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Relatos Ardientes

Crucé el límite más sucio para complacer a mi novio

Hola de nuevo. Esta vez les traigo una historia corta, pero sucia y divertida a partes iguales, de esas que no se cuentan en voz alta. Las que ya me conocen saben que no tengo demasiados pudores, pero hasta yo creía tener una línea que no iba a cruzar. Aviso desde ya: esto no es para todos los gustos.

Llevo unos meses saliendo con un chico que se llama Damián. Es guapo de esa manera que no presume, tranquilo, con una sonrisa que parece esconder algo. Y, como yo, le encanta probar cosas nuevas en la cama. Nunca le tuvo miedo a la suciedad. Con sus parejas anteriores había jugado con orina y con cosas todavía más turbias, juegos que a mí jamás me habían llamado la atención.

Soy una cabrona y una guarra, ya lo saben por mis otros relatos. Pero incluso yo tenía mis fronteras. O eso pensaba.

Lo que pasa es que disfruto muchísimo complaciendo a quien me gusta. Hay algo en ver la cara de placer de la otra persona que me prende más que cualquier otra cosa. Y Damián me miraba a veces con esa curiosidad contenida, sin pedir nada, lo cual era peor, porque me dejaba a mí imaginando.

—¿Y si lo probamos una vez? —le solté una noche, casi sin pensarlo, con la cabeza apoyada en su pecho.

Sentí cómo se le aceleró el corazón debajo de mi oreja.

—¿Probar qué? —preguntó, haciéndose el tonto.

—Sabes muy bien qué.

Se quedó callado un segundo. Después me besó la frente, despacio, como si quisiera asegurarse de que yo hablaba en serio.

—Solo si tú quieres. Una vez. Y si no te gusta, no se vuelve a hablar del tema.

Lo estuvimos planeando un par de días, lo cual le quitó la urgencia y le puso un morbo distinto. Hablar de algo así con luz de día, mientras desayunábamos café, decidiendo el cómo y el cuándo, me ponía nerviosa y caliente al mismo tiempo. Acordamos hacerlo en mi departamento, donde tendríamos la ducha para nosotros y todo el tiempo del mundo.

No puedo creer que vaya a hacer esto.

***

El día acordado, me dijo lo que tenía que preparar. Un plug anal puesto desde antes y mucha agua, litros de agua, hasta sentir la vejiga a punto de reventar. Me hice un enema por la mañana para llegar lo más limpia posible, me coloqué el plug obediente como una buena alumna y lo esperé a que saliera del trabajo.

Cada vez que me movía por la casa sentía el plug recordándome lo que iba a pasar. Caminaba de la cocina al sofá con un nudo en el estómago y una humedad en las bragas que no tenía nada que ver con los nervios. La anticipación es una droga rara: te asusta y te arrastra a la vez.

Cuando tocó el timbre, abrí la puerta y casi no nos dijimos nada. Damián me miró de arriba abajo, con esa media sonrisa, y supo que yo estaba lista. Nos fuimos besando hacia el baño, dejando la ropa por el camino como un rastro de migas. Para cuando llegamos a la ducha ya estábamos desnudos y mi piel entera reaccionaba con cada roce de sus manos.

Se metió en la bañera y se tumbó, apoyando la espalda contra la pared fría de azulejos. Tenía la verga ya dura, descansando sobre el vientre, y me miraba esperando. Yo me subí encima, a horcajadas, todavía dudando un poco, todavía riéndome de la locura que estábamos a punto de cometer.

—¿Segura? —preguntó, con las manos en mi cintura.

—Cállate y bésame antes de que me arrepienta.

Nos besamos. Al principio suave, con besos pequeños, casi tímidos, como si fuéramos dos adolescentes. Después la cosa cambió: lengua, mordiscos en el labio, saliva compartida, mis dedos enredados en su pelo mojado por el vapor. Fue dulce y travieso al mismo tiempo, esa mezcla exacta que me derrite.

Fui bajando poco a poco, frotándome contra él, hasta que su verga encontró la entrada de mi coño y me dejé caer despacio. La sensación de tenerlo dentro y el plug todavía clavado en el culo me llenó de una forma que me hizo soltar un gemido largo. Me sentía completa, ocupada en cada hueco, y empecé a moverme con calma, disfrutando del momento antes de la parte sucia.

Él me dejó marcar el ritmo unos minutos. Subía y bajaba, sintiendo cómo se deslizaba dentro de mí, observando su cara cada vez que apretaba. Hasta que clavó los dedos en mis caderas y me miró fijo.

—Ahora intenta orinar para mí —murmuró.

Se me escapó una risa nerviosa.

—No sé si pueda contigo dentro. Además, si lo intento, el plug se me va a salir —le advertí, mordiéndome el labio.

—No se va a salir. Confía.

—Ojalá tuviera tu seguridad —contesté, divertida por la locura nueva en la que me estaba metiendo.

Así que lo intenté. Relajé el cuerpo, cerré los ojos y empujé un poco. El plug, por supuesto, se salió. Y lo peor —o lo mejor, según se mire— es que con el plug salió también un poco de mierda, a pesar del enema. Resulta que no había quedado tan impecable como yo creía.

Me quedé congelada un instante, con la cara ardiendo de vergüenza.

—Damián, lo siento, qué asco, esto es...

—Ey. Ya habíamos hablado de esto —me cortó, con una calma que me desarmó—. No me molesta. Al contrario.

Y por la forma en que le brillaban los ojos, le creí.

***

Le saqué la verga del coño y por fin conseguí orinar, pero después de haberme cagado delante de él me dio una vergüenza absurda, así que solo salía a chorros cortos, entrecortados, como si mi cuerpo también dudara. Lo bañé con esos hilos tibios mientras miraba su cara, y su gesto me decía todo lo que necesitaba saber: le encantaba el calor de mi orina cayéndole encima, resbalando por su verga y su vientre.

