La doctora sumisa y el amo del sotano
La primera vez que crucé la puerta del sótano privado de Ramiro, entendí que no estaba entrando a una simple sala de juegos, sino a un territorio donde él decidía el ritmo, la postura, el silencio y hasta la forma de respirar. Yo ya había pasado de los treinta, era una mujer adulta, con una profesión exigente y una vida ordenada de cara al mundo, pero debajo de esa fachada me hervía una necesidad que no sabía domesticar. No era solo ganas de sexo. Era hambre de entrega, de poder ajeno sobre mi cuerpo, de sentirme usada con permiso y sin reservas.
Ramiro me observó desde su sillón de cuero con una calma que me abrió las piernas por dentro. No era un hombre de hablar demasiado. Le bastaba una mirada para hacerme sentir desnuda aun cuando seguía con el vestido puesto.
—Acércate —dijo.
Obedecí sin preguntar. El tacón golpeó la madera oscura mientras yo avanzaba hacia él con el pulso acelerado. Sabía que aquella noche no iba a ser suave, y justamente por eso había vuelto.
En la pantalla del fondo corría un video porno de dominación. Nada extremo, nada criminal, solo cuerpos adultos entregados a una dinámica cruda de órdenes, azotes y orgasmos forzados. A Ramiro le gustaba que yo mirara. Decía que verme excitarme con la obediencia ajena era una de sus formas favoritas de medir mi hambre.
Cuando quedé frente a él, abrió las piernas y me hizo una seña para que me sentara a horcajadas. Lo hice. Noté enseguida el bulto duro bajo el pantalón y se me secó la boca. Ramiro deslizó una mano por mi muslo, subiendo despacio hasta la liga de las medias.
—¿Viniste lista para portarte bien? —preguntó.
—Sí, amo.
Su sonrisa fue mínima, pero suficiente para hacerme gemir por dentro. Metió la mano bajo mi vestido, apartó la tela del tanga y me rozó entre las piernas. Estaba empapada. Siempre me pasaba igual con él: bastaban unos minutos de tensión para convertirme en un charco.
—Mírate —murmuró, apretándome el coño con dos dedos—. Llegas mojada antes de que te toque de verdad. Eres una puta obediente.
—Sí.
—No te oí.
—Sí, amo. Soy su puta.
Me besó entonces, pero no fue un beso dulce. Fue hambre. Me sujetó la nuca, me abrió la boca con la lengua y me tragó el gemido. Mientras tanto, desabrochó su pantalón y liberó la polla. Dura, gruesa, caliente contra la cara interna de mi muslo.
—Levántate un poco.
Lo hice. Él me apartó el tanga a un lado y me metió la punta por detrás, directamente en el culo, sin más advertencia que una presión firme en la cintura. Solté un jadeo agudo y me agarré de sus hombros.
—Despacio, amo…
—Despacio, sí. Pero entera.
Empujó con paciencia cruel. Yo sentí cómo el músculo cedía milímetro a milímetro, cómo me abría por dentro hasta tenerlo metido casi completo. Me dejé caer sobre él, temblando. Entonces puso en mi mano un vibrador pequeño.
—Hazte correrte mientras te follan el culo. Quiero ver tu cara.
Apoyé el juguete sobre el clítoris y lo encendí. La vibración me sacudió al instante. Ramiro empezó a moverse desde abajo, levantando las caderas con embestidas lentas y profundas. Yo cabalgaba encima, rota entre la presión anal y el zumbido directo en el centro del placer.
La mezcla era obscena. Cada vez que él me hundía la polla, yo bajaba un poco más la pelvis y el vibrador me arrancaba otro gemido. Ramiro me agarró las tetas por encima del vestido, apretándolas con fuerza.
—Mira la pantalla —ordenó.
Miré. Una mujer amarrada estaba siendo azotada mientras se corría llorando de excitación. Sentí otra embestida fuerte y se me doblaron las piernas.
