El rodeo a ciegas que humilló a Damián en la playa
La chica del bikini negro se movía frente a la cámara como si la arena entera le perteneciera. Era la presentadora de un canal de contenido para adultos bastante conocido, y aquella mañana de agosto buscaba carne fresca entre los turistas que paseaban por la orilla. Cuando vio acercarse a la pareja, sonrió con la confianza de quien ya sabe cómo termina la conversación.
—Ahí vienen dos candidatos —dijo a la cámara, y se lanzó hacia ellos.
—Hola, chicos. ¿Les interesaría participar en un juego? Hay un buen premio si ganan.
El hombre frenó en seco. Tendría poco menos de treinta años, delgado, con esa expresión de quien prefiere no llamar la atención.
—No, gracias —contestó.
—¿Seguros? La recompensa es muy buena.
—¿De qué trata? —preguntó ella.
Era unos años más joven que él, de cuerpo firme y una curiosidad que ya brillaba en los ojos. La presentadora supo de inmediato a quién tenía que convencer.
—Primero, ¿cómo se llaman?
—Damián.
—Lorena —respondieron casi a la vez.
—¿Y son pareja, novios…?
—Casados —dijeron al unísono.
—Perfecto. Les explico. El juego consiste en lo siguiente: Damián se acostará en la arena, atado de pies y manos, con la boca cubierta, junto a otros cuatro chicos. Lorena, tú irás con los ojos vendados. Tu misión es ir probando a cada uno hasta encontrar a tu marido. Cuando estés segura de que lo encontraste, debes hacer que se corra.
—Uf, eso es demasiado —dijo Damián—. Soy de mente abierta, Lorena, pero esto es pasarse.
—Ay, vamos, suena divertido. Además estamos de vacaciones.
—No lo sé.
—Por favor, yo nunca te pido nada.
—El premio son mil doscientos dólares —insistió la presentadora—. Anímate, Damián, tu esposa se muere por jugar.
La pareja discutió un rato a un lado, en voz baja, mientras la presentadora seguía empujando con frases medidas. Subió la oferta trescientos dólares más. Al final, entre el dinero y la mirada suplicante de Lorena, Damián cedió con un suspiro.
—Aceptaron, genial —celebró ella—. Entonces les termino de explicar las reglas, porque hay una parte que les va a encantar. Cada vez que Lorena se siente sobre uno y decida pasar al siguiente, le colocaré este aro en el pene que acaba de dejar. El aro da una descarga eléctrica que controlo yo. Cuando por fin elija a un hombre para terminar el juego, el anterior recibirá descargas hasta que ese se corra.
Esas palabras pusieron tenso a Damián, que desde el principio había dudado. Le dijo algo al oído a su mujer, parecía un último intento de hacerla recular. Lorena le devolvió una mirada de fastidio y se acercó a la zona marcada. El juego empezaba.
***
La presentadora ayudó a Damián a colocarse en el sitio exacto donde debía tumbarse. Le ató las muñecas y, antes de sujetarle los tobillos, le bajó el bañador. Al hacerlo dejó escapar una risita, miró a la cámara y separó apenas el índice del pulgar, dando a entender el tamaño. A Damián le ardió la cara, pero ya estaba demasiado lejos para echarse atrás. Le ataron los pies y quedó tendido sobre la arena caliente.
Cada minuto se sumaba más gente. Lo que empezó como un puñado de curiosos terminó siendo una pequeña multitud. Damián se moría de vergüenza, desnudo frente a decenas de mujeres que le silbaban y bromeaban sobre su tamaño. No era diminuto, pero tampoco grande; estaba algo por debajo del promedio, y las burlas no le daban tregua.
Llegaron tres chicos más y se quitaron el bañador. Todos lo superaban con holgura, y eso enloqueció al público. Uno de ellos, un moreno alto de hombros anchos, tenía un miembro que arrancó exclamaciones de la primera fila.
—¡Por fin llegan los buenos! —gritó una chica, y la multitud estalló en risas.
Damián sintió que se hundía un poco más en la arena. El moreno se tumbó a su derecha, otro a continuación, y el último quedó a su izquierda.
Entonces trajeron a Lorena. La escena lo dejó helado. Dos chicos desnudos la acompañaban, y ella avanzaba con los ojos vendados sujetando el pene erecto de cada uno, como si los usara de bastón para no perder el equilibrio. Apenas una toalla pequeña le cubría los pechos y la entrepierna.
—¿Ya está mi marido ahí? —preguntó a uno de ellos.
—Sí, ya está listo.
—Está vendado también, ¿verdad?
La pregunta confundió al chico. Parecía que Lorena no había entendido que solo ella iría con los ojos cubiertos.
—Eh… sí, claro —mintió él, divertido.
Cuando se detuvieron, Lorena acarició un instante los dos miembros a modo de despedida, como si nada. Damián apretó los dientes detrás de la mordaza. Atado y mudo, no podía hacer otra cosa que esperar a que aquello terminara.
