El castigo bdsm que le pedí sin hablar
No se lo pedí con palabras. Nunca hacía falta.
Él estaba de pie junto a la ventana, con la camisa oscura remangada y esa calma seca que siempre me desarmaba más que un grito. Yo seguía arrodillada a unos pasos, con la espalda recta, las manos sobre los muslos y la respiración medida, fingiendo una serenidad que ya no tenía. Sabía que me estaba observando, que estaba leyendo cada mínimo gesto de mi cara, cada latido desordenado en mi cuello.
Levanté los ojos despacio. No sonreí. No bajé la cabeza. Lo miré desde abajo con esa mezcla exacta de desafío y entrega que a él le gustaba romper.
—¿Eso quieres? —preguntó al fin.
No contesté. Solo alcé un poco más el mentón.
Su boca se curvó apenas, no como una sonrisa tierna, sino como la de un hombre que ya decidió qué va a hacer con lo que le pertenece. Dio un paso hacia mí. Después otro. El aire cambió con cada movimiento suyo, como si toda la habitación se estrechara hasta dejarnos sin nada más que su autoridad y mi necesidad.
La espera fue lo primero. Siempre lo era.
Se detuvo delante de mí y me obligó a sostenerle la mirada. No me tocó enseguida. No me acarició, no me premió, no me dio alivio. Solo me dejó ahí, arrodillada, sintiendo cómo el cuerpo se me tensaba solo, cómo mis muslos apretaban uno contra otro, cómo mi coño empezaba a humedecerse antes del primer golpe.
—Mírame bien —dijo en voz baja—. Si lo hago, lo aguantas.
Tragué saliva y asentí.
—Quiero oírlo.
—Sí.
—Sí, qué.
—Sí, amo.
Entonces me abofeteó.
No fue un golpe torpe ni descontrolado. Fue preciso. Seco. Suficiente para girarme la cara y dejarme la mejilla ardiendo al instante. El sonido rebotó en las paredes y mi gemido salió antes de que pudiera contenerlo. El calor subió desde la piel hasta el vientre en una ola rápida que me hizo apretar los labios y mojarme más.
Volví la cara hacia él de nuevo. Lo hice a propósito. Se lo ofrecí.
El segundo bofetón llegó desde el otro lado. Esta vez me hizo cerrar los ojos un momento. Sentí el escozor vivo, el latido en la piel, el lagrimeo automático, y aun así se me escapó un jadeo que era más placer que dolor. Él lo oyó. Claro que lo oyó.
—Eso pensé —murmuró.
Me agarró del pelo con la mano izquierda y me echó la cabeza hacia atrás. No tiró lo justo; tiró lo bastante para obligarme a abrir la boca y exponerle la garganta. Mi respiración cambió al instante. Siempre cambiaba cuando sus dedos se cerraban así en mi pelo, cuando dejaba de tener la ilusión de moverme por voluntad propia.
—Abre.
Obedecí.
Con la otra mano se desabrochó el pantalón sin apartar la vista de mí. El ruido de la hebilla, el roce de la tela, la lentitud con la que sacó la polla me apretaron el vientre hasta hacerme temblar. Ya estaba dura. Gruesa. Pesada. La acercó a mis labios y me la frotó por la boca, embarrándome de saliva, dejándome sentir el calor y el peso antes de metérmela.
—Nada de hacerte la delicada esta noche.
Me empujó la punta entre los labios y fui a recibirla, pero el tirón de pelo me impidió marcar el ritmo. Él decidió por mí. Me sujetó quieta y empezó a follarme la boca con embestidas cortas al principio, lentas, obligándome a saborearla entera. La lengua me rozó el paladar al intentar acomodarme y un hilo de saliva me cayó por la barbilla.
—Más abierta.
Lo intenté y me metió más. Sentí la polla deslizándose sobre la lengua, golpeando el fondo de mi boca, hasta tocarme la garganta. Mis ojos se llenaron de lágrimas enseguida. Hice una arcada. Él no se apartó.
Al contrario, apretó más mi cabeza contra su pelvis.
Me la hundió hasta el fondo y me dejó ahí unos segundos largos, con la nariz pegada a su pubis, el cuello forzado y la garganta contrayéndose alrededor de él. Las arcadas me sacudieron el cuerpo. Las lágrimas se me desbordaron. La mezcla de ahogo, dolor y excitación me hizo gemir con la boca llena, un sonido roto que vibró alrededor de su polla.
—Así —dijo, áspero—. Quiero verte tragarla sin apartarte.
Volvió a sacarla solo para meterla de nuevo más fuerte. Y otra vez. Cada embestida me empujaba saliva fuera de la boca. El maquillaje se me corría con las lágrimas. No podía hablar, apenas respirar por la nariz entre tirón y tirón, pero seguía ahí, dejándome usar, sintiendo cómo cada arcada me empapaba más entre las piernas.
