El secreto que mi novia descubrió en la maternidad
Mariana y Bruno eran una pareja como cualquier otra, dos personas corrientes que habían pasado por colegios corrientes y llevaban vidas corrientes. Bruno tenía veintitrés años y estaba a un curso de terminar la carrera de administración. Mariana, con veintiuno, iba por la mitad de la suya. Se conocían desde la adolescencia y llevaban casi cinco años juntos.
Con el tiempo habían descubierto juntos casi todo lo que una pareja joven descubre a solas. Primero con timidez, con esa torpeza de las primeras veces, y después con un hambre que no se saciaba nunca. La química entre ellos era evidente. Sus cuerpos se entendían sin palabras, se leían en la oscuridad, y eso les daba una ventaja que pocas parejas tenían.
Mariana siempre había sido la curiosa de los dos. Le gustaba explorar, probar, empujar los límites un poco más cada vez. Bruno era distinto: más reservado, más celoso de su intimidad, de los que prefieren lo de siempre. Pero jamás le negaba una fantasía a su novia. Sabía que mientras ella estuviera contenta, él era el hombre más afortunado del mundo.
Una noche, durante una cena en casa de los padres de Bruno, su hermana mayor anunció que estaba embarazada. Después de los abrazos, las felicitaciones y el vino servido de más, Bruno notó que Mariana se había quedado en silencio, con la mirada perdida en algún punto del mantel.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —le preguntó al oído.
—Sí, amor —respondió ella, despacio—. Es solo que la noticia me hizo pensar en algunas cosas.
Lo miró con una sonrisa que él conocía demasiado bien y lo arrastró de vuelta a la mesa, donde los demás seguían brindando. Bruno no volvió a relajarse en toda la cena. Esa sonrisa significaba que a Mariana se le había ocurrido algo, y rara vez era algo inocente.
***
De camino a casa, con las luces de la avenida pasando por el parabrisas, Bruno no aguantó más.
—¿Qué se te ha metido en la cabeza, niña perversa? —preguntó sin apartar los ojos de la carretera.
—¿Por qué das por hecho que es algo perverso? —contestó ella, divertida.
—Porque te conozco. Esa cara solo la pones cuando estás tramando una de tus locuras.
—Puede que me conozcas demasiado bien. —Soltó una risa baja, casi culpable.
—Venga, dímelo ya.
Mariana se giró en el asiento, recogiendo una pierna debajo de la otra.
—¿Te acuerdas de que el mes pasado empezamos el módulo de ginecología? Ese mes fue todo teoría. La semana pasada arrancamos las prácticas. Tengo que completar cincuenta horas en el pabellón: revisiones, muestras, lo que haga falta.
—Ajá. ¿Y eso qué tiene que ver con tu cara de diablilla?
—Prométeme que no vas a reírte. Creo que nunca me había pasado algo tan raro por la cabeza.
—A veces me das un poco de miedo, Mariana. Pero te quiero, y jamás te juzgaría. Además, tus locuras suelen ser bastante entretenidas.
Ella respiró hondo, como quien va a confesar un secreto que pesa.
—La primera mujer que me tocó atender estaba de ocho meses. Venía por una revisión de mamas y necesitaba un cultivo. Le pedí que se desnudara, le di una bata, y cuando empecé la exploración, apenas la rocé con un dedo y se le erizó toda la piel. Tenía las tetas hinchadas, pesadas, con los pezones tan gordos y oscuros que parecían pedir boca, y en cuanto la toqué se estremeció de una forma que no me esperaba.
Bruno escuchaba en silencio, sin entender todavía hacia dónde iba aquello.
—Cuando la ayudé a recostarse para el cultivo —continuó ella—, su vientre era enorme. Hubo un momento en que no pude apartar la mirada. Y al hacer el esfuerzo de tumbarse, el vientre se le puso duro, tenso. Yo… no sé cómo explicarlo, pero algo dentro de mí reaccionó. Sentí el coño mojado bajo el uniforme, tanto que tuve que apretar los muslos para que no se me notara. Me incomodé, traté de ignorarlo y seguí con lo mío. Cuando le avisé de que iba a continuar con el procedimiento, ella se disculpó. Me dijo que perdonara lo sensible que estaba, que llevaba meses así por las hormonas, que cualquier roce la encendía, que si el marido la tocaba se corría en un minuto. La tranquilicé y terminé. Pero desde ese día no me lo puedo quitar de la cabeza.
