Noelia, sus tacones y sus pies perfectos
Después de descubrir la joya que escondía mi cuñada pequeña en materia de fetiches, no tardé en mover cielo y tierra para volver a quedar con ella. Apenas una semana después de dejar a mi novia, una de mis conversaciones con Noelia fue tal que así.
—Cuando te vea te voy a comer los pies hasta borrarte el esmalte —escribí.
—Uffff… —respondió ella.
—¿Te gustaría que me corriera en ellos?
—Mucho. Cállate o me voy a tener que tocar.
—Eso me gustaría, que te tocaras mientras te los chupo.
—Eres un hijo de puta. Deja de calentarme, que tengo que estudiar. Mándame una foto, anda, atrévete tú primero.
Me llegó la imagen unos segundos después. Eran un treinta y nueve perfecto, piel morena, dedos rectos y ordenados, uñas bien proporcionadas, un buen arco de planta. Una auténtica maravilla, con una pulserita dorada en el tobillo derecho y mucho más cuidados que la primera vez que los tuve en la boca.
Sandra terminó los exámenes a finales de septiembre. Ese mismo día me la follé a conciencia, conseguí darle por detrás un poco, y dos días más tarde le dije que teníamos que dejarlo. No pareció sorprendida, solo apenada. Me confesó que, si no daba yo el paso, lo habría dado ella.
Como motivos esgrimió que se volvía a Granada y mi exhibicionismo. No le apetecía un novio que se paseara desnudo delante de su madre, su hermana y sus amigas. Una pena, porque la madre fue una de las mejores admiradoras que he tenido.
La cuestión es que Sandra se marchaba el jueves, y yo el sábado ya tenía mi billete de tren a Valencia y otro comprado para Noelia. Preparé mi pequeña cámara para grabar lo que iba a ser el mayor festival de sexo con una chica a la que sacaba más de diez años y unos pies prácticamente perfectos. Es mi material favorito.
Le dije que en Valencia íbamos a buscar unas sandalias de tacón de infarto, que se trajera los modelitos más exagerados que tuviera, porque quería exhibirla por la calle antes de volver al hotel y follármela con desesperación.
—Lu, eres un hijo de puta… Llevo toda la semana cachonda, sin parar de frotarme pensando en el fin de semana.
—Pues no te toques mucho, que ese coñito le pertenece a mi boca.
—No aguanto más. ¿Por qué me haces esto?
—Paciencia, nena. El viernes nos vemos.
—Mira, no te soporto más. Me voy a masturbar. Adiós.
Y estuvo una hora sin contestar a mis mensajes.
***
El viernes, cuando llegué a la estación, ya iba muy excitado. No estaba empalmado del todo, pero poco me faltaba. Llevaba unos pantalones finos de chándal y una camiseta ajustada, así que parecía un estríper de incógnito. Dos señoras de unos sesenta años, sentadas frente a mí en el vagón, no dejaban de mirar, cuchichear y reírse del bulto que se marcaba sin remedio.
Yo fingía no escucharlas con los auriculares puestos, pero cuando bajé el volumen pillé algunas palabras sueltas. «Qué mal repartido está el mundo», decía una entre risillas. «A mí me engañaron», contestaba la otra. Aquello fue la puntilla. Mi erección creció del todo y, con unos bóxer de tela tan fina, no había nada que la contuviera.
Como mi maleta y mi chaqueta estaban en el portaequipajes de encima, no me quedó más remedio que ponerles el paquete a la altura de la cara al levantarme. Retiré primero la chaqueta y las dos se escandalizaron un poco.
—Perdonen, señoras, que hay veces que uno no controla al soldadito.
—No pasa nada, hijo —rio una—. Pero que no te vea el revisor, que va a pensar que has robado algo.
Se echaron a reír las dos.
—Anda, sé bueno y bájame la maleta, que tú estás fuerte —dijo la otra.
—Dispongan ustedes, si quieren palpar por la vergüenza que les estoy haciendo pasar.
Una de ellas, lejos de cortarse, me apoyó la mano en el miembro mientras yo bajaba con parsimonia su equipaje.
