Esa mañana le enseñé a obedecer bajo el agua
Mariana y yo amanecimos enredados, desnudos y todavía pegajosos de la noche anterior. Fue al estirarme, con la primera luz colándose por la persiana mal cerrada, cuando recordé que aquella había sido distinta. No por ella, que ya conocía mis manías, sino por mí: después de tantos años de cuidarme, de poner siempre una barrera de látex entre el deseo y el riesgo, por primera vez la había sentido sin nada en medio. Piel contra piel, mi polla desnuda hundiéndose hasta el fondo de su coño empapado, y la corrida vaciándose dentro de ella en chorros calientes que ninguno de los dos quiso frenar. Eso me dejó un zumbido raro en el cuerpo, como si hubiera cruzado una línea de la que no había vuelta.
—Tenés cara de que no dormiste nada —murmuró ella, sin abrir del todo los ojos.
—Dormí lo justo —contesté.
Lo justo para querer más.
Bajé la sábana y le encontré la entrepierna con la mano. Todavía estaba húmeda, hinchada, con los pliegues resbaladizos de lo que le había dejado adentro horas antes. Le metí dos dedos y ella arqueó la espalda con un gemido ronco, todavía medio dormida, apretándome con las paredes calientes del coño.
—Estás toda mojada, guarra —le susurré al oído—. Todavía te sale mi leche.
—Y quiero más —murmuró, girándose para chuparme el cuello mientras me buscaba la verga por debajo de las sábanas.
Me la agarró con la mano firme, apretando desde la base hasta la punta, y se agachó bajo la sábana hasta metérsela entera en la boca. Me la mamó despacio, sin prisa, dejándome sentir la lengua alrededor del glande, la garganta cerrándose cuando bajaba a fondo. Le agarré la nuca con una mano y la marqué el ritmo, embistiéndole la boca hasta que se atragantó con hilos de saliva colgando de la barbilla. Después la puse boca abajo, le levanté el culo y se la metí de un empujón, sin preliminares, aprovechando que seguía abierta y empapada de la noche. La follé así, agarrándole las caderas, viendo cómo mi verga entraba y salía brillante de sus jugos y de la corrida seca de horas antes. Ella hundió la cara en la almohada para ahogar los gritos hasta que se corrió temblando, apretándome tan fuerte que casi me obligó a vaciarme otra vez. Me aguanté. Salí, la giré, y le pasé la polla mojada por los labios para que me limpiara ella misma con la lengua. Lo hizo sin quejarse, chupando cada gota como si fuera un caramelo.
Era sábado y la casa prestada estaba en silencio. Decidimos salir a caminar, a despejarnos, aunque el calentón seguía allí, latente, debajo de la ropa que nos pusimos sin ganas. Caminamos sin rumbo hasta que, cerca de la estación, vimos el cartel discreto de un sex-shop entre una farmacia y una casa de empeños. Mariana me apretó la mano. No hizo falta decir nada.
Entramos como entra una pareja a una tienda cualquiera, salvo que ninguna pareja recorre esos pasillos con la mirada que ella llevaba. Lasciva, incandescente, leyendo cada estante como si fuera un menú. Yo elegí algo pequeño y específico: un plug anal de silicona negra, del tamaño justo para que lo sintiera clavado en el culo durante horas sin que la incomodara demasiado. Una idea para el día. Ella, en cambio, fue arrasando con medio mostrador antes de que pudiera ver siquiera qué metía en la cesta.
—¿Vas a contarme qué llevás? —pregunté.
—Esta noche —dijo, y dejó la frase colgando como una amenaza dulce.
Bajamos por una calle larga hasta un bar de mesas pegajosas y luz amarilla. Pedí dos cafés que nadie tocó. Bajo la mesa, le pasé la pequeña caja del plug. Ella la abrió en su regazo, lo miró un segundo y, sin perder la sonrisa, se levantó y se metió en el baño del fondo. Tardó lo suficiente. La imaginé con la falda subida, escupiendo en la silicona negra, empujándose el plug contra el ojete apretado hasta que le cediera. Cuando volvió, caminaba con un cuidado nuevo, una rigidez en las caderas que solo yo entendía, y me lanzó una mirada que decía ya está, ya lo tengo dentro del culo. Bajo la mesa le pasé la mano por el muslo y le hundí dos dedos entre las piernas, por encima de la ropa interior. Estaba mojada, calada. Le apreté suave la base del plug a través de la tela y ella pegó un respingo mordiéndose el labio.
—Portate bien —le dije bajito—, o te lo hago mover acá mismo.
