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Relatos Ardientes

Mi amo me negó el orgasmo durante semanas

Vuelvo a escribir después de varias semanas porque necesitaba que esto madurara dentro de mí antes de contarlo. No quería hacer teoría ni repetir consignas sobre BDSM. Quería contar una experiencia concreta, una de esas que te cambian la cabeza y el cuerpo a la vez.

Lo que voy a narrar ocurrió con mi pareja dominante, al que aquí llamaré Mauro. Los dos somos adultos, llevamos años juntos y tenemos una relación D/s construida con deseo, confianza y reglas claras. Por eso, cuando hablo de castidad, no hablo de celos ni de control enfermizo, sino de otra cosa: de poner mi excitación en sus manos y aceptar que mi placer deje de ser mío.

Hasta hace un tiempo yo pensaba que entendía bien lo que significaba la sumisión. Obedecer, esperar, arrodillarme cuando me lo pedía, dejar que me atara las muñecas o me usara como quisiera en la cama. Me excitaba todo eso. Muchísimo. Pero una noche me di cuenta de que todavía me reservaba algo: el último rincón de control sobre mi cuerpo.

Porque incluso cuando él mandaba, yo seguía sabiendo que, si quería, podía tocarme a solas. Podía buscar un orgasmo rápido en la ducha, en la cama, con los dedos entre las piernas, cerrando los muslos hasta que me corriera en silencio. Esa pequeña autonomía me parecía insignificante. A Mauro no.

Fue un lunes muy temprano. Yo terminaba de vestirme para salir y estaba frente al espejo, recogiendo mi pelo, cuando él me miró desde la puerta del dormitorio y dijo con esa voz tranquila que me desarma más que un grito:

—Hoy no te lo recojas. Quiero que lo lleves suelto.

Obedecí al instante. Solté la goma, me pasé los dedos por el cabello y seguí mirándome en el espejo. No parecía una orden importante. Pero con él nunca lo es solo a medias. Siempre hay algo detrás.

Se acercó por mi espalda, me apartó el pelo del cuello y me besó justo debajo de la oreja. Sentí el calor de su respiración y esa corriente absurda que me baja al coño con apenas un gesto suyo. Me apoyó una mano en la cintura y la otra me la metió entre las piernas, por encima de la ropa.

—Estás sensible —murmuró.

—Contigo siempre —le respondí, y ya tenía la voz alterada.

Sonrió apenas. Metió la mano dentro de mi falda, apartó la tela de mi ropa interior y deslizó dos dedos entre mis labios. Estaba húmeda. Mucho. Lo notó enseguida porque separó los dedos y los frotó despacio, como si comprobara una textura que le pertenecía.

—A partir de hoy no te corres sin permiso —dijo.

Me quedé quieta.

—Ni sola, ni conmigo, ni de ninguna manera. Quiero ver qué pasa contigo cuando el orgasmo deja de ser un reflejo y se convierte en una recompensa.

Lo dijo con naturalidad. Como si me pidiera cerrar la ventana o comprar pan al volver. A mí, en cambio, me golpeó en el centro del cuerpo. Noté una mezcla limpia y brutal de miedo, excitación y alivio. Miedo a no poder. Excitación por intentarlo. Alivio por sentir que de verdad me estaba quitando algo.

—Sí, amo —dije.

Le encanta cuando uso esa palabra en privado. A mí también. Me ordenó que me subiera un poco la falda y que abriera más las piernas. Lo hice. Sus dedos siguieron jugando con mi humedad, rozándome el clítoris apenas, lo justo para encenderme más sin dejarme avanzar.

—Quiero que salgas así —dijo—. Mojada, pendiente de esto, acordándote todo el día de quién decide si te corres o no.

Retiró la mano y me la llevó a la boca.

—Límpialos.

Chupé sus dedos uno a uno sin apartar la mirada. Sabía a mí. A mi propio coño ya caliente, ya dispuesto, ya frustrado. Tragué saliva y él me acarició la mejilla con una dulzura que siempre me confunde más que sus órdenes duras.

