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Relatos Ardientes

El profesor que me enseñó a obedecer

Ilustración del relato erótico: El profesor que me enseñó a obedecer

La mesa estaba animada cuando llegué. Había antiguos profesores, algunos compañeros de promoción a los que recordaba vagamente de las aulas, y estaba Camila. Echaba tanto de menos su compañía: su sonrisa luminosa, su mirada despierta, esa calma suya que contagiaba. Habíamos sido grandes amigas en la facultad, incluso compartimos piso durante toda la carrera. Nos abrazamos en cuanto nos vimos y no dudamos ni un segundo en sentarnos juntas. Teníamos demasiadas cosas pendientes de las que hablar.

—Helena, ¿me alcanzas esa botella de vino? —pidió don Aurelio, uno de nuestros viejos catedráticos.

Obedecí sin pensarlo y él esbozó una sonrisa apenas perceptible. Serio, rígido, seguía inmóvil como una roca. Él me había impuesto la banda de la promoción años atrás, y aunque yo reconocía la inteligencia de mi maestro, su carácter no invitaba a conversar mucho rato. Parecía que había que arrancarle cada palabra a golpe de cincel.

—Es una lástima lo de Marcos, pero bueno, tampoco es el fin del mundo —murmuró Camila a mi lado.

Asentí y di un trago generoso a mi copa, dejando que el champán arrastrara el recuerdo fugaz de él. Camila había preguntado, y yo le había resumido sin detalle que lo habíamos dejado. Sus ojos oscuros brillaron: sabía que había algo más, pero no insistió.

—Estoy seguro de que la inauguración de este máster será un éxito —aplaudía don Ernesto, responsable del departamento—. Los sondeos dicen que las plazas se llenarán en la primera adjudicación.

Todos celebraron el vaticinio con un brindis alegre.

—Y más si contamos con antiguos alumnos tan ejemplares como los que tenemos aquí —añadió doña Beatriz, la única profesora invitada.

Camila y los demás se removieron, agradeciendo el cumplido. Ella pareció ponerse nerviosa: jugueteó con un mechón de su pelo ondulado mientras la otra mano apretaba la servilleta hasta dejar los nudillos blancos. La tensión se disolvió casi al instante.

Miré alrededor. Éramos los únicos jóvenes. Los profesores rondaban los cincuenta o los superaban; el tiempo se les notaba en las comisuras de los ojos, en el brillo que ya menguaba, en la antigüedad discreta de sus trajes. De todos ellos sobresalía el conjunto de don Aurelio: chaqueta de pana a cuadros, abierta, dejando ver una pajarita negra ceñida al cuello de su camisa blanca. Asomaban unos tirantes cuando se estiraba. Sus ojos grises no habían perdido el filo, ni su astucia, y sus labios parecían esculpidos en una línea fina que apenas se curvaba.

Como si notara que lo observaba, levantó la vista y la clavó en mí. Aparté la mirada de golpe. Siempre sospeché que esos ojos eran capaces de hurgar hasta el último rincón de la mente de sus alumnos. Era el profesor que más copias había cazado en los exámenes, el que más respeto infundía.

Camila dio un respingo a mi lado. La miré, pero ella me dedicó una sonrisa cálida y despejó mi inquietud. Estaba radiante con su blusa blanca y el pantalón negro de pinza. Se ruborizó cuando don Ernesto recordó cómo conseguía matrículas de honor casi sin esfuerzo, aunque yo sabía que era pura entrega: se zambullía en el estudio sin reparar en las horas de la madrugada.

—Perdón —dije cuando el tenedor resbaló de mis dedos y cayó entre las dos.

Contuve a Camila, que se disponía a recogerlo, y me incliné yo justo cuando don Ernesto se levantó y un silencio firme cayó sobre la sala. Fueron apenas dos segundos, pero bastaron para que percibiera, bajo el tintineo de la cucharilla contra el cristal, un zumbido tenue que me erizó la nuca.

Me incorporé sobrecogida. Miré de reojo a mi amiga, que se removía en el asiento y se ruborizaba aún más. Rehuyó mis ojos, pidió disculpas y se marchó al baño casi huyendo. Don Aurelio arqueó una ceja con desdén; don Ernesto le restó importancia con un gesto. Me levanté y me excusé también.

Entré en los aseos con mucho tiento, empujando la puerta para que no hiciera ni un ruido. El corazón me retumbaba. Desde uno de los cubículos llegaban jadeos y susurros atropellados, como si alguien intentara taparse la boca.

