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Relatos Ardientes

Descalzo y sumiso ante la mujer que me dominó

Hay un placer que guardé en secreto durante años, algo tan privado que nunca me animé a contarlo en voz alta hasta que apareció ella. Empezó como una tontería: andar descalzo por mi casa cuando estaba solo. Sentir el tacto de las baldosas frescas bajo las plantas, percibir cómo el polvo del suelo se iba adhiriendo a mi piel, escuchar el golpeteo suave de mis pies desnudos recorriendo las habitaciones. Para cualquiera sería un hábito sin importancia. Para mí era casi un acto íntimo, tan personal como agarrarme la verga y hacerme una paja lenta pensando en aquello.

El origen lo tengo claro. De pibe me sentaba en el piso a acariciar los pies de las mujeres mayores de la familia mientras ellas conversaban, ajenas a lo que aquello despertaba en mí. Era un juego, o eso creían. Yo me iba al baño con la pija tiesa apenas terminaba de tocarles los tobillos, y me la sacudía a escondidas hasta correrme en la mano imaginando que una de ellas me pisaba la cara. Más tarde, ya con dieciocho o diecinueve, en casa trabajaba una mujer que se ocupaba de las tareas domésticas. Lo que me volvía loco era que siempre se descalzaba para limpiar. La escuchaba recorrer la casa entera con sus pies desnudos, ligeros sobre el suelo, y yo me quedaba en mi cuarto con la verga afuera, moviendo la mano al ritmo de aquel sonido, corriéndome mordiendo la almohada para que no me escuchara.

De ahí nació la fantasía completa. No me bastaba con mirar pies: yo quería ser esa mujer descalza que servía la casa. Quería arrodillarme, fregar el piso, obedecer. Sentir que mi lugar estaba abajo, con las plantas desnudas pegadas a la baldosa fría, esperando una orden. Lo hacía a solas, en mi intimidad, descalzándome para barrer o lavar los platos con la pija dura marcándome el pantalón, imaginando que alguien me vigilaba y me obligaba a chuparle los dedos del pie mientras me la cascaba en el suelo. Casi siempre terminaba con la mano en la verga, agitado, avergonzado y excitado a partes iguales, corriéndome contra las baldosas y limpiando después mi propio semen del piso, humillado, con las mejillas ardiendo.

Durante años creí que ese deseo no tenía nombre ni destinatario. Lo alimentaba en silencio, convencido de que era un capricho mío y de nadie más. Salía con mujeres, cogía como cualquiera, pero jamás me animé a contar lo que de verdad me encendía. ¿Cómo se le explica a una mina que el mayor placer no está en meterle la verga, sino en quitarse los zapatos, agachar la cabeza y sentir que uno existe para servirle el coño y los pies? Aprendí a callarlo tan bien que casi me olvidé de que estaba ahí, latente, esperando la persona indicada.

***

A Renata la conocí en un curso nocturno, y desde el principio supe que tenía algo distinto. No era solo su manera de mirar, sino la calma con que ocupaba el espacio, como si todo a su alrededor le perteneciera por derecho. Tardé semanas en invitarla a mi departamento, y más todavía en bajar la guardia.

Esa noche cometí el descuido de siempre. Olvidé que no estaba solo y me quité los zapatos apenas crucé la puerta, como hacía cada vez que volvía de la calle. Renata lo notó enseguida. Vio mis pies desnudos sobre el suelo, vio la manera en que mis dedos buscaban casi por instinto el frío de la baldosa, y algo en su gesto cambió.

—Te gusta —dijo. No era una pregunta.

—¿Qué cosa? —respondí, fingiendo no entender.

—Estar descalzo. Te calma y te pone la pija dura al mismo tiempo. Lo veo en tu cara, y lo veo ahí abajo también.

Miré para el bulto que empezaba a marcarme el pantalón y sentí que la cara se me prendía fuego. Me leyó en un segundo lo que yo había escondido durante toda mi vida.

