Mauro le metió una mano debajo del vientre y le frotó el clítoris con dos dedos mientras la seguía penetrando. Abril empezó a temblar casi enseguida. El cuarto se llenó de gemidos, del sonido húmedo de las embestidas y de la respiración cada vez más rota de los dos.

—Te vas a correr cuando yo quiera —dijo él.

—Por favor.

—Aguanta.

Le quitó los dedos un momento. Abril protestó con un quejido frustrado. Mauro se inclinó sobre ella, le mordió el hombro y volvió a frotarla justo cuando aumentó la fuerza de las embestidas. El orgasmo le explotó encima como un espasmo violento. Se corrió gritando, apretando los puños sobre la sábana, con todo el cuerpo sacudido.

Mauro no paró. Siguió follándola entre contracciones, aprovechando cada sacudida de su coño. Después se salió y le dio una palmada en el muslo.

—Ven aquí —me dijo a mí.

Me acerqué como si me llevaran con una cuerda invisible. Mauro me agarró de la nuca y me acercó a la cara de Abril. —Bésala.

La besé. Le saboreé el aliento entrecortado, la saliva, el cansancio feliz después del orgasmo. Mientras lo hacía, Mauro volvió a colocarse detrás de ella y le metió la polla en el culo de golpe. Abril se apartó del beso con un grito y luego empezó a jadear sobre mi boca. Yo seguía a centímetros de su cara, viéndole los ojos empañados mientras él la abría otra vez.

—Así me gusta —dijo Mauro—. Los dos en su sitio.

Me obligó a quedarme allí, presenciándolo de cerca, mientras follaba a Abril por detrás con una dureza casi obscena. El sonido cambió; ya no era el chapoteo del coño sino un golpe más seco, más profundo. Ella gemía mi nombre y el suyo mezclados, perdida, sin importar ya quién escuchara.

Yo me masturbé frente a ellos, a escasos centímetros, viendo cómo Mauro la usaba y cómo Abril lo recibía todo. Cuando él se corrió, lo hizo dentro de su culo, quedándose quieto varios segundos, apretado contra su espalda. Después salió despacio y parte del semen resbaló por entre las nalgas de ella.

Mauro me miró, sonrió con crueldad tranquila y por fin dijo:

—Ahora te toca.

No me dejó tomarla como yo quería. Me hizo tumbar a Abril boca arriba y colocarla al borde de la cama, con las piernas abiertas y todavía sucia, marcada, llena de semen y de uso. Yo le penetré el coño mientras ella me abrazaba del cuello, pero Mauro seguía a nuestro lado, sujetándole una rodilla, diciéndole al oído cómo moverse, cuándo apretarme, cuándo besarme y cuándo no. Incluso en ese momento, cuando se suponía que era mi turno, el mando seguía siendo suyo.

Y lo peor, o lo mejor, es que eso mismo fue lo que más me hizo correrme. Follar a mi novia después de que otro la hubiera dejado temblando, abierta y satisfecha; sentirla blanda y caliente alrededor de mi polla; escuchar a Mauro decirle —Apriétalo, deja que se corra mirándome—; verla obedecer y notar cómo su coño me exprimía hasta vaciarme. Me corrí dentro de ella con un gemido que me salió del estómago, sin orgullo y sin defensa.

Caí sobre su pecho, agotado. Abril me acarició el pelo mientras Mauro nos observaba desde el borde de la cama, completamente dueño de la escena. Después me apartó con suavidad, la besó a ella con calma y le dio una última orden antes de irse a ducharse.

—Cuando terminen, vienes a mi cuarto.

—Sí —respondió Abril sin dudar.

Yo seguía dentro de ella cuando escuché esa respuesta. Y aun así, en vez de romper algo o largarme, solo cerré los ojos y respiré. Porque esa es la verdad de esta historia: él folla, ella se entrega y yo acepto mi lugar. No siempre es fácil, no siempre es bonito, pero nos excita demasiado como para fingir otra cosa.

Así vivimos ahora los tres, en un equilibrio extraño de deseo, celos, dominación y costumbre. Puede que desde fuera parezca una locura. Dentro de esta casa, en cambio, ya es nuestra normalidad. Y cada vez que escucho a Abril gemir detrás de la puerta de Mauro, sé que todavía no he tocado fondo. También sé, con una honestidad que me da vergüenza admitir, que no quiero dejar de caer.

Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Núñez, con fotos reales.

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Valora este relato

Comentarios(7)

Dante_22

tremendo relato, quede sin palabras al final!!!

Lara_Bsas

Por favor escribi la segunda parte, el final me dejo con mil preguntas y ganas de mas!

Mara_1991

Me encanto como fuiste construyendo la historia, se siente tan real. Sigue escribiendo asi de bien.

PabloNoch

El titulo ya te pone en modo alerta jajaja. Muy bueno, no para de sorprender.

Marcos_BA

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, esa sensacion de que ya nada es igual despues... muy bien capturado.

DesvelaoTotal

Lo lei de noche y no podia parar, atrapa desde el principio hasta el ultimo renglon.

carlos_fdez

genail!!!

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