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Relatos Ardientes

La desconocida del centro comercial me puso a sus pies

Me llamo Adrián y, desde hace un año, vuelvo a estar solo. Cuarenta y dos años, médico, recién divorciado y viviendo en un piso de Valencia que todavía huele a pintura y a cajas sin abrir. La gente cree que un divorcio se lleva sobre todo la compañía, pero a mí me devolvió algo que llevaba quince años fingiendo no tener: un deseo muy concreto, muy mío, que mi matrimonio jamás quiso entender.

Me enloquecen las medias. El nylon ajustado a una pierna, el brillo tenue de una transparencia negra, el dibujo de un tobillo bajo la tela. Y sobre todo los pies envueltos en esa segunda piel, sus formas, su calor, su olor cuando una mujer lleva horas caminando. No lo elegí; simplemente está ahí, como el color de mis ojos. Durante años lo escondí. Ahora vivo sin esconderlo.

Aquel sábado no buscaba nada de eso. Buscaba un sofá.

El piso seguía medio vacío y me había prometido empezar a llenarlo, así que me arreglé —siempre me gusta ir bien vestido— y conduje hasta el centro comercial de las afueras. Dejé el coche en el aparcamiento y subí hacia los grandes almacenes, donde anunciaban rebajas de mobiliario. Fue en las escaleras mecánicas, unos peldaños por encima de mí, donde la vi.

Una mujer de unos treinta años, rubia, con esa elegancia que no se compra. Llevaba un vestido negro ceñido, de seda fina, que le terminaba a media pierna y se ajustaba a un cuerpo de proporciones exactas. No hacía falta más. Sus piernas, largas y delgadas, desaparecían dentro de unas medias negras transparentes y terminaban en unos botines de cuero con tacón fino. Me quedé clavado mirándola. Y, cuando ella salió hacia la sección de muebles, hacia exactamente donde yo iba, sentí el estómago dar un vuelco, como si algo en mí ya supiera lo que venía.

La seguí a distancia prudente, fingiendo interesarme por estanterías que no pensaba comprar. Ella paseaba entre los sofás sin prisa, deteniéndose, pasando la mano por las telas. Yo la observaba desde dos pasillos más allá, con la polla ya media dura solo de imaginarme esos pies enfundados en nylon, convencido de que aquello no era más que un capricho de la vista.

Entonces tropezó.

Fue con la pata de una mesa baja que apenas asomaba del expositor. Se le dobló el tobillo y cayó sentada contra un sillón. Reaccioné sin pensar y llegué a su lado antes de darme cuenta de lo que hacía.

—¿Estás bien? Déjame ayudarte —le dije, sosteniéndola del brazo.

Se incorporó apoyándose en mí, con la cara encendida y un gesto de dolor. Cojeaba. Miré alrededor: nadie. El pasillo estaba desierto, la dependienta atendía lejos, en otra planta sonaba música ambiente. Aquel rincón de sofás era una isla.

—Siéntate aquí —le indiqué el sillón más cercano—. Soy médico. Si me dejas, le echo un vistazo a ese tobillo.

Ella me estudió un segundo de más antes de asentir.

—Adelante, doctor —dijo, y había algo en cómo lo dijo que no era inocente.

Me agaché frente a ella, en cuclillas, y tomé su pie con cuidado por el talón del botín. Empecé a bajar la cremallera despacio. Ella se removió en el asiento, se mordió el labio y se disculpó en voz baja.

—Te aviso de que hoy hace mucho calor y llevo horas con estos botines —murmuró—. A lo mejor el olor no es el más agradable.

Si supieras lo que acabas de hacerme.

Carraspeé y le contesté que no se preocupara, que por mi oficio estaba acostumbrado a la intimidad del cuerpo, que aquello no me afectaba lo más mínimo. Mentí en cada palabra. Terminé de abrir la cremallera y le retiré el botín, y al acercar la cara con la excusa de examinar el hueso me llegó su olor: intenso, cálido, penetrante, un aroma denso a piel encerrada durante horas dentro del cuero. Tendría que haberme apartado. Hice justo lo contrario. Respiré hondo, llenándome los pulmones de ese olor, y sentí cómo se me endurecía la polla contra la cremallera del pantalón hasta doler.