—Por favor, no más, me vas a… páralo, páralo —suplicaba una voz quebrada y bajísima.

Me quedé clavada frente a la puerta de donde salían esos sonidos. Tragué saliva, incrédula.

—No lo soporto, me voy a… Dios, Aurelio, voy a…

Apoyé una mano en el borde del lavabo, estupefacta. ¿Aurelio? ¿Camila y él estaban…? En ese instante el pestillo, que tenía la manivela rota, cedió y la puerta se abrió sola. Con las prisas, ella ni se había percatado de que había elegido el cubículo más alejado, no el más seguro. Y ante mí apareció una de las escenas más turbadoras que había imaginado jamás.

Camila estaba sentada sobre la tapa del inodoro, con el pantalón en los tobillos, la ropa interior enredada en las espinillas y las dos manos apretadas contra la entrepierna. Tenía la cabeza hundida y el pelo le ocultaba la cara.

—¿Camila? —susurré.

Alzó la cabeza de golpe, lívida pero devorada por un rubor profundo en mejillas y cuello. Ese rubor era el rastro del orgasmo que acababa de tener segundos antes.

—¡Helena! —exclamó, tirando de la puerta.

Reaccioné y me di la vuelta, tapándome la cara.

—No he visto nada, no te preocupes, yo…

—Espera, espera. ¡Joder, no te vayas!

Se interpuso entre la salida y yo, ya vestida, atusándose el pelo, con una sonrisa nerviosa.

—¿Don Aurelio y tú…? —solté, directa, impactada de oír mis propias palabras.

Bajó la cabeza y dio unos pasos lentos hacia el espejo. Se frotó un brazo, buscando las palabras, y aguantó un nuevo temblor.

—Te ha metido bolas chinas… —comprendí de pronto, viendo por qué caminaba como si cada paso fuera un suplicio.

—Tenemos una relación un poco… rara, ¿sabes? Pero es secreta. No se lo cuentes a nadie —susurró, rehuyendo mi mirada.

—Es tu director de tesis. ¿Te está chantajeando?

—No, Helena, él jamás haría eso. Es solo que le gusta que me sienta dominada, presa entre sus manos. Y a mí… me gusta. ¡No me mires así!

—Pero Camila, ¿él? ¿Cuántos tiene, sesenta?

—Cincuenta y dos, y muy bien llevados, te lo garantizo. ¿Y qué? Ojalá tuviera esa experiencia la gente con la que me he cruzado.

—Te ha obligado a meterte bolas chinas y pretendes que crea que lo has hecho porque tú quisiste…

—No te imaginas lo que me ha gustado, lo que me ha costado contenerme… —se estremeció mirándose al espejo—. Se lo pedí yo. Quería sentir ese calor, esa pulsión que te recorre cuando te atraviesa el aguijón del placer.

Su voz estaba impregnada de adoración hacia ese hombre. Me estremecí: no fingía, me decía la verdad con una sinceridad descarnada. Se volvió y me cogió las manos.

—Paso muchas horas encerrada, hundida en la investigación. Con él guiándome, corrigiéndome, tan cerca de mí… No sé cómo surgió, pero pasó. Y él es distinto a los demás. No es un hombre que se incline ante el sexo por el simple hecho de metérsela. Es… distinto.

—¿Todavía las llevas? —pregunté en un susurro. Asintió.

—Hasta que él no me dé permiso para quitármelas, debo llevarlas. Se lo pedí y me lo ordenó. Las hace vibrar cuando quiere, Helena. Me estremecen, me excitan…

Retrocedí, impresionada. Su rostro se convulsionó en una mueca de placer y enseguida recompuso el semblante.

—Ese hombre te está usando, no puedes permitirlo —insistí.

Me miró con los ojos húmedos y me abrazó. Le correspondí, recordando todas las noches juntas, las charlas en la cocina, los cafés robados al estudio. El torbellino de alegría que era Camila contrastaba terriblemente con esa identidad oscura y nueva. Me susurró al oído, primero con timidez, las cosas que él le hacía. Yo la escuchaba y me turbaba más a cada palabra.

—Volvamos antes de llamar la atención —propuse, y asintió.