Ese fue el principio.

***

La primera semana fue casi insoportable. No por falta de sexo, sino por la calidad de la tensión. Mauro no me abandonó en castidad para desentenderse de mí. Hizo exactamente lo contrario. Me erotizó el día entero.

Me escribía mensajes breves cuando estaba trabajando. «No cruces las piernas». «Ve al baño y mírate, pero no te toques». «Quiero que recuerdes cómo estabas esta mañana». Yo leía eso y sentía un latido espeso entre los muslos que me dejaba húmeda en mitad de tareas absurdas, reuniones, llamadas y conversaciones donde nadie imaginaba nada.

Por la noche era peor. O mejor. Dependía del momento. Me hacía tumbarme a su lado con una separación mínima, sin permitirme buscarle con el cuerpo. O me mandaba arrodillarme al pie de la cama mientras él leía o trabajaba, y yo debía permanecer allí, en silencio, con las manos sobre los muslos y la cabeza vacía de todo salvo de su presencia.

La tercera noche decidió empezar de verdad.

—Desnúdate y trae las esposas —me dijo.

Lo obedecí sin hablar. Ya estaba temblando cuando volví al dormitorio con el metal en la mano. Mauro estaba sentado en el borde de la cama, todavía vestido, observándome con esa paciencia fría que me vuelve loca. Me hizo girar despacio, revisar mi postura, separar las piernas un poco más.

—A cuatro patas.

Bajé a la alfombra y sentí el aire sobre la piel desnuda. Él me esposó las muñecas a la espalda, sin apretar demasiado, solo lo justo para que supiera que no iba a usar las manos. Después se arrodilló detrás de mí y me abrió las nalgas con ambas manos.

—Mírate —ordenó, señalando el espejo del armario.

Levanté la cabeza. Me vi expuesta, inmóvil, con el coño ya abierto por la postura, brillante de humedad antes de que me tocara. Él pasó un dedo lento por mi entrada, sin metérmelo, y luego subió hasta el clítoris con una calma que me hizo jadear.

—Dime qué quieres.

—Correrme.

—No te he preguntado eso. Dime qué quieres de mí.

Tragué saliva. Me estaba usando la voz igual que las manos.

—Quiero que me uses, amo.

—Eso sí.

Me metió dos dedos de golpe. Profundos. Duros. Los sacó y volvió a clavarlos hasta el fondo mientras yo abría más las piernas por puro reflejo. Sentí la humedad correr, el cuerpo respondiéndole sin dignidad. Me folló con los dedos a un ritmo firme, embarrado, sin prisa pero sin compasión, y cada vez que el talón de su mano me rozaba el clítoris yo daba un pequeño salto inútil, limitada por las esposas.

—Así me gustas —dijo—. Abierta y necesitada.

Se inclinó sobre mi espalda y me mordió el hombro. Al mismo tiempo me metió un tercer dedo. Gemí fuerte. Demasiado fuerte. Él respondió con una palmada seca en el culo que me hizo arquearme más.

—No vas a correrte. Recuérdalo.

Yo ya estaba al borde. Lo noté en esa presión conocida que me sube desde el vientre y me tensa las piernas antes del orgasmo. Él lo notó también, claro. Me conoce demasiado. Aflojó el ritmo justo en ese momento y cambió los dedos por la boca.

No me lo esperaba. Me apartó las piernas con las rodillas y empezó a comerme el coño desde atrás, largo, profundo, obsceno. La lengua me abrió de abajo arriba, volvió al clítoris, me chupó con hambre y luego me penetró otra vez con dos dedos mientras seguía lamiéndome. El sonido era húmedo, descarado. Yo me estaba volviendo loca.

—Amo, por favor...

—¿Por favor qué?

—Déjeme correrme.

Se detuvo de golpe. Sentí su saliva enfriándose en mi piel, la ausencia brutal del estímulo, la frustración como una punzada. Quise moverme, buscar algo, cualquier roce. Las esposas me devolvieron a mi sitio.

—No. Hoy no.

