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Relatos Ardientes

La última hora de mi contrato de sumisión

Salimos de la sala de juntas y cruzamos el vestíbulo de la planta ejecutiva en un silencio espeso. Los guardias y las secretarias nos saludaban con una inclinación de cabeza al vernos pasar, sin sospechar que la mujer que caminaba un paso por detrás de Damián llevaba un dispositivo vibrando en su interior y las rodillas todavía marcadas por el suelo de la reunión. No nos dirigimos a la salida. Damián caminó hacia el ascensor privado, ese que pedía una huella digital y subía directo a los pisos superiores, donde estaba su residencia.

Al cerrarse las puertas, el aire cambió de golpe. Ya no olía a oficina, sino a su perfume: madera y cuero.

—Has tenido suerte, siete —dijo mientras el ascensor devoraba las plantas en un ascenso vertiginoso—. Los socios estaban demasiado ocupados con sus propios egos para notar cómo te deshacías delante de ellos. Pero yo sí lo noté.

Se agachó hasta mi altura, invadiendo mi espacio. Sentí el frío de sus dedos y después el tirón brusco cuando retiró el aparato de un solo movimiento. Volvió a erguirse de inmediato, devolviéndome a mi lugar.

Las puertas se abrieron en el recibidor de su ático. Techos altos, decoración mínima, ventanales que dominaban toda la ciudad. Damián se quitó la chaqueta del traje y la dejó caer sobre un sillón de diseño, mientras se desabrochaba los puños de la camisa y se giraba hacia mí.

—En la reunión estuviste a punto de quebrarte. Te tembló la mano, Helena. Y en mi mundo, perder el control tiene un precio.

Avanzó hasta el salón y se detuvo junto a una consola de mármol donde descansaba un estuche de terciopelo que no estaba allí por la mañana. Lo abrió. Dentro había unas pinzas unidas por una fina cadena de plata y un antifaz de seda negra.

—Podría tomarlo como un castigo por tu debilidad, o como un premio por haber aguantado hasta el final —continuó, y su voz se volvió más oscura—. Pero como soy generoso, dejaré que lo decida tu cuerpo.

Me sujetó la barbilla y me obligó a mirarlo.

—Quítate esa ropa de ejecutiva. Ahora. Quiero que cada prenda que caiga al suelo te recuerde que aquí arriba no eres la asistente de nadie. Aquí arriba solo eres mi objeto de estudio. Y hoy vamos a probar hasta dónde llega esa resistencia que tanto presumes.

Se sentó en su gran sillón de cuero negro, cruzó las piernas y me hizo un gesto con la mano.

—Empieza por los zapatos. Y no apartes la vista de la mía mientras lo haces.

Me deshice de la blusa de seda y de la falda de tubo, dejando que cayeran en un montón a mis pies. Bajo la luz cenital del ático, mi piel desnuda se sentía expuesta, todavía marcada por el recuerdo del dispositivo que él acababa de retirar.

—Acércate —ordenó con voz queda.

Caminé hasta su sillón. Damián tomó el antifaz y, con una delicadeza que contrastaba con la frialdad de sus órdenes anteriores, lo ajustó sobre mis ojos. La oscuridad llegó instantánea y absoluta. Sin la vista, el mundo se redujo al sonido de su respiración y al aroma de su colonia.

—La vista es el sentido del control, siete. Y tú ya no necesitas controlar nada. Solo necesitas sentir.

Noté sus manos moviéndose alrededor de mi pecho. Mis pezones, ya erguidos por el frío y la espera, se tensaron aún más cuando percibí el roce metálico de las pinzas. Las colocó con una precisión casi quirúrgica. El primer pellizco me arrancó un jadeo que resonó en el vacío del ático. La cadena tintineaba con cada latido, un recordatorio constante de mi entrega.

—No te muevas —susurró, y sentí la punta de sus dedos bajando por mi vientre—. Ahora que no puedes ver cuándo voy a tocarte, ni dónde, cada caricia será una sorpresa. Cada centímetro de tu piel va a estar esperando.

