El día que por fin probé los pies de mi compañera
Esto ocurrió en 2013, cuando yo estaba metido de lleno en un curso de inglés. Tenía un nivel decente, así que rendí el examen de nivelación antes de empezar; me ubicaban en intermedio, pero preferí arrancar desde el principio para afianzar lo básico y, de paso, no apurarme.
El primer día fue tranquilo. Conocí a mis compañeros, todos con esa regla tácita de hablar solo en inglés; si alguno se iba al español, fingíamos no entender nada para obligarnos a practicar. Éramos apenas nueve en una sala pensada para veinte.
Las clases eran dos veces por semana, dos horas cada una. Durante la primera semana faltó una alumna cuya existencia yo ni siquiera sospechaba. Recién la segunda semana apareció, y todo cambió sin que yo lo supiera todavía.
Yo siempre llegaba temprano, media hora antes. Esa mañana saludé a la recepcionista, me senté en una de las mesas del hall y abrí mi cuaderno. Entraba a las nueve y todavía eran las ocho y media, así que fui a la máquina, me serví un café y volví a repasar.
Entonces la vi cruzar la puerta principal. Bajita, de poco más de un metro sesenta, pelo lacio y oscuro, piel morena. Llevaba unas sandalias abiertas y, sin proponérmelo, lo primero que miré fueron sus pies. La curiosidad me picó de inmediato.
Fue a recepción y después se acercó justo a mi mesa. Me dio los buenos días y le respondí igual. Se sentó, me preguntó en qué grupo estaba y resultó que íbamos a la misma clase.
—Soy Mariana —dijo, tendiéndome la mano.
Hablamos diez minutos, no más, porque enseguida dieron el horario. Le conté lo poco que habíamos visto la semana anterior y entramos al aula. Esos pies se me habían quedado grabados.
Ojalá todo hubiera sido rápido, pero no lo fue. Aprendí que la paciencia lo es todo. No podía mostrarme ansioso: necesitaba ganármela, construir una amistad lo bastante sólida como para llegar a un momento a solas. Así que me puse a trabajar en eso con método.
Me tomó casi tres meses. No fue sencillo: Mariana era reservada, costaba abrirla, y más de una vez estuve a punto de rendirme. Mi intención nunca fue una relación seria; lo único que buscaba era acercarme a esos pies, y para eso tenía que convertirme en su mejor amigo. Lo logré, aunque me costó.
Durante esos meses aprendí a leerla. Sabía cuándo cruzaba las piernas bajo el pupitre, cuándo se sacaba a medias una zapatilla por el calor y dejaba el talón al aire, cuándo apoyaba un pie descalzo sobre el empeine del otro mientras tomaba apuntes. Cada uno de esos gestos era una pequeña tortura que yo disimulaba mirando el cuaderno. La amistad avanzaba; mi obsesión, también.
Cuando por fin sentí que la confianza estaba, ella misma me sorprendió. Un día, en mitad de la clase, se inclinó y me susurró —en inglés, claro, aunque lo traduzco para que se entienda.
—¿Puedes venir a mi casa hoy?
Me quedé helado, no me lo esperaba. Por supuesto que acepté. Aun así, cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía, así que pregunté para qué, pero con tono de «¿necesitás ayuda con algo?», sin que sonara a otra cosa.
—Es por la clase —respondió—. La estoy pasando difícil, no imaginé que fuera tan complicado.
Quedamos en eso y, al terminar, fuimos juntos a su casa.
***
Tomamos el autobús y charlamos todo el camino. Cuando llegamos me encontré con su madre y su hermano menor; los saludé y nos quedamos en la sala mientras la señora terminaba de preparar el almuerzo. Por un segundo descarté cualquier posibilidad: nunca íbamos a estar solos.
Comimos los cuatro. Después del almuerzo, su madre anunció que salía con el chico y que volverían más tarde. La esperanza, que yo había enterrado, resucitó de golpe.
Apenas se cerró la puerta, Mariana sacó los libros y nos pusimos a estudiar. Media hora repasando verbos, y ella seguía con las zapatillas puestas. Yo no pensaba en otra cosa que en cómo hacer para que se las quitara.
Decidí ir de frente, pero con una excusa inocente. Le pregunté si estaba cansada, si quería que le diera un masaje en los pies.
—Estoy cansada, sí —dijo—, pero no, deben olerme mal los pies.
Con esa sola frase se me endureció todo y el corazón se me disparó. Insistí con cautela, sin delatarme, y aun así me dijo que no.
Cambié de táctica. Le ofrecí hacerle toda la tarea de inglés a cambio de dejarme masajearle los pies. Dudó un rato largo.
—Está bien, como te empeñás tanto, te dejo —cedió—. Pero te aviso: huelen.
—No hay problema —contesté, fingiendo indiferencia.