No es casualidad que me hayan puesto casi al final, pensó. Quieren que se monte en todos antes de llegar a mí.
Le quitaron la toalla a Lorena y la dejaron desnuda. No mostró el menor pudor, ni siquiera al oír el rugido del público. Los dos chicos que la habían traído se tumbaron también, hasta completar los cinco hombres acostados. A todos, salvo a quien ya la tenía, les ciñeron una correa y les cubrieron la boca.
—Muy bien, Lorena, espero que estés lista —dijo la presentadora—. Repasemos. Están todos boca arriba, no pueden hablar. Tu objetivo es cabalgar a cada uno hasta encontrar a tu marido. Usa las manos lo mínimo, nada de palpar el cuerpo: eso le quita gracia. Una asistente te ayudará con el equilibrio. Si estás segura de que no es él, solo dilo y pasamos al siguiente. ¿Entendido?
—Creo que sí…
—Perfecto. ¡Que empiece el rodeo!
***
Le colocaron un sombrero vaquero a Lorena y apareció la asistente, una rubia con un bikini celeste. La condujo de la mano hasta el primer hombre. Lorena tanteó con el pie el costado del muslo, pasó la pierna por encima y quedó a horcajadas. Por instinto fue a masturbarlo un poco, pero recordó la regla y se contuvo. La asistente tomó el miembro del chico, lo frotó hasta que estuvo firme y guio a Lorena para que se inclinara hacia delante. Cuando la punta tocó su sexo, ella empujó hasta sentirlo entero. Soltó un suspiro largo.
Aunque los demás cuerpos le tapaban parte de la vista, Damián alcanzaba a ver cómo su mujer era penetrada por aquel desconocido joven y atlético. La vio empezar a moverse, primero despacio, después con un ritmo que conocía demasiado bien.
—Y bien, Lorena, ¿es tu marido o no? —la voz de la presentadora la sacó del trance.
—Creo que no…
—¿Segura?
—Sí, este es más grande.
La multitud estalló en carcajadas. Lorena había soltado el golpe sin siquiera proponérselo, y a Damián le hirvió la sangre.
—¡Pasemos al siguiente!
La asistente ayudó a Lorena a montar al segundo, de un tamaño parecido al de su marido. Empezó a brincar sobre él con ganas. Mientras tanto, la presentadora le colocó el aro al primero, conectado a un pequeño aparato. Le dedicó una sonrisa pícara y encendió el dispositivo al mínimo. El chico dio un respingo. Ella soltó el botón, lo miró a los ojos y volvió a pulsarlo, divertida con cada sacudida.
—¿Qué tal ese, Lorena? ¿Es tu marido? —tenía que preguntarle, porque ella no parecía dispuesta a parar sola.
—Este tampoco —dijo entre jadeos.
—¡Siguiente!
El primero suspiró aliviado cuando le retiraron el aro, pero el alivio duró poco: la presentadora lo trasladó al segundo, esta vez ajustándolo justo en la punta. Se notaba que disfrutaba experimentando con sus víctimas.
Lorena lo estaba pasando como nunca. Era consciente de que difícilmente se repetiría una ocasión así, y quería exprimir cada momento, cada hombre, cada centímetro. A medida que probaba uno nuevo, el objetivo del juego le importaba menos. La presentadora, por su parte, subía la intensidad y observaba fascinada cómo el miembro castigado se sacudía solo con cada descarga, como si tuviera vida propia.
Damián miraba horrorizado. Los celos le carcomían el pecho al ver a aquellos tipos gozar del cuerpo de su esposa, y cuanto más lo pensaba, más rabia le daba que lo hubieran colocado en cuarto lugar, obligándola a pasar por todos antes de llegar a él.
—Recuerda, Lorena, si crees que no es tu marido, solo dilo —apuntó la presentadora—. No hace falta que esperes a que pregunte.
—Uh… ¿qué? Ah, sí, claro… —gimió ella sin dejar de cabalgar al tercero.
Fue entonces cuando Damián notó algo terrible: con tanto hombre montando a su mujer delante de él, había perdido por completo la erección. Su miembro yacía encogido, y el público se reía de su estado. Saber que sería el siguiente solo lo ponía más difícil. Intentó pensar en algo excitante, en aquella lencería que tanto le gustaba verle puesta, pero era imposible concentrarse con el sonido del trasero de Lorena rebotando a su lado.
—¿Es tu marido? —insistió la presentadora.
—Uh, no… no es —contestó Lorena.
—¡Bien, continuemos!
La asistente reparó en que Damián seguía flácido y apresuró a Lorena a sentarse sobre él, quizá buscando una situación tan incómoda como graciosa. Con su esposa encima, la rubia le tomó el miembro, pero no había nada que hacer: no se sostenía. Lo acercó al sexo de Lorena para que al menos lo sintiera, sin éxito.
—Vaya, este sí que es pequeñito —comentó Lorena.