***

Damián se levantó. Escuché sus pasos alejándose sobre el suelo de madera, dejándome de pie en medio del salón, ciega y encadenada por el pecho. El silencio se volvió denso. Cada pequeño ruido —el crujido de la estructura del edificio, el viento contra los cristales— me hacía estremecer, pensando que era él que volvía a por mí.

De pronto, algo frío rozó mi muslo. No eran sus manos. ¿El borde de una copa? ¿Un trozo de hielo? Sin poder verlo, mi cabeza intentaba descifrar el estímulo mientras mi cuerpo se tensaba en una mezcla de miedo y deseo.

—¿Qué sientes, siete? —su voz llegó desde una dirección que no esperaba, desorientándome del todo—. Dime qué está pasando en tu cuerpo ahora que el mundo ha desaparecido.

En la oscuridad del antifaz, mi oído se afinó hasta doler. Escuché el chasquido leve de un mechero y, poco después, el aroma dulce y denso de la vainilla inundó el aire. Mis fosas nasales se dilataron. Sabía lo que venía, pero no saber cuándo ni dónde me hacía temblar sin control.

—La piel es un lienzo —dijo Damián, moviéndose en círculos a mi alrededor—. Y hoy vamos a ver cómo reacciona al fuego y al hielo.

Un frío cortante me golpeó el vientre. Solté un grito ahogado. Estaba deslizando un cubo de hielo con una lentitud tortuosa, dibujando círculos alrededor de mi ombligo y descendiendo hacia el nacimiento de los muslos. El contraste era violento: el calor de mi excitación contra el frío del agua deshaciéndose sobre mi piel.

—No te apartes —ordenó con severidad cuando mis caderas intentaron esquivar el contacto gélido.

Antes de que pudiera acostumbrarme al frío, llegó el primer impacto del calor. Una gota de cera cayó sobre mi clavícula, justo por encima de donde las pinzas tiraban de mi pecho. Fue un pinchazo agudo, un rastro de fuego que me hizo arquear la espalda.

—¡Ah! —mi gemido fue mitad sorpresa, mitad placer.

—Silencio —susurró, y sopló con suavidad sobre la cera para que se endureciera, un gesto que me dio un respiro antes de la siguiente descarga.

Empezó un baile cruel sobre mi cuerpo. Con una mano deslizaba el hielo por la cara interna de mis muslos; con la otra inclinaba la vela sobre mis hombros y mi espalda. Mi sistema nervioso se desbordó ante la sobrecarga. Era una tortura deliciosa: el hielo me entumecía y la cera me despertaba, dibujando un mapa de sensaciones que yo no podía anticipar.

—Dime, siete… ¿prefieres el hielo que te paraliza o el fuego que te marca? —preguntó, mientras una gota caliente caía peligrosamente cerca del borde de las pinzas.

Estaba a su merced. Sin vista, era un manojo de nervios respondiendo a su voluntad. La cadena tintineaba furiosa con cada espasmo, y la humedad entre mis piernas ya era un testimonio silencioso de mi rendición.

—Prefiero… lo que usted decida, señor —logré articular, con los labios temblando—. Soy su lienzo.

***

Escuché el sonido sordo de la vela al ser depositada sobre la consola y el tintineo del hielo cayendo en un recipiente. El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que erizaba el vello de mis brazos. Seguía ciega, con el pecho encadenado y la piel moteada por la cera fría y los rastros de agua helada.

—Ya has jugado bastante, siete —dijo Damián, ahora mucho más cerca, justo detrás de mi nuca—. Ahora quiero que sientas la diferencia entre la temperatura de los objetos y el calor de tu dueño.

Sentí sus manos, grandes y firmes, rodear mi cintura desde atrás. El contacto de su piel contra la mía, después de tanto metal, hielo y cera, fue como una explosión de realidad. Me atrajo hacia él con brusquedad, obligando a que mi espalda se pegara a su torso. Notaba la dureza de su cuerpo y el ritmo constante de su corazón, un contraste brutal con mi propia agitación.