Cuando me soltó, el aire me entró de golpe y tosí. La saliva me colgaba de los labios hasta el pecho. Ni siquiera me dio tiempo a limpiarme.
Me escupió en la cara.
La saliva me cayó sobre la mejilla caliente, mezclándose con las lágrimas. Abrí los ojos y lo miré, humillada y encendida al mismo tiempo. Él me dio otro bofetón, justo donde me había escupido, extendiéndome la humedad por la piel.
—La boca abierta.
La abrí.
—Saca la lengua.
La saqué. Me quedé así, quieta, mientras él me observaba como si evaluara una posesión. La saliva empezó a gotear por mi lengua hasta caer en mi escote y deslizarse por el pecho. Sentí la vergüenza ardiéndome tanto como la excitación. No aparté la vista.
Él se inclinó y me pasó la lengua por la mía, una caricia obscena, breve, casi cruel. Después volvió a escupirme directo en la boca. Tragué por reflejo y lo oí soltar una exhalación satisfecha.
—Buena puta.
Esas dos palabras me hicieron apretar los muslos con desesperación.
Su mano se cerró alrededor de mi cuello. No con ternura, no como una caricia. Como una advertencia. Me apretó lo suficiente para hacerme sentir el pulso latiéndole contra la palma y me obligó a incorporarme solo para empujarme enseguida hacia abajo. Mis manos tocaron el suelo. Él me guio hasta dejarme inclinada, la cara casi pegada a la alfombra.
Luego apoyó el pie a un lado de mi cabeza y me presionó la mejilla contra el piso.
El gesto me arrancó un gemido avergonzado. La postura era degradante, incómoda, humillante. Exactamente por eso me calentó tanto. Me dejó atrapada así un momento, sintiendo el peso de su control y mi propia respiración aplastada contra el suelo.
—Mírate —dijo—. Toda mojada y todavía sin que te haya follado.
Solté un jadeo. Tenía razón. Lo notaba corriéndome entre los labios, pegándome la ropa interior al coño.
Quitó el pie y me agarró de la nuca para levantarme apenas.
—En cuatro.
Me puse como ordenó. Las rodillas abiertas, las palmas en el suelo, la espalda arqueada. Lo escuché desabrocharse el cinturón y ese sonido me atravesó como una descarga. Miré de reojo, pero él me dio una palmada en la nuca.
—Quieta.
El cuero se deslizó por las presillas con un siseo lento. Yo ya estaba temblando. Sabía lo que venía, y justo esa certeza era parte del castigo. La espera, la anticipación, el cuerpo suplicando el golpe y al mismo tiempo temiéndolo.
El primer latigazo me cortó el aire.
El cinturón me azotó las nalgas con un chasquido seco y el dolor me prendió fuego la piel. Grité contra el suelo. El escozor fue inmediato, concentrado y brutal, una línea ardiente que tardó un segundo en expandirse por toda la carne. Mi coño se contrajo con violencia.
El segundo golpe cayó un poco más abajo. Esta vez me sacudió las caderas. El tercero cruzó el mismo sitio del primero y me hizo soltar un grito más alto. Quise aguantar mejor, quise quedarme perfectamente inmóvil para complacerlo, pero el cuerpo me traicionaba a cada azote.
—Cuenta.
—Uno —jadeé tarde, todavía procesando el dolor.
El cinturón volvió a silbar en el aire.
—Dos.
Otro golpe.
—Tres.
No me daba respiro. Azotaba y esperaba solo lo suficiente para oírme contar entre jadeos. Al quinto, ya tenía las piernas flojas. Al sexto, lloraba de verdad. No lloraba para detenerlo. Lloraba porque me dolía y porque me excitaba tanto que me avergonzaba. Él lo sabía. Siempre lo sabía.
Cuando llegó al octavo, tuve que morderme el labio para no suplicar que siguiera y parara al mismo tiempo.
Entonces dejó el cinturón a un lado.
Su palma cayó sobre la zona castigada con una falsa suavidad, frotando justo donde más ardía. El roce me resultó casi peor que los golpes. Toda la piel me palpitaba, sensible, viva, caliente. Me acarició despacio las nalgas marcadas y yo me estremecí entera.
—Pobrecita —dijo con una compasión tan fingida que me hizo gemir.
La misma mano descendió entre mis piernas. Me abrió los labios de golpe y me encontró empapada. Soltó una risa baja.
—Mira cómo estás. Te pego y chorreas.
Me abofeteó el coño con la palma abierta. El chasquido húmedo me hizo sacudirme. Luego otra vez. Y otra. Cada palmada me arrancaba un quejido diferente, una mezcla indecente de dolor y necesidad. Después me metió dos dedos sin aviso, bruscos, profundos, y los movió con violencia dentro de mí.
