El verano que descubrí los pies de mi tía
La casa de la playa siempre olía igual: a sal, a madera vieja y al protector solar que mi familia compraba a cajas enteras cada mes de julio. La heredamos de mis abuelos y, aunque está a apenas dos calles del mar, es grande, fresca y con un salón en penumbra donde el ventilador del techo gira despacio todo el día. Llegué un viernes por la tarde, con la mochila al hombro y la camiseta pegada a la espalda por el viaje en autobús.
Pensaba que iba a estar solo el primer par de días. Me equivocaba.
Cuando abrí la puerta y dejé que mis ojos se acostumbraran a la sombra, la vi. Mi tía Rosa estaba tumbada en uno de los dos sofás, con una revista abierta sobre el pecho y las piernas estiradas a lo largo del cojín. Llevaba un vestido ligero, de algodón, y unas sandalias de tiras finas que dejaban los pies casi al descubierto.
—Mira quién apareció —dijo, incorporándose un poco—. Creía que llegabas mañana.
—Adelanté el viaje. Hacía un calor insoportable en la ciudad.
Dejé la mochila junto a la entrada y me senté en el otro sofá, el que estaba enfrente del suyo. Rosa es hermana de mi madre, bastante más joven que ella, y de esas personas que parecen no enterarse del efecto que tienen alrededor. Volvió a recostarse, cruzó los tobillos y siguió leyendo como si nada.
Pero yo no podía seguir como si nada. Porque desde donde estaba sentado, lo único que veía con nitidez eran sus pies.
Las sandalias le sujetaban el empeine con dos tiras cruzadas, pero los dedos quedaban libres, ordenados y un poco bronceados por las tardes en la arena. Tenía las uñas pintadas de un rojo desgastado, como si el esmalte llevara ya unos días puesto. Movía el pie de arriba a abajo, despacio, al ritmo de algo que solo ella escuchaba, y cada vez que lo hacía la sandalia se le aflojaba un poco del talón.
Tragué saliva e intenté mirar a otro lado.
No otra vez. No con ella.
Llevo años sabiendo lo que me gusta y, sobre todo, lo mucho que me cuesta confesarlo. Nunca se lo he dicho a nadie. Los pies de una mujer me pueden más que cualquier otra cosa, y no de un modo gracioso o pasajero: es lo primero que miro, lo que se me queda grabado, lo que me persigue después. Y allí, a tres metros de distancia, tenía los pies de mi tía meciéndose en el aire como si quisieran ponerme a prueba. Ya notaba la polla despertarse dentro del pantalón, endureciéndose contra la costura sin que pudiera evitarlo.
—Tienes mala cara —dijo de pronto, sin levantar la vista de la revista—. ¿Cansado del viaje?
—Un poco. Y agarrotado. El autobús no perdona.
—Ya somos dos. Yo llevo todo el día con el cuello hecho un nudo.
No sé de dónde saqué el valor. Quizá del calor, quizá de que estábamos los dos solos en una casa enorme y silenciosa. Me incliné hacia delante, apoyé los codos en las rodillas y solté la frase antes de pensarla del todo.
—¿Quieres que te dé un masaje? Se me da bien lo del cuello.
Lo dije con la voz más firme que pude fingir, aunque por dentro me temblaba todo. Rosa bajó la revista lo justo para mirarme por encima de las páginas. Tardó un segundo de más en contestar.
—Va, anda. Pero en el cuello, que lo tengo fatal.
—En el cuello —repetí, como si necesitara confirmarlo para mí mismo.
Me levanté, di la vuelta al sofá y me arrodillé detrás de su cabeza. Ella se recogió el pelo hacia un lado con un gesto perezoso y me dejó el cuello despejado. Apoyé los pulgares en la base de la nuca y empecé a presionar en círculos lentos, subiendo poco a poco hacia la línea del nacimiento del pelo.
Rosa soltó un suspiro largo, de los que no se fingen.
—Ay, ahí, ahí justo. Qué manos.