Al regresar no se me escapó la larga mirada pensativa que nos dirigió don Aurelio, ni el brillo sagaz de sus ojos cuando me observó de arriba abajo. Una imagen me asaltó y sacudí la cabeza, espantada: yo a cuatro patas, con la ropa interior en los tobillos, escuchando unos pasos firmes acercarse, viendo proyectarse en el suelo el contorno de un brazo imponente. ¿Qué demonios acababa de imaginar? Ahogué la idea en la copa.

***

El resto de la velada fue tensa. Camila volvió a ausentarse y, al regresar colorada, anunció que se iba: al día siguiente madrugaba. Don Aurelio nos miraba a ambas como si nos evaluara, y cada vez que sus ojos me rozaban yo me sentía intimidada, como si hubiera atraído la atención de algo inconmensurable para mí.

Me encaré con él. Aproveché que nos quedamos solos en la mesa, me senté a su lado y se lo solté todo. Di rienda suelta al nudo del estómago, al desarraigo de ver cómo la imagen que tenía de mi profesor se hacía añicos mientras Camila me susurraba aquellas cosas. Él no dijo nada. Solo escuchaba. Escuchó cada insulto, a cual más visceral. Le dije que era un pervertido, un obsceno, que Camila le importaba un comino con tal de saciar su vicio. Le dije que se había sobrepasado. Me dejó hablar hasta que casi me quedé sin voz, con la boca seca y un temblor recorriéndome.

Y él solo miraba. Esa mirada todavía me estremece. Era como si memorizara cada una de mis palabras, guardándolas en un rincón oscuro de su mente para liberarlas en el momento justo. Cuando callé, con el corazón desbocado, se limitó a escribir algo en una servilleta y a tendérmela: «Si te sientes preparada para conocer a un hombre como yo, ven a mi casa mañana a las 19:30. Ven vestida como vienes hoy y prepárate para sentir lo que es el placer, Helena. Porque pienso follarte, no hacerte el amor».

Se levantó y se marchó, dejándome con la palabra en la boca y la servilleta arrugada entre los dedos, furiosa, agitada, perturbada.

***

Aparqué el coche y subí hasta el umbral de su casa. A cada escalón se libraba una batalla dentro de mí. Me repetía que era una estúpida y, a la vez, una voz me empujaba a entregarme a las manos de ese hombre para sentir lo que había vislumbrado en los ojos de Camila.

Creo que me arrojé a sus pies porque me sentía quebrada por lo de Marcos, después de lo de Lucía. Me culpaba de la ruptura, del daño que le había hecho. Eso me carcomía, me hacía creer que merecía el dolor, que merecía que alguien me usara a su antojo. Al mismo tiempo me moría de curiosidad por descubrir qué había encandilado tanto a mi amiga, qué tenía ese hombre para que ella no solo aceptara aquello, sino que se lo pidiera.

Me recibió con el mismo atuendo de la cena, salvo la chaqueta. Llevaba las mangas subidas y me miró extasiado.

—Pase, Helena, la esperaba —dijo con una sonrisa lobuna.

—Tiene una casa preciosa —respondí, observando el salón enorme: estantes repletos de volúmenes y frascos con líquidos y criaturas sumergidas, una luz tenue, una música suave que reforzaba el aire solemne del lugar.

—Comparada con su belleza, es insignificante —susurró, ayudándome a quitarme la gabardina.

Cuando el dorso de su mano rozó mi cuello al retirar la prenda, me estremecí. Fue como si una corriente brotara de su piel y me atravesara. Me volví y casi choqué con él. Me miraba en silencio. No: me atravesaba con unos ojos de halcón, me sometía a un juicio que yo perdería de antemano. Me encogí, rehuyendo el brillo salvaje de sus ojos grises.

—Le pido perdón por lo de ayer —susurré con un hilo de voz.

Me acarició la mejilla, suave, notando mi temblor. Era la caricia cruel de la zarpa de un tigre sobre su presa rendida.

—No hacen falta sus disculpas. Pero hoy le seré franco: necesito su confianza, su plena confianza. Lo que voy a hacer con usted no es el amor. No vengo a yacer como un tierno amante. Voy a follarte. ¿Lo acepta?

Duras, contundentes, sus palabras venían matizadas por un tono sereno, calculado, seguro.

—¿Me dolerá? —fue lo único que atiné a preguntar, abrasada por el brillo incendiario de sus ojos.

—Será un dolor placentero. Y en cualquier momento, si lo desea, puede ordenarme que pare. Le doy mi palabra.