Cerré los ojos un instante de más. Cuando los abrí, ella me estaba mirando.

Su pie era pequeño, perfecto, la media oscurecida por la humedad en la planta. Apoyé los dedos en el arco y noté el calor traspasar el nylon. Empecé a presionar, a masajear, con el pretexto de aliviar la torcedura, pero los dos sabíamos que el tobillo ya no tenía nada que ver con aquello. Ella dejó de quejarse. Su respiración cambió.

Hundí los pulgares en la planta y subí lentamente hacia los dedos, uno a uno, sintiéndolos moverse bajo la tela. La media se había vuelto casi líquida de calor en el empeine, y cada vez que apretaba un poco más ella entreabría los labios. Yo notaba el corazón en la garganta. Tenía la cara tan cerca de su pie que respiraba su olor con cada inhalación, y ese olor —a piel encerrada, a horas de caminar, a coño de mujer que ya había empezado a sudar en otro sitio— se me había metido en la sangre y ya no me dejaba pensar con claridad.

—Qué manos —dijo en voz baja—. ¿A todas tus pacientes les dedicas tanto rato?

No supe qué responder. Mis dedos seguían recorriendo su pie, subiendo apenas hacia el tobillo, bajando otra vez hasta los dedos. Y entonces noté que su mirada había abandonado mi cara y se había posado, sin disimulo, en el bulto que tensaba mi pantalón de lino. La polla se me marcaba entera contra la tela, gruesa, imposible de disimular.

Sonrió. Una sonrisa lenta, de quien acaba de entender que tiene la sartén por el mango.

—Vaya, doctor —susurró—. Parece que el examen te está gustando más a ti que a mí. Se te ve toda la polla marcada, ¿lo sabes?

Quise excusarme, balbuceé algo, pero ella ya había cambiado. Despacio, sin dejar de mirarme, descruzó las piernas y deslizó el pie descalzo fuera de mi mano. Lo levantó. Y lo apoyó, plano y firme, justo sobre mi entrepierna.

Contuve el aire. El calor de su planta a través de la tela fue casi insoportable. Sentí cómo apretaba el empeine contra mi polla y la recorría de arriba abajo, midiéndola por encima del pantalón.

—No te muevas —ordenó, ya sin rastro de la mujer azorada de hacía un minuto—. Quieto. Quiero notártela bien.

Obedecí. Arrodillado entre los sofás de unos grandes almacenes, con su pie presionando despacio, marcando un ritmo que me subía por la espalda como una corriente. Ella arqueó los dedos, los cerró alrededor de mi polla lo mejor que pudo por encima del lino y empezó a masturbarme con el pie, subiendo hasta la punta y bajando hasta los huevos, apretando cada vez un poco más. Se me escapó un gemido ronco que apenas conseguí ahogar. Ella se reclinó en el sillón, cruzó los brazos y me observó disfrutar de su dominio con una tranquilidad que me desarmó por completo.

—Esto es lo tuyo, ¿verdad? —dijo—. Los pies. Las medias. Te lo he visto en la cara desde que me bajabas la cremallera. Se te está empapando el pantalón, mírate.

Bajé la vista. Una mancha oscura, redonda, se me había formado en la tela justo en la punta de la polla. Estaba goteando pre-semen contra el lino como un adolescente. Asentí, incapaz de fingir nada ya. Su pie aumentó la presión un grado y se me escapó un sonido ronco que tuve que tragarme.

—Buen chico —murmuró—. Muy buen chico.

Presionó una vez más, con el talón contra mis huevos y los dedos apretándome el glande por encima de la tela, y por un segundo pensé que iba a correrme allí mismo, con el pantalón puesto, en medio de la sección de mobiliario.

***

Se oyeron pasos al fondo del pasillo, voces, el chirrido de un carro. Ella retiró el pie con la misma calma con que lo había puesto y, en un movimiento, recuperó el botín y se lo calzó. Para cuando la dependienta dobló la esquina, la desconocida era de nuevo una clienta cualquiera revisando el precio de un sofá.