—Eso te pone caliente, ¿verdad? —dijo él al oído—. Ver obediencia. Ver castigo. Sentirte usada.
—Sí… sí, amo…
—Entonces córrete para mí.
No pude aguantar. El orgasmo me subió como un tirón eléctrico desde el clítoris hasta la garganta. Me arqueé sobre su pecho, sacudida, con el culo clavado en su polla y las piernas flojas. Ramiro no me dejó descansar; siguió empujando desde abajo mientras yo me corría, aprovechando cada contracción.
—Buena chica —murmuró—. Pero esto recién empieza.
***
Después me hizo bajar de encima suyo y ponerme de pie en medio de la habitación. El sótano estaba preparado con una precisión casi ceremonial: una cruz acolchada, una camilla baja, cajones con esposas y juguetes, una barra con botellas caras y un sistema de audio que dejaba sonar una música grave, apenas por debajo de nuestros jadeos.
Ramiro se sirvió una copa sin dejar de mirarme.
—Quítate la ropa.
Obedecí despacio. El vestido cayó al suelo. Luego las medias, el tanga, los zapatos. Me quedé desnuda, respirando agitada, con el culo aún sensible por la follada anterior y el clítoris latiendo por la descarga del vibrador.
—Date la vuelta.
Giré. Escuché sus pasos detrás de mí. Me apartó el pelo del cuello y me besó la nuca.
—Tienes un cuerpo hecho para esto —dijo—. Para abrirse, para recibir, para aguantar.
Me dio el primer azote con la palma, seco y fuerte, directo en una nalga. El golpe me sacó aire y me hizo apretar los muslos.
—Sepáralos.
Los abrí. Otro azote. Luego otro. Cuando la piel ya me ardía, cambió la mano por una fusta corta. No pegaba por pegar; medía la fuerza, el ritmo, el efecto. El dolor me subía por la espalda y se me convertía en humedad entre las piernas.
—Mójate más —me exigió—. Quiero ver si el castigo te hace chorrear.
Me metí dos dedos en el coño por orden suya. Entraron sin resistencia. Estaba completamente húmeda. Los saqué y se los mostré, brillantes.
Ramiro me obligó a chuparlos. Lo hice sin romperle la mirada. Su polla ya estaba otra vez dura.
—A la cruz.
Me colocó de pie, con los brazos en alto, esposada por las muñecas y luego por los tobillos, dejando el cuerpo abierto. La postura me volvía vulnerable y ofrecida. Ramiro caminó alrededor, disfrutando la vista.
—Así me gustas. Inmóvil y disponible.
Sentí el metal frío de unas pinzas pequeñas en los pezones. Gemí apenas me las puso. Luego añadió una cadenita entre ambas y tiró levemente. El dolor fino me puso aún peor.
—Dilo.
—Estoy lista para usted.
—No. Dime lo que eres.
Tragué saliva, roja de vergüenza y excitación.
—Soy su puta.
—Más claro.
—Soy su puta sumisa, amo.
Él me acarició el coño con dos dedos y sonrió al notar el temblor.
—Exacto.
Primero me folló con los dedos. Dos, luego tres. Despacio al principio, después con un ritmo firme que hacía chocar mis caderas contra el acolchado. Yo no podía moverme más que lo justo; estaba atada, abierta, sintiendo cómo me usaba mientras las pinzas tiraban de mis pezones con cada respiración agitada.
Después se arrodilló y me abrió más con ambas manos. Su lengua me cayó encima de golpe, plana y húmeda, del clítoris a la entrada. Solté un gemido fuerte, demasiado fuerte, y él me dio una bofetada en el muslo.
—Quieta.
Me comió el coño como si quisiera vaciarme. Chupaba, lamía, metía la lengua, volvía al clítoris y lo apretaba entre los labios. Yo me retorcía contra las esposas, incapaz de hacer otra cosa que obedecer y soportar el placer. Cuando ya estaba al borde, se detuvo.
—No, amo…
—No te he dado permiso.
