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Relatos Ardientes

Jugué a ser la rubia tonta que todos podían usar

Me llamo Brenda. Tengo veintidós años, soy rubia y, según me dicen, bastante linda. Desde hacía tiempo arrastraba una fantasía que me encendía como ninguna otra: convertirme en una rubia tonta, una muñeca boba y sin cerebro, y que un grupo de hombres se aprovechara de esa ingenuidad. Que me usaran a su antojo, convencidos de que yo no entendía nada de lo que pasaba.

Aclaro que no soy tonta en absoluto. Curso el tercer año de Arquitectura y me va más que bien. Pero con mi último novio jugábamos seguido a la «rubia tonta», y descubrí que ese papel me excitaba de una forma que no podía explicar con palabras.

Un día decidí llevar la fantasía hasta el final. El plan era simple y temerario: iría sola a un boliche disfrazada de muñeca sin neuronas, con la esperanza de que alguien me abordara y se creyera el personaje. Lo demás dependería de la suerte.

El sábado a la noche, con una mezcla de excitación y miedo en el estómago, empecé a prepararme frente al espejo.

¿Cómo se viste una rubia tonta?

Me puse un corpiño rosado de encaje y, encima, un top verde manzana de breteles finitos. Una bombacha vedettina blanca, una pollera corta roja, tableada, y unas sandalias doradas con tacos imposibles de quince centímetros. Para el maquillaje fui directo al mal gusto: sombra turquesa, labial rojo furioso, demasiado rubor en las mejillas y las uñas pintadas del mismo rojo gritón.

Me miré por última vez. El pelo rubio, los pechos grandes, la boca apenas entreabierta y los ojos muy redondos. Parecía exactamente lo que quería parecer.

***

Llegué al boliche y entré. Me senté en una de las banquetas que rodeaban la pista, intentando poner cara de boba: ojos enormes, expresión perdida, una sonrisa floja colgada de los labios.

El primero que se acercó a invitarme a bailar no servía para mi plan. Lo descarté con una excusa tonta y volví a mi banqueta. Al rato apareció otro, bastante atractivo, de campera oscura y sonrisa segura.

—Damián —se presentó, gritando por encima de la música.

Empezamos a bailar. En medio del ruido me preguntó si estudiaba o trabajaba. Solté una risita estúpida y le dije que ninguna de las dos cosas, que ayudaba a mi mamá con las cosas de la casa. Mencionaba a mi madre a cada rato, porque imaginaba que una chica así viviría pegada a las polleras de su mamá.

—Mamá siempre me dice… —empezaba, y nunca terminaba la frase. La cerraba con otra risita.

Le pregunté de qué trabajaba. Me contó que arreglaba computadoras.

—¡Pero eso es dificilísimo! —exclamé con vocecita de nena—. Yo trato de usar la compu y enseguida me hago un lío. El que sabe es mi hermano.

Por la forma en que me miraba, me di cuenta de que Damián ya estaba convencido: yo era una rubiecita de pocas luces, una presa fácil. Justo lo que necesitaba.

—Vení, te quiero presentar a unos amigos —dijo, tomándome de la mano.

—Bueno —contesté, con una sonrisa boba.

Sus amigos se llamaban Lucas y Pablo. Después de un rato de charla, los tres estaban igual de convencidos de que tenían delante a una tonta sin remedio. Yo veía cómo se miraban entre ellos, cómo cruzaban sonrisas que creían disimuladas. El estómago me hervía de anticipación.

—Tenemos el auto acá nomás —dijo Damián—. Vamos para allá, así estamos más tranquilos.

—Bueno —repetí, con cara de nena ingenua.

El corazón me latía a mil. Me tomaron del brazo, uno de cada lado, y me llevaron afuera. La noche estaba fresca y el estacionamiento, casi vacío.

***

—Subí —me ordenó Damián, abriendo la puerta trasera.

Lo dijo en un tono que no admitía réplica, y eso me erizó la piel. Me empujó apenas hacia el interior. Lo primero que perdí fueron las sandalias, que quedaron tiradas en la alfombra del auto. Damián subió detrás de mí; Lucas y Pablo se acomodaron adelante y giraron el cuerpo para no perderse nada.

Apenas me senté, Damián me apoyó la mano en la rodilla y empezó a subirla por debajo de la pollera. Le agarré la muñeca, fingiendo que quería frenarlo.

—¿Qué pasa? ¿No te gusto? —preguntó.

Era un tipo lindo y lo sabía. Bajé la vista como avergonzada y asentí muchas veces con la cabeza.

—¿Querés que seamos noviecitos?

Lo miré abriendo grandes los ojos, me llevé el dedo índice a la boca y le dediqué la sonrisa más idiota de mi repertorio.

Damián me deslizó los breteles del top por los hombros y empezó a desabrocharlo. Mi fantasía se estaba volviendo real. Me lo sacó y lo tiró por algún lado. El corpiño rosado quedó a la vista. Me amasó un pecho por encima del encaje y, enseguida, fue bajando también los breteles del corpiño.

—No, no… —protesté con voz de nena.

—Pero, querida, si somos casi noviecitos —dijo él, con esa dulzura que se usa para hablarle a una criatura.

Lucas y Pablo miraban desde adelante sin pestañear. De golpe, Damián me bajó el corpiño hasta la cintura y yo me tapé los pechos con las dos manos.

—A ver, no te tapes —dijo, agarrándome las muñecas y apartándomelas con firmeza.

Agaché la cabeza como si me muriera de vergüenza. Un poco era verdad. Pero, sobre todo, estaba más excitada de lo que jamás había estado. Cada segundo me confirmaba que había hecho bien en animarme.

