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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me enseñó a obedecer esa noche

Mateo ya les contó cómo fue su primer encuentro con el fetiche de los pies. Ahora me toca a mí confesar cómo me inicié en algo que al principio me parecía hasta desagradable y que, con el tiempo, terminó siendo uno de mis placeres más intensos.

Siempre fui demasiado caliente, herencia de familia, supongo. En la secundaria salí con un chico llamado Sebastián, uno de los más codiciados del curso y, sin exagerar, el mejor amante que tuve en aquellos años. Con él descubrí muchas cosas por primera vez, aunque mi virginidad ya la había perdido antes. Esa, sin embargo, es una historia para otro día.

Una noche, en plena cama, Sebastián me pidió algo que nunca habíamos hecho. Se paró en el borde del colchón y me acomodó boca abajo para que siguiera con lo que le hacía con la boca, pero me indicó que levantara las plantas de los pies hacia él, dejándolas justo en su línea de visión.

Noté que su erección se ponía más dura de lo normal, y eso me llamó la atención. Con el paso de las semanas empezó a tocarme los pies cada vez que teníamos sexo. No le decía nada, aunque me incomodaba un poco. Hasta que una vez los acercó a su cara, inhaló profundo y empezó a besarlos. Algo en mí se apagó de golpe: me vestí sin darle una sola explicación.

Durante varios días no contesté sus llamadas ni sus mensajes. Me puse a investigar y entendí que Sebastián tenía un fetiche. En ese momento me pareció repugnante. Nunca me había gustado que me tocaran los pies, soy demasiado sensible y cosquilluda, y encima los veía como la parte más sucia del cuerpo: la que carga con todo el peso y suda el día entero. Más tarde aprendería que es justo eso lo que a muchos los enloquece.

Decidí hablarlo con mi mejor amiga, sin imaginar que saldría de su casa con la cabeza completamente cambiada.

Se llama Carolina. Es un poco menor que yo, pero esa tarde me di cuenta de que tenía muchísima más experiencia de la que aparentaba.

***

—Bueno, contame qué fue lo que hizo ese idiota para que no le contestes —me dijo apenas me senté.

—Tiene un rollo raro con mis pies. No me convence para nada —respondí.

—¿Eso es todo? —se rió—. Mi amor, eso es de lo más normal del mundo.

—¿Cómo? ¿A vos también te pasó?

—Muchísimas veces. Hay hombres que se vuelven locos por unos pies bien cuidados. No tenés idea del provecho que se le puede sacar a esa obsesión.

—¿Y vos me enseñarías? —me animé—. Me sigue pareciendo algo sucio, pero me gustaría entenderlo.

—Claro que sí, preciosa. Vas a ver que va a ser una de las mejores decisiones de tu vida.

Pasamos a su living, que era cálido y cómodo. Sirvió dos tequilas y empezó a preguntarme por qué me costaba tanto aceptar que un hombre pudiera sentir atracción por mis pies. Para no hacerla larga, le di mis razones, y la principal seguía siendo la misma: me parecían sucios. Entre risas y tragos, las dos nos fuimos soltando. Me contó, sin pudor, un par de anécdotas con ex novios que jamás me había confesado, y yo la escuchaba sin saber si reírme o sonrojarme. Me pidió que me sacara las zapatillas mientras ella encendía un cigarrillo y terminaba su copa.

Yo me sentía algo incómoda, pero entre el alcohol y las ganas de descubrir qué había detrás de todo aquello, accedí.

Me saqué las zapatillas y dejé al aire mis pies, todavía cubiertos por unas medias blancas. Carolina se acercó, tomó una de mis zapatillas y la levantó hacia su cara.

—Vaya, qué pequeños tenés los pies —dijo, y la acercó a su nariz para inhalar despacio—. Mmm, qué buen aroma. Algo dulce, diría yo.

—¿Qué hacés? ¿Por qué hiciste eso? —salté, entre divertida y escandalizada.

—Mi querida Renata, en este terreno hay que aprender a disfrutar de todo. Al principio yo era igual que vos, pero con el tiempo me fui abriendo, mental y sexualmente, a muchas cosas. —Hizo una pausa y me miró fijo—. Ahora necesito que me respondas algo. ¿Estás dispuesta a seguir con esto, o estoy perdiendo el tiempo?

Se veía tan seria que lo único que atiné a hacer fue asentir con la cabeza.

—Muy bien. Vení conmigo. Vamos a estar más cómodas en mi cuarto.

Esas palabras me pusieron nerviosa, pero la seguí, decidida a ver hasta dónde me llevaba todo aquello.

***

—Acostate boca abajo, no hables y dejate llevar. ¿Entendido? —me ordenó al cerrar la puerta.

—Sí, entiendo —contesté en voz baja.