—Fólleme, ¿amo? —rogué con voz temblorosa, anonadada, sintiéndome temblar como un colibrí bajo la lluvia. Mi cuerpo ardía: los muslos, las palmas sudorosas, la agitación del vientre.

—No le pido a nadie que se dirija a mí con ese término —rio, complacido—. Pero me gusta su iniciativa. Quédese solo con la ropa interior y póngase ahí, de rodillas sobre la alfombra, mirando la puerta.

Sus palabras me atravesaron la mente como una estampida. Él me concedió una tregua, se alejó y rebuscó en unos cajones dándome la espalda. Si quisiera, podría coger esa puerta y largarme. Me descalcé. Todavía puedes huir, insistía una vocecilla. Solo recoge tus zapatos y vete, aunque sea descalza.

Pero el jersey resbaló de mis dedos, y luego la camiseta interior se resistió un poco. Él seguía tanteando los cajones: abría uno, cerraba otro. Sabía que me observaba, pero no me volví. Me desabroché el cinturón y la hebilla resonó contra el suelo. ¿Qué estaba haciendo? No podía parar, no podía ignorar el ardor que crepitaba dentro de mí como una brasa. Me deshice del pantalón y, cuando el sujetador cayó al suelo, sentí lo sensibles que tenía los pezones, lo necesitados que estaban de ser acariciados.

Su aliento me rozó la nuca descubierta. Su calor se fundía con el mío. Entonces me ciñó algo frío y áspero al cuello. Cerré los ojos: supe qué era antes de que lo abrochara. Un collar de perro.

Me besó el hueco del cuello, acarició mis hombros, deslizó los dedos por mi espalda y mis costados. Acechaba mis pechos sin conquistarlos aún. Jugó con mi ropa interior, tirando de la tela para que se pegara a mi piel, para que comprimiera mis nalgas, y yo gemí. Notaba la palpitación de mi sexo, el cuerpo entero rindiéndose a él. Intenté tocarle los brazos, pero esquivó mi contacto.

Desde atrás me acarició los pechos, despacio, deleitándose. Rodeó los pezones con los pulgares, recorrió el contorno con la yema de los índices. Era una destreza que me arrastraba a una vorágine de deseo que hacía tiempo no sentía.

El hechizo se rompió cuando unos pasos se acercaron a la entrada. Sonó el timbre y casi noté la sonrisa de sus labios sobre mi oreja.

—Quédate arrodillada y callada.

Sus ojos buscaron los míos por última vez antes de ir hacia la puerta. No la abrió: esperaba mi consentimiento. Se lo di al posar las rodillas sobre la alfombra, sentándome sobre los talones, con las piernas ligeramente separadas y las manos en los muslos. Bajé la mirada, turbada, ruborizada, excitada. Él me sonrió, los ojos chispeando de orgullo por su antigua alumna ejemplar, ahora convertida en su perra obediente.

Abrió y la conversación me inundó. Yo solo veía sus mocasines negros, inmóviles. La luz del rellano me atravesó los párpados cuando él se giró a buscar la cartera en un mueble junto a la puerta. Supe que en ese instante un extraño me miraba, atónito de ver a una rubia casi desnuda, con un collar al cuello y de rodillas a menos de un metro. El corazón se me salía por la boca.

—Toma, Daniel, una buena propina por tu puntualidad. Te dije a las 19:40 y has cumplido —decía don Aurelio, alegre.

Me estremecí. Lo había planeado todo de antemano.

—Sí… encantado, señor —contestó azorado el repartidor.

Cuando la luz volvió a darme, abrí los ojos cegada y solo distinguí una silueta recortada en el umbral. Aun así percibí el brillo goloso de unos ojos recorriéndome, deseándome. Por fin él cerró la puerta y se volvió hacia mí.

—Bien, Helena —dijo, acariciándome el mentón—. ¿Quieres que te lleve a mi dormitorio?

—Sí —musité con la lengua pastosa.

Me ofreció la mano para incorporarme y luego la llevó a mi entrepierna, apretando la palma contra la tela.

—Noto tu calor —susurró cerca de mi oído—. ¿Tanto te ha excitado que ese hombre te viera?

—Vayamos al dormitorio —imploré, incapaz de confirmar lo que él ya sabía.

Ahogó una risita y me guio por un pasillo largo y a oscuras. Dejábamos atrás puertas cerradas. Mis pies descalzos apenas hacían ruido frente a sus pisadas sonoras. La puerta del dormitorio estaba entornada. La abrió y, antes de que entrara, me detuvo.