—Es normal, ¿no? —dijo Bruno, intentando restarle importancia—. Las hormonas están disparadas.
—Ya, pero nunca lo había vivido tan de cerca. Nunca me había parado a pensar en cómo es el deseo de una embarazada. Imagínate sentirlo todo más intenso, cada caricia multiplicada, el coño chorreando todo el día. —Hizo una pausa—. Y hay algo en ese cuerpo, en esa forma… me parece increíblemente atractivo. Las tetas llenas de leche, el culo más grande, la barriga tirante… me pone a mil.
—¿Ahora me vas a salir lesbiana? —bromeó él, aunque la voz le tembló un poco.
—No, tonto. —Le apretó el muslo por encima del pantalón, y la mano fue subiendo hasta rozarle el bulto que ya empezaba a marcarse—. ¿Y si me embarazas tú?
Bruno frenó más de la cuenta en el semáforo.
—¿Qué? Ahora sí te has pasado. ¿Cómo te voy a dejar embarazada? Estás a mitad de la carrera, yo no he terminado todavía. El trabajo me va bien, pero no es el momento, y menos por simple curiosidad.
—Lo sé, lo sé. —Se rio, apoyando la frente en su hombro—. Pero ahora que tu hermana va a estarlo, me da un morbo enorme pensar que vamos a verla cambiar, ponerse cada vez más redonda. Y la idea me pone como una moto. Creo que acabo de descubrir un fetiche nuevo.
—Madre mía. ¿Ahora te calientan las embarazadas? ¿Y encima mi hermana? —Sacudió la cabeza, pero una media sonrisa lo traicionó—. Aunque saber que te pone así me pone a mí, y eso lo sabes de sobra. Así que, según vaya avanzando el embarazo, ya veremos qué pasa. ¿Te parece?
—Sí, amor. Gracias. —Le besó la mejilla con una alegría infantil que a él lo desarmó por completo.
***
Las semanas siguientes fueron una tortura deliciosa. Mariana pasó dos meses y medio en el pabellón de maternidad, y a esas alturas salía de cada turno con el cuerpo encendido, incapaz de pensar en otra cosa. Bruno la recogía todos los días a la salida, y rara era la tarde en que no terminaban enredados en el asiento trasero o subiendo las escaleras a trompicones para encerrarse en la habitación.
La primera vez que la buscó en el coche, Mariana ni siquiera lo dejó salir del aparcamiento del hospital. Se pasó al asiento trasero sin decir palabra, se subió la falda hasta la cintura y se bajó las bragas de un tirón, dejándolas colgando de un tobillo. Bruno miró el retrovisor una sola vez antes de trepar detrás. Ella ya se había sentado encima de él, con las bragas empapadas y el coño ardiendo, y le desabrochó los pantalones con dedos torpes de urgencia.
—Métemela ya —le pidió al oído, buscándole la polla con la mano—, llevo toda la mañana pensando en esto, no puedo más.
Bruno la tenía dura desde que la había visto salir por la puerta. Se la agarró, se la puso en la entrada del coño y Mariana bajó las caderas de golpe, tragándosela entera hasta el fondo. Gimió tan fuerte que Bruno le tapó la boca con la mano, entre asustado y muerto de morbo. Ella empezó a cabalgarlo furiosa, apoyando las manos en el techo del coche, subiendo y bajando sobre su verga con un ritmo que le sacudía las tetas contra la camisa. Bruno le arrancó los botones de un jalón, le sacó los pechos del sujetador y se los llevó a la boca uno detrás del otro, mordiéndole los pezones mientras ella se corría por primera vez, apretándole la polla con el coño en espasmos calientes.
—Otra vez —le rogó Mariana, sin dejar de moverse—. No pares, quiero otra.