Seguí trabajándole los hombros, los trapecios, el punto exacto donde se le acumulaba la tensión. Cada vez que apretaba un poco más, ella echaba la cabeza atrás y dejaba escapar un sonido bajo, casi un ronroneo. El ventilador giraba sobre nosotros. Por la ventana entraba el rumor lejano de las olas y el grito de algún niño en la calle. Y yo, mientras le amasaba los hombros, no dejaba de pensar en sus pies, todavía calzados, todavía meciéndose un poco al borde del sofá.
—Estás muy callado —murmuró.
—Estoy concentrado.
—Mentiroso.
Tenía razón, pero no insistió.
***
Cuando los hombros ya estaban sueltos, me quedé sin excusa para seguir donde estaba. Volví a rodear el sofá y, en lugar de sentarme enfrente, me dejé caer en el suelo, junto al reposabrazos, a la altura de sus piernas. Fue un movimiento estudiado que intenté disfrazar de cansancio.
—¿Y ahora qué haces ahí abajo? —preguntó, divertida.
—Recupero fuerzas. —Hice una pausa, miré sus sandalias y me lancé—. ¿Te masajeo también los pies? Si llevas todo el día de pie, seguro que lo agradeces.
La frase quedó suspendida en el aire un instante demasiado largo. Rosa me observó con una media sonrisa que no supe descifrar. No parecía sorprendida. Más bien parecía estar decidiendo algo.
—Claro que puedes —dijo al fin, en voz baja—. Adelante.
Se inclinó hacia delante, se desabrochó las sandalias una a una y las dejó caer al suelo con un golpe seco. Luego estiró las piernas y apoyó los pies en el borde del sofá, justo delante de mí, descalzos, ofrecidos.
Los tuve a un palmo de la cara y me quedé sin aire.
Eran más bonitos de cerca de lo que me había permitido imaginar. La planta era suave, el empeine alto, los dedos largos y rectos. Donde la sandalia había apretado quedaban dos líneas pálidas que cruzaban la piel bronceada. Olían a crema y, por debajo, a algo más cálido, más suyo. Se me hizo la boca agua y la polla me dio un tirón brutal contra el pantalón.
Cogí el pie derecho con las dos manos, casi con reverencia, y empecé a presionar el centro de la planta con los pulgares.
—Mmm —murmuró ella, dejándose caer del todo contra el respaldo—. Eso sí que sabes hacerlo bien.
Fui despacio. Le hundí los pulgares en el arco del pie, le dibujé círculos en el talón, le recorrí el empeine hasta la base de los dedos. Cada vez que llegaba ahí, separaba uno a uno los dedos y los masajeaba por dentro, sin prisa. Rosa cerró los ojos. Tenía los labios entreabiertos y la respiración se le había vuelto más lenta y más profunda.
Yo intentaba mantener la cabeza fría, pero el cuerpo me delataba. Notaba la sangre acelerada, la garganta seca, la polla completamente dura empujando la tela del pantalón hacia arriba como una estaca. Un manchón de líquido preseminal ya se me marcaba a la altura de la punta, y estaba seguro de que si ella bajaba la vista lo iba a ver. Pasé al pie izquierdo. Repetí el ritual entero, atento a cada reacción suya, a cada suspiro que se le escapaba.
Y entonces pasó.
No sé si fue un descuido mío o un gesto demasiado deliberado, pero al cambiar de postura dejé que su pie resbalara desde mis manos hasta apoyarse contra mí, sobre la tela del pantalón, exactamente donde no había manera de ocultar lo que estaba pasando. La planta de su pie quedó presionando justo encima de la polla, con el talón caliente aplastándome los huevos por debajo.
Me quedé helado. Esperé el reproche, el tirón, el «¿qué haces?».
No llegó.
Rosa no apartó el pie. Siguió con los ojos cerrados, como si no hubiera notado nada, aunque su respiración la traicionaba tanto como a mí la mía. Yo no me atrevía ni a moverme.
—Vaya —dije, con un hilo de voz—. Lo tienes... justo ahí. ¿No te molesta?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, fue una sola palabra, pronunciada muy despacio, sin abrir los ojos.
—No.
Esa sílaba lo cambió todo.
***
Dejé el pie donde estaba. No me atrevía a forzar nada más, así que me quedé quieto, sosteniéndole el tobillo con una mano, sintiendo su talón presionar la polla dura a través de la tela. El corazón me golpeaba en los oídos. El ventilador seguía girando, indiferente, y la luz de la tarde empezaba a dorarse en las paredes del salón.