Me puso de pie, me desató y me besó con mi propio sabor todavía en su boca. Tenía la polla dura marcando el pantalón, y aun así no me la dio. Eso fue casi más violento que cualquier castigo físico.

—Vas a dormir así —dijo—. Encendida.

Y dormí encendida de verdad. El coño me palpitaba, el cuerpo se quejaba, cada cambio de postura me recordaba que me habían llevado arriba para dejarme caer antes del borde. Lloré un poco en silencio. No de tristeza. De impotencia, de deseo, de entrega.

***

Los días siguientes endureció el juego. Me hacía masturbarme frente a él y detenerme en el instante exacto en que mis caderas ya empezaban a perder el control. Nunca antes había entendido del todo el poder del edging hasta vivirlo así, con su voz regulando mi respiración y mis dedos convertidos en herramientas suyas.

Una noche me sentó en una silla del salón con las piernas abiertas y me dijo que no las cerrara. Él se quedó en el sofá, observando. Yo estaba desnuda de cintura para abajo; él, completamente vestido.

—Métete dos dedos —ordenó.

Lo hice.

—Más adentro.

Obedecí otra vez.

—Ahora frótate el clítoris, pero despacio. Quiero verte sufrir un poco.

Gemí antes de tocarme del todo. Solo escucharle decir eso me empapó más. Empecé a masturbarme con círculos lentos, manteniendo los dedos dentro, notando cómo me abría y me apretaba alrededor de ellos. Mauro no se movía. Me miraba como si yo fuera una escena escrita para él.

—No apartes la vista.

Lo miré mientras me tocaba. Hay una vergüenza muy concreta en mostrar así el placer, en no esconder el gesto torpe del cuerpo cuando ya no piensa. A él le encanta esa vergüenza. A mí me calienta entregársela.

—Más rápido.

Aumenté el ritmo. El ruido húmedo de mis dedos llenó la habitación. Respiraba entrecortado, con la boca abierta. Las piernas me temblaban.

—Ahora para.

Retiré la mano de golpe y lancé un gemido de protesta.

—No he dicho que saques los dedos de dentro. Déjalos ahí.

Los dejé. Quedarme penetrada y quieta me volvió loca. Sentía cada latido en la entrada, cada contracción abortada, cada impulso de mover la mano hacia el clítoris. Quería desobedecerlo. Quería hacerlo y no quería hacerlo. Esa pelea dentro de mí era parte del morbo.

Él se levantó por fin, se arrodilló entre mis piernas y me escupió sobre el coño. La saliva cayó justo donde más la necesitaba. Con el pulgar la extendió despacio por el clítoris y yo gemí otra vez, casi con rabia.

—Estás preciosa así —me dijo—. Chorreándome en la mano y sin poder hacer nada por tu cuenta.

Me sacó los dedos de dentro y se los llevó a la boca, chupándolos sin dejar de mirarme. Después me bajó al suelo, me hizo arrodillarme y me abrió la bragueta. Su polla salió dura, gruesa, tensa desde la base. Le besé el vientre antes de mirarlo.

—Chúpamela.

La agarré con ambas manos y le lamí la punta lentamente. Tenía ese sabor limpio y caliente que me enciende enseguida. Fui bajando, tragándomela poco a poco, relajando la garganta, dejando que me llenara la boca. Él me sostuvo del pelo con una mano, no para forzarme, sino para marcarme el ritmo. Entraba y salía despacio, húmeda, pesada sobre la lengua.

—Así. Sin prisa. Compénsame por todo lo que llevas deseando correrte.

Lo mamé más hondo. Sentía cómo me empujaba hasta tocar el fondo de la garganta y cómo se detenía ahí un segundo antes de dejarme respirar. Me estaba usando la boca mientras yo seguía con el coño latiendo, vacío y necesitado. Esa mezcla me calentó todavía más.

Me apartó cuando estaba a punto de correrse.

—No. Hoy tampoco te lo has ganado.

Lo masturbé hasta que terminó sobre mis pechos y mi cuello, caliente, espeso. Instintivamente busqué tocarme con la mano libre, al menos un roce, pero él me la atrapó en el aire.