—Toca esto, Eugenia —le dijo a su amiga, muerta de risa—. Te juro que no he tocado algo así en mi vida. Parece falso.
—Deja, deja, por dios, que estás manoseando al chiquillo como a un melón en oferta.
—No se corte, señora —insistí.
Y la tal Eugenia le cogió la mano a su amiga y se la puso encima de mi polla. Ambas estallaron en carcajadas y yo terminé de bajarles las maletas. Me despedí de aquellas dos abuelas saladas y me dispuse a esperar el tren de Noelia, que tardaba media hora más.
***
El manoseo me había dejado tieso como el mástil de un velero. Me senté, intenté pensar en otra cosa, pero no podía. La idea de lamerle los pies a Noelia y que encima le gustara mantenía mi erección viva. Me bebí media botella de agua de un trago y me comí un caramelo de menta para llevar buen aliento.
Cuando vi llegar su tren se me aceleró el corazón. Notaba el pulso en la sien. Tenía un ansia adolescente totalmente desbocada. Me asomé a la escalera mecánica que subía desde los andenes y busqué una melena castaña que viniera sola. No tardé ni quince segundos en encontrarla, y no era el único que la miraba: cada chico que pasaba a su lado la repasaba de arriba abajo.
Me apreté la polla con violencia y se me secó la boca. Era un espectáculo bestial. Llevaba una camiseta de tirantes negra que dejaba adivinar el bamboleo de sus tetas, sin sujetador. Una falda larga con una cremallera lateral que casi le llegaba a la cintura, bien abierta, claro. Y los tacones negros que ya me había vuelto loco en nuestro primer encuentro: dos sandalias de tiras, una en el empeine y otra en el tobillo.
Dos hombres a mi lado, de unos treinta y tantos, se fijaron en ella enseguida.
—Quillo, ¿has visto a esa? —dijo uno.
—Madre mía, que me presenten al ginecólogo —contestó el otro, riendo.
Cuando Noelia me vio finalmente, me sonrió. Los dos hombres se dieron cuenta de que era a mí.
—Jefe, dígame dónde fabrican una chica como esa —soltó uno.
—En Granada —respondí, y me separé hacia la salida.
En cuanto la tuve a mano le comí la boca con ansia, sujetándola de la cintura y clavándole el bulto.
—Uyuyuy, ¿pero ya estás así? —dijo, mirando mi entrepierna con picardía.
—¿No te ha dicho nada tu madre al verte salir así?
—Qué va. Me he puesto los tacones y la falda en el baño del tren. Si me ve mi madre vestida así, le da algo.
—Ya me lo está dando a mí —dije, mirándole los pies—. Esos tacones tienen que cansar mucho.
—No te voy a mentir, un poco sí.
—Tendré que darte un masaje. Y los mejores masajes se dan con saliva, nena.
—Uffff… Haz el favor, que vengo como una mona. Llevo toda la semana frotándome con las esquinas.
***
Nos subimos a un taxi cuyo conductor parecía incapaz de mirar a la carretera sin echar miraditas al escote de Noelia. Le hice una seña para que me acercara los pies, le saqué uno de la sandalia y le lamí el lateral desde el talón hasta el dedo gordo. Tan suave y cálido que por un momento sentí que la cabeza se me separaba del cuerpo. Ella se mordía la mano y negaba con la cabeza mientras se le marcaban los pezones.
Apenas nos registramos en el hotel y entramos al ascensor, me abalancé sobre ella, le liberé las tetas y empecé a chupárselas.
—Aaah… Cuánta ansia —jadeó.
Cuando el ascensor se detuvo le bajé la camiseta de golpe. No nos cruzamos con nadie en el pasillo. Dentro de la habitación dejé las cosas en el suelo y volví a tirarme sobre ella. No sentía una calentura tan extrema desde la adolescencia, cuando me masturbaba seis o siete veces al día y una falda con tacones bastaba para empalmarme.
La tumbé en la cama, me quité la camiseta y seguí lamiéndole las tetas mientras ella me agarraba del pelo y se retorcía. Luego me deslicé hasta sus pies, le quité la sandalia y empecé a lamer despacio desde el talón hasta los dedos. Sabían un poco a cuero nuevo. Con la otra mano me saqué la polla, dura como una piedra, y ella me la frotó torpemente con el otro pie.