—Ninguna mujer entra aquí con ropa.

Encendió la luz y lo sentí agacharse detrás de mí, deslizándome la última prenda por las piernas. Mientras tanto miré el cuarto: sobrio, sin adornos, paredes blancas, una cama de matrimonio con un cabecero de caoba. Y me estremecí al verlas: brillantes, frías, inmóviles. Unas esposas ancladas en los huecos del cabecero.

Sus dedos se acoplaron a mis nalgas con la firmeza de unas garras y resbalaron por mis muslos como una pluma. Me besó las caderas, me separó los cachetes, lamió entre ellos. Rebullí cuando escuché el chapoteo de uno de sus dedos en su boca; lo ensalivó y lo deslizó entre los cachetes sin llegar a más.

—Tu culo no es virgen —susurró, divertido.

Se lo confirmé con un leve gesto. Palpó el vello del pubis, tan cerca de mi sexo que sentí que desfallecía.

—Y vienes a mí como mujer, sin el coño lampiño. Tus labios se abren ante mí dispuestos a acogerme. ¿Aún quieres continuar?

Me acariciaba los labios, rozaba apenas el clítoris, su lengua se enredaba entre mis nalgas antes de alcanzar el sexo. Yo deliraba, indefensa, ofrecida como un sacrificio.

—Hágame suya —jadeé cuando su lengua se escurrió entre mis labios.

Él se levantó y me ordenó al oído, tajante:

—Túmbate boca arriba en la cama.

Obedecí sin rechistar y me esposó, devorándome con la mirada. Separé bien las piernas para mostrarme impúdica ante él. Lo quería besar, casi se lo imploraba con los labios temblorosos. Me cogió de la barbilla y me besó: un beso largo, tórrido, apasionado. Cuando se apartó, gemí angustiada. Me sorprendía a mí misma, tan necesitada de ese hombre.

Entonces hurgó en un cajón y me enseñó una vieja cámara instantánea. Me dedicó una sonrisa lujuriosa, me pidió permiso y yo asentí, ofreciéndole mi desnudez. Apagó la luz, oí el flash y, después, un silencio incómodo. Se movía entre las tinieblas como una sombra. Volvió a abrir un cajón y, al encender la luz, lo vi sosteniéndolo ante él: implacable, perturbador.

—Por sus ojos, deduzco que sabe lo que es.

Lo pasó por mis pies, ascendiendo por las piernas y los muslos. Recorrió mi sexo con aquellas finas lenguas de cuero, con un cuidado casi tierno.

—Un flogger —susurré cuando las hebras rozaron mis pezones.

Asintió, complacido, y lo sacudió ante mis ojos. Una chispa de miedo me cruzó la cara y él la notó.

—Aguante cinco, y lo entenderá.

Cinco. La mano se sacudió y los flecos volaron sobre mis pechos. Más que dolor sentí escozor, calor y algo desconocido. Dejó las colas rozando mi piel enrojecida antes de golpear de nuevo, con más fuerza. La sensación era confusa: dolor, calor y un cosquilleo raro diluyéndose en uno solo. El último me hizo gimotear y luego ronronear de placer.

Me debatí contra las esposas, más por las ganas de abrazarme a su cuello e implorarle que me hiciera suya que por escapar. Mis pezones eran dos bombas que emitían una mezcla irresistible de placer y dolor. Me acarició la mejilla y froté la cara contra su palma. Entonces se amorró a mis pechos y los besó, un bálsamo fresco sobre mi piel ardida. Gemí, los pies arañando las sábanas, las muñecas tirando de las esposas. El sexo me palpitaba reclamando su llegada.

Mis ojos resbalaron desde su sonrisa aviesa hasta el bulto que se perfilaba en su pantalón. Él suspendió el flogger sobre mi entrepierna y me hizo un gesto con la mano libre. Obedecí, separando los muslos, ofreciéndoselo todo.

—Cinco.

El primero fue casi una caricia, una sacudida controlada que me hizo morderme el labio. El segundo voló al instante, acompañado de su sonrisa: las lenguas alcanzaron mi hendidura, la cara interna de los muslos, el borde de las nalgas. El tercero y el cuarto fueron simultáneos, relámpagos que me apresaron en un torbellino punzante. El quinto, cuando llegó, fue más punzante pero más incendiario, más placentero, y hasta convulsionó su rostro frío.

