Detrás de cámara mi ama no fingía los golpes
Vera llevaba cinco años en la industria y se había labrado un nombre como una de las dominatrix más buscadas del catálogo. No por escándalo, sino por método: nunca improvisaba un golpe que no hubiera medido antes, nunca soltaba una humillación que no estuviera escrita en la cara de quien la recibía. Esa mañana le tocaba rodar con Aldo, un hombre de mediana edad, fornido y de cabeza rapada, que pagaba sus cuentas dejándose maltratar frente a una cámara.
La especialidad de Aldo era una sola y la conocía bien todo el que comprara esos vídeos: ofrecer su entrepierna como blanco. Su miembro era pequeño, casi una excusa, y de eso vivía. Aceptaba la burla como otros aceptan un cumplido. Lo único que jamás mostraba era su rostro; para eso existía la máscara de cuero negro que se calzaba justo antes de cada toma, como quien se pone el uniforme de un trabajo.
—¿Lista, Vera? —preguntó Renata desde detrás de la cámara, sin levantar la vista del visor.
—Lista —respondió ella, y giró hacia el sumiso—. ¿Y tú, Aldo? ¿Entramos?
Él asintió en silencio. Se ajustó la máscara con dos dedos, comprobó que las correas no le apretaran de más, y en ese instante dejó de ser un hombre que esa misma madrugada había revisado el correo. Pasó a ser otra cosa.
***
El estudio había comprado un terreno apartado precisamente para rodar al aire libre sin testigos. Una franja de costa, un sendero de tierra, un parque sin nadie. Esa libertad era oro: podían pasear a su talento por la calle como a un animal y nadie iba a interrumpir la grabación. Esa mañana eligieron el camino de tierra que bordeaba unos pinos.
Aldo entró en cuadro desnudo, con un collar ancho ceñido al cuello y una jaula de castidad encajada en la entrepierna. Vera sostenía la correa con una mano y con la otra se apartaba el pelo. Llevaba un vestido corto y traslúcido, elegido para que la cámara lo registrara sin que él fuera nunca el centro de la imagen. El centro era ella.
—Ama, quiero volver a casa —recitó él, arrastrando las rodillas por la tierra.
—Silencio, perro —cortó Vera, y dio un tirón seco a la correa que le hizo torcer el cuello.
Lo paseó un trecho largo. Lo ató unos minutos a un poste y se alejó como si lo hubiera olvidado, dejando que la cámara recogiera la imagen del hombre encadenado a la intemperie. Después lo soltó y siguieron caminando. Renata calculaba en silencio cuántos minutos de metraje útil iban acumulando; estos planos de relleno eran los que daban duración al vídeo final.
Cuando llevaban cerca de diez minutos, Vera lo condujo hasta un banco de madera y se sentó. Aldo se arrodilló frente a ella, de espaldas, ofreciendo la parte de atrás.
—Más —pidió él entre dientes, fiel al guion—. Más fuerte, ama.
Ella obedeció a su propio personaje. Cada azote cayó sobre la piel con un chasquido limpio, y él gruñía, mitad actuación, mitad verdad. Vera conocía la diferencia entre los dos sonidos y sabía cuándo uno se convertía en el otro. En medio de la tanda, sin previo aviso, llevó el pie hasta el punto exacto y golpeó. Aldo se dobló sobre sí mismo, el aire se le escapó de golpe.
—Deberías agradecerlo, perro —dijo ella, apoyando la planta del pie sobre su espalda, manteniéndolo contra el suelo.
—Gracias… gracias, ama —jadeó él—. Me encanta recibir sus patadas.
Las humillaciones y los golpes continuaron a lo largo del sendero. A Vera le gustaban especialmente esas calles vacías, esa sensación de poder absoluto sin nadie alrededor. Cuando consideró que el plano estaba completo, miró a Renata y le hizo la seña convenida. La cámara dejó de grabar.
***
El descanso era parte del oficio. Aldo se sentó en el banco, recuperó el aliento y Renata le acercó una botella de agua. Por un momento los tres dejaron de ser dominatrix, sumiso y operadora, y volvieron a ser tres personas que compartían una jornada de trabajo bajo el sol.
—Se me ha puesto dura —comentó Aldo con naturalidad, mostrando lo que la jaula ya no contenía.
—¿A eso le llamas dura? —se rió Vera, y Renata la acompañó.
Él asintió sin ofenderse. Tenían razón, y formaba parte del personaje y de la persona a la vez. Vera le pasó una bolsa de hielo.
—Bájala, que tenemos que volver a colocarte la jaula —dijo—. El frío hace milagros.
El hielo cumplió su tarea. En unos minutos la erección cedió lo suficiente para encajar de nuevo el dispositivo. Era pura logística, el tipo de detalle que el público jamás vería y que, sin embargo, sostenía toda la ilusión.
***
Retomaron la grabación en otro punto del sendero. Esta vez Aldo se colocó a cuatro patas y Vera se ubicó detrás. La cámara buscó primero el rostro enmascarado de él y luego bajó para encuadrar el movimiento. Ella trabajaba con precisión de relojera: ni más ni menos de lo necesario para que la escena resultara creíble sin pasar al accidente.