Me incorporé como pude, con la cara ardiendo, la polla dolorosamente dura y el cuerpo entero protestando por la interrupción. Ella se puso de pie, comprobó el tobillo —que, por supuesto, estaba perfectamente— y se acercó hasta quedar a un palmo de mí. Sacó una tarjeta del bolso y me la metió en el bolsillo de la camisa, dándole una palmadita.

—Gracias por el masaje, doctor —dijo—. Pero una cura a medias no sirve de nada. Llámame esta tarde. En mi casa terminamos lo que has empezado. Vas a correrte donde yo te diga y como yo te diga.

Y se marchó pasillo abajo, sin cojear ni un poco.

***

La llamé a las seis. Se llamaba Carla, vivía a quince minutos, y no me dejó terminar la frase de cortesía con la que había ensayado.

—Sube. Cuarto piso. Y antes de entrar, métete en la cabeza una cosa: aquí mando yo.

Su piso era el extremo opuesto del mío. Cálido, lleno, sin una caja a la vista. Me abrió descalza, con una bata corta de seda que apenas le tapaba los muslos y unas medias nuevas, negras, impecables, sujetas por un liguero que se le adivinaba bajo el borde de la bata. Me hizo pasar al salón y me señaló el suelo, frente al sofá, con un dedo.

—Ahí. De rodillas.

Me arrodillé. No me lo pensé. Llevaba horas pensándolo, con la polla dura debajo del pantalón desde que había salido del centro comercial.

Carla se sentó en el borde del sofá, cruzó una pierna sobre la otra y extendió un pie hasta apoyarlo en mi pecho. Lo subió despacio hasta mi cara, arrastrándolo por mi cuello, por mi mandíbula, hasta apoyármelo en la nariz.

—Huele —ordenó—. Bien hondo. Quiero verte disfrutarlo.

Tomé su pie con las dos manos, como algo frágil, y hundí la cara en él. El nylon, el calor, el olor concentrado de todo el día encerrado en el cuero: me perdí ahí dentro. Aspiré con los ojos cerrados y sentí cómo se me contraía la polla dentro del pantalón. Besé el arco a través de la media, recorrí cada dedo con los labios, chupé el gordo entero, metiéndomelo en la boca hasta el nudillo, y ella dejó escapar un suspiro largo, de pura satisfacción de mando.

—Así, doctor. Chúpamelos bien. Uno por uno.

Le fui pasando la lengua por los cinco dedos, mordiéndoles la punta a través del nylon, mientras notaba cómo la media se me humedecía en la boca con mi propia saliva y el sudor de su piel. Masajeé el talón con los pulgares, le abrí los dedos con la lengua, le lamí el arco de abajo arriba. El sabor tenue del nylon mezclado con el sudor de su pie era exactamente lo que llevaba quince años imaginándome a escondidas.

—Más despacio —ordenaba—. Así. No tengas tanta prisa por llegar.

Me tuvo así mucho rato. Cambiando de pie cuando le apetecía, metiéndome los dedos hasta el fondo de la boca, marcándome el ritmo, apartándolo cada vez que notaba que yo me aceleraba demasiado, obligándome a empezar otra vez desde el principio. Cada negativa me tensaba un poco más. Cada permiso lo recibía como un regalo. Nunca, en quince años de matrimonio, me había sentido tan absolutamente a merced de alguien, y nunca lo había deseado tanto.

En un momento se abrió la bata sin dejar de mirarme. Debajo no llevaba nada, solo las medias y el liguero. Vi su coño, depilado, brillante, y noté el olor cambiar en el aire: el sudor de sus pies mezclándose ahora con el olor caliente de su sexo mojado.

—Sigue con los pies —advirtió, cuando notó mis ojos ir hacia abajo—. Todavía no te he dado permiso para nada más.

Bajó una mano y se tocó despacio, dos dedos sobre el clítoris, mientras el otro pie seguía en mi boca. Se los llevó luego a los labios, se los chupó, y me untó los suyos con lo que le quedaba en los dedos.

—Ahora chupa. Es lo que tienes que aprender a saborear si quieres volver.

Le lamí los dedos del pie empapados en sus jugos, con el sabor a coño mezclado con el nylon, y creí que iba a correrme dentro del pantalón sin que nadie me tocara.

—Mírate —dijo en algún momento, con una calma que no admitía réplica—. Un médico de bata blanca, de rodillas en mi salón, chupándome los pies como si fuera lo único que importara en el mundo. ¿Lo es?