Quise inventar una excusa, decir que era una costumbre, que andar sin zapatos hacía bien a la salud. Ella me dejó hablar y, cuando terminé de balbucear, se sentó en el sillón, cruzó las piernas con una lentitud deliberada y se quitó sus propios zapatos. Sus pies aparecieron desnudos, con las uñas pintadas de rojo oscuro, y los apoyó en la alfombra frente a mí como quien despliega un arma.

—Vení —ordenó, señalando el piso frente a ella—. De rodillas.

Y yo fui. Sin pensarlo, como si llevara años esperando esa palabra.

***

Me arrodillé sobre las baldosas frías, exactamente donde ella quería. Mis rodillas y mis pies desnudos contra el suelo, esa sensación que tantas veces había buscado a solas, ahora tenía testigo. Renata estiró un pie y lo apoyó apenas en mi pecho, empujándome para que mantuviera la espalda recta.

—Mirate —dijo—. Te morías por esto y ni siquiera lo sabías decir. Tenés la verga marcándote el pantalón como un pendejo. Sacátela.

La orden me golpeó en la boca del estómago. Me temblaban las manos cuando me abrí el cierre y dejé la pija afuera, dura, pegada contra el abdomen, húmeda ya en la punta. Ella la miró con la calma de quien inspecciona un objeto de su propiedad.

—Ahí la dejás —dijo—. No te la toques hasta que yo lo diga.

Tenía razón en todo. Mi cuerpo lo confesaba: la respiración corta, las manos quietas sobre los muslos esperando permiso, el calor que me subía por la nuca, la verga latiendo sola sin que nadie la tocara. Bajó el pie hasta dejarlo frente a mi boca, y yo entendí sin que lo dijera. Lo besé despacio, primero el empeine, después cada dedo, mientras ella observaba mi obediencia con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Abrí la boca —dijo—. Metételos adentro. Todos.

Le chupé los dedos uno por uno, ensalivándolos, sintiendo el sabor tibio de su piel en la lengua. Renata empujó más adentro, hasta hacerme apretar la garganta contra sus dedos, probándome como después probaría con otra cosa. Cada vez que quería sacar la boca, ella me sujetaba la nuca con la otra mano y me obligaba a quedarme.

—Más despacio —corrigió cuando salí a respirar—. Vas a hacerlo bien o no vas a hacerlo. Acá las cosas se ganan.

Obedecí. Pasé la lengua por la planta, por el arco, por el talón, perdiendo la noción del tiempo. Baba mía cayendo al piso, la pija palpitando sin que la tocara nadie, las caderas moviéndose solas buscando algo que no llegaba. Cada vez que aceleraba, ella me frenaba con una orden seca. Aprendí su ritmo a fuerza de correcciones, y descubrí que esa disciplina me excitaba más que cualquier caricia. No era el pie en sí: era el sometimiento, la certeza de que mi placer dependía de complacerla a ella primero.

—Buen perro —murmuró, y bajó el otro pie hasta apoyarme la planta sobre la verga—. Mirá cómo se te sacude. Si te muevo un poco te corrés como un pendejo, ¿no?

Movió el pie apenas, arrastrando la planta arriba y abajo por la pija, y yo apreté los dientes para no acabar en ese instante. Sentí el arco de su pie frotándome la punta, ya mojada, resbalándose con mi propio líquido. Cuando estuve por venirme, ella retiró el pie y me miró como se mira a un perro al que se le enseña a no comer todavía.

—Todavía no —dijo—. Ni se te ocurra.

***

Las visitas se volvieron costumbre, y con cada una Renata fue afinando el juego. Una noche llegó con una bolsa y la dejó sobre la mesa sin explicaciones.

—Quiero que limpies la cocina —dijo—. Descalzo. Y vas a ponerte esto.

Dentro había un delantal y poco más. Comprendí lo que pretendía, y el corazón se me disparó. Era exactamente la fantasía que había cuidado en silencio durante años, la de convertirme en aquella mujer descalza que recorría la casa sirviendo, solo que nunca había imaginado que alguien me la concedería de verdad.

—Sacate todo —insistió—. La ropa entera. Solo el delantal. Quiero verte el culo mientras trabajás.

