Las reglas de Daddy para su nueva sumisa
La sala estaba bañada en una penumbra roja y tibia. Unas tiras de luz empotradas en las paredes de acero negro latían despacio, como si el cuarto entero respirara, y todo ese resplandor se reflejaba en la silla que ocupaba el centro del espacio. No era una silla cualquiera: era una pieza de ingeniería obscena, un trono de metal y cuero con brazos articulados, reposapiés móviles y un respaldo curvo que se amoldaba al cuerpo. Y yo estaba allí, completamente inmovilizada en ella.
Tenía las muñecas sujetas por unos brazaletes que se habían cerrado con un clic electrónico apenas audible. Los tobillos, atrapados en anillos idénticos sobre los reposapiés. Un cinturón ancho de cuero reforzado con acero me cruzaba la cintura y me fijaba al asiento. Cada cierre respondía al mando que él sostenía en su mano grande, y por más que tiraba, la silla no cedía ni un milímetro.
Había llegado a esa fiesta sin saber muy bien qué buscaba. Curiosidad, supongo. Por eso me había metido en aquella habitación privada al fondo del pasillo, la que tenía una puerta distinta a todas las demás. Y por eso él me había encontrado.
Daddy Cross era alto, de piel dorada y músculos marcados bajo la camisa abierta. Me observaba con una sonrisa lenta, peligrosa, y sus ojos claros brillaban con una mezcla de curiosidad y hambre que me erizaba la piel. El vestido corto se me había subido durante mis intentos de soltarme, y sabía que él podía ver perfectamente la tela fina y oscura que apenas me cubría, ya húmeda de pura anticipación.
—Bien, mi pequeña Vera —dijo con esa voz grave que hacía vibrar el aire—. Te encontré aquí, sola, husmeando. Y aceptaste quedarte. Así que vamos a conocernos mejor. Las reglas son simples: te hago una pregunta, tú respondes con la verdad, sin filtros. Mientras tanto, yo juego contigo. Si te portas bien, quizás te deje correrte. Si mientes o te resistes, te dejaré al borde hasta que llores o digas la verdad.
Tragué saliva. Sentía las mejillas encendidas, pero no aparté la mirada.
—Sí, Daddy Cross… acepto.
—Daddy. Solo Daddy, mientras estés conmigo.
Tocó el mando y la silla cobró vida. El asiento se inclinó, los reposapiés se separaron despacio y mis piernas quedaron abiertas, expuestas, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Él se movió hacia un estante a mi lado y empezó a elegir cosas que yo no alcanzaba a ver. Luego se colocó detrás de mí. Oí mecanismos, un chasquido suave, el roce de algo metálico. No saber qué venía era parte del juego, y él lo sabía.
Un zumbido bajo llenó la sala. Desde un compartimento oculto en el asiento se deslizó un pequeño accesorio ya lubricado que se acomodó justo contra mi clítoris. Al mismo tiempo, algo grueso y curvo empezó a entrar en mí desde abajo, centímetro a centímetro, con un movimiento hidráulico tan preciso que me dejó sin respiración. Daddy se inclinó por detrás y, con dos dedos firmes, acomodó un tapón pequeño contra mi otra entrada hasta que cedió.
—Pregunta uno —dijo, sentándose frente a mí en un sillón de cuero, las piernas abiertas, perfectamente en control—. ¿Cuántos años tienes y por qué estabas espiando en mi habitación privada?
Gemí cuando la vibración subió a media intensidad. Lo que me llenaba por dentro empezó a girar en círculos lentos, profundos, y tuve que cerrar los ojos para encontrar las palabras.
—Vein… veintidós, Daddy —jadeé—. Y entré porque… necesitaba un poco de aire. La fiesta era demasiado… y la puerta estaba entreabierta…
Sonrió como si ya supiera que esa no era toda la verdad, y aumentó la velocidad. El tapón empezó a vibrar en sincronía con lo demás. Me retorcí contra las correas, pero no había escapatoria, y una parte de mí, la más honesta, no quería que la hubiera.
