La tarde que su prima despertó su lado sumiso
Damián había aprendido temprano que la naturaleza no reparte sus favores con justicia. A sus veinte años, mientras sus compañeros de la universidad presumían en los vestuarios del gimnasio, él se cambiaba de espaldas y rezaba para que nadie girara la cabeza. El motivo era siempre el mismo: entre sus piernas no había gran cosa que mostrar, apenas unos centímetros que ni en sus mejores momentos lograban imponer respeto.
Esa mañana, encerrado en su cuarto con el pestillo echado, se había vuelto a medir. Apoyó la regla contra la base y observó el número con una mueca de resignación.
—Seis centímetros —murmuró, y eso teniéndola completamente dura.
Quizás algún día sean siete, pensó, sin creérselo ni por un instante.
Guardó la regla en el cajón como quien esconde una prueba incriminatoria y se metió a la ducha. El agua salió fría por culpa del calor de julio, y aunque al principio renegó, terminó por agradecer ese frescor en la nuca. Se enrolló la toalla a la cintura y salió del baño todavía húmedo, dejando un rastro de gotas por el pasillo.
No esperaba encontrarse de frente con su tía Marisol, que había llegado de visita esa misma tarde junto a su prima.
—Damián, ¿pero qué pintas son esas? —preguntó la mujer con una sonrisa divertida, mirándolo de arriba abajo.
—Acabo de salir de la ducha —respondió él, rojo hasta las orejas. Aunque fueran familia, no le hacía ninguna gracia que lo vieran medio desnudo.
Dio dos pasos hacia su habitación con toda la intención de desaparecer cuanto antes. Y entonces ocurrió la primera de las desgracias del día.
***
La punta de la toalla se enganchó en el respaldo de una silla. Damián notó el tirón demasiado tarde: la tela cedió y resbaló hasta el suelo, dejándolo completamente expuesto en mitad del pasillo. Para colmo, el agua fría había encogido su ya escasa hombría hasta dejarla reducida a un detalle casi invisible.
Su prima Carolina, que llegaba en ese instante desde la cocina, se detuvo en seco. Tardó un segundo en procesar lo que tenía delante, y al segundo siguiente estalló en una carcajada que no pudo contener. Se dobló sobre sí misma, llorando de la risa, y la tía Marisol no tardó en sumarse.
—Pero… pero si no se ve nada —logró decir Carolina entre hipidos, señalando su entrepierna con el índice tembloroso.
Damián se agachó a recoger la toalla con el corazón a mil. Lo que vino después fue todavía peor. Con los pies aún mojados, perdió el equilibrio en una pirueta digna de unos dibujos animados y se desplomó hacia delante, golpeándose de lleno con el canto de la mesa del recibidor. Justo entre las piernas.
Soltó un alarido ahogado y cayó al suelo hecho un ovillo. Lejos de detenerse, las risas de las dos mujeres se redoblaron ante la doble humillación.
Trágame, tierra, suplicó en silencio, con las manos apretadas contra el dolor.
Le costó un buen rato recuperarse. Su madre apareció con una bolsa de hielo y, aunque le preguntó si estaba bien, no pudo evitar reírse también cuando le contaron la escena. El dolor físico se le pasaría; la vergüenza, intuía, lo acompañaría mucho más tiempo.
***
Durante la comida, ya vestido y con el orgullo por los suelos, descubrió que el calvario no había terminado. Carolina no decía una sola palabra al respecto, pero cada vez que sus miradas se cruzaban, levantaba el pulgar y el índice separados apenas un par de centímetros, recordándole en silencio su tamaño. Cada gesto era una aguja directa al amor propio.
—¿Os apetece tortilla? —preguntó su madre desde los fogones.
—Sí, aunque el primo ya ha tenido bastante esta mañana —contestó Carolina, provocando una carcajada cómplice en las tres mujeres. Hasta su madre estaba al tanto de todo.
Damián clavó la vista en el plato y masticó en silencio. Lo más extraño no era el sofoco que le subía por el cuello, sino algo que no sabía nombrar: una sensación caliente y confusa que se mezclaba con la vergüenza y que, muy en el fondo, no le resultaba del todo desagradable.
La tarde transcurrió entre esa clase de bromas afiladas, hasta que cayó la noche y la casa por fin se quedó en silencio.
***
De madrugada, la sed lo despertó. Bajó a la cocina a oscuras, descalzo, arrastrando los pies para no hacer ruido. No encendió la luz, así que no vio la silueta que ya estaba allí, frente a la nevera abierta.
—¿Tú también tenías sed? —preguntó, sin pensar.
Su voz sobresaltó a Carolina, que reaccionó por puro reflejo. Levantó la rodilla en un movimiento brusco y le acertó de pleno, otra vez, en el mismo punto castigado.
Damián se desplomó contra los azulejos fríos gritando de dolor, las dos manos aferradas a su entrepierna. La luz se encendió, llegaron la tía y la madre alarmadas, y al escuchar lo ocurrido, esta vez no rieron. Algo parecido a la lástima cruzó sus caras al ver al chico que había acumulado dos golpes salvajes en un mismo día.