Sus dedos subieron despacio hasta las pinzas. Rozó la cadena, provocando un tintineo que me hizo vibrar, pero no las quitó. Al contrario: tiró de ellas hacia atrás con una presión mínima y constante, obligándome a arquear el cuello y a exponer la garganta.

—No te quites el antifaz —me advirtió al oído, su aliento caliente enviando oleadas de deseo a mi vientre—. Quiero que cada embestida, cada beso y cada mordisco te pillen por sorpresa. Quiero que te pierdas en el abismo de no saber qué viene después.

Me hizo girar sobre los talones hasta quedar frente a él. Sin poder ver, cada roce de su ropa contra mi piel desnuda era una tortura deliciosa. Me tomó por los muslos y me alzó con una fuerza que me dejó sin aliento, obligándome a rodear su cintura con las piernas. Me llevó hasta el gran ventanal, donde el frío del cristal contra mi espalda chocó con el fuego que él emanaba.

—Aquí, sobre la ciudad que crees conocer —susurró, mientras se abría paso en mí con una determinación que me hizo soltar un grito perdido en la inmensidad del ático—, aquí es donde dejas de ser la ejecutiva de la planta catorce para ser, simplemente, mía.

La posesión fue intensa, rítmica, sin una sola concesión a la delicadeza. Al no ver nada, mi mente se concentraba solo en el punto donde nuestros cuerpos se unían y en el tirón de las pinzas que acompañaba cada uno de sus movimientos. Era una sinfonía de sensaciones: el frío del cristal en la espalda, el metal en el pecho y la fuerza de Damián reclamando cada rincón de mí. Me entregué al vacío, guiada solo por su voz y la firmeza de sus manos, hasta que el mundo desapareció y solo quedó el eco de nuestros jadeos contra el cristal que dominaba la noche.

***

El silencio en el ático era absoluto, roto apenas por el tictac de un reloj de pared. La luz grisácea del amanecer se filtraba por los ventanales, iluminando los restos de un día que había desarmado todas mis defensas. Damián estaba de pie frente al cristal, observando el despertar de la ciudad, ya con la camisa blanca desabrochada en el cuello. Se giró hacia mí. En la mano derecha sostenía la llave del collar.

—Se acabó el tiempo, Helena —dijo, y el uso de mi nombre real, después de horas siendo solo un número, me hizo estremecer.

Se acercó y, con un movimiento preciso, introdujo la llave en la cerradura de cuero. El pequeño clic sonó definitivo. El peso del collar desapareció y mi cuello quedó extrañamente ligero, casi desprotegido.

—El contrato ha expirado —continuó, dejando el cuero sobre la mesa de mármol—. Ya no eres mi propiedad. Vuelves a ser la mujer que toma decisiones en su propia compañía, la directora que no se arrodilla ante nadie. El taxi te espera abajo.

Me quedé inmóvil, con un vacío repentino. Antes de estas veinticuatro horas, Damián era solo un nombre en un acuerdo de confidencialidad, un hombre poderoso con el que mi empresa quería cerrar un trato. Ahora era el hombre que conocía cada rincón de mi rendición. Me vestí con mi propio traje de sastre, el que traía al llegar, sintiendo cómo la tela rozaba las marcas que él había dejado en mi piel. Al mirarme en el espejo del baño me vi impecable, pero mis ojos guardaban un secreto que nadie en mi oficina sabría descifrar.

—Ha sido un placer tenerte como sumisa estas veinticuatro horas —dijo él, con la voz recuperando su matiz profesional y gélido.

—El placer ha sido mío, señor —respondí, logrando mantener la voz firme a pesar del nudo en la garganta.

Nos despedimos con un apretón de manos, un gesto tan formal y aséptico que resultaba casi violento después de tanta intimidad. Crucé el umbral y salí del apartamento, dejando atrás aquel universo de obediencia, aunque sabía que las marcas en mi piel y en mi memoria me acompañarían mucho más allá de esas paredes.