Supe que iba a jugar conmigo. Lo había hecho antes. Me dejaría subir y me cortaría justo antes de caer, una y otra vez, hasta volverme loca. Y me encantaba.
Me puso un plug mediano, lubricado, en el culo. Entró despacio, llenándome con una presión pesada y constante. Luego acercó un vibrador largo a mi coño y lo fue metiendo mientras yo seguía esposada. Tener ambos agujeros ocupados me arrancó un gemido ronco.
—Mírate —dijo, girando un espejo alto hacia mí.
Vi mi cuerpo estirado en la cruz, las tetas tensas con las pinzas, el coño abierto alrededor del juguete, el culo lleno por el plug. Me vi como lo que era en ese cuarto: una mujer adulta entregada por voluntad propia al deseo de ser manejada.
Ramiro accionó el vibrador. Sentí cómo me taladraba por dentro. No era una vibración superficial; me golpeaba la pared interna del coño, insistente, brutal. Él tiró de la cadena de las pinzas y gemí otra vez.
—Pide correrte.
—Déjeme correrme, amo.
—Más sucio.
Se me calentó la cara.
—Déjeme corrérme en su cruz como la puta que soy.
—Ahora sí.
El orgasmo me explotó tan fuerte que casi se me doblan las rodillas. Quedé colgada de las esposas, gimiendo, con el cuerpo entero sacudiéndose. Ramiro observó fascinado cómo chorreaba alrededor del juguete.
—Qué espectáculo —dijo—. Te encanta que te desordene el cuerpo.
—Sí…
—Y todavía te falta mi polla.
***
Me soltó de la cruz cuando aún estaba sensible, y me ordenó arrodillarme sobre una alfombra gruesa frente al sillón. Yo ya sabía lo que quería. Le abrí el pantalón por completo y saqué su polla. Estaba dura, pesada, brillante en la punta.
—Límpiame con la boca —dijo.
Lo miré apenas un segundo y luego obedecí. Pasé la lengua por el glande, recogiendo el sabor mezclado de sudor y piel. Después me lo metí en la boca poco a poco, soltando aire por la nariz para tragar más. Ramiro me agarró el pelo, no con violencia ciega, sino con ese control exacto que usaba para marcar el límite entre uso y cuidado.
—Así. Bien abierta.
Me empezó a follar la boca con embestidas cortas primero, luego más profundas. Yo dejé que me guiara. La saliva se me escapaba por la comisura y me mojaba el mentón. Cada vez que me llevaba hasta el fondo, me ardían los ojos y el cuerpo me respondía con un latido caliente entre las piernas.
—Mírate cómo babeas mi polla —murmuró—. Pareces hecha para esto.
No podía contestar. Solo gemir alrededor de él y seguir chupando. Me sacó un momento para que respirara y me dio dos palmadas en la cara con la punta del glande.
—Ensúciate más.
Volví a meterlo en la boca con hambre. Esta vez yo moví la cabeza, marcando el ritmo, usando la lengua por debajo mientras una mano masajeaba los huevos. Ramiro soltó un gruñido bajo.
—Buena puta.
Sentí la necesidad de tocarme, pero no me atreví sin permiso.
—A cuatro patas —ordenó.
Me giré enseguida. Quedé apoyada en el borde del sillón, con la espalda arqueada y el culo en alto. Él me escupió entre las nalgas y deslizó dos dedos alrededor del plug, haciéndolo entrar y salir unos centímetros antes de quitármelo del todo. El vacío me hizo gemir.
—Quiero este culo relajado.
Me lo preparó con los dedos, uno, luego dos, abriéndome mientras con la otra mano me sobaba el coño. Yo estaba tan mojada que el ruido era obsceno. Cada caricia me hacía empujar hacia atrás, pidiéndole más sin palabras.
—¿Qué quieres?
—Su polla en el culo, amo.
—Dilo bien.
—Métamela toda. Fóllame el culo.
