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Relatos Ardientes

Perdió la apuesta y ella lo volvió su sumiso

El golpe seco de la bola blanca contra la quince era el único sonido en toda la planta baja. Adrián, de pie junto a la mesa de billar, se sentía el dueño absoluto de su pequeño reino. El movimiento del taco salía fluido, calculado, sin un temblor. La bola ocho rodó despacio y cayó en la tronera de la esquina con una limpieza que le provocó algo parecido al placer.

Sonrió para sí mismo. Su mujer trabajaba hasta tarde los jueves, la casa era suya, y el paño verde de la mesa le devolvía cada tiro como si le diera la razón.

Entonces la puerta se abrió sin que nadie llamara.

Renata no era como las demás amigas de su mujer. Era una fuerza de la naturaleza: alta, de hombros rectos, con una sonrisa que siempre parecía guardar un secreto que los demás ignoraban. Se apoyó en el marco de la puerta y lo observó largo rato antes de hablar, como quien estudia una pieza que ya decidió comprar.

—¿Jugás al billar? —preguntó, y en su voz había un desafío apenas disimulado.

—Me entretiene —respondió Adrián, con esa media sonrisa de suficiencia que tan bien le salía.

—¿Querés un desafío de verdad? —Ella se acercó a la mesa y pasó un dedo despacio por el borde de madera—. Claro que querés apostar. Se te nota en la cara.

Adrián soltó una risa corta. —Depende de la apuesta.

—Si me ganás, te hago de criada durante una semana entera —dijo Renata, mirándolo directo a los ojos—. Te cocino, te limpio la casa, te sirvo lo que pidas. Lo que se te ocurra.

La idea le pareció tan deliciosa, tan perversa, que no pudo contener una carcajada. —Mejor que sea un mes —bromeó, envalentonado.

Renata rio también. Pero su risa no tenía nada de divertida. Era el sonido tranquilo de un depredador que ve a su presa dar el primer paso hacia la trampa.

—De acuerdo. Un mes —concedió ella sin pestañear—. Pero decime una cosa, Adrián... ¿y si el que pierde sos vos?

—Eso es imposible —dijo él, aunque algo en su seguridad empezaba a agrietarse.

—Imposible no existe en esta mesa. —Renata se acercó otro paso y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo cómplice—. Si perdés, sos vos el que me hace de criada. Un mes. Con todo lo que eso implique.

Adrián se quedó congelado. La risa se le murió en los labios. —¿Estás loca?

Ella se encogió de hombros con una indiferencia perfectamente calculada. —No te obligo a nada. Solo pensé que un hombre tan seguro no le tendría miedo a perder contra una mujer. Pero si te asusta... lo entiendo.

La provocación se le clavó justo donde más dolía. Adrián se irguió, ofendido, con el orgullo por delante del juicio.

—Claro que no me asusta. Tenés razón. Acepto. Un mes.

Lo dijo y enseguida sintió, en algún rincón frío del estómago, que acababa de firmar algo que no había leído.

***

La partida fue una humillación en cámara lenta. Cada tiro de Adrián se desviaba un milímetro, lo justo para fallar. La mano le sudaba sobre el taco, y mientras más se esforzaba, más rígido y torpe se volvía cada movimiento.

Renata, en cambio, jugaba como si la mesa le perteneciera desde siempre. Caminaba alrededor de ella sin prisa, estudiaba los ángulos, se inclinaba sobre el paño con una calma absoluta. Cada bola que embocaba era un golpe de gracia. El chasquido de su taco sonaba preciso, implacable, definitivo.

Adrián la miraba y sentía cómo el suelo se le abría despacio bajo los pies.

Cuando la bola ocho finalmente rodó hacia la tronera y desapareció, hubo un silencio largo. Renata se irguió, apoyó el taco contra la pared con cuidado, y lo miró desde arriba aunque él fuera más alto. La sonrisa que tenía no era de alegría. Era de propiedad.

—Bueno, criada —dijo, saboreando la palabra—. El mes empieza mañana. Pero antes vamos a hacer una pequeña prueba, para que te vayas acostumbrando esta misma noche.

—Renata, escuchame, fue solo un...

—Andá a la cocina —lo interrumpió, sin levantar la voz—. Ponete el delantal de tu mujer. Y los guantes de goma que hay debajo de la pileta.

Adrián abrió la boca para protestar, pero las palabras se le quedaron atravesadas. Estaba atrapado en su propia jaula de orgullo herido. Él había puesto las reglas. Él había subido la apuesta. No tenía a quién reclamarle más que a sí mismo.

—Andá —repitió ella, con una voz que no admitía réplica—. ¿O preferís que vaya yo y te los ponga con mis manos?

Derrotado, Adrián caminó hacia la cocina como un condenado camino al patíbulo. Abrió el cajón de la alacena y encontró el delantal de su mujer: uno de lino blanco con el borde rematado en una puntilla de encaje. Junto a la pileta estaban los guantes amarillos de goma, todavía un poco húmedos por dentro.

Se los puso. Sintió el tejido fresco del delantal rozándole el cuello, la goma apretándole los dedos, y una sensación rarísima le subió por la espalda. Vergüenza, sí. Pero también un calor que no supo nombrar y que lo asustó más que la vergüenza.