Le supliqué que me follara, que me penetrara. Me debatí contra las esposas, los pies agitándose, mirándolo con desesperación. Pareció escucharme y acercó la cara a mi sexo enrojecido. Aspiró sonoro, proyectó su aliento sobre él y me besó y lamió sin prisa, deleitándose con mis gemidos. Asaltaba el clítoris hinchado y luego jugueteaba con el vello, paseaba la lengua dócil entre mis recovecos.

—Fólleme, por favor, no lo aguanto más —exhortaba casi con lágrimas en los ojos.

Entonces se bajó el pantalón y la ropa interior. Se acercó con una mueca salvaje, agarró su miembro y paseó el glande por mis pezones mientras la mano del flogger se adueñaba de mi sexo.

—Oh, Dios —fue lo único que atiné a decir, cerrando los ojos.

Me follaba, sí, pero no con su miembro, sino con el extremo del flogger, rematado en una bola roma, fría al principio y luego cálida y vibrante. La introducía y la sacaba a su antojo mientras se sacudía sobre mis pechos. Se corrió furioso, salpicándome, y yo me vi arrastrada por un orgasmo tan brutal que me dejó inerte sobre la cama. Notaba su semilla resbalar por mi piel y no me importaba: me dejaba arrullar por su calidez.

***

Desperté al día siguiente arropada, las manos bajo una almohada cómoda. Abrí los ojos sin reconocer el lugar hasta que los recuerdos se agolparon al verlo de pie, en bata, mirándome. Me ruboricé, pero lo disimulé con una sonrisa, incorporándome sin temor a que las sábanas resbalaran.

—Tostadas con mantequilla, o con jamón y queso en lonchas —me ofreció, dejando una bandeja en el recibidor. El olor me despertó el hambre—. Le he puesto crema en los pechos y en el sexo; la piel es muy sensible en esas zonas. Úsela hoy un par de veces y mañana otra. Puede ducharse si quiere —añadió, recuperando el tono indiferente de siempre, despojándose de la calidez de antes.

—Podría ducharse conmigo, si quiere —ofrecí, mostrando un muslo bajo las sábanas.

—Me encantaría hacerle el amor bajo la ducha, Helena, pero no. Ya se lo dije: la iba a follar, y lo hice. No soy un veinteañero ni un galán —me recordó, indiferente a mi reclamo.

—Me quedaré en la ciudad tres días más. ¿Podré volver?

Yo misma me sorprendí al decirlo, al confesar el anhelo de que volviera a usarme. Él me lanzó una mirada extrañada.

—Lo siento, Helena, pero Camila…

—Ella no será un obstáculo, seguro. ¿Nos imagina a las dos…? —ofrecí, ruborizándome con tono sugerente.

El corazón se me salía solo de imaginarme en brazos de Camila, y esa misma extrañeza me turbaba. Hasta él dejó que la imaginación le asomara al rostro.

—Me sorprende. ¿De verdad querría, junto con ella…?

—Sí, amo.

La firmeza de esa palabra bastó para que no replicara y esbozara una sonrisa embriagada.

—¿Aceptaría incluso sabiendo que no estaremos solos? Vendrá un conocido, un antiguo compañero de facultad.

—Sí, amo.

Esta vez me tembló la voz. Acababa de aceptar entregarme a un desconocido solo por conseguir que él fijara otra vez su atención en mí, solo por volver a sentir aquel dolor convertido en placer blasfemo, tan lejos del romanticismo que había conocido hasta entonces.

Algún día, me dije, le contaría a Marcos cómo me entregué a las manos de aquel hombre, cómo me poseyó a su antojo por la sola promesa de complacerme a su manera, ante los ojos de mi amiga y el deleite de un extraño.

Todavía el recuerdo de don Aurelio me perturba y me sacude, como si despertara de un sueño. Todavía el dolor me atenaza en el aniversario de su muerte, y aún recuerdo cómo, cinco años más tarde, Camila y yo nos abrazamos llorando por la pérdida de un mentor que fingía usarnos cuando, a su manera, nos amaba.

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Comentarios (3)

MateoK91

Excelente!!! uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo, de verdad

JorgeCba

Tremendo inicio, quede con ganas de saber como siguio todo eso. Cuando viene la segunda parte??

RosaAngela_M

Me enganche desde el primer parrafo. Esa tension entre lo prohibido y lo inevitable esta muy bien lograda, felicitaciones

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