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Relatos Ardientes

Le masajeé los pies hasta que se le escapó un gemido

No es que esté orgulloso, pero lo necesitaba. Y, si soy sincero, creo que Carla también.

Salí de aquella relación seco, frustrado, con la cabeza llena de ideas y el cuerpo pidiendo guerra. Mi ex se había convertido en una mujer fría que parecía esforzarse en no encenderme, y al final lo consiguió: la mandé a paseo y me quedé soltero, con las pilas a tope y nadie a quien gastarlas.

Por suerte seguía en contacto con Carla, una vieja amiga y antigua amante a la que le volvía loca una cosa muy concreta: que le tocaran los pies, que se los besaran, que alguien se perdiera en ellos. Todo el paquete. Y para mí, devoto del culto a los pies bonitos, eso era un bufé libre con su nombre escrito.

Carla tenía por entonces una especie de novio intermitente, un tal Hugo que aparecía y desaparecía como el agua de un río seco. El tipo no quería vivir con ella; valoraba su espacio, no quería agobios, lo de siempre. A ella eso ya le escocía bastante, pero había algo que le dolía más todavía: Hugo no era devoto del pie como yo.

El chico se los lamía por compromiso, sin ganas, y ella lo notaba en cada roce tibio. Nuestros encuentros, en cambio, siempre habían sido puro fuego. Pese a sacarme once años, Carla era una de las mejores amantes que he tenido en mi vida.

Había cumplido los cuarenta y cuatro, pero seguía siendo un mujerón. No era una belleza de revista, aunque tenía un cuerpo que cuidaba a base de gimnasio y disciplina, y unos pies impecables. Bajita, de caderas anchas, poco pecho pero firme, y una melena castaña a media espalda.

Lo que le faltaba de cara lo compensaba con una entrega total y una boca incansable. Podías estar cenando en un restaurante y te pedía ir al baño solo para arrodillarse un minuto. Necesito un rato, decía, y ahí ya sabías cómo iba a terminar la noche.

Así que ahí estaba yo, hambriento, cuando me llegó su mensaje preguntando qué era de mi vida, que hacía siglos que no nos veíamos. Hablamos un poco, le propuse vernos esa misma tarde, antes de cenar, y aceptó. No quería citas en bares ni terrazas: en mi cabeza el plan ya estaba en marcha, y empezaba por cruzar la puerta de su casa.

No iba a ser fácil. Carla era una mujer de principios, fiel a su manera, nada de andar engañando a nadie. Pero de camino notaba un cosquilleo solo de imaginarla. Me puse un pantalón de chándal gris, sin nada debajo, de esos que marcan todo, porque sabía el efecto que tenían en ella. Una camiseta negra ajustada que me dibujaba la espalda. Munición conocida.

Por el camino, y para que no pareciera todo demasiado calculado, le escribí.

—Carla, ¿tienes algo de beber en casa? ¿Vino, cerveza?

—La verdad es que no, hace una eternidad que no compro nada —respondió.

—Pues elige tú.

Le mandé una foto de la estantería de vinos del súper.

—¡Ese! El Solavera tinto, que estaba buenísimo.

—Marchando.

***

Con la botella ya elegida y pensando en una Carla un poco achispada, empecé a notar el calor subiendo. El apetito hacía acto de presencia. Lo que no me esperaba de ninguna manera era llegar caliente a su casa por culpa de aquel maldito supermercado.

En la caja había una cajera de unos cincuenta y muchos, melenita corta, gafas y cara de aburrimiento por la tarde muerta. Según el cartelito se llamaba Marisa, delgada, de manos finas. Agarró la botella y, antes de escanearla, sus ojos se posaron sin disimulo en el bulto evidente que dibujaba el pantalón.

Estos pantalones son una máquina: a todas se les van los ojos. Marisa me sonrió mientras mascaba un chicle, marcó el precio y volvió a mirar.

—No llevarás nada escondido ahí, ¿verdad? —dijo con media sonrisa.

Bajé la vista a mi propio bulto.

—Es posible, pero no es robado. Si necesitas cachearme para asegurarte, yo colaboro.

Se quedó quieta, sin masticar, analizando lo que acababa de oír. Llevaba alianza; me la imaginé casada con alguien que hacía tiempo que no la miraba así.