—Mucho mejor —dijo Renata, apareciendo en el umbral con los brazos cruzados—. Mirate. Toda una criada de la casa.

Lo recorrió de arriba abajo, sin ninguna prisa, como si calculara precios.

—Este atuendo es provisorio, eso sí —continuó—. Mañana salimos a comprarte los tuyos. Algo más a tu medida. Algo más... femenino.

Adrián tragó saliva y no contestó. Se quedó de pie en el centro de la cocina, con los guantes amarillos colgándole a los costados, sintiéndose menos persona y más objeto a cada segundo que pasaba.

***

—No te quedes ahí plantado como un adorno —dijo Renata, ya sentada en el sofá del living, sacando el teléfono del bolsillo—. Tengo trabajo para vos.

Marcó un número y se llevó el aparato a la oreja sin dejar de mirarlo.

—Se rompió el caño del lavadero esta tarde —explicó mientras esperaba el tono—. Ya llamé a un plomero. Está por llegar.

El pánico le subió a Adrián desde el pecho hasta la garganta. —¿Qué? No. No, Renata, yo no pienso...

—Sí, vos lo vas a atender —lo cortó ella, con una autoridad que lo aplastó contra el piso—. Le vas a abrir la puerta. Le vas a ofrecer un café. Y si necesita que le alcances algo, se lo alcanzás. Con los guantes puestos y el delantal bien atado. ¿Entendido, criada?

—No podés hablar en serio —murmuró él, pero la voz le salió fina, sin fuerza.

—Hablo completamente en serio. —Renata se reclinó en el sofá y cruzó las piernas—. Y vos vas a obedecer. Porque una apuesta es una apuesta, y porque, aunque no quieras admitirlo, hace media hora que estás obedeciendo sin que yo tenga que levantar un dedo.

Adrián bajó la vista hacia el delantal de encaje, hacia los guantes ridículos. Quiso decir algo, defenderse, recuperar aunque fuera un gramo de la dignidad que había entrado con él a esa sala. No encontró nada. Lo peor era que el corazón le latía rápido no solo de miedo.

—Decímelo —insistió ella, suave—. Decí «sí, señora».

Hubo un silencio espeso. Adrián sintió la palabra formándose sola, naciendo de un lugar que no sabía que tenía.

—Sí, señora —dijo por fin, en voz baja.

¿Qué me está pasando?, pensó. ¿Por qué dejé de pelear?

Renata sonrió como una reina a la que acaban de confirmar su trono. —Ahí está. No era tan difícil.

***

El timbre sonó quince minutos después y le atravesó el cuerpo como una corriente eléctrica.

Adrián miró a Renata, suplicante, con la última esperanza de que aquello fuera un juego que se detendría a tiempo. Ella simplemente le hizo un gesto con la barbilla hacia la entrada. Nada más. Un gesto.

Caminó hasta la puerta con las piernas pesadas. La puntilla del delantal le rozaba los muslos a cada paso. Apoyó la mano enguantada en el picaporte, respiró hondo, y abrió.

En el umbral había un hombre corpulento, de overol azul y barba de tres días, con una caja de herramientas en la mano. El plomero lo miró de arriba abajo, y en su cara se dibujó una confusión lenta al ver al dueño de casa vestido con un delantal de encaje blanco y guantes amarillos de goma.

—Buenas. Vengo por el caño del lavadero —dijo el hombre, arrastrando un poco las palabras, sin terminar de creer lo que veía.

—Pase, por favor —respondió Adrián, y la voz le tembló más de lo que hubiera querido—. Mi... la señora lo está esperando.

El plomero entró, secándose las botas en el felpudo, sin dejar de mirar de reojo a Renata, que seguía en el sofá con la espalda recta y las piernas cruzadas, dueña de cada centímetro de la habitación.

—Atendelo, Adrián —ordenó ella con dulzura venenosa—. Ofrecele ese café. Y mostrale dónde está el lavadero. Sé un buen anfitrión.

Adrián sintió la sangre subirle a la cara, las orejas ardiendo, el pulso golpeándole en las sienes. Pero los pies ya se movían solos. Se acercó al hombre, juntó las manos enguantadas a la altura del delantal en un gesto que ni él entendió, y oyó su propia voz preguntar, mansa, casi nueva:

—¿Le preparo el café cargado o cortado?

El plomero abrió la caja de herramientas sin contestar enseguida. Renata, desde el sofá, soltó apenas una risa suave de satisfacción. Y Adrián comprendió, con un escalofrío que no era del todo desagradable, que la apuesta no había salido mal.

Había salido exactamente como ella la había planeado desde el primer tiro.

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Comentarios (5)

Kike_BA

tremendo!!! me dejo sin palabras, uno de los mejores que lei en este sitio

NachoRiver88

Por favor que haya segunda parte, esto quedó justo en lo mejor. Saludos!

Pimienta_Rosa

jajaja el pobre no sabia en lo que se metia cuando acepto esa apuesta. Muy buen relato

MarcosR_BA

Muy bien narrado, se nota que le pusiste dedicacion. La dinamica es muy creible. Voto excelente

Tuli_Lectora

Me encanto el planteo inicial, original y fresco. Seguí publicando por favor!

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