Entonces Rosa movió el pie.
Lo hizo ella, por su cuenta, con una lentitud calculada. Apretó un poco más, lo retiró unos centímetros y volvió a apoyarlo, una y otra vez, marcando un ritmo que ninguno de los dos reconocía en voz alta. Yo seguía sin moverme, dejándome hacer, con los ojos clavados en su cara para detectar el momento exacto en que decidiera parar.
No lo decidió. Al contrario. Empezó a arrastrar la planta arriba y abajo por toda la longitud de la polla, marcándome cada centímetro por encima del pantalón, subiendo hasta la punta y bajando hasta apretarme los huevos con el talón. Se me escapó un jadeo ronco que no pude tragarme.
—Sigue masajeando —murmuró, todavía con los párpados cerrados—. No te he dicho que pares.
Obedecí al instante. Le tomé el pie libre y volví a trabajárselo, los dedos, el arco, el talón, mientras el otro seguía frotándome despacio. Era un equilibrio extraño y delicioso: yo le daba placer con las manos y ella me lo devolvía con el pie, sin que ninguno admitiera lo que de verdad estaba ocurriendo. Como si pudiéramos seguir fingiendo que era solo un masaje.
—Bájate el pantalón —dijo de pronto, sin dejar de mover el pie—. Se te va a manchar. Y quiero notarte bien.
La orden me atravesó entero. Le solté el pie un instante, me desabroché el cinturón con dedos torpes, me bajé el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas y volví a arrodillarme. La polla me saltó hacia arriba, dura y goteando, roja en la punta, marcada por la vena que le sube por debajo. Rosa entreabrió los ojos y me miró desde arriba. Se le escapó una sonrisa lenta.
—Mira lo que tenías escondido —murmuró.
Y entonces sí. Apoyó otra vez la planta del pie contra la polla desnuda, piel con piel, y empezó a frotar. La suavidad del arco resbalaba a lo largo de todo el largo, empujada por el calor del pie, y cada vez que llegaba abajo me apretaba los huevos con los dedos. Cerré los ojos y solté un gemido que no pude contener.
—Joder, tía... —jadeé—. Joder, cómo lo haces.
—Calla y aguanta.
Levantó el otro pie del suelo y me atrapó la polla entre las dos plantas, con los talones cruzados por debajo. Empezó a masturbármela con los dos pies a la vez, subiendo y bajando, apretando y aflojando, marcándome un ritmo lento y perverso. Cada vez que la punta asomaba entre sus dedos, el preseminal se le quedaba pegado a la piel, resbalando por los empeines, y ella lo usaba para deslizarse mejor. El sonido húmedo de la piel resbalando contra la piel llenó el salón.
—Chúpame los dedos —ordenó, sin apartar los pies de la polla—. Los tuyos. Escúpete y échamelo por encima.
Obedecí. Me llevé dos dedos a la boca, los ensalivé bien y dejé caer un hilo espeso sobre los empeines. Ella lo esparció con un movimiento suave, deslizando un pie contra el otro, y cuando volvió a apretar la polla entre las plantas el resbalón fue mucho más largo, mucho más brutal. La cabeza se me iba. La polla me palpitaba entre sus pies como si fuera a explotar en cualquier momento.
—Rosa, si sigues... me voy a correr.
—Todavía no. Aguanta.
Apartó los pies de golpe. La polla me quedó al aire, tiesa, resbalando de saliva y de mi propio líquido, latiéndome de arriba a abajo sin nada que la sujetara. Casi me corro solo de la frustración.
Rosa se incorporó despacio, se remangó el vestido hasta las caderas y me enseñó lo que había debajo. No llevaba bragas. El coño se le veía brillar entre los muslos, con el vello recortado y los labios hinchados, y una gota le resbalaba ya por la cara interna del muslo. Se le había puesto igual que a mí.
—Ven aquí —dijo, y me clavó la vista—. Cómemelo primero. Con la lengua. Y no pares hasta que yo te diga.