—Aguanta la posición —le indicó por lo bajo, fuera de personaje.
—Aguanto —respondió él, también en voz baja.
Estuvieron así un buen rato, alternando golpes medidos con pausas que Renata aprovechaba para cambiar de ángulo. Después llegó el descanso siguiente. Lo que volvía a Aldo tan rentable no era su anatomía, sino su capacidad para sostener la humillación sin romperse, para entregar exactamente la reacción que el guion pedía en el segundo justo.
—Eres el mejor en esto y lo sabes —le dijo Vera mientras bebía agua—. La mitad de los que vienen no aguantan ni la primera toma.
—Llevo tiempo —se limitó a contestar él, con un encogimiento de hombros.
***
La última secuencia del día era la más teatral. Habían montado un set que imitaba la consulta de un veterinario: una camilla metálica, focos fríos, instrumental de atrezo. Una tercera mujer, Sabrina, entró en cuadro vestida con bata blanca y un cubrebocas que le ocultaba media cara, idéntica precaución a la de él con la máscara. Renata sostenía la cámara. Vera dirigía.
Aldo, tumbado en la camilla, fingía debatirse contra las correas. Su papel era el de quien intenta escapar de algo inevitable.
—Lo siento —dijo Vera, acercándose con calma estudiada—, pero te has portado demasiado mal. Vamos a hacer contigo lo que se hace con los perros que no se controlan.
—No le dolerá —añadió Sabrina, sin convicción, porque el guion exigía justo lo contrario.
—No —corrigió Vera, y la voz le bajó un tono—. Quiero que lo sienta.
Tomó del instrumental una herramienta de atrezo, diseñada para dar el pego frente a la lente sin lastimar de verdad. La acercó a la entrepierna del sumiso, se inclinó y le dejó un beso breve sobre la máscara.
—Me servirás mejor así —susurró, lo bastante alto para el micrófono—. Serás un perro perfecto.
La cámara recogió primero a las dos mujeres y la herramienta en posición, después subió hasta el rostro de cuero negro de Aldo. Vera marcó el tiempo.
—Una… dos… y… ¡tres!
En ese instante Renata reprodujo desde el teléfono un efecto de sonido seco, un crujido grabado. Aldo soltó un alarido y empezó a retorcerse con una convulsión perfectamente actuada, mientras la lente se cerraba sobre la cara satisfecha de Vera, herramienta en alto. Diez segundos de agonía teatral, ni uno más. Después, corte.
***
Aldo se incorporó despacio y se quitó la máscara. Tenía la cara empapada y el pelo pegado a la frente.
—Buena toma —le dijo Vera, alcanzándole el agua—. Esa convulsión ha quedado de manual.
—Casi me lo creo yo —bromeó él.
Se sentaron los tres alrededor de la pantalla de edición provisional y revisaron el material en bruto, comentando las escenas entre risas. Ahí, viéndose desde fuera, era imposible no notar la distancia entre el dolor que el vídeo prometía y el oficio meticuloso que lo había producido.
—Esa patada del banco sí que la noté —reconoció Aldo, llevándose la mano a la entrepierna.
—Esa me pasé un poco —admitió Vera, sin sonar demasiado arrepentida—. Bueno, en realidad no.
—Eres de lo que no hay —se rió él.
—¿Repetimos pronto? —preguntó ella—. Con este vídeo vamos a recuperar la inversión de la semana.
—Repetimos —dijo Aldo—, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Quiero rodar en la costa. Y quiero que estén las dos actrices con las que trabajé el invierno pasado.
Vera dio un trago y asintió. No había problema; al contrario, esos nombres vendían solos.
Renata llenó tres vasos y los repartió.
—Por el siguiente —dijo, alzando el suyo.
—Por el siguiente —respondieron Vera y Aldo a la vez, y brindaron entre carcajadas, ya pensando en los números que aquel rodaje iba a dejar.
***
Esa noche, en la ducha, Aldo dejó que el agua caliente le aflojara los músculos cargados. Se tocó sin urgencia, comprobando que todo respondía con normalidad; había temporadas en que una sesión intensa lo dejaba dolorido durante días, incapaz de reaccionar. Pero esa vez su cuerpo respondía bien, y mientras pensaba en el próximo rodaje en la costa, en las dos actrices, en todo lo que su personaje tendría que soportar frente a la cámara, algo en su cabeza se encendió por completo. Terminó con una intensidad que hacía tiempo no sentía.
A partir del día siguiente decidió esperar. Nada de tocarse hasta la fecha del nuevo rodaje. Quería llegar cargado, tenso, con el cuerpo a punto, para que la actuación fuera perfecta y la entrega, total. Su vida de sumiso profesional le pagaba las cuentas y, de paso, le daba un placer que pocos entenderían: el de transformar el dolor en oficio y el oficio en deseo, una toma tras otra, siempre con la máscara puesta.