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Relatos Ardientes

El trato del amo la noche antes del viaje

Ilustración del relato erótico: El trato del amo la noche antes del viaje

Ámbar terminó de cerrar la maleta sin estar del todo convencida del plan. Las otras dos eran partidarias de hacerlo así, y ella no quería parecer un Ama autoritaria que imponía cada paso. Además, no tenía un plan mejor. Hacía un mes que habían bajado la persiana del local por última vez, y el viaje era lo único que quedaba por delante.

El negocio había sido suyo y de Renata y Daniela durante tres años. Lo vendieron en febrero, repartieron lo poco que sobró después de saldar deudas y decidieron despedirse de aquella etapa cruzando el continente juntas, antes de que cada una tomara su camino. Era una despedida y, como toda despedida que valía la pena, exigía un último ritual.

El ritual tenía nombre y apellido: Maximiliano.

Lo habían conocido por Renata, que lo trataba desde hacía años y se refería a él, con una sonrisa torcida, como «el primito». No eran familia. Era la forma que ella tenía de marcar que lo conocía demasiado bien como para temerle. Maximiliano regentaba un estudio de tatuajes en el puerto, un hombre de poco más de cincuenta años, moreno por el sol, con un bigote poblado y la costumbre de hablar como si nadie pudiera contradecirlo.

Las tres llegaron al estudio al caer la tarde. La única empleada, una tatuadora cubierta de piercings, levantó la vista de su revista, las midió de un vistazo y volvió a su lectura. Maximiliano las esperaba en el cuarto trasero, con la puerta entornada y dos copas servidas que nadie pensaba beber.

—Desde esta noche hasta que regresen del viaje, nada de placer entre ustedes —anunció en cuanto cerró la puerta—. Ni entre las dos, ni a solas. Esa es la regla. Y para que aguanten la abstinencia sin volverse locas, esta noche se la doy yo. Empiezo por la rubia.

Daniela no se inmutó. Tenía veintitrés años, una cintura imposible y unos pechos que llamaban más la atención que sus ojos azules, lo cual ya era decir bastante. Había trabajado para Ámbar el tiempo suficiente para saber que aquello formaba parte del juego, y que el juego tenía sus tarifas.

—Primero el pago —reclamó, sin moverse de la puerta.

Maximiliano miró a Renata.

—Ella no es socia, así que quedamos en una cifra aparte —explicó Renata, cruzándose de brazos—. Págale tú y yo te lo devuelvo, o que espere a que volvamos a casa.

—Lo arreglamos después. —Daniela se encogió de hombros y empezó a desabrocharse la blusa—. Pero el trato es mío con ella, no contigo. A ti te dejo que me uses esta noche. —Dejó caer la tela y se soltó el sostén—. Puedes darme nalgadas. En el culo todas las que quieras. En los pechos nada, que no quiero llegar marcada y que el Ama se moleste.

Ámbar la observó desde el rincón, en silencio, con esa quietud que era la suya y que valía más que cualquier orden. Le bastaba estar para que todos en la sala recordaran quién marcaba el ritmo.

***

Daniela se bajó la falda. Conservaba los tacones, finos y altísimos, porque Maximiliano se lo pidió con un gesto cuando ella amagó con agacharse a quitárselos. Se tendió sobre la camilla del fondo y abrió las piernas con la naturalidad de quien ha hecho aquello mil veces.

—Toda tuya —dijo.

Él la tomó sin preámbulos, y descubrió enseguida que la chica no necesitaba ninguno. Estaba lista, húmeda, lubricada por la mezcla de tensión y costumbre. Maximiliano se inclinó y rozó con los labios la punta de uno de los tacones.

—Casi ni te noto —murmuró, más para sí mismo que para ella—. Date vuelta.

Daniela se giró sobre la camilla y le ofreció las nalgas. Conservaban la sombra azulada de unas nalgadas viejas, de tres días atrás, y la idea de añadir más le arrancó un escalofrío que no supo si era de fastidio o de ganas. Él se lo dio. Empujó desde atrás marcando el ritmo con palmadas secas sobre la piel ya magullada, y cada golpe la hizo apretarse contra él hasta que se corrió con un gemido largo, los dedos clavados en el borde de la camilla.

Maximiliano aguantó un poco más, exigiéndole que tensara el cuerpo, que apretara, que trabajara para él. Cuando terminó, se retiró sudando y se dejó caer contra la pared, los pantalones todavía a media pierna.

—Límpiame —ordenó, esperando una negativa que le diera excusa para insistir.

No hubo negativa. Daniela se arrodilló sin que se lo repitieran y cumplió, despacio, mirándolo a los ojos todo el tiempo, porque sabía que mirar de frente mientras una obedece es la forma más fina de recordarle a un hombre que la obediencia también es una decisión.

—Así —dijo él, con la voz tomada—. Exactamente así.

Cuando lo soltó, Daniela se vistió sin prisa, recogió la blusa y el sostén y se detuvo un segundo frente a Ámbar antes de salir.

—¿Permiso, Ama?

—Ve —respondió Ámbar—. Y no te toques hasta que yo lo diga.

—Sí, Ama.

La rubia atravesó la tienda, dedicó una mirada distraída a la tatuadora y salió a la calle. La regla ya pesaba sobre ella, y le gustaba sentir el peso.