Regresó a la cama caminando despacio, con lágrimas asomándole a los ojos. A la mañana siguiente, su tía y su prima se marcharon temprano, no sin antes dedicarle una última pulla.
—Cuídate esas pelotas, primo —dijo Carolina desde la puerta, guiñándole un ojo con una sonrisa que él tardaría mucho en olvidar.
***
Lo peor llegó cuando se quedó solo. Quiso desahogar la tensión acumulada, encerrarse en su cuarto y olvidarlo todo de la única manera que conocía. Pero por más que lo intentó, su cuerpo no respondía. No había forma de ponerse duro.
El pánico lo invadió. Pasó un par de horas frente a la pantalla, probando con todo lo que solía funcionarle, y nada. Me lo han roto, pensó, al borde de las lágrimas. Estaba en plena crisis cuando su madre entró sin avisar y lo encontró en aquel estado lamentable.
—¡No se me pone tiesa! —gritó, asustado y llorando, sin medir lo absurdo de la confesión.
Su madre dejó todo lo que tenía entre manos y, sin darle margen a protestar, lo llevó al hospital. Una vieja amiga suya, médica, accedió a examinarlo como un favor personal.
***
Estar desnudo delante de la doctora Renata ya era bastante incómodo. Pero lo que terminó de hundirlo fue la presencia de su ayudante, una joven que apenas le sacaba un par de años, con una bata que disimulaba mal una figura espectacular y un escote generoso. La chica escondía la sonrisa detrás de una carpeta, aunque a Damián no se le escapó el brillo divertido de sus ojos al ver lo poco que había que examinar.
—No parece que haya nada roto, solo una buena inflamación —dictaminó Renata, palpando la zona con dedos profesionales. Damián se encogió por el contacto—. Ponte esta crema, anda sin ropa por casa estos días y, por el amor de Dios, evita los golpes. Como te lleves otro de estos, no vuelves a empalmarte en la vida.
—Tampoco es que haya tanto que empalmar —comentó la ayudante por lo bajo, arrancándole a la doctora una risita cómplice que las dos intentaron disimular.
Damián cerró los ojos. Otra vez, pensó. Y de nuevo notó aquella corriente extraña, ese calor que le subía por el pecho cuando una mujer se reía de él. No era solo vergüenza. Era otra cosa, una que empezaba a reconocer.
***
Los días siguientes fueron un ejercicio de paciencia. Anduvo por la casa sin ropa, aplicándose la crema, esperando que su cuerpo volviera a la normalidad. Al tercer día, mientras se sacudía después de orinar, lo notó: una erección firme, completa, que le dibujó una sonrisa enorme en la cara.
Loco de alegría, y aprovechando que estaba solo en casa, salió disparado hacia su habitación dispuesto a recuperar el tiempo perdido. No llegó. En el marco de la puerta, por culpa de su altura, se golpeó de lleno contra el picaporte. Justo ahí. Otra vez.
Cayó al suelo retorciéndose, maldiciendo su suerte, condenado a otros cuatro días de antiinflamatorios y abstinencia forzosa. Empezaba a creer que el universo entero conspiraba contra su entrepierna.
***
Cuando por fin pudo desahogarse sin accidentes de por medio, algo había cambiado en su cabeza. Cerró los ojos y, sin proponérselo, su mente regresó a la cocina a oscuras, a la rodilla de su prima, al dolor seco entre las piernas. Todavía sentía el impacto. Y, para su sorpresa, ese recuerdo lo encendía como nunca lo había hecho nada.
Volvió a la escena del pasillo, a las dos mujeres señalando su pequeñez entre carcajadas, a Carolina midiendo el aire con los dedos durante la comida. Cada imagen, que durante años habría considerado una pesadilla, ahora lo llevaba al límite con una facilidad asombrosa.
¿Qué me pasa?, se preguntó. Pero la respuesta ya latía en su cuerpo, y era demasiado intensa como para negarla.
A partir de entonces buscó esa sensación a propósito. Encontró vídeos de mujeres que dominaban, que humillaban, que castigaban con desprecio a hombres rendidos a sus pies. Descubrió un mundo entero que parecía hecho a su medida, donde su mayor defecto se convertía, de pronto, en el centro del placer. Se masturbaba recordando las risas de su prima, y cada vez era como la primera.
Por orgullo, jamás lo admitiría en voz alta. Pero cuando veía una película en la que un hombre recibía un golpe entre las piernas, una parte secreta de él deseaba haber sido el que recibía la patada. Se imaginaba de pie, desnudo, ante un círculo de mujeres que reían y señalaban su virilidad con esos dos dedos separados apenas un par de centímetros.
En esas fantasías no había dolor, solo entrega. Una rendición tan completa que lo dejaba vacío y satisfecho a partes iguales, derramándose hasta la última gota mientras la humillación imaginaria lo envolvía como una caricia.
Así, entre una mala racha de golpes y un puñado de risas crueles, nació en Damián un nuevo sumiso. No el que la naturaleza había planeado, pero sí el único que, por primera vez en su vida, lo hacía sentir exactamente donde debía estar.