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Relatos Ardientes

El desayuno que mi vecino me hizo suplicar de rodillas

Lo que voy a contar empezó como una espera y terminó como una rendición. Mi vecino, que también es mi amante desde hace casi un año, estuvo fuera nueve días por trabajo. No me dijo la fecha exacta de su regreso. Lo hizo a propósito, porque sabe que la incertidumbre me pone más nerviosa que cualquier promesa.

Durante esos nueve días me porté como una desesperada. Le mandé fotos. Muchas. La mayoría eran yo frente al espejo del baño, mordiéndome el labio, con la camiseta levantada hasta el cuello. Le escribía mensajes que ni yo me creía capaz de escribir, contándole exactamente lo que pensaba hacerle cuando volviera y, sobre todo, lo que quería que él me hiciera a mí.

—Estás cavando tu propia tumba —me respondió una noche—. Cada foto que mandas es un día más arrodillada cuando vuelva.

Y eso, lejos de asustarme, era justo lo que buscaba.

Volvió un martes, cerca de las diez de la noche, sin avisar. Escuché la puerta del rellano y supe que era él antes de mirar por la mirilla. Hay pasos que una aprende a reconocer. Le abrí en pijama, despeinada, y me lo encontré con la maleta todavía en la mano y esa media sonrisa suya que me desarma desde el primer día.

—No esperabas que fuera hoy —dijo.

—No —admití—. Por eso me lo hiciste.

El problema es que yo no vivo sola. Comparto el piso, y a esas horas mi compañera ya estaba en su cuarto, con la puerta cerrada pero despierta. Eso lo cambiaba todo. Significaba silencio. Significaba contener cada sonido, tragarme cada gemido, convertir el deseo en algo apretado y mudo entre las sábanas.

***

Entramos a mi habitación sin encender la luz grande. Solo la lamparita de la mesilla, esa que da una luz naranja y baja que vuelve la piel más tibia de lo que es. Nos metimos mano apenas cerró la puerta. Primero las bocas, despacio, rozando las lenguas con la punta, jugando a no terminar de besarnos del todo.

—Te eché de menos —murmuré contra sus labios.

—Demuéstralo callada —contestó él.

Esa frase me recorrió entera. Me bajó la camiseta del pijama hasta dejarme el pecho al aire y se inclinó a mamarme los pezones, uno y otro, despacio, con la mano libre tapándome la boca cuando notaba que iba a soltar un gemido. Yo me agarraba a su nuca, arqueando la espalda, intentando que el cabecero no golpeara la pared. El silencio obligado lo hacía todo más intenso. Cada vez que él mordía y yo no podía responder con la voz, el placer se quedaba dentro, sin salida, acumulándose.

Busqué su cuerpo bajo la ropa. Lo encontré ya duro, listo, latiendo contra mi mano. Lo acaricié por encima de la tela primero, después por debajo, sintiendo el peso de él en la palma. Sabía lo que guardaba ahí. Sabía lo que llevaba nueve días sin darme.

—Mañana —dijo, apartándome la mano con suavidad—. Estamos los dos agotados y tu compañera oye todo. Mañana, cuando estemos solos, no vas a tener que callarte.

Me dejó con las ganas a propósito. Otra vez. Nos quedamos abrazados, su pecho contra mi espalda, su aliento en mi nuca, y caímos dormidos así, encajados, como dos piezas que se conocen de memoria.

***

Me despertó el roce. Todavía era temprano, con esa luz gris de las mañanas que aún no terminan de decidirse. Lo primero que noté fue su cuerpo pegado al mío por detrás, su erección frotándose contra mí, su mano colándose bajo la camiseta del pijama para amasarme los pechos sin prisa. Su lengua me recorría el cuello, justo debajo de la oreja, donde sabe que pierdo la cabeza.

—Mi compañera —empecé a decir, medio dormida.

—Se fue hace media hora —dijo él contra mi piel—. Estamos solos. Hoy podemos hacer todo el ruido que quieras.

Esa información me despertó del todo. No había que medir nada, ni tapar bocas, ni morder almohadas. La casa entera era nuestra. Me giré hacia él y le mordí el labio inferior, lo besé con una urgencia que llevaba nueve días guardada, y nuestras lenguas se enredaron sin disimulo. Yo ya estaba mojada, lista, con un hambre que no era de comida.

—Quítate la camiseta —ordenó.

Obedecí. Me la saqué por la cabeza y me senté a horcajadas sobre él un instante, dejando que me mirara, dejando que viera lo que había estado deseando todos esos días. Le aplasté la cara contra mis pechos y él respondió mamando, mordiendo despacio, recorriéndome los pezones con la lengua hasta que los tuve tan duros que casi dolían.

—Por una cuestión que no viene al caso, todavía no puedo follarte como me gustaría —dijo, mirándome desde abajo—. Pero tenemos otras formas de arreglarlo. Y hoy las vas a usar todas.