Me lancé al sofá sin pensarlo. Le levanté las piernas, se las eché sobre los hombros y le hundí la cara entre los muslos. El olor me golpeó a coño mojado y a crema, dulce y salado a la vez, y cuando saqué la lengua y le lamí de abajo arriba por primera vez la sentí temblar entera. Se le escapó un gemido largo que no se molestó en callar.
—Ahí, ahí... más despacio.
Le chupé los labios uno por uno, se los separé con la lengua, le metí la punta hasta donde llegaba. Estaba empapada. Le busqué el clítoris con los labios, se lo atrapé y empecé a chuparlo con un ritmo firme, sin soltarlo, mientras le metía dos dedos en el coño y se los curvaba hacia arriba. Rosa se agarró a mi pelo con las dos manos y me apretó la cara contra ella.
—Así, mi vida, así, no pares, no pares...
Le mamé el clítoris hasta que le temblaron las piernas sobre mis hombros. Le noté el coño apretarse una y otra vez alrededor de los dedos, en oleadas cada vez más rápidas, y cuando por fin se corrió me lo dijo a gritos, sin importarle la casa vacía ni la ventana abierta ni nada.
—Me corro, joder, me corro, no pares, sigue...
Y siguió corriéndose durante lo que me parecieron minutos, apretándome la cabeza contra su coño, empujándome la cara con las caderas. Cuando por fin me soltó, tenía la boca y la barbilla empapadas, y la respiración me raspaba en la garganta.
Rosa se dejó caer contra el respaldo, jadeando, con el vestido subido hasta la cintura y los pies descalzos apoyados otra vez en el borde del sofá.
—Ahora tú —dijo, con una voz ronca que no le había oído nunca—. Vuelve al suelo. Y trae los pies otra vez.
Me deslicé al suelo. La polla seguía tiesa, hinchada, pidiendo a gritos que la tocara. Rosa levantó los dos pies y me la atrapó otra vez entre ellos, pero esta vez sin piedad. Empezó a masturbármela deprisa, con las plantas apretadas fuerte contra la polla, subiendo y bajando a un ritmo que no me daba tregua.
—Córrete —dijo—. Córrete en mis pies. Quiero verlo.
Aguanté lo que pude, pero no pude mucho. Sentí el orgasmo subirme desde los huevos, quemándome, y cuando explotó fue por chorros largos que salpicaron los empeines, los dedos, las uñas rojas. Rosa no apartó los pies. Me dejó descargar entero sobre ellos, y siguió moviéndolos despacio, exprimiéndome hasta la última gota, mientras yo me sacudía con la boca abierta, sin poder ni gemir.
Cuando por fin paré, tenía los pies llenos de semen, blancos de mi corrida, y una sonrisa satisfecha que no se molestó en disimular.
—Límpiamelos —dijo, acercándomelos a la cara—. Con la lengua.
Y lo hice. Se los lamí uno a uno, dedo por dedo, empeines, plantas, el arco entero, tragándome mi propia corrida sin rechistar, mientras ella me miraba desde arriba con esa media sonrisa que ya no era desafío sino algo peor: propiedad.
—Buen chico —murmuró cuando terminé—. No se lo cuentas a nadie.
—A nadie —respondí, con la voz rota.
Cuando por fin retiró los pies, lo hizo igual que había empezado todo: con naturalidad, como si nada extraordinario hubiera sucedido. Se incorporó, se estiró el vestido sobre las rodillas y se levantó del sofá.
—Voy a darme una ducha —dijo, pasándose una mano por el pelo.
Y se fue descalza por el pasillo, sin recoger las sandalias, dejándome de rodillas en el suelo del salón con el cuerpo encendido y la cabeza dándome vueltas.
Me quedé un rato largo así, mirando el sitio del sofá donde habían estado sus pies, con las ganas a flor de piel y la certeza de que aquello no había sido un accidente.
Quedan tres semanas de verano en esta casa. Tres semanas de calor, de sal y de tardes vacías en las que solo estaremos ella y yo. Y yo ya sé lo que voy a hacer la próxima vez que la encuentre tumbada en ese sofá, meciendo el pie en el aire como si me estuviera llamando.
Esta vez no pienso esperar a que ella lo deje sobre mí. Esta vez voy a ser yo quien lo pida.