Arqueé la espalda hasta casi perder el equilibrio. Estaba tan sensible que esa invasión me desordenó el cuerpo entero. Me folló con los dedos rápido, metiéndolos y sacándolos con un sonido húmedo y obsceno. Con la otra mano me daba pequeñas bofetadas en el clítoris, lo justo para hacerme retorcer.
—Así te quería —murmuró—. Abierta, mojada y rogando aunque no hables.
Sacó los dedos y me los metió en la boca.
—Límpialos.
Los chupé sin apartar la vista de la alfombra al principio, pero él me agarró del mentón.
—Mírame cuando lo haces.
Le obedecí. Le sostuve la mirada mientras me tragaba mi propio sabor de sus dedos, mientras los lamía hasta la base y él observaba con ese deseo duro, casi animal, que siempre me rompía por dentro. Cuando creyó que había terminado, me hundió los dedos más atrás, hasta rozarme la garganta, obligándome a repetir la arcada.
Me sacó la mano de la boca y me dio otro bofetón. El pelo se me cayó sobre la cara. Él me lo apartó tirando del mentón con rudeza. Después me escupió otra vez.
No aparté la cara. Cerré los ojos un segundo y dejé que la saliva me escurriera hasta los labios. Los abrí apenas, jadeando.
—Date la vuelta.
Obedecí como pude, con las piernas temblándome. Quedé boca arriba sobre la alfombra, respirando rápido, las mejillas ardiendo, el coño abierto y húmedo, las nalgas marcadas por el cinturón. Él se colocó sobre mí y me agarró el cuello de nuevo, esta vez tumbándome la cabeza hacia atrás mientras se acomodaba entre mis piernas.
—Si te digo que no respires, no respiras.
Sentí la punta de su polla rozándome la entrada. Solté un gemido desesperado.
—Por favor...
—¿Por favor qué?
—Fóllame, amo.
Me apretó el cuello y me penetró de una sola embestida.
Entró hasta el fondo, duro, sin prepararme más que con mi propia excitación y los dedos de antes. El dolor de esa primera estocada me abrió la boca en un grito mudo porque el aire apenas me pasaba. Él se quedó hundido dentro de mí, llenándome entera, mientras mi coño se aferraba a su polla con espasmos involuntarios.
Luego empezó a moverse.
Las primeras embestidas fueron lentas, pesadas, arrastrándose profundo. Cada una me hacía sentir su grosor abriéndome otra vez, golpeándome por dentro, mezclando el ardor de la penetración con la falta de aire y el latido frenético del cuello bajo su mano. No podía gritar. Solo jadear contra su muñeca, con los ojos húmedos y las piernas abiertas para él.
Aflojó un poco el agarre y el aire me entró a bocanadas. Aproveché para gemir, pero me cortó el sonido con otro empujón de cadera que me hizo rebotar en el suelo. Empezó a follarme más fuerte, clavándome embestidas secas, regulares, cada vez más profundas. Mi pecho subía y bajaba descontrolado. Las tetas me temblaban con el impacto.
Se inclinó y me mordió un pezón a través de la tela, primero uno y luego el otro, tirando de la ropa hacia abajo hasta dejarme el pecho expuesto. Volvió a morderme ya sobre la piel. El dolor agudo me arrancó un chillido. Él lo calmó apenas con la lengua y enseguida volvió a hundirse en mí con otra serie de embestidas brutales.
—Dime de quién eres.
—Suya —jadeé.
Me dio una palmada en la cara.
—Bien.
Siguió follándome sin aflojar. El sonido de su pelvis golpeando contra la mía llenó el cuarto. Yo sentía todo: el escozor en las mejillas, la saliva secándose en la cara, los pezones mordidos, las nalgas ardiendo, la garganta sensible, y en medio de todo eso su polla entrando y saliendo de mi coño con una violencia que me deshacía.
Cuando estuvo seguro de que me tenía al borde, se apartó de golpe.
El vacío me hizo gemir con frustración. Él bajó la cabeza entre mis piernas sin avisar. Me abrió más con las manos y me pasó la lengua por todo el coño, lenta al principio, saboreando la humedad, antes de lamerme con presión directa sobre el clítoris. El contraste me hizo arquearme de inmediato. Tenía la boca áspera, decidida. No estaba siendo tierno; estaba usándome también ahí.
Me chupó el clítoris mientras me sujetaba las caderas para que no escapara. Después me mordió suave y luego más fuerte, justo hasta donde yo podía soportarlo sin querer cerrarle las piernas. Gemí su nombre como una queja. Él respondió metiéndome dos dedos y moviéndolos rápido, curvándolos hacia arriba mientras la lengua seguía castigándome.
—Mójate más —ordenó contra mi coño.