Me sujetó de la cintura y me clavó la punta. Entró lenta, pesada, obligándome a respirar. Yo me abrí para él lo mejor que pude, apretando los dientes cuando la polla fue ganando profundidad hasta llenarme completa. Solté un quejido largo, mezcla de dolor, alivio y deseo.
Entonces empezó.
Las primeras embestidas fueron medidas, profundas. Cada una me empujaba el cuerpo hacia adelante. El sillón chirriaba bajo mis manos. Yo gemía sin vergüenza, sintiendo cómo me abría y me golpeaba por dentro justo donde más me enloquecía.
—Eso es —dijo—. Aguántala.
Me agarró del pelo y me arqueó más la espalda. Con la otra mano buscó mi clítoris y lo frotó al mismo tiempo que me follaba el culo. El placer me atravesó como un relámpago. Ya no podía pensar. Solo recibía. Polla, dedos, órdenes, golpes secos de pelvis contra mis nalgas.
Ramiro aumentó el ritmo. Empezó a enculárme duro, sin pausa, haciendo sonar cada embestida contra mi piel húmeda. Yo respondía echando el culo hacia atrás, desesperada por sentirlo más hondo.
—Mírate cómo lo pides —gruñó—. Te encanta que te reviente este culo.
—Sí… sí, amo… no pare…
Me dio una palmada fuerte en la nalga y siguió. El ardor del golpe se mezcló con la penetración y me puso al borde otra vez. Quise tocarme, pero me apartó la mano.
—No. Te corres cuando yo quiera.
Eso me hizo perder todavía más la cabeza. Que me negara justo cuando más lo necesitaba me dejaba temblando, con el cuerpo suplicando. Me folló así durante varios minutos, alternando profundidad y velocidad, castigando el culo y luego frenando apenas lo justo para que yo creyera que iba a darme tregua.
No la dio.
Me sacó de golpe y me hizo tumbarme boca arriba sobre la alfombra. Me levantó las piernas hasta casi doblármelas sobre el pecho y volvió a metérmela, esta vez en el coño. Entró de una sola embestida, porque yo estaba tan abierta y mojada que lo absorbí sin resistencia. Solté un grito.
—Ahora sí te voy a destrozar bien.
Me folló con las piernas abiertas y sostenidas por sus brazos, golpeando hondo, directo, sin perder ese control seco que tenía sobre todo. Su polla me machacaba el coño con una presión perfecta, y cada empujón me hacía notar lo sensible que seguía mi culo de la follada anterior.
Le clavé las uñas en los antebrazos. Él sonrió.
—Más.
—Sí, más… más fuerte…
Ramiro me obedeció. Aceleró hasta que el aire se llenó del sonido de la piel chocando y de mis gemidos cada vez más rotos. Luego soltó una pierna, me escupió en el clítoris y empezó a frotarlo con el pulgar mientras seguía penetrándome.
Ahí ya no tuve defensa. El orgasmo me subió con una violencia que me hizo arquearme entera. Me corrí a chorros, apretándole la polla con espasmos húmedos. Ramiro siguió embistiendo durante mi temblor, aprovechando cada contracción como si ordeñara el clímax.
—Otra —ordenó—. Dame otra.
—No puedo…
Me dio una bofetada breve en el muslo.
—Sí puedes.
Siguió frotándome y follándome a la vez, sin piedad. Estaba tan sensible que dolía, pero ese dolor fino se mezclaba con el placer hasta volverlo insoportable y perfecto. Cuando me corrí por segunda vez, apenas pude respirar. Ramiro gruñó, se salió del coño y me giró de nuevo.
—Arrodíllate.
Lo hice, todavía temblando. Me metió la polla otra vez en el culo, esta vez de una sola vez, y empezó a enculárme con un ritmo brutal. Yo apoyé las manos en el suelo y dejé caer la cabeza, entregada por completo. Sentía que me partía y me gustaba.
—Así te quería —dijo entre dientes—. Vacía de orgullo y llena de ganas.