—No me lo digas dos veces, que lo hago —respondió.

—Las veces que hagan falta. No quiero que te sancionen si han robado en tu turno.

Echó un vistazo a los lados. Solo había un señor mayor avanzando despacio por el fondo de los pasillos.

—Sígueme, listillo.

Me llevó a una oficinita pegada a las cajas, un cuartucho con una silla, una mesa y un ordenador prehistórico. Yo iba acariciándome por encima de la tela para que la cosa creciera, y crecía.

—¿Me quito la ropa o no hace falta? —dije, doblando la apuesta.

Dudó, masticando, sin contestar. Me adelanté, me saqué la camiseta.

—Venga, ¿me cacheas?

No se lo pensó. Empezó a palparme los brazos, el pecho, la espalda con una minuciosidad fingida.

—Por aquí no hay nada —murmuró.

Me dio la vuelta, revisó los bolsillos y, desde dentro, con una mano, me rozó muy despacio. Aquella caricia fue tan buena que se me secó la boca. Sacó las manos, me apretó las nalgas con ganas, dijo que las tenía duras, y luego pasó la palma por delante, por encima del pantalón.

—Madre mía, parece que lleves un plátano ahí metido.

—Igual lo he robado. Tendrás que comprobarlo.

Sus manos se colaron por dentro y por fin me agarró, ya completamente duro. Apretó, exploró, con la destreza tranquila de una mujer que sabe exactamente lo que hace.

—No es un plátano —dijo casi para sí—. Demasiado suave y demasiado duro.

Me giré, me bajé el pantalón. Clavó los ojos sin parpadear.

—Ha sido un malentendido, ya ves —dije, volviendo a guiar su mano.

—A mí me gusta hacer bien mi trabajo —respondió, y empezó a moverla con un agarre firme.

Duró poco. De pronto me soltó.

—Vete, anda, que estoy trabajando y así no puedo.

—Puedes despedirte de él si quieres.

Me miró, lo miró y, sin decir palabra, se arrodilló y le dio un par de lametazos lentos, de la base a la punta, sin apartar los ojos de los míos.

—Ven otro día a las diez, cuando hago el cierre —dijo levantándose—. Te voy a tratar mejor que cualquier cría de tu edad.

—Lo haré.

Un azote en el culo, un guiño, y a vestirme. Pero esa es otra historia, porque lo que me hizo Marisa días después merece su propio relato.

***

De camino a casa de Carla la cosa bajó un poco, aunque no lo suficiente: durante el par de calles que separaban el súper de su portal, un par de adolescentes se fijaron en el bulto y oí sus risitas a mi espalda.

Cuando llegué, todavía iba algo abultado, evidente pero no escandaloso. Carla abrió la puerta preciosa, en un pijama finito y corto que le marcaba las caderas y dejaba intuir la forma del pecho. Lo mejor: unas chanclas que dejaban a la vista sus dedos ordenados, las uñas pintadas de blanco.

—¡Adriii! ¡Cuánto tiempo! —saltó y se me colgó como un koala, efusiva, pasional, pura ella.

Me pilló por sorpresa y la sostuve a medias, apoyándola sobre mis muslos. Con la tela tan fina entre los dos, noté su calor contra mi entrepierna, y ella notó lo que llevaba debajo. Le agarré una nalga con la izquierda, para sujetarla y de paso tocar, y le di un par de besos en la mejilla cuando me moría por comerle la boca.

Solo con su olor ya estaba encendido, y sabía que ella también. Para bajarla al suelo me erguí empujando la pelvis hacia delante, y de paso me apreté un poco más contra ella. Mi cuerpo respondió, claro.

—Qué guapo estás. Y qué bueno, eh, se nota que te cuidas —dijo, los ojos puestos justo donde no debían.

—Tú también. Nadie diría que tienes cuarenta y cuatro.

—Calla, calla, no me lo recuerdes.

Le enseñé la botella, le brillaron los ojos, sacó dos copas y nos sentamos en el sofá a charlar. Yo sabía que el alcohol le subía rápido por lo menuda que era, y sabía algo más: que bebida se ponía muy, muy descarada.