—Ni se te ocurra.

Acabé la noche limpiándolo con la lengua y subiéndome a la cama con las piernas temblando. Ni un orgasmo. Ni una promesa de cuándo llegaría.

***

Al final de la segunda semana yo ya no pensaba igual. No exagero. La cabeza cambia cuando el cuerpo se pasa días obedeciendo. Dejé de sentir el orgasmo como un derecho automático y empecé a vivirlo como una posibilidad remota, una gracia, una concesión. Esa dependencia me excitaba de un modo casi obsceno.

También me volvió más dócil. Más atenta. Más abierta a detalles mínimos. Una orden sobre qué ponerme, cómo sentarme, cómo hablarle, me atravesaba entera porque debajo siempre estaba la misma corriente: mi placer no me pertenece.

La noche que decidió cobrarlo todo, yo ya estaba en un punto ridículo de sensibilidad. Podía mojarme solo con escuchar sus pasos detrás de mí. Podía notar un pinchazo en el clítoris si cruzaba las piernas demasiado fuerte. Y él lo sabía.

Me hizo preparar el dormitorio como le gusta cuando jugamos en serio: sábanas limpias, una toalla al pie de la cama, botella de agua, esposas, venda y lubricante. Cuando terminé, me ordenó desnudarme y arrodillarme.

Entró pocos minutos después. Llevaba una camisa oscura remangada y esa expresión serena que siempre anuncia problemas deliciosos. Me rodeó lentamente, observándome como si evaluara el resultado de una espera larga.

—¿Cuánto tiempo llevas sin correrte? —preguntó.

—Diecisiete días, amo.

—¿Y has sido obediente?

—Sí.

Me cogió de la barbilla.

—¿Ni una trampa? ¿Ni un roce contra la almohada, ni dedos en la ducha, ni una corrida robada a escondidas?

—No, amo.

—Bien. Entonces hoy vas a darme una buena razón para premiarte.

Me vendó los ojos primero. La oscuridad me aflojó el cuerpo de inmediato. Después me tumbó boca arriba y me esposó las muñecas al cabecero. Escuché cómo se movía por la habitación, cómo abría el lubricante, cómo dejaba algo metálico sobre la mesita. La incertidumbre aumentó todo.

Sentí sus manos en mis muslos, separándolos. Luego su boca. Empezó despacio, casi cruel de tan preciso. Me besó el interior de los muslos, el pubis, los labios empapados. Me lamió largo, de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris solo un segundo cada vez, lo suficiente para hacerme temblar y retirarse otra vez.

—Por favor... —susurré.

—Apenas he empezado.

Me metió la lengua dentro, profunda, y al mismo tiempo dos dedos. Los curvó enseguida, buscando ese punto que me hace perder el aire. Lo encontró y lo trabajó con paciencia, presionando una y otra vez mientras chupaba mi clítoris con una intensidad que me desarmó por completo. Tiré de las esposas, arqueé la espalda, abrí más las piernas sin pensar.

—Mírate —dijo, y recordé demasiado tarde que no podía—. Ah, no. Hoy no puedes. Hoy solo puedes sentir.

Me corría el orgasmo por todo el cuerpo y él volvió a retirarse justo antes del borde. Grité de frustración.

—Eso te pasa por adelantarte.

—No puedo más.

—Sí puedes. Llevas diecisiete días demostrándolo.

Sentí su mano deslizarse entre mis nalgas, lubricando un dedo y empujándolo poco a poco en mi culo. El gemido me salió más grave. Siempre me pone así, más vulnerable, más abierta. Mientras me penetraba detrás con un dedo lento y firme, me follaba el coño con los otros dos y seguía lamiéndome el clítoris a intervalos calculados. Era demasiado. Demasiado bueno, demasiado preciso, demasiado cerca.

—Amo, amo, amo...

—Habla bien.

—Déjeme correrme, por favor. Se lo suplico.