***

El trayecto en taxi fue un borrón de luces y ruidos urbanos que se sentían ajenos, casi agresivos. Al llegar a mi edificio saludé al portero con una sonrisa mecánica, la misma de las reuniones de negocios, y subí en el ascensor. Al entrar en mi piso, el silencio me recibió como una bofetada. Mi casa era perfecta: suelos de madera clara, ventanales limpios, todo en un orden escrupuloso. Pero al cerrar la puerta, la armadura de la Directora de Operaciones se desmoronó. Dejé las llaves sobre la consola del recibidor y, por un instante, me quedé de pie, esperando una orden que no iba a llegar.

Caminé hacia el salón y me dejé caer en el sofá. Mis dedos volvieron a subir a mi garganta, buscando la presión del collar que ya no estaba. La ligereza de mi cuello me hacía sentir extrañamente desnuda, mucho más que cuando estaba en el ático. Pensé en lo que habían significado esas veinticuatro horas. Damián no solo había reclamado mi cuerpo; había despojado mi mente de todas las responsabilidades, de todas las decisiones, de todo el peso que conlleva ser yo. Durante un día entero no tuve que ser la mujer fuerte que resuelve crisis. Solo tuve que ser «siete».

Y en esa entrega, en ese dejar de ser yo misma para pertenecer a otro, había encontrado una paz eléctrica que nunca antes había sentido. Me miré las manos, las mismas que habían servido café temblando y que habían frotado un cristal de rodillas. Ahora estaban libres, pero se sentían inútiles. La contradicción era insoportable: poderosa ante el mundo, secretamente derrotada por dentro. Lo más inquietante no era lo que él me había hecho, sino lo que yo había descubierto de mí misma: que debajo de mi armadura de ejecutiva latía una mujer que ya no quería ser la dueña de su propio destino.

Me levanté del sofá. El aire de mi propio apartamento se sentía demasiado liviano, demasiado vacío. Fui al dormitorio y empecé a desvestirme frente al espejo, pero esta vez no lo hacía por orden de nadie, y eso era precisamente lo que me dolía. Al soltar el botón del pantalón y dejar que la tela cayera, las marcas en mi piel volvieron a saludarme: los rastros de la cera, ya limpios pero con una sombra rosada, y la leve presión que aún sentía en los pechos. Me abracé a mí misma, cerrando los ojos, intentando invocar el calor de sus manos y la seguridad de su voz cortando el silencio.

Fui hasta mi maletín, el que me había acompañado a su empresa y que ahora descansaba sobre la cómoda. Buscaba mi agenda para organizar el día siguiente, para obligarme a ser de nuevo la ejecutiva eficiente. Pero al abrir el compartimento lateral, mis dedos rozaron algo que no debería estar ahí: un pequeño objeto metálico, frío y pesado. Lo saqué con cuidado y el corazón me dio un vuelco. Era la llave del collar. Damián no se la había quedado. La había deslizado en mi maletín en algún momento entre el final de la sesión y mi salida del ático.

Junto a la llave había una nota de papel grueso, con su caligrafía firme y elegante: «La libertad es solo una elección, Helena. Si alguna vez el peso de ser tú misma se vuelve insoportable, ya sabes quién tiene el candado que te libera.»

Me quedé mirando la llave en la palma de mi mano. No era un número de teléfono ni una invitación a un juego vacío. Era el reconocimiento de algo que ambos sabíamos: que las veinticuatro horas habían terminado, pero que el vínculo no se había roto. Él me había devuelto mi vida y, al mismo tiempo, me había dejado la herramienta exacta para renunciar a ella de nuevo. Cerré los dedos sobre el metal tibio y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de pensar en mañana.

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Comentarios (5)

DominaFan22

Que relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio.

Valentina22

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. No me puedo quedar asi

PabloNoc22

Me hizo acordar a algo parecido que vivimos con mi pareja hace un tiempo. Ese juego de roles cambia todo, muy bien escrito.

NocturnoBA

¿tiene continuacion? porque me dejo con demasiadas preguntas

Laura_pba

La dinámica que describe es increible, se siente totalmente real sin caer en lo burdo. Ojala publiquen mas historias de este tipo

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