Damián volvió a meter la mano bajo la pollera y me recorrió los muslos, subiendo hasta la entrepierna y bajando otra vez, sin apuro. Yo intentaba estirarme la pollera con una mano mientras con el otro brazo me cubría los pechos. Los dos de adelante seguían cada movimiento con una sonrisa fija.

—Sacate la pollera —ordenó Damián.

La desabroché con dedos torpes y él la deslizó por mis piernas hasta dejarla en el piso. Solo me quedaba la bombacha. Damián enganchó un dedo en el elástico y me la bajó hasta los tobillos, donde quedó enredada. De un manotazo me cubrí los pechos con un brazo y bajé la otra mano al pubis.

Ya me tenían como querían: completamente desnuda, encogida, con la cabeza gacha y la mirada en el piso. Lucas y Pablo se relamían desde los asientos delanteros, disfrutando del espectáculo.

A esa altura mis pezones estaban durísimos, hinchados por la excitación, y sentía la entrepierna empapada. Me dio terror que se dieran cuenta: se suponía que yo era una víctima, no alguien al borde del orgasmo.

—Tengo frío —dije con mi vocecita, cubriéndome con las dos manos. El frío justificaría los pezones tan erectos, pensé.

—Bajá las manos, queremos ver esas tetas tan lindas que tenés —dijo Damián, cada vez más en tono de mando.

Cohibida, obedecí y dejé los pechos al descubierto. Entonces, desde adelante, Lucas estiró la mano, me pellizcó el pezón izquierdo y empezó a tironear, muerto de risa. Pablo me agarró el otro pecho y lo apretó y lo amasó a su gusto.

Yo permanecía inmóvil, la cabeza baja, las manos cubriéndome el pubis, mientras dos de ellos me manoseaban los pechos. Damián me apartó las manos de la entrepierna y empezó a explorarme con los dedos, recorriéndome despacio, hundiendo apenas la punta de un dedo en mí.

Así estuvieron un buen rato, repartiéndose mi cuerpo, comentando entre ellos como si yo no estuviera, como si fuera un objeto que se pasaban de mano en mano. Y eso —que hablaran de mí en tercera persona— fue lo que más me prendió fuego por dentro.

***

Damián se bajó el pantalón y el calzoncillo y me obligó a arrodillarme en el piso del auto. Me acercó la verga a la boca.

—Abrí la boca, nena —dijo, serio, como quien reprende a una chiquilina.

Obedecí y empecé a chuparlo. Al mismo tiempo, les indicó a Lucas y Pablo que bajaran del auto y esperaran afuera. Después me tomó del brazo, me hizo pasar a la parte delantera, reclinó los asientos y me acostó boca arriba.

Se puso un preservativo. Había llegado el momento. Se acomodó encima de mí y empezó a embestir con fuerza. Los asientos se sacudían con cada arremetida.

—No, no… ay… —decía yo, sin abandonar mi papel de muñeca asustada.

—Quieta —me bramó al oído.

Terminó, se bajó y, al rato, subió Lucas. Se arrodilló, me sujetó la cabeza con las dos manos y me llevó la boca hasta su verga.

—Chupá —ordenó.

Obedecí mientras él me agarraba del pelo y marcaba el ritmo a su antojo. Al rato soltó un gruñido ronco y se vació en mi boca.

—Tragá todo —me dijo. Lo hice.

Lucas se bajó y entró Pablo. Volvió a acostarme boca arriba, se colocó el preservativo y me penetró. Era más grande que Damián y lo entraba y lo sacaba con calma, mirándome a los ojos.

—Así, muy bien, muñequita —susurraba.

Cuando Pablo terminó, los tres acomodaron los asientos como estaban. Damián me clavó la mirada y, sin la menor consideración, escupió:

—Vestite y tomatelas de acá.

Aunque estaba conmocionada por todo lo que acababa de pasar, decidí regalarles una última actuación. Ahí mismo me largué a llorar y sollozar mientras me vestía a los tropezones.

—Yo… yo… —balbuceaba entre hipidos.

Me puse el corpiño, la bombacha, el top, la pollera y las sandalias. Agarré la cartera y bajé del auto. El motor arrancó al instante y el auto se perdió calle abajo.

***

Caminé hacia la estación de tren con las piernas todavía temblando. Sentía en la boca el sabor del semen de Lucas y la entrepierna irritada por las embestidas de Damián y Pablo. El maquillaje rojo furioso debía estar corrido por las lágrimas falsas.

Había sido humillante, degradante, peligroso. Y, sin embargo, no recordaba haber estado nunca tan excitada. Tres desconocidos me habían tratado como una muñeca sin voluntad, convencidos de que yo no entendía nada, y yo había manejado cada hilo de la escena desde el principio.

Subí al andén con una sonrisa que esta vez no tenía nada de boba. Lo había hecho. Había cumplido mi fantasía, hasta el último detalle.

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Comentarios (6)

BdsmFan_Arg

increible relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo!!!

NocheMYC

Por favor que haya continuacion, quede muy enganchado. Me dejo con ganas de mas.

SueñosPerdidos

Me encanto el planteo inicial, ese contraste entre lo que sos realmente y el personaje que decidiste jugar esa noche es muy poderoso. Sigue escribiendo!

Ramiro1987

Como termino la noche? Me quede pensando en eso jajaja

VeroM_online

Me recordo a una situacion parecida donde yo tambien decidi jugar un papel que no era el mio... esas noches se quedan grabadas para siempre.

CarlosMT

jajaja lo de arquitectura al principio no me lo esperaba para nada, buen inicio

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