Le conté cómo había mandado a paseo a mi ex y cómo me habían echado del trabajo en la misma semana. Le piqué la curiosidad con los detalles más sucios de aquella relación rota, sin cortarme, porque cada palabra la iba calentando. Mis ojos recorrieron sus piernas firmes y aterrizaron en sus pies casi perfectos. Tuve que reprimir las ganas de acariciarlos mientras ella jugaba a separar y juntar la chancla, colgándola de los dedos.

Llegué a la parte que sabía que la encendería: los pies. Le conté que mi ex había dejado de pedirme masajes, que ni de lejos me dejaba ya perderme en ellos durante el sexo, cada vez más escaso.

—Menuda boba —soltó tras un trago largo—. Espera, voy un momento al baño.

—Tranquila, yo no me muevo.

La vi alejarse, ese culo balanceándose, y me apreté instintivamente. Miré el reloj: faltaba media hora para el toque de queda. Habían volado casi dos horas y yo la había tenido distraída todo el rato. Con un poco más, mi plan se cumplía solo.

Cuando volvió, retomé el tema un poco más mientras ella vaciaba la copa.

—Ojalá Hugo fuera como tú en eso. Lo que me cuesta que me coma los pies, o que me dé un masaje sin que se lo pida.

—¿En serio? ¿No se lo dices?

—Sí, pero ya sabes, si lo pides ya no es lo mismo.

—Claro, quieres que lo hagan sin pedirlo.

—¡Exacto!

Me confesó que con Hugo estaban «bien», pero que lo de los pies y lo de no querer vivir juntos la tenían harta. Le serví la tercera copa. Ya estaba más que achispada.

—Uf, cómo sube este vino. Qué rico, pero cómo pega.

—Ya te digo. Esta marca para cenar también va de lujo.

—¡Anda, la cena! Que se nos hace tarde.

—Es verdad, debería irme yendo.

—¿Qué hora es?

Miré el reloj. Las diez y veinte.

—El toque de queda —dije fingiendo sorpresa, mientras por dentro sabía que ya estaba hecho.

—Adri, vives en la otra punta y vas perjudicado. Si te paran a estas horas, multa doble.

—Pues nada, te ocupo el sofá.

—Mejor, así seguimos con el vino.

***

Preparamos algo de cena y yo no perdí detalle de su cuerpo ni de sus pies, completamente apetecibles.

—Qué bien te queda el blanco —dije mirando sus uñas.

—¿Te gusta? —preguntó, dándose cuenta de hacia dónde miraba.

—Muchísimo. Con la piel morena, queda de lujo.

—Gracias. Menos mal que alguien se fija.

Mientras cocinábamos me pasó la mano por la espalda un par de veces, gestos en apariencia inocentes que no tenían nada de inocentes. El bulto seguía ahí, el elefante en la habitación, y varias de sus miradas iban a parar a él. En cualquier otra época ya se habría arrodillado sin decir nada. Yo sabía que estaba reprimiendo el impulso, igual que yo.

Era un juego de provocación clarísimo. Ella se había puesto el pantaloncito más ceñido, con un tanga rojo que se transparentaba bajo la tela blanca, la camiseta más fina, las uñas recién pintadas. Y yo llevaba los pantalones que la volvían loca. Esos pantalones nos encantan, más que ir sin nada, me había dicho mil veces. Hubo un par de roces de su culo contra mi entrepierna, un «perdón» con sonrisa de todo menos arrepentida.

Cuando terminamos de cenar abrimos unas cervezas, porque la botella ya había muerto. Yo iba tocado; ella, más. Nos sentamos a ver una película de atracos y, sin mediar palabra, apoyó los pies sobre mi regazo, como si fuera lo más natural del mundo. Empecé a acariciarlos y a masajearlos. No hizo falta decir nada: ella quería que se los tocara, y yo me moría por hacerlo.

Eran preciosos. Un treinta y siete, morenos, con mucho arco, suaves, los deditos pequeños descendiendo en diagonal. Empecé a amasarlos despacio.

—Uf, qué gusto, qué bien —suspiró.

—El alquiler por el sofá.

—Tú sigue, sigue.

A los pocos minutos de masaje noté cómo respondía mi cuerpo, creciendo poco a poco hasta acercarse peligrosamente a su otro pie, el que tenía apoyado en mi muslo. Hizo el recorrido entero hasta empujar contra su talón. Ella no dijo nada. Esa sensación, dura contra su piel, era de las mejores que conozco: una excitación que se retroalimenta. A Carla le encendía exactamente eso, que alguien se pusiera así por sus pies.