Fue a sacarse las zapatillas y la frené.
—Dejá, lo hago yo. Poné los pies sobre mis piernas.
Estábamos en el sofá. Acomodé un almohadón sobre mi regazo, supuestamente para apoyar sus pies, en realidad para esconder la erección que ya no me cabía en el pantalón. Ella subió ambos pies y empecé a desatar el cordón de una zapatilla, despacio, sin ninguna prisa. Quería estirar cada segundo.
Le quité una zapatilla y, en broma, le pregunté si de verdad le olían. Acerqué la nariz al pie cubierto por el calcetín y aspiré. Sí olía, y a mí eso me volvía loco. Lo olí otra vez. Ella me miró raro, con media sonrisa torcida.
—¿Está rico? —preguntó, entre divertida y desconfiada.
Lo estaba, vaya si lo estaba, pero no contesté. Seguí con la otra zapatilla, igual de lento. Después le bajé un calcetín y descubrí el pie moreno: uñas pintadas en un tono neutro, planta suave, talón apenas marcado. Tal como me gustan. Estaba en las nubes y ella no tenía la menor idea.
Le quité el otro calcetín y arranqué el masaje. Por fin lo conseguí, pensé, apretando los dedos contra sus plantas.
Pasaron unos quince minutos. Me moría por ir más allá, así que me arriesgué.
—Mariana, tenés unos pies preciosos, ¿lo sabías?
—¿En serio? No creo… —dijo, incrédula.
—Claro que sí. Preciosos.
—Gracias —murmuró, y bajó la mirada.
El corazón me golpeaba en el pecho y la erección me apretaba contra la tela. Estaba ciego de deseo. Tenía que pedirlo.
—¿Me dejarías besarlos?
—¿Eh? ¿Por qué? Si están sudados…
—No me importa, de verdad.
—Mejor no…
—No cuesta nada —insistí.
No retiró los pies. Solo negó con la cabeza, con esa sonrisa incómoda que ya empezaba a ablandarse.
Me animé igual. Empecé por los deditos, después la planta, levantándole el pie para besarle el costado. Ella me observaba sin saber qué decir.
—¿Qué hacés? ¿Te gustan los pies? —preguntó al fin.
No le respondí con palabras. Me giré para tener sus plantas de frente, hundí la cara en ellas y respiré hondo, recorriendo cada centímetro con la nariz. Mariana me miraba con vergüenza, pero no apartaba la mirada ni los pies.
Empecé a lamer desde el talón hasta los dedos, tres, cuatro veces. Cuando levanté la vista, su expresión había cambiado: ya no había sorpresa, había algo más oscuro y curioso.
Pasé a los dedos. Me metí el pulgar en la boca y lo chupé como un caramelo. Entonces escuché un gemido bajito, casi un suspiro. No me detuve. Fui dedo por dedo hasta meterme los cinco en la boca.
Otro gemido, más suave todavía. La miré: tenía la cabeza apoyada en el brazo del sofá, los labios entre los dientes y los ojos cerrados. Ahí supe que podía quedarme así durante horas.
No paré. Chupé cada dedo, lamí las plantas, los costados, le mordí el talón. Ese sabor salado me parecía una maravilla.
Saqué el almohadón, me liberé del pantalón y empecé a masturbarme mientras seguía con su pie en la boca. La sensación era brutal, una excitación que no recordaba haber sentido nunca.
Tomé su otro pie y lo pasé sobre mí. Mariana abrió los ojos, me miró y, sin decir nada, anunció que iba a encargarse ella.
Lo que vino después fue increíble. Con los dos pies empezó a frotarme de arriba abajo con una soltura que no parecía de principiante. El contraste de sus plantas tibias y suaves contra mi piel, la presión justa de sus dedos, la forma en que entrelazaba un pie sobre el otro para envolverme por completo… no había manera de aguantar mucho más.
En pocos minutos sentí que estaba al borde y se lo avisé. Ella, lejos de detenerse, se puso a provocarme.
—Eso es… disfrutá, disfrutá en mis piecitos, vamos, así…
Me corrí. Me corrí como no lo hacía en meses, vaciándome entero, con la respiración entrecortada y los ojos clavados en sus pies.
***
Después de unos minutos fui al baño a limpiarme. Cuando volví, ella seguía en el sofá, con las piernas recogidas y una sonrisa nueva.
—Nunca había visto algo así —dijo—. Jamás imaginé que fuera tan rico que te chupen los pies.
—A mí me encantó hacerlo —respondí—. Y me alegra que lo hayas disfrutado. Podemos repetir cuando quieras.
—Por supuesto que quiero —contestó, y se mordió el labio—. Pero la próxima vez quiero algo más.
No hizo falta que explicara qué. Lo entendí perfectamente, y me quedé esperando, con paciencia otra vez, el próximo encuentro.