El morbo de saberla así, marcada por una orden mía, con el culo relleno en un bar cualquiera, me tuvo duro todo el camino de vuelta.
***
En la casa, Mariana dejó las bolsas sobre la mesa de la cocina y anunció que iba a comprar algo para almorzar. La puerta se cerró y la casa volvió a quedarse muda. Yo tenía una urgencia más vulgar que el deseo: necesitaba mear, y mucho. Caminé por el pasillo hacia el baño aflojándome ya el cinturón, sin pensar en nada más.
Empujé la puerta entornada y me detuve en seco.
Carla estaba en la ducha.
El vidrio corrido a medias la enmarcaba como un cuadro: el agua corriendo por su espalda, el vapor pegándose a las paredes, la mata oscura de su pelo aplastada contra la nuca. Era la otra que se quedaba en la casa ese fin de semana, la que apenas había cruzado dos frases conmigo, la que tenía esa manera de mirar de costado que yo había decidido ignorar. Hasta ese momento.
No se sobresaltó. No tapó nada. Giró apenas la cabeza, me clavó los ojos a través del vapor y siguió pasándose la pastilla de jabón por el cuerpo, despacio, como si me hubiera estado esperando. La espuma le resbalaba por las tetas pequeñas y duras, con los pezones parados y oscuros, y le bajaba por el vientre plano hasta hundirse en la mata negra que le nacía entre las piernas. El tiempo se quedó atascado en el umbral, conmigo a un lado y ella al otro, sin que ninguno hiciera el gesto de cortar lo que estaba pasando.
—¿Vas a quedarte ahí mirando? —dijo, y no había vergüenza en su voz. Había desafío.
Cerré la puerta a mi espalda. Eso fue todo. Cerrarla fue aceptar.
Ella entendió el clic del pestillo como una respuesta y subió la apuesta. Se enjabonó los pechos pequeños haciéndolos resbalar entre sus dedos, se pellizcó los pezones hasta ponerlos rígidos, bajó la espuma por el vientre y la llevó más abajo, a la mata mojada. Se abrió los labios del coño con dos dedos de una mano y con la otra empezó a frotarse el clítoris en círculos lentos, exhibiéndomelo todo rosa y brillante entre la espuma. Cada vez que un dedo se le hundía en el agujero soltaba un sonido bajo, ronco, que rebotaba contra los azulejos. Me sonreía entre gemido y gemido. Sabía exactamente lo que me estaba haciendo.
Yo ya no pensaba en la vejiga. Me bajé el pantalón de un tirón, dejé caer los calzoncillos hasta los tobillos y me agarré la verga, que llevaba dura desde el bar. Empecé a masturbarme contra el vapor, de pie frente a ella, escupiéndome en la mano para deslizarla mejor por el glande hinchado. No nos tocábamos. Estábamos a un metro de distancia y, sin embargo, aquello era lo más íntimo que había hecho en mucho tiempo: dos desconocidos masturbándose el uno frente al otro, midiéndose, sin una sola palabra de afecto de por medio.
—Más rápido —le ordené, sorprendido de mi propia voz—. Quiero verte gozar primero. Quiero ver cómo te corrés para mí.
Ella obedeció. Apoyó la espalda contra los azulejos, abrió las piernas de par en par y se metió dos dedos hasta los nudillos, follándose el coño con la mano mientras con el pulgar se machacaba el clítoris. El agua le caía por la cara, se le metía en la boca abierta, le pegaba el pelo al cuello. Los gemidos se volvieron jadeos cortos, obscenos, entrecortados por sílabas sueltas. —Cerdo… mirame… mirame bien…
Cuando se le tensaron los muslos, cuando arqueó la espalda separándola de la pared y se le escapó un grito ronco que tuvo que ahogar mordiéndose el antebrazo, supe que se había corrido para mí, porque yo se lo había mandado. Se quedó temblando, con los dedos todavía metidos, sacándoselos despacio, brillantes y pegajosos, y se los llevó a la boca para chupárselos sin dejar de mirarme.
No aguanté más. Crucé el metro que nos separaba, le agarré la cabeza mojada con una mano, me metí la punta de la verga entre sus labios entreabiertos y ella no dudó: se la tragó entera de una, apretándome con la lengua contra el paladar. Le fui a la boca dos, tres embestidas, sintiéndole la garganta cerrarse a mi alrededor, y cuando noté que la corrida me subía la saqué de golpe y me la vacié sobre la cara, en chorros gruesos y calientes que le cayeron en la frente, en las mejillas, en los labios, en la lengua sacada. Ella no apartó la cara. La mantuvo levantada, la boca abierta, recibiéndolo, sonriendo como quien recibe un premio. Cuando terminé, se pasó los dedos por la mejilla recogiendo un hilo blanco y se lo chupó despacio.