No la miré a la cara en ningún momento, fingiendo que no pasaba nada, siguiéndole el juego del silencio. Cuando acabé con el pie derecho, cogí el izquierdo, pero ella lo apoyó directamente contra mí. Ahí ya no pude más. Empecé a lamerlo. Sabía levemente a coco, por el aceite que usaba para hidratarse.

Soltó un gemido cuando mi lengua recorrió la planta desde el talón hasta el dedo gordo.

—Uf, Adri… No debemos.

—No estamos haciendo nada malo. Es parte del masaje, tranquila.

Seguí, lamiendo de la planta a los dedos, succionando cada uno al terminar el recorrido. Ella ya se había deslizado la mano dentro del tanga y se acariciaba mientras gemía bajito. Cogí su otro pie y repetí, y en un momento me lo metí entero en la boca. Aquello la disparó.

—¡Joder! ¡Ah!

Sabía que ese era su punto débil: todos los dedos dentro, la succión constante. Se masturbaba con prisa, la boca abierta, la cara descompuesta de placer, sin perder detalle de la escena.

Agarré los dos pies, lamí ambos arcos a conciencia, sin prisa, dejándolos bien húmedos, y los junté. Carla me dejó hacer, acariciándome con las plantas mientras ella aceleraba el ritmo de su mano. Qué imagen: esos dos pies y, en medio, mi cuerpo entregado. Paré para volver a lamerlos y los coloqué de nuevo.

Noté que llegaba el final. Ella se aguantaba el suyo; la conozco, es de mecha corta, capaz de correrse mil veces o de retenerlo para uno mucho más intenso. Apreté el ritmo sujetándole los pies, sin dejar de admirarlos, y terminé. Ella cerró las piernas con la mano atrapada en medio y la sacudió un orgasmo brutal. Le encantaba acabar así, con la prueba de lo que provocaba sobre la piel.

Cuando recuperé el aliento seguí besándoselos, succionándolos, aprovechando cada segundo antes de que me dijera que parara. Al final me los retiró para ir a limpiarse.

***

Me quité la ropa que me quedaba y me dejé caer desnudo en el sofá, para tentarla un poco más. Volvió solo en tanga, el pecho al aire, y me encontró así.

—¿Qué haces?

—Nada, ponerme el pijama. ¿Y tú?

—Me has manchado el mío —se rio, y se sentó. Me pasó papel para secarme.

—Oye, esto no ha pasado, ¿de acuerdo?

—Jamás diré nada que te perjudique.

—Tengo novio, y aunque no estemos del todo bien, esto no se hace.

Le di un beso en la frente. Si se lo hubiera dado en la boca, no se habría apartado.

—Descuida. Aunque deberías mandarlo a paseo y buscar a alguien mejor.

Me miró sin responder.

—Este orgasmo me ha dejado hecha polvo. Me voy a la cama.

—Vale. ¿Me dejas una manta o prefieres que duerma contigo?

—Adri…

—Es broma, es broma.

—Es que, si te metes en mi cama, te me echo encima. Y ahí ya la liamos del todo.

—Pues me quedo aquí. Si quieres otro masaje, me avisas.

—Qué peligro eres.

Fue a darme un beso en la mejilla antes de irse y se lo robé en los labios, con una sonrisa.

—Eres un peligro… —repitió, y desapareció por el pasillo.

Ya contaré cómo siguió la cosa.

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Comentarios (6)

LorenaABC

me atrapó desde el primer parrafo, que buenisimo!!!

DiegoFuentes

La tension entre ellos se siente en cada linea. Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber como termina.

Sebas_Cordoba

jajaja el momento del gemido me hizo reir y calentarme al mismo tiempo, bien jugado

CrisRio45

Excelente relato, muy bien escrito. Se nota que sabes construir tension.

MarcosNight

Lo leí dos veces, la segunda mas despacio para disfrutarlo mejor. Gracias por compartirlo!

CuriosaLect

Ese detalle del pie apoyado contra la pierna... genail. Pocas cosas tan sutilmente eróticas.

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