Esa imagen, la de un hombre disfrutando de algo que para casi todo el mundo es impensable, me desató un morbo que no me esperaba. La vergüenza empezó a transformarse en otra cosa, en una especie de poder, en la libertad de no tener que ser limpia ni perfecta ni nada.

Me hizo levantarme, darme la vuelta y agacharme apoyando las manos en el borde de la bañera. Sentí la punta de su verga buscando la entrada de mi culo, todavía relajado por el plug. Empezó a empujar con paciencia, ganando terreno milímetro a milímetro, hasta que con un último empellón se enterró entero en mi ojete.

—¡Ahh! Entró toda, mi amor —le hice saber, con la voz quebrada.

Damián no me contestó. Simplemente me agarró de las caderas y empezó a follarme el culo rápido, sin tregua.

—¡Me encanta! No pares, por favor, no pares —le supliqué.

Me embestía con fuerza, haciéndome ver estrellas en esa mezcla de dolor y placer que solo conocemos las que probamos el sexo anal y nos volvemos adictas a esa sensación tan particular. El roce, la presión, la sensación de estar absolutamente abierta para él. No tardé nada en correrme por primera vez, una corriente que me subió por la espalda y me hizo apretar los dientes.

Él lo notó y empezó a culearme con todavía más furia. Ni el olor lo detenía, nada lo detenía. Para entonces la vergüenza ya se había evaporado por completo y era yo la que empujaba el culo hacia atrás, buscando que entrara más profundo, queriendo más.

—Quieta —me ordenó de pronto.

Me quedé inmóvil, jadeando, con él todavía clavado dentro. Y entonces sentí algo nuevo: un calor distinto, líquido, expandiéndose en mi interior. Me estaba orinando dentro del culo. La sensación fue indescriptible, ese calorcito llenándome por dentro hasta desbordar y resbalar tibio por la cara interna de mi muslo.

—Mi amor, siento las tripas llenas. Para, o vamos a tener un problema serio de suciedad aquí —le dije, entre la risa y la advertencia real.

***

Se salió de mí y volvió a sentarse en la bañera, mirándome con una expresión que era pura travesura. Yo quedé en una postura rara, en cuclillas, dándole la espalda. Y entonces me dijo lo que yo ya sabía que iba a decir.

—Empuja.

Sabía perfectamente lo que pretendía. Y, a pesar de todo, lo obedecí sin chistar. Ya no había marcha atrás, ya no quedaba nada de pudor, y la verdad es que una parte de mí quería darle exactamente lo que él deseaba ver.

Empujé. Su orina salió de mi interior a presión, como si me hubieran hecho un enema, arrastrando todo a su paso, ensuciándolo todo. Y mientras tanto yo también me dejé ir, meándome encima de su verga, perdiendo el último resto de control que me quedaba. Estábamos hechos un completo desastre, los dos, en mitad de la bañera, y nunca me había sentido tan extrañamente libre.

Damián alargó la mano y empezó a frotarme el clítoris con dos dedos, en círculos lentos primero y luego cada vez más rápido. Yo ya no entendía nada de lo que estaba pasando, solo sabía que mi cuerpo respondía a él de una forma animal. Echaba la cabeza hacia atrás, apoyada en su hombro, mientras él me susurraba guarradas al oído.

—Mira lo sucia que eres para mí —me decía—. Solo para mí.

Y esa frase, esa idea de pertenecerle en lo más bajo y lo más oculto, me hizo correrme otra vez. Y otra más. Perdí la cuenta, perdí la noción del tiempo, perdí absolutamente la vergüenza. Me corrí varias veces seguidas, temblando entera, riéndome y gimiendo al mismo tiempo, hecha un asco y feliz como nunca.

¿Quién soy y qué he hecho con mis límites?

***

Después abrimos el grifo de la ducha y nos lavamos juntos, en silencio, dejando que el agua tibia se llevara todo. Y esa parte, después de semejante locura, fue de una ternura que me sorprendió. Él me enjabonó la espalda, me apartó el pelo mojado de la cara, me besó el hombro. Yo le pasé las manos por el pecho, despacio, con una sonrisa boba que no me podía quitar. Hay una intimidad rara en limpiarse el uno al otro después de haberse ensuciado tanto.

Lo tengo claro: estos juegos le gustan más a él que a mí, no voy a fingir lo contrario. Yo no me voy a despertar mañana muriéndome de ganas de repetir. Pero resulta que tampoco me desagradó. Y, sobre todo, descubrí algo más grande que el morbo: la sensación de soltar el control, de dejar de preocuparme por ser perfecta, por estar limpia, por dar buena imagen. Eso fue lo verdaderamente liberador.

Sin duda fue el sexo más guarro de toda mi vida. El más sucio, el más impensable, el que jamás creí que iba a tener. Y, contra todo pronóstico, fue genial. A veces el límite que más miedo te da cruzar es justo el que te enseña algo nuevo sobre ti misma.

Así que ya saben, queridos pervertidos. Nunca digan nunca. Yo lo dije, y miren cómo terminé.

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Comentarios (6)

Romi_Bsas

increible relato!! me tuvo pegada a la pantalla de principio a fin

MarcosNight

¿y despues que paso? se hizo muy corto jajaja quiero saber mas

SandraDelNorte

Me encantan los relatos asi de honestos, donde la protagonista cuenta todo lo que siente. Muy bueno!!

Tomas_P

excelente narrativa. muy real y sin rodeos, justo como me gustan

ValeFromCba

buenisimo!!! por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas

Silvina_77

Me recordo a una experiencia propia que no sabia si queria o no... al final siempre sorprende uno mismo. Muy identificada con este relato.

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