Yo guiaba su pie izquierdo contra mi erección mientras me recreaba succionándole los dedos del derecho. Me miraba con la boca abierta y el ceño fruncido, disfrutando del espectáculo. Ni me di cuenta de cuándo había metido la mano dentro del tanga para masturbarse.
En cuanto le metí los deditos en la boca tuvo su primer orgasmo, ese suyo tan característico, largo y medio apagado, con la cara descompuesta de placer y los ojos cerrados. Le mordí el talón, volví a lamerle la planta y en diez segundos estaba frotándose otra vez como una mona cabreada. Le succioné uno a uno los dedos mientras me masturbaba con violencia hasta que tuvo el segundo orgasmo.
Entonces le agarré los dos pies y me corrí entre ellos. Iba tan cargado que el primer chorro le llegó a la cara y las tetas, el segundo al vientre, y el último le cayó directo en el coño.
—Madre mía, Lu… Me has regado —dijo riéndose.
—Joder, muchísimo.
—Tráeme papel, anda, que me has puesto perdida.
Gastamos medio rollo limpiando el estropicio.
***
Le dije que necesitaba recargarme un poco y comer algo, y le propuse un paseo hasta una zapatería para comprarle tacones nuevos. Se cambió a una camiseta verde ajustada, también sin sujetador, y unos pantaloncitos muy cortos. Qué piernas más largas y morenas. Quien nos viera caminar de la mano por la calle pensaría que éramos dos modelos.
Visitamos un par de tiendas hasta entrar en una que parecía cara, pero tenía buen género. Tacones de todos los tipos. Se nos acercó una dependienta joven.
—Hola, ¿os ayudo?
—Sí. Busco unos tacones para este monumento que, cuando se los ponga, me den ganas de quitárselos y lamerle los pies.
La chica se quedó sorprendida, pero no demasiado. No debía de ser raro toparse con fetichistas, supongo que sí con alguien que lo dijera tan directo. Noelia se tapaba la cara de vergüenza.
—Marcos, ven, que creo que este señor es de los tuyos —llamó la chica hacia la caja.
Se acercó un hombre de unos cuarenta, de barba de dos días y pelo corto medio canoso, mientras la chica se iba con una sonrisilla. Le hablé en voz baja.
—Busco unas sandalias de tacón que, cuando se las ponga el monumento que me acompaña, me den ganas de quitárselas y comerle los pies. A ella le encanta que se los toquen, mientras lo hagas con suavidad. Sácale tres pares y ayúdala a probárselos. Eres de los míos, sé que vas a disfrutar.
Marcos me miró sin decir nada, observó un par de segundos las piernas y los pies de Noelia.
—Sí, desde luego son bonitos —dijo al fin—. Voy a buscarlos.
Volví con Noelia, que me miraba intrigada.
—¿Pero qué le decías tan bajito? Espero que no le hayas soltado lo mismo que a la otra, que me muero de vergüenza.
—Solo que te saque los tacones más bonitos que tenga.
Le acaricié el culo mientras se lo decía.
—Después te van a doler los pies y te tendré que dar un masaje. Y ya sabes que los mejores van con saliva.
—Ay, calla, por dios, que me palpita el toto desde que me bajé del tren.
Marcos trajo tres cajas. La descalzó y le fue poniendo cada par con una delicadeza que chocaba con su aspecto tosco, tocándole los pies de forma sutil mientras yo me mordía el labio. Los últimos, de tacón grueso y color beige, con una cinta transparente sobre los dedos, fueron los que más cachondo me pusieron. Le compré esos y unos rojos que a ella le encantaron. Se dejó puestos los beige y, al pagar, le guiñé un ojo a Marcos. Él sonrió ligeramente.
***
De camino a una joyería, donde quería comprarle una tobillera, Noelia se quedó pensativa.
—Oye, ¿no te ha parecido raro el vendedor? Me ha tocado los pies con una delicadeza… como si acunara a un niño. Cada vez que me ponía un zapato notaba un cosquilleo. Me ha gustado.