Se detuvo. Escuché cómo se incorporaba. Me quitó la venda. Tardé un segundo en enfocar su cara sobre mí.

—Todavía no. Quiero follarte así.

Se desnudó delante de mí sin prisa. Verle la polla dura después de tantos días de negación me hizo gemir como una idiota. Se colocó entre mis piernas, me agarró de las rodillas y me las empujó contra el pecho. Después me penetró de una sola embestida.

Grité.

Entró hasta el fondo, abriéndome de golpe, usando toda la humedad que me había sacado él mismo. Se quedó ahí un segundo, enterrado por completo, mirándome retorcerme debajo.

—Así quería encontrarte —dijo—. Lista para mi polla desde hace semanas.

Empezó a follarme fuerte. No descontrolado, no rápido por simple ansia, sino con esa cadencia brutal que sabe exactamente dónde dar. Cada embestida me abría más, me golpeaba por dentro y me hacía subir otra vez. Yo tiraba de las esposas, lo miraba sin poder esconder nada, con la boca abierta y las tetas rebotando al ritmo de sus caderas.

—Joder... sí... así... —gemía.

—Dilo claro.

—Fóllame, amo. Fóllame más fuerte.

Me dio justo eso. Más fuerte. Más hondo. Más sucio. Sacó la polla casi por completo y la volvió a meter hasta el fondo una y otra vez, dejando el cuarto lleno del sonido húmedo de nuestras pieles chocando. Me soltó una mano del cabecero solo para agarrarme del cuello, sin apretar, lo justo para fijarme la cabeza al colchón mientras me penetraba con una violencia controlada que me hizo perder cualquier resto de compostura.

Yo ya no gemía; jadeaba, soltaba palabras rotas, obscenidades, ruegos. Él me llevaba al borde y se quedaba ahí unos segundos, sintiendo cómo mi coño se le cerraba alrededor, antes de aflojar apenas para no dejarme caer. Era una tortura deliciosa.

—¿Quién decide? —me preguntó, sin dejar de follarme.

—Usted.

—No te oigo.

—Usted decide cuándo me corro.

—Eso es.

Me soltó el cuello y bajó la mano entre nuestros cuerpos. Cuando sus dedos encontraron mi clítoris mientras seguía clavándomela, el mundo se me redujo a un punto. Empezó a frotarme en círculos duros, constantes, sin aflojar el ritmo de las embestidas. Yo me sacudí entera.

—No... no... por favor...

—¿No qué? Hace un momento lo estabas pidiendo.

—Es demasiado.

—Ese es el puto punto.

Me folló así, con la polla hundiéndose y saliendo mientras su mano me reventaba el clítoris de placer. Sentí el orgasmo crecer más grande que otras veces, más espeso, más inevitable por todo lo acumulado. Quise apartarme. No pude. Quise cerrar las piernas. Él me las sujetó abiertas.

—Mírame y córrete.

Eso bastó. Me corrí con un grito seco, brutal, sin elegancia ninguna. El orgasmo me dobló por dentro y empezó en el coño, pero se extendió hasta las tripas, los muslos, la espalda. Temblé entera, apretándolo con contracciones salvajes que me arrancaban más gemidos. Él no paró. Siguió follándome a través del orgasmo, aprovechando cada espasmo, cada sacudida, cada momento en que yo solo podía recibir.

—Eso es —decía, jadeando ya—. Así te quería. Así. Córrete para mí. Toda. Toda.

Yo todavía estaba bajando cuando me dio la vuelta con una fuerza segura, me puso a cuatro patas sobre la cama y volvió a penetrarme por detrás. Entró sin resistencia; seguía temblando, mojada, sensible hasta doler. Me agarró del pelo suelto, tiró lo justo para arquearme más y empezó a darme embestidas profundas que me hacían chocar contra el colchón.

—No he terminado contigo.

Mi cuerpo, en vez de agotarse, volvió a encenderse. Después de tanta negación, un orgasmo no apagaba nada. Abría más hambre. Mauro lo sabe y lo usa. Metió una mano bajo mi vientre y volvió a tocarme el clítoris desde atrás mientras me follaba. Esta vez no en círculos, sino a golpes rápidos, sucios, alternando presión y fricción hasta dejarme casi llorando.