—Rica —susurró.
***
No había soltado la última gota cuando el cuerpo me cambió de registro. La urgencia que me había llevado al baño volvió de golpe, imposible de frenar, y un chorro caliente salió de mí y empezó a regarla. Por un instante pensé que se apartaría, que aquello rompería el hechizo.
Hizo lo contrario.
Echó la cabeza hacia atrás, se pasó las manos por el pelo como si se peinara con él y abrió la boca para probarlo. El líquido le resbaló por los labios, le bajó por la garganta, le corrió entre las tetas y por el vientre hasta perderse en el desagüe, junto con el jabón, la espuma y los restos de mi corrida. Bajé el chorro y le regué también los pechos, el ombligo, el coño abierto que ella misma se separaba con los dedos para recibirlo. Me miraba mientras lo hacía. Quería que yo viera hasta dónde estaba dispuesta a llegar, y yo lo vi, y entendí en ese gesto que aquella mujer no buscaba un amante. Buscaba un dueño.
Cuando me vacié del todo, la levanté de la barbilla y la besé, un beso sucio y largo, metiéndole la lengua hasta el fondo, saboreando la mezcla de agua, jabón, semen y meados que ella devolvió con hambre, chupándome la lengua como antes había chupado la polla. Después le escupí en la cara, despacio, un escupitajo espeso que le cayó justo entre los ojos y le resbaló por el puente de la nariz hasta el labio.
—Sos una guarra —le dije, con la voz baja y firme—. Una cerda a la que le falta alguien que le ponga límites. Esta noche te los voy a poner yo. Te voy a follar por los tres agujeros, te voy a llenar de leche y me la vas a tragar como corresponde. Y ahora lavate bien, puta, que no quiero olerte cuando vuelva a buscarte.
No protestó. No frunció el ceño. Se relamió el escupitajo de la comisura con la punta de la lengua y bajó los ojos un segundo, justo el tiempo de hacerme saber que la palabra «dueño» era exactamente la que había estado esperando oír. Asintió despacio.
—Sí —murmuró—. Esta noche. Por donde quieras.
Esa única sílaba, dicha bajo el agua, valía más que cualquier promesa. Era un contrato. Yo daría las órdenes y ella las cumpliría, y entre los dos íbamos a descubrir hasta dónde se podía estirar esa cuerda antes de que se rompiera.
***
Me subí el pantalón con manos que todavía temblaban un poco. El corazón me golpeaba en las costillas, no de miedo, sino de esa mezcla de poder y vértigo que solo aparece cuando alguien te entrega el control de su placer y de su humillación al mismo tiempo. Carla cerró el grifo a mi espalda y empezó a secarse, tranquila, como si lo que acababa de pasar fuera apenas el prólogo de algo mucho más largo.
Abrí la puerta del baño y casi me choqué de frente con Mariana, que volvía con las bolsas del almuerzo colgando de los brazos y la respiración agitada de haber subido las escaleras corriendo.
—Me olvidé las llaves —dijo, riéndose de sí misma—. ¿Estás bien? Estás todo colorado.
—El agua caliente —contesté, y le quité una bolsa de la mano para que no me viera la cara—. Carla se está duchando, dejala que termine.
Mariana asintió sin sospechar nada y se metió en la cocina a desempacar. Por un metro, por el clic de un pestillo y por la espalda fría de una puerta cerrada a tiempo, no me había descubierto. Ese margen tan estrecho debería haberme asustado. En cambio, me excitó todavía más. El secreto era una capa extra de morbo, una correa invisible que ahora me ataba a las dos mujeres de esa casa de maneras distintas.
Detrás de la pared, el agua de la ducha seguía cayendo. Carla tarareaba algo en voz baja, satisfecha, mientras se preparaba para un día de espera con el coño todavía palpitando y el sabor de mi semen en la boca. Y yo, apoyado contra el marco de la cocina viendo a Mariana guardar la comida sin enterarse de nada, con el plug apretado entre las nalgas de mi novia y la promesa hecha en la ducha zumbándome en la cabeza, empecé a contar las horas que faltaban para la noche.
Porque esa noche, lo había prometido, ella iba a enterarse de lo que significaba pertenecerle a alguien. Y yo pensaba cumplir cada palabra, con la verga, con la lengua y con la mano.