Bruno la agarró de las caderas y empezó a embestirla desde abajo, chocando su pelvis contra el culo de ella con golpes secos que hacían crujir la suspensión del coche. El coño de Mariana estaba tan mojado que se oía el chapoteo cada vez que él se hundía hasta el fondo. Se corrió dentro sin avisar, gruñéndole contra el cuello, y ella se corrió por segunda vez sintiendo la corrida caliente llenándola.
Se quedaron un rato así, sudados y jadeando, con la ventanilla empañada y las bragas de ella tiradas en el suelo del coche. Bruno pensó que no le iba a durar el cuerpo si aquello se repetía a diario. Y se repitió.
Él estaba sorprendido. Nunca la había visto así, tan insaciable, tan a flor de piel por un solo pensamiento. Una tarde, después de clase, decidió que necesitaban hablarlo en serio.
—Mariana, tenemos que hablar. —La frenó antes de que se le echara encima en cuanto cerró la puerta del cuarto—. He notado lo encendida que estás estas semanas. Me vas a matar, en serio.
—Ay, perdón. —Se mordió el labio, entre la risa y la disculpa—. De verdad que no lo puedo evitar. Verlas todos los días me deja en un estado que no se calma hasta que llegas tú.
—Lo sé, y no es que me queje. —Se sentó en el borde de la cama y le tendió la mano para que se acercara—. Pero me gustaría entenderlo mejor. ¿Y si vemos algunas cosas juntos y me vas contando qué es lo que te atrae tanto? Fotos, vídeos, lo que sea. Yo no tengo ni idea, pero quiero que me guíes.
—¿En serio harías eso por mí?
—Claro que sí. Si este tema te pone de esta manera, quiero entender por qué. A lo mejor hasta le acabo cogiendo el gusto.
Bruno alcanzó el portátil y lo abrió sobre las piernas, dispuesto a buscar algún reportaje, alguna explicación médica que lo ayudara a comprender. Mariana lo detuvo con una mano sobre la suya y una sonrisa torcida.
—No, amor, ahí no. Eso quizá te asuste. Mejor por aquí.
Le quitó el ordenador con suavidad, tecleó una dirección que él no alcanzó a leer y, cuando levantó la vista para mirarlo, encontró unos ojos desconcertados pero llenos de curiosidad. Siguió buscando sin borrar la sonrisa.
—¿Existe esto de verdad? —preguntó Bruno, inclinándose hacia la pantalla.
—No te imaginas la cantidad de material que hay. Yo también me quedé de piedra. Resulta que no soy la única loca a la que se le acelera el pulso con esto.
Pasaron la tarde entera así, ella mostrándole una cosa tras otra, explicándole con detalle qué la atraía de cada imagen, dónde se posaba su mirada, qué la hacía apretar los muslos. Le señaló los vientres tirantes, los pezones oscuros y gordos, los culos redondos, las mujeres a cuatro patas con la barriga colgando mientras se las follaban por detrás, las corridas dentro sin condón, los primeros planos de coños hinchados goteando semen. Bruno empezó incómodo, después intrigado, y al final tan excitado como ella. Se le marcaba la polla en el pantalón hasta hacerle daño. Algo se le había metido dentro, una idea que hasta esa tarde le había parecido descabellada y que de pronto no sonaba tan mal.
Mariana notó el bulto y le pasó la mano por encima, apretándoselo con la palma abierta.
—¿Ves? Te dije que te iba a gustar —susurró, mordiéndole la oreja—. Te la tengo dura solo con enseñarte fotos.
Le bajó la cremallera sin apartar la vista de la pantalla, le sacó la polla y se la envolvió con la mano. Empezó a masturbarlo despacio, subiendo y bajando el puño, mientras seguía pasando imágenes con la otra mano. Bruno respiraba entrecortado. Ella se inclinó y se la metió en la boca de un solo trago, hundiéndosela hasta la garganta. Bruno soltó un gemido ronco y le agarró el pelo con las dos manos. Mariana lo chupó a fondo, moviendo la cabeza arriba y abajo, ensalivándole toda la verga hasta las pelotas, sacándosela con un hilo de saliva colgando del labio para lamérselo desde la base y volver a tragárselo entero.