—Otra —ordenó—. Quiero otra.

—No sé si puedo.

Me dio una palmada dura en la nalga.

—No te he pedido una opinión.

Eso me cruzó la cabeza como electricidad. Grité otra vez cuando aumentó el ritmo. La cama golpeaba la pared, su respiración ya era ronca, mi coño lo chupaba casi por puro reflejo. Todo estaba demasiado vivo. Demasiado lleno. Noté el segundo orgasmo llegar más rápido, más desordenado. Se lo dije entre jadeos, rota.

—Amo... viene... joder... viene...

—Entonces suéltalo.

Me corrí por segunda vez con la cara hundida en la sábana, llorando un poco, gimiendo su nombre y el título a la vez, sin distinguir una cosa de la otra. Él aguantó unas pocas embestidas más y se corrió dentro de mí con un gruñido grave, agarrándome de la cintura, completamente enterrado hasta el fondo.

Nos quedamos así varios segundos. Su polla todavía palpitando dentro, mi cuerpo contrayéndose de forma débil, el sudor enfriándose en la espalda. Cuando salió, sentí correr su semen por mis muslos. Ese detalle me excitó incluso en pleno derrumbe.

***

Después me desató con calma. Me limpió, me dio agua y me hizo recostar la cabeza en sus piernas mientras me acariciaba el pelo. Ahí es donde mucha gente que no entiende estas dinámicas se equivoca: creen que la dominación termina con el orgasmo, cuando a veces se vuelve más visible justo después, en el cuidado, en la mirada, en la forma de sostener lo que se ha abierto.

—¿Valió la pena? —preguntó.

Yo todavía tenía la voz rota.

—Sí.

—¿La próxima vez aguantarás más?

Lo pensé de verdad antes de responder. Porque esa es otra parte de la experiencia: una vez pruebas ese nivel de amplificación, entiendes por qué la castidad, el control del orgasmo y la sumisión no son un simple juego mecánico para muchas personas como yo. Son una forma de intensificarlo todo.

—Sí, amo —le dije al final—. Aguantaré más.

Y era cierto.

Desde entonces ya no pienso la castidad como una simple abstinencia ni como un aparato ni como una rareza para llamar la atención. Para mí es otra cosa. Es una práctica de entrega que vuelve sexual un gesto cotidiano, una mirada, una orden mínima. Es la prueba de que mi deseo puede crecer precisamente cuando no se satisface enseguida. Y también es una forma brutalmente honesta de comprobar qué hace un dominante con algo tan delicado como la excitación de la persona que se le ofrece.

Mauro no la entierra ni la descuida. La trabaja. La tensa. La estira hasta volverla insoportable. Y cuando por fin decide darme un orgasmo, no me entrega solo una descarga. Me devuelve multiplicado todo lo que yo le puse en las manos.

Por eso quise contarlo así, con detalle. Porque a veces una confesión sirve más que mil definiciones. Y porque todavía, mientras escribo esto, recuerdo el momento exacto en que me dijo que me corriera mirándolo y vuelvo a sentir un latido caliente entre las piernas.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts en Núñez.

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Comentarios(7)

Rosi_lectora

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!!

SentirVerdad

Este tipo de confesiones son las que mas me gustan, se sienten autenticas y eso es lo que engancha de verdad.

VeroBaires

Se me hizo cortisimo, quede con ganas de saber como sigue. Por favor escribi mas!

NorbertoK

Que descripcion tan honesta. Me sorprendio lo bien que esta contado, sin rodeos pero sin ser burdo. Ojalá haya mas confesiones asi.

Fernando8090

¿Hay una segunda parte? Me quede con la intriga jaja

Leticia_rv

Me recordo a una etapa que yo tambien vivi, esa tension es muy dificil de explicar con palabras. Muy bien escrito.

PatricioRojo

buenísimo!!! gracias por compartirlo

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