—Ah, ¿sí? Pues ya tengo algo en lo que pensar cuando te ponga la tobillera nueva.
Le agarré el culo y le comí la boca despacio, apretándome contra ella.
—Jesús, ¿ya estás así otra vez?
—No sabes cómo fantaseaba en la tienda.
—Uf… que tengo el tanga nuevo, no me lo hagas empapar todavía.
En la primera joyería compré una tobillera bañada en oro. Nos sentamos en la terraza de una cafetería y se la puse mientras le acariciaba el pie izquierdo. No paré de manosearle la pierna.
—Con esta tobillera tus pies están aún más apetecibles. ¿Te cansan los tacones?
—Un poquito.
—Pues masaje al canto.
Le masajeé el pie con firmeza y, en un descuido en que nadie miraba, me agaché y le di un lametazo en la planta y los dedos. Sabían a zapato recién estrenado.
—Mira que eres hijo de puta —susurró.
—Ya te lo he dicho, los mejores masajes van con saliva.
Sus pezones llevaban un rato asomados a la licra. Tenía la erección total.
—Deja de calentarme y llévame al hotel a follarme, que no puedo más.
—Antes una cosa.
La cogí de la mano y bajamos a los baños de la cafetería, en el sótano. Me aseguré de que no había nadie y la metí en un cubículo. Le levanté la camiseta, le chupé las tetas y liberé mi polla, que salió disparada de lado a lado como un metrónomo. Ella la agarró rápido y me la masturbó con torpeza mientras yo le mordía suavemente los pezones.
—Métemela ya, por favor.
Le di la vuelta, le bajé los pantaloncitos y se la metí entera. Estaba empapadísima. Le tapé la boca para enmudecerle los gemidos. En menos de un minuto tuvo uno de sus orgasmos lacónicos. Seguí embistiéndola, tirándole del pelo, mirando su culito y sus pies sobre esos tacones nuevos. Aquello me podía. En cuanto llegó por segunda vez, empecé a vaciarme dentro de ella, chorro tras chorro, penetrándola hasta el fondo con cada uno.
Entonces oímos abrirse la puerta y entrar a alguien en el cubículo de al lado. Esperamos inmóviles mientras Noelia se limpiaba con papel el semen que iba brotando. Era obvio que quien fuera había visto los dos pares de pies orientados hacia la pared, con los pantalones por los tobillos. En cuanto se marchó, salí rápido y me topé con dos chicas que iban a entrar.
—Uy, me he equivocado —dije, y las esquivé.
***
De camino al hotel busqué un sexshop en el mapa. Quería una cosa que me tenía medio obsesionado. Nos atendió una chica con la mitad de la cabeza rapada y un aro en el labio.
—Busco un esmalte de sabores para ella —dije.
Miró a Noelia, miró sus sandalias, me miró a mí.
—Para las uñas de los pies, supongo.
—Exacto.
Rebuscó en un cajón y me ofreció dos sabores que no esperaba. Le pregunté si tenía más y me dijo que no, que casi nadie los pedía. Una pena. Me llevé los dos.
En cuanto llegamos al hotel le pinté cada pie de un sabor distinto y me di un festín con ellos. Antes de penetrarla tuvo cuatro orgasmos solo del rato que pasé lamiéndoselos y succionándoselos. Tuve que hacer esfuerzos titánicos para no correrme a los cinco minutos de la calentura que llevaba.
Ese fin de semana casi ni dormí. Me despertaba a media noche empalmado, le lamía los pies mientras ella dormía y, cuando la tenía dura como una piedra, se la metía y la follaba en todas las posturas. De Valencia apenas vimos ese paseo del viernes, porque el sábado nos lo pasamos encerrados en el hotel follando como conejos. Cuando nos despedimos el domingo, yo tenía el rabo en carne viva y ella el coño dolorido del salvaje tute que nos pegamos. Jamás pensé que se pudieran tener agujetas ahí abajo, pero resulta que sí.
Grabé un par de vídeos con mi pequeña cámara en los que se me ve perdiéndome entre sus pies perfectos mientras ella se masturba admirando cómo se los lamo. Menudo fin de semana.