Me desnudé ahí mismo, delante de ella, y me até el delantal a la cintura. La tela apenas me cubría por delante y por detrás me dejaba el culo al aire. La pija se me sacudía debajo, medio dura ya, marcando la tela cada vez que me movía.

—Empezá —ordenó—. Y no te tapes.

Me puse a fregar. Ella se acomodó en una silla, descalza también, con una copa en la mano, y supervisó cada movimiento. Sentir las baldosas frías bajo mis pies mientras trabajaba para ella, sabiendo que me observaba el culo desnudo cada vez que me agachaba, fue más intenso que todas las veces que lo había hecho a solas. Me sentía expuesto, transformado en algo que solo existía para obedecerla.

—Levantá eso con los dedos del pie —me indicó cuando un trapo cayó al suelo—. Sin agacharte. Quiero verte esforzarte.

Lo intenté, torpe, mientras ella se reía bajito. Cada orden me humillaba un poco y cada humillación me encendía más. La verga se me había puesto durísima otra vez, apuntando al piso, mojando la tela del delantal con la punta.

—Vení acá —dijo cuando terminé de fregar—. Date vuelta. Culo para mí.

Me di vuelta y apoyé las manos en la mesada. Ella se levantó, se me acercó por atrás y me pasó la planta del pie por la parte de atrás de los muslos, subiendo despacio hasta las nalgas. Sentí los dedos de su pie separándome apenas, curioseando, mientras yo me quedaba quieto, agarrado a la mesada, la respiración cortada.

—Abrí las piernas —dijo. Obedecí. Metió la punta del pie entre mis muslos y me presionó los huevos desde atrás, con un peso justo, ni cariñoso ni brutal. Se me escapó un gemido que jamás había hecho delante de nadie.

—¿Ves? —susurró—. Esto es lo que sos. Un culo agachado esperando lo que yo decida.

Me quedé de pie en medio de la cocina, descalzo, con el delantal pegado a la piel y la mirada en el suelo. Ella se tomó su tiempo, recorriéndome con los ojos, disfrutando de tenerme así, suspendido en la espera. Yo no me atrevía a moverme. Había descubierto que el peor castigo no era una orden dura, sino el silencio: ese momento en que ella decidía si yo merecía o no su atención.

***

—Acercate —dijo al fin, y dejó la copa a un lado.

Crucé la cocina con los pies todavía descalzos, manchados del trabajo, y me arrodillé a su lado. Renata pasó la mano por mi nuca y me obligó a mirarla mientras con la otra se levantaba la pollera hasta la cintura. No tenía nada debajo. Ahí estaba, abierta frente a mí, el coño rasurado, brillante, ya mojado de tanto verme obedecer.

—Chupame —ordenó—. Y hacelo bien. Si me hacés acabar, después te dejo correrte.

Metí la cara entre sus piernas sin pensarlo. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, saboreándole todo, y le clavé la boca en el clítoris. Ella me agarró del pelo y me hundió más adentro, moviéndome la cabeza al ritmo que quería. Yo chupaba, lamía, se lo mamaba con toda la lengua, tragándome sus jugos, sintiendo cómo se iba poniendo más resbaladiza mientras me refregaba el coño contra la boca.

—Así, perro —jadeó—. Ahí quedate. La lengua ahí quieta.

Me dejó la lengua clavada en el clítoris y ella hizo el resto, moviendo las caderas contra mi cara, cabalgándome la boca hasta que se le empezaron a apretar los muslos alrededor de mi cabeza. Sentí que se venía cuando me tironeó del pelo con las dos manos y ahogó un grito largo, empapándome la barbilla, la boca, el mentón entero. No me soltó hasta que terminó de temblar, y cuando por fin me apartó tenía la cara chorreando y una sonrisa idiota, agradecida, sin dignidad.

—Buen trabajo —concedió, y la palabra me cayó como una recompensa enorme—. Ahora sí. Al piso.

Me empujó hasta dejarme sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, y apoyó las plantas de sus pies sobre mis muslos. El frío de la baldosa me subía por la espalda mientras ella me ordenaba con la mirada lo que tenía que hacer. Me llevé la mano a la verga y empecé, despacio, sin apartar los ojos de los suyos.