***
Las preguntas siguieron. Dos, tres, cuatro. Cada una más íntima que la anterior. Mi color favorito. Mi experiencia previa con el dolor y el placer. Mis límites duros. Lo que me daba miedo y lo que me daba miedo desear. Y con cada respuesta él jugaba conmigo: subía la intensidad hasta que mi cuerpo entero temblaba al filo del orgasmo, mis gemidos se volvían súplicas, y entonces, con un solo toque del mando, todo se detenía. Silencio. Nada. La frustración me subía por la garganta como un sollozo.
—Por favor —supliqué la cuarta vez, con la voz quebrada—. Daddy, por favor…
—Todavía no —respondió, tranquilo, disfrutando cada segundo de mi desesperación—. Pregunta cinco. ¿Alguna vez has tenido un Daddy? ¿Alguien que te haya poseído por completo, que te haya pertenecido del todo?
—No… nunca —susurré, el pecho subiendo y bajando rápido—. Solo… fantasías. Solo lo había imaginado.
Activó el tapón al máximo y lo que me penetraba empezó a moverse con embestidas profundas y rápidas. La vibración sobre mi clítoris latía como un corazón enloquecido. Grité, arqueando la espalda contra las correas hasta donde me lo permitían.
—Pregunta seis —dijo, inclinándose hacia adelante, los ojos clavados en los míos—. ¿Eres virgen, mi pequeña Vera? ¿Nadie te ha tenido nunca de verdad?
Hubo un silencio de un segundo. Luego mi propia voz, rota, me sorprendió:
—Sí… soy virgen, Daddy. Nunca… nadie.
El efecto fue inmediato. Sus ojos se oscurecieron con algo posesivo, casi animal, y una sonrisa feroz le cruzó la cara.
—Joder. Mi pequeña virgen —gruñó—. Eso lo cambia todo.
Sin más pausas, sin más negaciones, activó todo a la vez. La vibración rugió contra mi clítoris, lo que me llenaba embistió con una fuerza brutal y el tapón vibró tan fuerte que sentí que me deshacía por dentro. El orgasmo me arrolló como un tren. Grité, el cuerpo convulsionando contra las restricciones, los muslos temblando, mientras una ola tras otra me atravesaba sin tregua.
En el pico exacto, cuando se me fueron los ojos hacia atrás y todo en mí se contraía con fuerza, él se levantó, se acercó y me tomó la cara con una mano.
—¿Cuál es tu mayor fantasía, mi virgen sucia? —preguntó contra mis labios, sin detener nada—. Dímela ahora, mientras te corres para mí.
Apenas podía hablar, pero las palabras salieron entre sollozos de placer:
—Un… un juguete poderoso… a control remoto… en público. Que me hagan correrme mientras hablo con gente… sin que nadie lo sepa… Ahh, por favor, Daddy…
Soltó una risa baja y oscura.
—Entonces vamos a hacerla realidad. Ahora mismo.
***
Apagó todo. Quedé temblando, exhausta, con la respiración hecha trizas, pero él ya estaba soltando las correas con movimientos precisos. Me ayudó a ponerme de pie. Las piernas no me sostenían bien, y él lo sabía, así que me sujetó por la cintura y me guió hasta una mesa auxiliar contra la pared.
Allí estaba el juguete del que me había hablado, el que él llamaba la Quimera. Era una pieza preciosa y obscena al mismo tiempo. Medía casi dieciocho centímetros, con una punta bífida de dos lengüetas flexibles que, según me explicó, vibraban por separado para imitar lamidas profundas y precisas. El cuerpo estaba cubierto de una textura de escamas suaves pero firmes, pensadas para masajear cada pared interna con el movimiento. El motor tenía diez niveles, desde un ronroneo casi imperceptible hasta un terremoto capaz de hacer que las rodillas fallaran. La base se ensanchaba un poco para quedar bloqueada dentro, y se controlaba desde una aplicación en su teléfono, con patrones aleatorios, pulsos sincronizados, incluso activación por voz. En modo bajo era completamente silencioso; en alto, decía él, rugía como una bestia.