***

—Quedamos solas —comentó Maximiliano, subiéndose por fin el cinturón—. ¿Estás segura, Renata?

—Segura no estoy —respondió ella, soltándose el cabello negro—. Sospecho que vas a hacérmelo doloroso a propósito. Pero quiero lo mío, y lo mío incluye esto. —Se sentó en el borde de la camilla y empezó a descalzarse las medias—. Usa lubricante conmigo. No soy ella.

—Sí, primita.

Renata era catorce años mayor que Daniela, morena, de piel oscura y ojos color avellana, con un cuerpo enjuto que apenas insinuaba curvas pero que sostenía una presencia difícil de ignorar. Calzaba unos tacones aún más altos que los de la rubia, veinte centímetros de aguja que se podía permitir porque tenía el pie grande y el equilibrio de una bailarina. Se tendió sobre la camilla y abrió las piernas con un gesto que no era entrega, sino concesión.

—Adelante.

Maximiliano se tomó su tiempo. La preparó con cuidado calculado, deteniéndose cada vez que ella se quejaba, no por delicadeza sino porque sabía que el placer de Renata vivía justo en el filo entre el dolor y la rabia. La penetró despacio, midiendo cada empuje contra los sonidos que ella soltaba entre dientes.

—Me temo que esta parte es la que más arde —se disculpó, sin detenerse.

—No te disculpes —escupió ella—. Te conozco. No lo sientes.

Él rió por lo bajo y siguió. Renata aguantó con los ojos cerrados y la mandíbula apretada, dejando que el ardor subiera y se transformara en otra cosa. Llegó un punto en que sus quejas cambiaron de tono, se hicieron más graves, más roncas, y Maximiliano lo notó como un perro nota el miedo: con todo el cuerpo. Apretó el ritmo, convencido de que la tenía.

—Ahora vas a pedírmelo —jadeó él—. Vas a pedirme que termine.

—Eso te crees tú —respondió Renata.

***

Cuando él se vació por fin, se quedó tendido boca arriba en el suelo, satisfecho, con esa guardia baja que tienen los hombres convencidos de haber ganado. Fue su error. El único que de verdad importaba.

—¡Fóllame otra vez! —pidió, todavía agitado—. ¡Por favor, una más!

—¿Con lo que me ha ardido? —Renata se incorporó despacio, un gesto de molestia cruzándole la cara al bajar de la camilla—. ¿Y todavía pides? —Apoyó un pie en el suelo, luego el otro, y se irguió sobre los veinte centímetros de tacón como quien desenvaina—. Quédate ahí. No te muevas.

Él obedeció, creyendo que era parte del premio. Renata se acercó y le plantó una aguja del tacón en pleno pecho, apoyando el peso despacio, calibrando, hasta que la punta dejó una media luna roja sobre la piel morena de él. Maximiliano gimió, y para su propia sorpresa volvió a endurecerse.

—Mírate —dijo ella, fascinada por su humillación—. Te corres con esto. Eras tú el que mandaba, ¿no? El que ponía las reglas.

—Renata… —empezó él.

—Cállate. —Le clavó el otro tacón en el muslo, marcando un segundo punto rojo—. La regla de no tocarnos hasta volver corre para ellas. Yo no acepté ninguna regla tuya esta noche. Tú aceptaste las mías y ni siquiera te diste cuenta.

Ámbar, desde su rincón, dejó escapar al fin algo parecido a una sonrisa. No había dicho una palabra en toda la noche. No le había hecho falta. Lo había orquestado todo con la sola economía de su presencia: cedió a las suyas para que él bajara la guardia, sabiendo que Renata cobraría la cuenta entera cuando llegara el momento.

—¡Hazlo otra vez! —rogó Maximiliano, retorciéndose contra el suelo—. ¡Por favor!

—¿Ves? Ahora sí me lo pides bien. —Renata retiró el tacón, se acomodó entre sus piernas abiertas y midió la distancia con la punta del zapato—. Pero yo decido cuándo. Y decido que no.

El golpe lo agarró desprevenido, seco y exacto, dado con todas las ganas acumuladas de la noche. Contra todo pronóstico, o quizá por eso mismo, Maximiliano se corrió por segunda vez, manchándose el vientre, doblado sobre sí, entre el dolor y un placer que ya no controlaba nadie más que ella.

—Ahí te quedas —dijo Renata, recogiendo su ropa sin prisa—. La próxima vez que creas que mandas, recuerda esta noche.

Se vistió frente al espejo del estudio, se retocó el cabello y se calzó de nuevo los tacones con los que acababa de firmar su victoria. Ámbar le abrió la puerta.

—Bien hecho —dijo el Ama, en voz baja, solo para ella.

—Aprendí de la mejor —respondió Renata.

Salieron juntas a la calle, donde Daniela las esperaba apoyada en el coche, masticando la regla con una paciencia nueva. Tres mujeres rumbo al puerto, a un viaje que empezaba esa misma madrugada, dejando atrás un negocio cerrado, una etapa saldada y a un hombre tendido en el suelo de su propio estudio, descubriendo demasiado tarde quién había tenido el control desde el principio.

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Comentarios (3)

marisolita

increible!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei en mucho tiempo

RubenCBA22

Que final, no me lo esperaba para nada. Tremendo relato, felicitaciones

LuzOscura_f

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

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