—Me encanta cómo me la mamas —le gruñó él, tirándole del pelo—. Joder, Mariana…
Ella se levantó de golpe, se quitó la camiseta y el sujetador de un movimiento, y se bajó los pantalones pateándolos hacia un lado. Se quedó desnuda delante de él, con las tetas paradas y los pezones duros, la piel enrojecida de puro calentón. Bruno le arrancó el resto de la ropa que le quedaba, la tumbó de espaldas sobre la cama y le abrió las piernas de par en par. El coño de Mariana estaba brillando, empapado, con los labios abiertos y el clítoris tan hinchado que se veía desde lejos.
—Mira cómo estás —murmuró él, pasándole dos dedos entre los pliegues—. Estás chorreando.
—Cómemelo, por favor —jadeó ella—. Chúpame el coño hasta que me corra.
Bruno bajó la cabeza y le lamió el coño de abajo arriba, saboreándolo, hundiéndole la lengua entre los labios, chupándole el clítoris entre los dientes con cuidado. Mariana arqueó la espalda y le apretó la cabeza contra su sexo con las dos manos, restregándose contra su boca. Le metió dos dedos y se los curvó buscando el punto que la volvía loca, mientras seguía chupándole el clítoris sin parar. Ella se corrió a los pocos minutos, con las piernas temblándole y un grito ahogado, empapándole la barbilla y el cuello de flujo.
No aguantaron mucho más. Bruno se enderezó, todavía con la boca brillante, se puso entre sus piernas y se agarró la polla para pasársela por el coño mojado. La restregó despacio, arriba y abajo, rozándole el clítoris con la punta hasta que Mariana empezó a suplicarle.
—Métemela ya, Bruno, por favor.
—Sin nada —dijo él, mirándola a los ojos—. Sin condón. ¿Segura?
—Sin nada. Quiero sentírtela de verdad. Quiero que te corras dentro.
Se la metió de un solo empujón, hasta el fondo. Los dos gimieron a la vez, ella por lo lleno que se sentía el coño con su polla a pelo, él por el calor apretado que lo recibía sin barrera. Empezó a follársela despacio, saliendo casi entera y volviendo a hundírsela hasta las pelotas, mirándose los cuerpos, viendo cómo la verga entraba y salía brillante del coño de ella. Mariana le rodeó la cintura con las piernas y le clavó los talones en el culo, animándolo a ir más fuerte.
—Más duro, amor, más duro. Fóllame como si me quisieras preñar.
Bruno la agarró de las caderas y aceleró, embistiéndola con golpes secos que hacían crujir la cama y le sacudían las tetas contra el pecho. Se la sacó de repente, la puso a cuatro patas y se la volvió a meter por detrás de un solo empujón, agarrándole el pelo con una mano y una nalga con la otra. El culo de Mariana rebotaba contra su pelvis con cada embestida, y el coño hacía un ruido húmedo, obsceno, cada vez que la polla se hundía hasta el fondo.
—Voy a llenarte entera —le gruñó al oído, inclinándose sobre su espalda—. Voy a dejarte el coño chorreando semen.
—Sí, córrete dentro, córrete dentro… —jadeó ella, con la cara contra la almohada.
Mariana se corrió otra vez, con el coño apretándole la polla en espasmos rítmicos, y Bruno no aguantó más. Se hundió hasta el fondo, la agarró de las caderas con las dos manos y descargó dentro con un gruñido largo, chorro tras chorro, vaciándose por completo en ella. Se quedó ahí unos segundos más, todavía duro, sintiendo cómo el coño de Mariana lo ordeñaba hasta la última gota.
Se dejó caer de lado, arrastrándola con él. Cuando le sacó la polla, un hilo espeso de semen escurrió del coño hinchado de ella y le mojó los muslos. Mariana bajó la mano y se lo empujó con dos dedos hacia adentro, sonriendo con los ojos entrecerrados.
—Que no se salga nada —murmuró.
Después, tumbados y sin aliento, Bruno la abrazó por la espalda y apoyó la mano abierta sobre el vientre plano de Mariana. Ella la cubrió con la suya y sonrió en la penumbra, imaginando lo que vendría. Y él, que siempre había preferido lo de siempre, se descubrió pensando que tal vez aquella locura no fuera tan mala idea después de todo.