Lo lubricó con generosidad y lo deslizó dentro de mí con una lentitud deliberada que me hizo morderme el labio. Las dos lengüetas se acomodaron justo donde debían, presionando un punto que yo ni sabía que tenía. Gemí cuando lo activó en el modo más suave, un latido apenas perceptible.
Luego tomó otra cosa: un cinturón de acero inoxidable y cuero negro, elegante y cruel a la vez. La placa frontal, curva, se ajustó sobre mí, empujando la Quimera un poco más adentro y bloqueándola en su sitio. El cierre magnético hizo clic. Solo él tenía el control remoto, y solo él tenía la llave. Una cadena fina rozaba mis muslos con cada movimiento, un recordatorio de a quién pertenecía esa noche.
—Ahora —dijo, acomodándome el vestido corto para que cubriera apenas el cinturón—, vamos a la fiesta. Vas a bailar. Vas a hablar con quien yo te diga. Y yo voy a jugar.
***
Me llevó de la mano de vuelta al salón principal. La música golpeaba fuerte, las luces estroboscópicas cortaban la oscuridad en pedazos y había docenas de cuerpos semidesnudos moviéndose entre máscaras, risas y susurros. Yo caminaba con las mejillas ardiendo, sintiendo cada paso como una caricia interna que me recordaba lo que llevaba escondido bajo el vestido.
Daddy me dejó en mitad de la pista.
—Baila conmigo —ordenó pegado a mi oído—. Y sonríe.
Activó la Quimera en el nivel tres. Las lengüetas empezaron a moverse, a lamer y vibrar dentro de mí, y tuve que respirar hondo para no doblarme allí mismo. Pero obedecí. Bailamos tres canciones, sus manos en mis caderas, su sonrisa rozándome la sien, antes de que me soltara con la orden clara de seguir bailando sola. Mis caderas se movieron al ritmo de la música, el vestido ondeando, mientras él se alejaba entre la gente sin dejar de mirarme.
Un hombre con media máscara plateada se acercó poco después. Era atractivo, seguro de sí mismo, uno de los habituales del lugar.
—Eres nueva, ¿verdad? —dijo con una sonrisa—. Te vi llegar con Cross hace un rato y no pude evitar venir a saludarte. ¿Te estás divirtiendo?
Intenté responder con naturalidad, pero en ese instante exacto la vibración saltó al nivel seis. Las escamas masajearon, las lengüetas lamieron mi punto más sensible sin piedad, y las rodillas casi me fallaron. Apreté los dientes y sonreí.
—Sí… mucho —logré decir, la voz temblorosa, una gota de sudor bajándome por el cuello—. Es… es increíble. El lugar, la gente… todo.
Miré de reojo hacia donde estaba Daddy. Me observaba desde el otro extremo del salón, con esa sonrisa posesiva, el teléfono en la mano. El hombre de la máscara siguió hablándome, ajeno por completo a lo que pasaba bajo mi vestido, y eso, saber que nadie lo sospechaba, me llevó al límite mucho más rápido que cualquier toque.
La Quimera rugió en silencio dentro de mí. Quise gritar. Apreté los muslos, fingí reírme de algo que el desconocido había dicho, y lo vi a él acercarse despacio entre la multitud con una sonrisa burlona, disfrutando cada segundo de mi tortura.
—Sigue bailando, mi virgen —murmuró su voz en el pequeño auricular que me había puesto—. Y cuando te corras delante de todos sin que nadie lo note, quiero que digas mi nombre. Solo en tu cabeza. Solo para mí.
Cerré los ojos un segundo. El placer subía como una marea imparable, imposible de contener, mientras la fiesta seguía girando a mi alrededor, ajena por completo al huracán que Daddy acababa de desatar dentro de mí. Y supe, con una certeza que me hizo temblar, que esa noche apenas empezaba.