Una mano me sujetó la garganta por delante, apenas apretando lo justo para intensificarlo todo. La otra amasaba una teta, haciendo saltar el pezón entre sus dedos. Sus embestidas se volvieron más cortas, más violentas. Entendí que estaba cerca.
—Pide mi corrida.
—Córrase en mi culo, amo.
—Otra vez.
—Lléname el culo. Quiero su leche dentro.
Eso bastó. Me hundió hasta el fondo y se corrió con varios espasmos calientes, soltando un gruñido grave junto a mi oído. Sentí su semen llenándome, espeso, mientras seguía clavado dentro de mí unos segundos más.
Quedé jadeando, abierta, mojada y absolutamente satisfecha.
***
Ramiro salió despacio y me dio un instante para recuperarme antes de buscar algo en uno de los cajones. Volvió con un plug de metal pesado. Lo reconocí. Ya me lo había puesto otras veces al final de una sesión.
—No te muevas.
Introdujo el plug con suavidad, empujando hasta dejarlo bien asentado. La sensación de retener su corrida dentro del culo me provocó un gemido bajo y casi vergonzoso. Él lo oyó y me agarró del mentón para que lo mirara.
—Te encanta quedarte llena.
—Sí, amo.
—Te gusta salir de aquí con mi leche adentro y recordarme a cada paso.
Asentí. No tenía sentido negarlo. Esa sensación me excitaba de una forma profundamente animal. Saber que su corrida seguía en mi cuerpo, caliente al principio, luego más densa, retenida por el plug, me hacía sentir marcada.
Me hizo arrodillarme frente a él una vez más. Yo tomé una toalla húmeda y le limpié la polla con cuidado, pasando la tela despacio, casi con devoción. Después besé la punta.
—Muy bien —dijo.
Su aprobación me aflojó por dentro más que cualquier caricia. En ese cuarto, después de que me usara hasta dejarme sin fuerzas, oírlo decir que había estado bien me completaba de una manera difícil de explicar a quien nunca lo hubiera probado.
Me puse el vestido otra vez, sin ropa interior. El plug seguía firme dentro de mí, recordándome cada movimiento. Ramiro se recostó en el sillón con la copa en la mano y me contempló mientras me acomodaba el pelo frente al espejo.
—Mañana volverás.
No lo preguntó. Lo afirmó.
—Sí, amo.
—Y la próxima vez quiero verte aguantar más castigo antes de correrte.
Sentí otro golpe de calor entre las piernas. A pesar del cuerpo agotado, mi coño reaccionó enseguida.
—Lo intentaré.
—No. Lo harás.
Me acerqué a él y le besé la mano. Ramiro me acarició apenas el cuello, como quien premia a una perra bien entrenada que sabe regresar sola a su correa. Yo sonreí, porque esa imagen, lejos de humillarme, me excitaba.
Cuando salí del sótano, la noche me recibió con aire frío. Caminé hacia el coche sintiendo el leve peso del plug y la humedad retenida dentro del culo. Cada paso me recordaba la sesión completa: los azotes, las órdenes, la boca llena de polla, el espejo, la cruz, la forma en que me abrió y me hizo corrérme hasta temblar.
Esto soy, pensé mientras encendía el motor. Una mujer adulta, dueña de su deseo, y lo bastante puta como para volver por más.
Y sabía que volvería. No por amor, no por dependencia ciega, sino porque en ese sótano encontraba una versión de mí misma que fuera de allí nunca se atrevía a respirar tan hondo. Una versión mojada, sucia, obediente y feliz de ser follada con crudeza.
Antes de arrancar, separé apenas las piernas en el asiento y me llevé dos dedos al clítoris. El plug dentro del culo, lleno aún de su corrida, me dio un latigazo de placer. Me toqué despacio, recordando su voz, sus manos, su forma de decirme puta como si fuera un premio. No tardé mucho en volver a correrme, mordiéndome el labio para no gritar sola dentro del coche.
Después me limpié, respiré hondo y sonreí. La noche no había terminado. Apenas me estaba dejando el cuerpo listo para la próxima orden.
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