Como si pudiera evitarlo. Estaba chorreando. Lo sentía en sus dedos, en su barbilla, en mis muslos. El orgasmo empezó a formarse bajo, tenso, tembloroso. Intenté avisarle con el cuerpo, con los jadeos, pero él se retiró antes de que cayera.
—No todavía.
Lo odié y lo deseé más por eso.
Me giró sin delicadeza, doblándome sobre el vientre. Me llevó los brazos a la espalda y me los inmovilizó con una sola mano. La postura me dejó completamente expuesta. Con la otra se escupió en la palma y me frotó entre las nalgas antes de volver a metérmela en el coño de un solo empuje.
Grité contra la alfombra.
Desde atrás se sentía todavía más hondo. Más invasivo. Más suyo. Empezó despacio apenas un par de veces, solo para hacerme sentir cómo me abría, y enseguida aceleró hasta coger un ritmo brutal. Cada embestida me lanzaba hacia delante. Mis pechos rozaban el suelo. Los brazos atrapados a la espalda me dejaban indefensa, reducida a recibirlo y aguantar.
—Qué bien te follas cuando te rompo un poco —dijo, y me azotó una nalga con la palma.
La piel castigada ardió de nuevo. Luego la otra. Después me soltó los brazos solo para agarrarme de la cintura con las dos manos y embestirme todavía más fuerte, hasta el punto de que los sonidos que me sacaba ya no parecían míos, sino de un animal acorralado entre dolor y placer.
Yo no podía pensar. Solo sentir. Su polla entrando hasta el fondo. El choque de sus caderas. Las palmadas cayendo entre serie y serie. Su respiración volviéndose más ronca. Mi coño apretándolo cada vez más mientras el orgasmo, negado y acumulado, regresaba con una fuerza casi insoportable.
—No te corras hasta que te lo diga.
Asentí como pude, aunque ya estaba al límite. Él lo notó porque me agarró del pelo otra vez, tiró de mi cabeza hacia atrás y me obligó a arquearme más, dejándome la garganta expuesta mientras seguía taladrándome desde atrás.
—Aguanta.
Metió dos dedos por delante y me frotó el clítoris rápido, duro, sin compasión. Grité. Las piernas me flaquearon. El orgasmo subió como una descarga violenta, pero intenté detenerlo solo porque él lo había ordenado. Me sacudía entera, suplicando entre dientes, húmeda hasta empaparlo todo.
Él mantuvo el ritmo, profundo, exacto, sabiendo muy bien qué punto tocar y cuánto tensarme antes de romperme.
—Ahora sí. Córrete.
Se me fue el cuerpo entero.
Me corrí con un espasmo brutal, apretándole la polla con contracciones desordenadas mientras gritaba sin control. Me temblaron las piernas, el vientre, hasta los dedos de las manos. Él no paró. Siguió follándome a través del orgasmo, explotando la sensibilidad hasta convertirla casi en dolor, y justamente por eso volví a gemir más alto, incapaz de separarme ni de cerrar las piernas.
Después de unas cuantas embestidas más, su ritmo se deshizo. Me clavó una última serie, corta y salvaje, y soltó un gemido grave contra mi nuca. Sentí cómo se corría dentro de mí, caliente, a pulsos espesos que me llenaron mientras seguía hundido hasta el fondo.
Se quedó así unos segundos, respirando fuerte, todavía sujetándome del pelo.
Luego salió despacio.
El vacío me hizo temblar otra vez. Noté cómo parte de su corrida se me escurría por el interior del muslo. Él me soltó sin ceremonia. Se enderezó, se acomodó la ropa y volvió a ponerse el cinturón con la misma tranquilidad con la que lo había quitado. Yo seguía en el suelo, marcada, abierta, agotada y absurdamente satisfecha.
Me giré apenas para mirarlo. Tenía la cara hecha un desastre, el pecho subiendo con jadeos cortos, las mejillas rojas y el coño latiéndome todavía alrededor del vacío que había dejado. Pasé dos dedos entre mis piernas, recogí el semen que se me escapaba y me lo llevé a la boca sin apartar los ojos de él.
Su expresión cambió apenas, esa mezcla de aprobación y hambre que tanto me gustaba ver después de obedecer bien.
Se agachó, me agarró la mandíbula y me abrió la boca con los dedos aún dentro.
—Traga.
Tragué.
Entonces me mordió el labio con fuerza, no como un beso dulce sino como una marca final, una firma. Se apartó despacio, me soltó y me dejó respirando en el suelo, todavía sintiendo su sabor y el temblor del castigo en todo el cuerpo.
Antes de irse a la puerta, se volvió una última vez.
—La próxima, pedirás más rápido.
Lo miré desde abajo, con la mejilla aún ardiendo y el cuerpo rendido, y supe que tenía razón. Porque incluso entonces, rota, húmeda y con el dolor latiendo bajo la piel, lo único que quería era volver a levantar el mentón para que empezara de nuevo.
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