—Para vos esto siempre fue así —dijo—. Tus pies en el piso, las manos ocupadas, la cabeza llena de obedecer. Solo te faltaba alguien que te lo ordenara.

Tenía razón otra vez. Me la cascaba al ritmo que ella marcaba, frenando cuando me lo decía, acelerando solo con su permiso. Sentía el contacto de sus pies sobre mi piel, el peso justo, el dominio absoluto de cada gesto. Ella subió un pie y me apoyó los dedos en los labios; yo abrí la boca y le chupé el pulgar mientras me sacudía la pija con la otra mano, más rápido cuando ella asentía, más lento cuando fruncía el ceño.

—Más despacio —dijo, y detuve casi la mano—. No te vas a correr hasta que yo te lo diga. Y cuando lo hagas, te corrés en el piso. Después lo limpiás.

Asentí con el pulgar todavía en la boca. La tensión se acumuló hasta volverse insoportable. Los huevos me apretaban, la punta me chorreaba, se me escapaban gemidos ahogados alrededor de su dedo. Ella me miraba con una calma cruel, sabiendo exactamente hasta dónde podía llevarme sin romperme.

—Ahora —dijo por fin—. Correte para mí.

Y me dejé ir. La verga me saltó en la mano y me corrí en chorros gruesos sobre las baldosas, entre mis rodillas, un charco blanco que se fue extendiendo delante de sus pies. Grité algo que ni yo entendí, con las plantas pegadas al frío del suelo y la certeza de que nunca, en todos mis años de fantasear a solas, había sentido nada parecido. El placer me recorrió entero, mezclado con la vergüenza dulce de haber sido visto, descubierto, dominado.

—Ahora limpiá —dijo ella, señalando con el pie el reguero de semen en el piso—. Con la boca no. Con el trapo. Todavía no te ganaste tanto.

***

Después me quedé en el piso, recuperando el aliento, con el delantal arrugado y los pies todavía descalzos. Renata me acarició el pelo con una ternura que no esperaba, como un premio por haberme entregado del todo.

—Eso que escondías no era ninguna tontería —dijo—. Era esto. Solo necesitabas a alguien que te pusiera en tu lugar.

Asentí en silencio. Durante toda mi vida había creído que andar descalzo era un capricho privado, un secreto inconfesable que solo cobraba sentido cuando nadie miraba. Renata me había enseñado que aquel placer escondía algo mucho más profundo: las ganas de servir, de obedecer, de pertenecerle a alguien que supiera mandar, de arrodillarme con la pija afuera y el coño de ella en la boca.

Desde aquella noche, cada vez que vuelvo a casa y me quito los zapatos, ya no lo hago a solas en mi cabeza. Me descalzo sabiendo que ella vendrá, que habrá una orden esperándome, un piso frío bajo mis pies y, si me porto bien, su coño mojado sobre mi boca. Y por primera vez no siento vergüenza de lo que soy. Solo las ganas de arrodillarme y esperar la próxima palabra.

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Comentarios(8)

MiriamBCN

increible!!! uno de los mejores que lei en este sitio. gracias por compartirlo

JuanLSur

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de saber qué pasó después entre ellos

ElAudaz_77

Me sorprendio cómo lograste transmitir la vulnerabilidad del personaje sin que suene forzado. Muy bien escrito.

LectoraCba

buenísimo, se hizo cortísimo :)

Carlos_Baires

Me recordo a una situacion que viví hace años y que nunca me animé a contar a nadie. Chapeau por la honestidad.

MarcelaCba_78

Qué bueno, pero tengo curiosidad... ¿hay una segunda parte prevista o quedó así?

NocheLarga_BA

Lo lei dos veces. La primera para el morbo y la segunda para apreciar como está narrado. No es fácil escribir desde ese lugar y que te lo crean, pero acá funciona. Sigue asi

PatoDeLuca

al principio pensé que iba para otro lado y de repente cambió todo. buen giro, me enganchó

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