Sentí cómo empezaba a masajearme las piernas. Comenzó por los muslos, bajó por las pantorrillas y llegó a un masaje lento y firme sobre mis pies, todavía envueltos en las medias. Me costaba creer que algo tan simple pudiera relajarme tanto. Las manos de Carolina eran tibias y precisas, y cada presión parecía aflojar una tensión que ni sabía que cargaba.

Enseguida noté su cara contra mis plantas. Sentí su respiración a través de la tela y, después, cómo me iba quitando las medias con una delicadeza casi exagerada. Durante unos segundos no percibí nada, salvo el sonido de ella inhalando profundo. Me la imaginé apretando las medias tibias contra su nariz.

—Bien, preciosa, vamos a empezar —susurró—. Necesito que estés relajada y que cooperes, ¿sí?

Apenas alcancé a responder que sí cuando sentí sus labios depositando besos suaves sobre mis plantas. Movía un poco los pies por las cosquillas, pero intentaba quedarme lo más quieta posible. La sensación no era desagradable. Es más, empezaba a gustarme, y eso me confundía.

—Ahora quiero que te saques el pantalón y la blusa —dijo con una calma que no admitía discusión—. Quedate en ropa interior y volvé a la misma posición.

—¿De verdad hace falta? —pregunté, dudando.

—Te pedí que confiaras en mí. Ahora obedecé.

Me quité la ropa. No llevaba corpiño, así que mis pechos quedaron al aire, y abajo solo una tanga blanca. Carolina se limitó a sonreír y a recorrerme con la mirada, de arriba abajo, sin ningún apuro. Esa manera de observarme, como si yo fuera algo suyo, me encendió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Una vez que volví a acomodarme, sentí sus manos acariciándome las piernas mientras besaba mis plantas con una lentitud deliberada. El placer empezaba a crecer y se me escapaban pequeños gemidos que trataba de contener; no quería darle la razón tan rápido.

Después llegaron los primeros lengüetazos, cortos, del talón a la punta de los dedos, como si apenas asomara la lengua un instante para probarme y la retirara enseguida. Cada roce era una descarga que me subía por las piernas.

Su mano trepó hasta mis muslos, muy cerca de la entrepierna, y se me erizó toda la piel. En ese momento empezó a lamerme las plantas enteras, de arriba abajo, sin pudor. Al principio fue incómodo, pero la cercanía de sus dedos a mi sexo me hizo olvidar cualquier reparo.

Lamía y chupaba con más intensidad. La escuchaba sorber, la escuchaba gemir, y yo no entendía cómo algo así podía provocar semejante cosa en otra persona. No tuve tiempo de pensarlo: con la yema de los dedos empezó a frotar mi clítoris por encima de la tela.

La sensación era brutal. Nunca había sentido nada parecido. Estaba al borde cuando ella se metió mis dedos en la boca, paseando la lengua entre ellos, y al mismo tiempo deslizó un dedo dentro de mí. No tardé ni unos minutos en tener el orgasmo más fuerte de mi vida hasta ese día. Y no paró: enseguida me arrastró al segundo.

Quedé exhausta. Nunca había terminado de esa manera, con esa intensidad. La cama tenía una mancha húmeda enorme alrededor mío y yo apenas podía respirar.

***

Todavía estaba recuperándome cuando escuché que Carolina movía algo detrás de mí. De repente me cubrió los ojos con un pañuelo y empezó a dejar caer un líquido espeso sobre mi cuerpo. Por la textura y el aroma supuse que era miel. La fue derramando desde mis nalgas hasta mis pies, y al instante comenzó a lamer y limpiar cada rincón. Yo estaba tan excitada que ya ni intentaba disimular los gemidos.

Después sentí un calor distinto en mi pie derecho, seguido de un roce húmedo y de los gemidos de mi amiga. Se estaba masturbando con mi pie. Sentía cómo su sexo se deslizaba sobre mi planta mientras me penetraba con dos dedos.

Repitió lo mismo con el izquierdo. Su clítoris se frotaba contra mi talón al ritmo en que seguía masturbándome. Era una sensación nueva, intensa, imposible de describir con palabras.

Cuando llegó al punto más alto, juntó mis dos pies y terminó sobre mis plantas, gimiendo sin contenerse, y ese empujón me arrastró a un tercer orgasmo.

Cuando por fin me quitó la venda, me miró con una lujuria que no dejaba lugar a dudas. Yo, que había llegado a su casa convencida de que los pies eran lo más sucio del mundo, ahora temblaba esperando lo que viniera. Porque algo me quedó clarísimo esa noche: aquello no había terminado todavía.

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Comentarios (4)

Mika_lectora

Que buenoooo, necesito la segunda parte ya mismo!!!

Clara_BCN

Me encanto la dinámica entre las dos, se siente muy real y cercano. Buen relato!

LectoMorbo

Me hizo acordar a algo parecido que me pasó con una amiga hace tiempo, esas experiencias te cambian la perspectiva de todo. Muy bien contado.

Viki_Rosario

increible!!! sigue asi

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