Yo sabía a qué se refería. Y lo deseaba más que respirar.

***

Le bajé los calzoncillos de un tirón. Su erección saltó hacia arriba, dura, apuntando al techo, y yo sentí esa mezcla de hambre y vértigo que me da cada vez. Pasé los dedos por toda su longitud, despacio, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Quería que supiera exactamente cuánto la había echado de menos.

—De rodillas —dijo él.

Y ahí estaba la frase. La que llevaba prometiéndome por mensaje toda la semana. Me bajé de la cama y me arrodillé en el suelo, a su altura, con la espalda recta y las manos en mis muslos, esperando. Él se incorporó sobre el borde del colchón, me agarró del pelo sin tirar, solo sujetándolo, y me acercó la cara a su cuerpo.

—Pediste esto toda la semana —dijo—. Ahora te lo ganas.

Me la metió en la boca despacio al principio, dejando que me acostumbrara, y después fue tomando el control. Marcaba el ritmo con la mano en mi nuca, hundiéndose un poco más cada vez, llenándome la boca hasta el fondo. Yo lo dejaba hacer. Esa era la parte que más me gustaba: la de entregar el mando, la de no decidir nada, la de existir solo para complacerlo. Las babas me corrían por la barbilla y a él eso parecía volverlo loco.

—Mírame —ordenó.

Levanté los ojos sin sacármela de la boca. Verlo a él mirándome desde arriba, con esa expresión de dominio absoluto, me apretó algo por dentro. Gemí, y esta vez el gemido salió completo, sin nadie a quien ocultárselo, llenando la habitación.

La sacó de golpe y empezó a darme con ella en las mejillas, en los labios, en la lengua que yo sacaba para recibirla. A mí ese gesto me desarma por completo. Es la prueba de que en ese momento le pertenezco, de que puede hacer conmigo lo que quiera, y eso, en vez de rebajarme, me enciende como ninguna otra cosa.

—Por favor —dije, con la voz ronca—. La quiero.

—¿Qué quieres? —preguntó, sabiendo perfectamente la respuesta.

—Tu leche —respondí—. La quiero ahora. Llevo nueve días esperándola.

***

Se la metió de nuevo y me la dejó un rato más, hasta que sintió que estaba al límite. Entonces la sacó, pringada de saliva, y empezó a masturbarse frente a mí mientras yo le ofrecía el pecho con las dos manos y mantenía la lengua afuera, como una ofrenda. Era mi manera de decirle dónde la quería: ahí, en la lengua, para saborearla, para tragármela entera y demostrarle que cada gota era mía.

Pero él tenía otros planes, claro. Siempre los tiene. Después de unas cuantas sacudidas, su orgasmo me llegó a la cara, varios chorros tibios que me cubrieron las mejillas, la nariz, los labios. Solo una parte alcanzó mi lengua, lo justo para saborearlo. El resto quedó esparcido sobre mi piel.

No me importó. Recogí con los dedos lo que no había podido tragar y me lo llevé a la boca, despacio, sin dejar de mirarlo, saboreando cada rastro. Lo demás lo dejé sobre mi cara un momento, sintiéndolo, antes de limpiarme. Hay quien dice que mantiene la piel joven. Yo solo sé que en ese instante me sentí más viva que en toda la semana anterior.

—Buena chica —dijo él, acariciándome la cabeza—. Eso es por portarte tan mal con las fotos.

Me reí, todavía de rodillas, todavía temblando un poco. Me incorporé y me senté en su regazo, y él me abrazó como si los nueve días no hubieran existido, como si el dominio de hacía un minuto pudiera convertirse en ternura sin solución de continuidad. Esa es la parte que nadie entiende de lo nuestro: que la entrega y el cariño no se contradicen, que una cosa hace a la otra más grande.

***

Sé que todavía le quedan reservas para más tarde. Lo conozco. Sé de su habilidad para darme varias raciones en pocas horas, y sé que esta noche, cuando yo cruce el rellano hasta su puerta y mi compañera ya no sea un problema en su casa vacía, no habrá que callar nada.

Pero eso será otra historia. Ahora tengo que salir, no puedo entretenerme, tengo el día por delante y la cara recién lavada. Lo importante es que empecé la mañana de rodillas, suplicando, y que él me concedió justo lo que le rogué.

Y no me canso. Nunca me canso de este desayuno.

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Comentarios (4)

Ignacio_BA

increible relato!! me tuvo enganchado de principio a fin, muy bien escrito

Daniela_Norte

Necesito la segunda parte urgente, dejaste todo muy abierto. Gracias por compartirlo!!

ElPatagonico77

Dios mio que caliente. No pude parar de leer ni un segundo

PatoCordoba

La tension que manejas es lo mejor del relato, te atrapa sin caer en lo burdo. Sigue asi!

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