La multitud rugió de risa, la presentadora se carcajeó y hasta la asistente tuvo que girar la cara para esconder la sonrisa. Damián sintió que la tierra debía tragárselo de una vez.
Pasados unos segundos eternos, la asistente se apiadó y empezó a masturbarlo para ayudarlo. El miembro de Damián reaccionó a medias; no llegó a una erección completa, pero alcanzó para frotarlo contra el clítoris de Lorena, que pareció disfrutarlo más de la cuenta.
Entonces a Damián se le ocurrió una última jugada. Empezó a hacer círculos lentos con la pelvis, ese movimiento concreto que volvía loca a su mujer en la cama. Con esto va a saber que soy yo, se dijo, aferrado a la idea de que lo reconocería y pondría fin a la locura.
—¿Este es tu marido?
Lorena no contestó. Por un instante pareció dudar.
—¿Y bien? ¿Es él o pasamos al siguiente? —presionó la presentadora.
—Creo que… no.
Aquellas palabras lo dejaron helado. Estaba convencido de que, con ese movimiento, ella sabría que era él.
—De acuerdo, vamos con el último.
***
La asistente llevó a Lorena hasta el moreno alto. El público enloqueció. Aun sin estar del todo erecto, su tamaño imponía. La rubia no perdió tiempo: se lo llevó a la boca y le dedicó una felación rápida que lo puso firme en un instante. Lorena empezó a introducirlo con cuidado, consciente de inmediato de que aquello era grande, y se tomó su tiempo para no lastimarse. Le costó, pero cuando por fin lo tuvo dentro empezó a moverse cada vez más deprisa, ofreciendo un espectáculo que arrancó aplausos.
Mientras tanto, la presentadora le ceñía el aro a Damián. Tuvo que levantarle el miembro con dos dedos para poder colocarlo. Buscó su mirada agitando el mando, y cuando tuvo su atención giró la perilla hasta el tope, al máximo, para que él lo viera. Damián había presenciado la reacción de los otros; ver el aparato en su nivel más alto lo dejó sin aire.
La presentadora acercó el dedo al botón muy despacio. Damián la miraba rogando en silencio que no lo hiciera, y esa súplica muda solo la endulzaba. Cuando por fin pulsó, todo el cuerpo de Damián se arqueó, tenso, y por un segundo dejó de oír al moreno cogiéndose a su mujer. La descarga le recorrió hasta los dientes apretados.
Cuando cesó, los gemidos de Lorena volvieron, más fuertes que antes.
Pasaron unos minutos que se le hicieron eternos. Tardaban el doble en preguntarle a Lorena si había reconocido a su marido. Damián deseaba que todo acabara, hasta que oyó por fin a la asistente formular la pregunta.
—¿Y bien, Lorena? ¿Este es tu marido? —Damián sintió un alivio anticipado. Era imposible que se confundiera; el tamaño era tan distinto que no había manera de equivocarse. Quizá no ganaran, pero al menos terminaría esa tortura.
—Uh, sí… ¡este es!
No podía creerlo. Se sintió traicionado, y el único contacto que recibía eran las descargas dolorosas que le administraba la presentadora. Sus quejidos quedaban ahogados por los gemidos de Lorena, que gozaba sin la menor inhibición. Oír cómo se la cogían a un palmo de él era más de lo que podía soportar, pero no quedaba otra que aguantar. Cada descarga parecía complacer enormemente a la presentadora, que sonreía con malicia; cada vez que Damián giraba la cabeza para mirar a su esposa, ella esperaba un momento y soltaba otra al máximo, solo por verlo retorcerse.
Tras varios minutos, Lorena alcanzó el orgasmo, quizá el más intenso de su vida. Fue tan fuerte que bajó las manos hasta la arena y rozó el cuerpo del moreno. Aun así no se detuvo; siguió hasta hacerlo terminar. Cuando la asistente notó que el chico empezaba a derramarse, le preguntó si había acabado, y él asintió tranquilo. Les dieron unos segundos para recuperarse antes de levantar a Lorena y quitarle la venda.
—Alégrate, Damián, ya terminó la tortura —dijo la presentadora al ver sus ojos furiosos. Le soltó un manotazo de despedida entre las piernas antes de retirarle el aro, y él dio un último respingo de dolor.
—Ay, creo que fallé. Pensé que eras tú, Damián —dijo Lorena con un tono tan falso que rechinaba. Él no abrió la boca. Estaba furioso.
—Nos han dado un buen show, chicos. Aunque hayan perdido, se merecen al menos la mitad del premio —anunció la presentadora, y le entregó setecientos dólares a Lorena.
—Mira, amor, quita esa cara —dijo ella, abrazándolo—. ¡Igual ganamos algo!
Damián pareció ceder un poco, más por agotamiento que por perdón.
—Muchas gracias por participar —los despidió la presentadora.
—Vámonos, ya sé en qué quiero gastar estos billetes —dijo Lorena, y lo tomó de la mano para alejarse de allí, dejando atrás la arena, las risas y un secreto que Damián tardaría mucho en perdonar.