—Sí —contesté, y mi propia voz me sonó extraña, rendida.

—Dímelo otra vez. Despacio.

—Es lo único que importa —repetí—. Tus pies. Tus medias. Follar como tú quieras.

Sonrió. Deslizó un dedo del pie por mis labios, lo apoyó en mi lengua un segundo y luego lo retiró.

—Sácatela.

Me desabroché el pantalón sin levantarme, me lo bajé hasta las rodillas junto con el calzoncillo. La polla saltó fuera, dura, con el glande brillante de pre-semen. Ella la miró un momento con la cabeza ladeada, como se mira una cosa que se va a comprar.

—Bonita polla, doctor. Lástima que hoy no va a entrar donde tú quieres. Pásame los pies.

Se los pasé como se lo pide un perro. Ella cerró las plantas de los dos pies alrededor de mi polla, atrapándola entre las medias, y empezó a mover los pies arriba y abajo. El nylon tibio, resbaladizo por mi propia saliva y por el pre-semen, subiendo y bajando por el tronco. Se me escapó un gemido largo. Nunca había sentido nada parecido: la seda del nylon apretándome, los dedos de sus pies buscándome el glande, ella arriba con la mano entre las piernas, tocándose para mí mientras me la pajeaba con los pies.

—No te corras —advirtió—. No hasta que te lo diga. Si te corres antes, no vuelves.

Apreté los dientes. Ella aceleró un momento, luego frenó, luego volvió a acelerar, castigándome. Vi cómo se le tensaba el vientre, cómo se le abría más la boca, cómo se le empapaban los dedos con los que se tocaba, y supe que ella también se estaba corriendo, muy despacio, sin dejar de mirarme.

Cuando por fin bajó una pierna y me apoyó el pie plano y firme donde lo había apoyado entre los sofás aquella mañana, aplastándome la polla contra el vientre, ya no hubo voces ni pasos que nos interrumpieran. Solo su mirada fija en mi cara, su sonrisa de quien sabe exactamente lo que tiene delante, y su voz baja, tranquila, dándome permiso al fin.

—Ahora sí. Córrete. En mis pies. Y no apartes los ojos de los míos.

No los aparté. No habría podido aunque hubiera querido. Me agarré la polla con la mano y me pajeé rápido, contra la planta de su pie, con el nylon rozándome el glande a cada golpe. Duró cinco segundos. La corrida me subió por la espalda como una descarga y salí a chorros gruesos sobre sus pies, empapándole la media, corriéndome entre los dedos, en el arco, en el empeine, mientras ella seguía con la mano abajo terminando de correrse a la vez, con una sonrisa lenta que no se le borraba de la cara.

—Muy buen chico —murmuró cuando terminé—. Ahora límpialos.

Me acerqué otra vez, todavía temblando, y le lamí el semen de la media, dedo por dedo, tragándome mi propia corrida mezclada con el sudor de sus pies. Ella me acariciaba la nuca con la otra planta mientras lo hacía.

Más tarde, ya recompuesto, mientras me ataba los zapatos en su recibidor, Carla se apoyó en el marco de la puerta y me miró con la cabeza ladeada.

—El sofá puedes comprártelo otro día —dijo—. Pero los sábados por la mañana, a partir de ahora, los tienes ocupados. Y trae hambre.

Asentí. Salí a la calle con su olor todavía en las manos y en la boca, y la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, mi nueva vida vacía empezaba a llenarse de lo que de verdad quería.

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Comentarios(7)

NachoBdsmBs

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras, de lo mejor que lei en mucho tiempo

DominioTotal

Increible como capturaste esa dinamica en tan poco tiempo. Tiene que haber segunda parte, por favor!

LaLectora77

Me enganche desde el primer parrafo, se me paso volando. Mas relatos asi!

Mili_BA

increible!! sigue escribiendo porfa

PabloViajero

Muy bien narrado, se nota que el autor conoce el tema. Saludos desde Rosario

Carla_BsAs

me recordo a algo que me paso hace un tiempo jaja. Espero la continuacion!

PatronD_lec

De los mejores que lei en esta categoria, sin dudas. Felicitaciones

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